El pago (Losers 2) 13
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Jason

El aire de la mañana era fresco y vigorizante cuando salí del porche. Estiré los brazos, la espalda y luego las piernas, saboreando el dolor de mis músculos al liberar su tensión.

Ese orgasmo me había dejado en una nube y salté sobre las puntas de los pies mientras intentaba bajar de ella. Por eso solía reservar el tiempo de juego para después del entrenamiento, porque si no, me daba pereza funcionar. Pero podía hacerlo.

—¿Estás seguro de que quieres venirte conmigo?

—pregunté mientras Lucas se ponía los auriculares y miraba la lista de reproducción de su móvil, decidiendo qué escuchar; yo escucharía música si estuviera en el gimnasio, pero aquí fuera quería escuchar los sonidos del bosque que me rodeaba—.

No va a ser precisamente un trote ligero.

Lucas puso los ojos en blanco.

—No me da miedo un poquito de ejercicio.

—No sé, tío. Te quedaste sin aliento jugando al paintball con Jess.

Él hizo una mueca.

—Da igual. Tú ve delante, yo te seguiré.

Lucas siempre había odiado correr. Era raro, porque me parecía el tipo de hombre al que le vendría bien el ejercicio como válvula de escape.

A mí, personalmente, hacer ejercicio me ayudaba a estar tranquilo.

Podía desconectar durante una sesión físicamente exigente y dejar que mi mente divagara.

Me daba una buena oportunidad para pensar.

Y esa mañana tenía muchas cosas en la cabeza.

Desde aquella primera noche, cuando Jess me susurró una disculpa bajo las estrellas, no había podido quitármelo de la cabeza. La forma en que me había mirado, lo llenos de esperanza y miedo que estaban sus ojos… Nunca había esperado ver ese tipo de sinceridad en ella.

Era obvio que estaba esforzándose por cambiar, por supuesto. Las últimas semanas lo habían demostrado. Pero Jess era una persona orgullosa, y nunca pensé que dejaría eso de lado por el simple hecho de arreglar el pasado.

Me había sorprendido. Mis sentimientos hacia ella ya eran confusos, flotando en el límite de algo que parecía demasiado serio pero no lo suficiente. Sin embargo, después de esa conversación, algo había cambiado.

Mis sentimientos habían cambiado.

Era como si una puerta que antes había estado cerrada con llave se hubiera abierto de repente.

A medida que corría, dejé que mis pensamientos fluyeran sin rumbo fijo.

Lucas me seguía el ritmo, corriendo detrás de mí mientras serpenteábamos por el sendero entre los árboles.

Había kilómetros de senderos alrededor de la cabaña y no tenía ningún destino concreto en mente.

Seguí corriendo hasta que me empezaron a doler las piernas y al final tuve que parar para recuperar el aliento.

Solo cuando me detuve y me quedé allí durante varios segundos me di cuenta de que Lucas se había quedado atrás. Solo tardó unos treinta segundos en alcanzarme, pero tuve que hacer acopio de todo mi autocontrol para no reírme. Se dobló por la mitad, con las manos en las rodillas, jadeando.

—No te rías, joder —espetó, y yo me encogí de hombros inocentemente.

—Yo no he dicho nada. No te mueras ahora. No quiero tener que cargar con tu culo.

—Oh, cierra el pico.

Seguimos caminando, tomándonos nuestro tiempo para que pudiera recuperar el aliento.

El camino nos llevó a lo largo de una pared rocosa escarpada durante los siguientes cien metros antes de curvarse de nuevo hacia la ladera de la montaña, pero aún no me apetecía volver.

Habíamos estado corriendo en una pendiente, no era de extrañar que Lucas lo estuviera pasando tan mal.

La vegetación crecía entre las enormes grietas de la pared rocosa y el agua goteaba por la piedra lisa en una fina cascada. Parcialmente oculta entre la espesa vegetación se encontraba la estrecha abertura de una caverna en la roca, excavada por siglos de agua corriente.

—¿Sabías que aquí arriba había cuevas? —preguntó Lucas, señalando con la cabeza la abertura.

