12
Vincent
Si el lenguaje del amor fuera algo que pudiera tocarse, el mío se centraría en la comida.
Mi madre siempre había sido una cocinera apasionada, así que le atribuía a ella mi aprecio por la cocina.
Había mucho amor en una comida casera, y la verdad era que no importaba lo simple o compleja que fuera la receta.
Incluso el plato más sencillo podía elevarse si se preparaba con cariño.
Que Jess hubiera cocinado para todos nos emocionó mucho. Como siempre me levantaba tarde, el desayuno no solía formar parte de mi dieta, pero el gran plato de tortitas con sirope que me puso delante me hizo reconsiderar mi costumbre de saltarme la primera comida del día.
Jason y Lucas limpiaron los platos una vez terminamos de comer.
Desde mi cómodo asiento en el sofá, podía oírlos discutir por encima del ruido de los platos, con voces cada vez más altas y amenazas y burlas cada vez más fuertes.
Me hizo reír, llamando la atención de Manson y Jess, que estaban acurrucados en el otro extremo del sofá.
—Creo que esos dos necesitan follar para solucionar las cosas —dijo Jess, sorprendiéndonos tanto que Manson se echó a reír.
—Estoy de acuerdo contigo —dije—. Pero cuando Jason quiere una reacción concreta, no para de insistir hasta conseguirla.
Manson negó con la cabeza.
—Estos puñeteros mocosos y su terrible forma de comunicarse.
Jess parecía estar preparándose para protestar por ese comentario. Por suerte para ella, Jason salió de la cocina en ese momento y habló antes de que ella pudiera hacerlo.
—Ha sido una mañana estupenda, Jess —dijo, inclinándose sobre el respaldo del sofá para darle un beso en la frente—. ¿Te apetece salir a correr conmigo? Voy a caer en un coma alimenticio si no hago que la sangre me circule.
—Va a quedarse con nosotros —dije—. Después de todo, todavía tiene obligaciones que cumplir con su amo.
Jess me miró con los ojos muy abiertos y yo sonreí cuando dirigió esos hermosos ojos hacia Manson.
—No me gustaría descuidar mis obligaciones —dijo con una mirada tan dulce y recatada que apenas pude resistirme a sacarla de su regazo para mis propios fines malvados.
Pero le había prometido a Manson que hoy me encargaría de todo.
No es que hubiera nada especialmente serio de lo que ocuparse; al fin y al cabo, estábamos de vacaciones.
Era más un poder simbólico que otra cosa.
Manson necesitaba una forma de convencer a su cerebro de que se relajara, y yo haría todo lo posible para conseguirlo.
No estábamos en nuestro mejor momento cuando uno de nosotros estaba en un mal momento, pero no dejábamos que ninguno pasara por ello solo.
—Como tú veas —dijo Jason—. Supongo que hoy vas a quedarte por aquí tirado, ¿no?
Lucas salió de la cocina, secándose las manos húmedas en una toalla que retorció y lanzó hacia el trasero de Jason.
—¿Qué tal si le dejas los chistes malos a Vincent? —dijo, cuando Jason gritó y saltó hacia atrás al sentir el golpe de la toalla—. Limítate a ser nuestro chico de gimnasio.
Jason puso los ojos en blanco mientras se frotaba el trasero.
—Estoy bastante seguro de que este chico de gimnasio puede levantar más peso que tú.
—No me importa lo que puedas levantar, colega —dijo Lucas—. Solo me importa lo rápido que puedes correr. Vamos. Si quieres salir, te acompaño.
—De acuerdo, trato hecho. Deja que coja mis zapatillas.
Seguían burlándose el uno del otro cuando la puerta principal se cerró de golpe detrás de ellos unos minutos más tarde.
Manson gimió satisfecho, recostando la cabeza en el sofá mientras acurrucaba a Jess más cerca de él.
Ella deslizó los dedos por su pecho desnudo, trazando sus tatuajes.
Siguió las líneas de sus clavículas y luego bajó, deteniéndose con los dedos en el pequeño parche de vello oscuro que tenía en la parte baja del vientre.
Ver sus suaves caricias me dio escalofríos, sobre todo cuando empezó a darle besos en el pecho.
—¿Te lo estás pasando bien, cariño? —le pregunté, y ella asintió con la cabeza.
Manson seguía con los ojos cerrados y todo su cuerpo relajado, excepto por la tensión que se notaba en sus pantalones de chándal. Abrió los ojos un momento cuando me levanté del sofá.
—Sigue haciéndole disfrutar —dije—. Ahora vuelvo.
Tenía mis cosas en la mochila, así que fui al dormitorio a cogerlas.
Normalmente era un tío bastante payaso, pero cuando se trataba de bondage , me lo tomaba en serio.
Obviamente, seguía haciéndolo todo con una sonrisa y no podía resistirme a soltar alguna broma, pero algunas cosas eran demasiado importantes como para tomárselas a la ligera.
Ser rigger me había obligado, en muchos sentidos, a madurar. Desde muy pequeño había desarrollado un interés por las cuerdas y, de adulto, había tenido la suerte de conocer a personas con mucha más experiencia que yo, personas que estaban dispuestas a enseñarme y a llevarme por el buen camino.
Normalmente, rehuía cualquier cosa que tuviera que tomarme demasiado en serio, pero esto era diferente. El