En realidad, no era una cueva propiamente dicha. El espacio interior estaba iluminado por un rayo de sol que se filtraba a través de las rocas, creando un ambiente húmedo y fresco pero lleno de vida. Pequeñas ranas se posaban sobre piedras cubiertas de algas cerca del agua que fluía.

—Ya has estado aquí antes, ¿no te acuerdas? —le dije, pero él negó con la cabeza.

—La última vez que estuvimos aquí estaba completamente borracho, J.

Me miró con reproche y yo me eché a reír.

—Que fuera mi veintiún cumpleaños no significa que fuera culpa mía que bebieras demasiado —le dije—. No puedo evitar tener una gran tolerancia al alcohol, ni que tú seas tan competitivo como para intentar seguirme el ritmo.

Resopló al pasar junto a mí para entrar en la caverna y yo lo seguí.

Las piedras lisas crujían bajo nuestros zapatos mientras deambulábamos por allí.

Había una gran roca en medio de la cueva, situada justo debajo del haz de luz solar que se filtraba desde arriba.

Me subí a ella y me senté con las piernas colgando por un lado mientras el sol me calentaba la cara.

Lucas se acercó al lugar por donde caía el agua y se quitó la camiseta. Dejó que el chorro se acumulara en su mano y luego se lo echó por los hombros, dejando que los chorritos le corrieran por la espalda.

Era difícil no mirarlo. Para ser un tipo al que no le importaba una mierda el cuidado personal, tenía un físico ridículo. Cuando lo conocí, me intimidó tanto que apenas pude decirle una palabra. En aquel entonces, no estaba seguro de si quería ser como él o follármelo.

Todavía no estaba seguro. Y él seguía intimidándome, por mucho que odiara admitirlo.

La verdad es que me faltaban modelos a seguir cuando lo conocí.

Los hombres a los que antes admiraba —mi padre, mi tío, los líderes de la iglesia de mi familia— me habían dado la espalda.

Pero Lucas era todo lo que yo deseaba ser.

Era audaz, no parecía importarle lo que pensara la gente.

No intentaba complacer a nadie. Vivía su vida como quería.

Al menos, así es como yo lo veía entonces.

Me llevó un tiempo ver más allá de la bravuconería de Lucas, pero una vez lo hice, quedó claro lo mucho que luchaba.

Su actitud de que no le importaba lo que pensaran los demás era mentira.

No es que fuera muy valiente, sino que carecía del control necesario para manejar su ira, por lo que esta se manifestaba constantemente.

Seguía admirándolo, pero por razones diferentes a las de antes. Era digno de admiración porque, a pesar de todos sus defectos, a pesar de lo difícil que le resultaba mantener sus relaciones y preocuparse por los demás, seguía intentándolo.

—¿En qué piensas? —preguntó con voz arrastrada, sacándome de mis ensoñaciones.

—¿Además de en tu striptease ? —dije. Él puso los ojos en blanco ante mi comentario y se echó la camisa por encima del hombro—. ¿Qué te hace pensar que tengo algo en la cabeza?

—Estás pensativo. —Se sacudió el agua de la mano y se acercó a mí—. Mirando al cielo con cara de enamorado. ¿En qué piensas?

Apoyé la cabeza sobre mis manos y di una patada a la piedra que tenía debajo.

—En ella.

Asintió mientras buscaba tabaco en su bolsillo. Pero debía de haberlo olvidado, porque suspiró profundamente y empezó a juguetear con la fina cadena de plata que llevaba alrededor del cuello.

—No eres el único. Me ha costado mucho pensar en otra cosa.

Incorporar a una nueva amante al grupo significaba cambiar las cosas.

Pero esto era diferente, y me parecía que en eso todos estábamos de acuerdo.

A pesar de que nuestra relación con Jess era algo temporal desde el principio, ya no lo sentíamos así.

Ella me hacía pensar en un futuro mucho más lejano, más allá del tiempo que tardarían Manson y Lucas en instalarle el motor.

—Se disculpó —le conté.

Lucas abrió mucho los ojos y luego los entrecerró rápidamente.

—¿Por qué? —preguntó con cautela.

—Por todo.

Y lo había hecho en serio. Por eso no dejaba de repasar esa conversación en mi cabeza una y otra vez. Quería darle una oportunidad. Quería que esto funcionara.

Lucas apoyó las palmas de las manos contra la piedra a ambos lados de mí. Sus ojos oscuros parecían más bien de color caramelo cuando la luz incidía sobre ellos. Eso los hacía más suaves, más cálidos.

—¿Cómo te sentiste? —preguntó.

—¿Estamos hablando de sentimientos? —dije—. ¿En serio? ¿Has estado tomando notas de la psicóloga de Manson?

Saltó sobre la roca para sentarse a mi lado y me dio un empujón en el hombro mientras me regañaba.

—Cuidado con lo que dices. Vincent no está aquí para salvarte.

—Como si necesitara que me salvaran…

La mirada que intercambiamos no debería haber sido tan intensa, pero Lucas era intenso sin siquiera intentarlo.

—Me hizo sentir… esperanzado —dije al final, después de darle vueltas—. Como si las cosas fueran a mejorar. Como si algo hubiera salido bien.

Nos quedamos sentados en silencio durante un rato.

A Lucas le había costado aceptar a Jess, pero no podía culparlo.

Lo que me había sorprendido no era que hubiera dudado al respecto, sino que se hubiera esforzado tanto por no oponerse demasiado.

Podría haberse puesto firme si realmente hubiera querido.

—Creo que lo está intentando de verdad —solté mientras Lucas tiraba de un hilo suelto de sus vaqueros, pero sus dedos se detuvieron al oír mis palabras—. Creo… No sé, creo que quiere quedarse.

—¿Sí? —Sus dedos se tensaron y sus uñas se clavaron con fuerza en su pantalón durante un momento antes de volver a relajarse—. Supongo que tienes razón. Ha cambiado… Y sigue intentando cambiar, creo. —Respiró hondo y soltó el aire con un suspiro—. No es fácil reprogramar tu propio cerebro.

—Requiere mucho esfuerzo —coincidí—. Pero yo lo conseguí. Creo que ella también puede hacerlo.

—Tú eres diferente.

—En realidad no. Me odiabas cuando me conociste. Deberías haberme visto durante mi primer año de instituto, cuando todavía estaba matriculado en ese colegio privado. —Negué con la cabeza—. Era la policía de la moralidad.

—Debería haberte conocido entonces —dijo—. Te habría dado un puñetazo en la puta boca y te habría enderezado. —Se rio entre dientes—. Probablemente, «enderezado» no es el adjetivo que debería usar.

Pasaron unos segundos más de silencio. Aún podía oír débilmente la música que salía del móvil de Lucas; parecía de Hozier y se mezclaba con el sonido del agua goteando y el susurro de las hojas.

—Estoy orgulloso de ti, Jason —dijo.

Rápidamente, le puse el dorso de la mano en la frente.

—¿Estás enfermo? Debes de tener fiebre.

Me apartó la mano, riéndose de mi broma.

—¡Lo digo en serio! Más te vale apreciar lo amable que estoy siendo, porque no es normal en mí. Voy a tener que pelearme con alguien para compensar esta mierda.

A Lucas le costaba mucho ser amable, pero a mí me costaba aún más aceptar esa amabilidad. Probablemente me habría echado a llorar si él no me estuviera mirando.

—Te lo agradezco —dije, aclarándome la garganta con tanta fuerza que tosí—. Gracias. Yo… Es que… Gracias.

Lucas negó con la cabeza.

—Eres aún peor que yo aceptando un cumplido. Por Dios, acéptalo y ya está.

Así que eso fue lo que hice, aunque no pude evitar sonreír con torpeza.

—No creías que fuera capaz —dije—. Cuando nos conocimos, pensabas que abandonaría el grupo.

—Hubiera sido lo más inteligente —dijo sin más—. Sabía que podías hacerlo, J. No te subestimaba. No quería que tuvieras que hacerlo. No sé si me explico…

Nunca lo había expresado así antes. Me acerqué un poco más, de modo que quedamos sentados con nuestros brazos tocándose.

—Tiene sentido. —Luego, tras otra larga pausa, dije—: Te quiero. No lo olvides.

—Yo también te quiero, cabroncete.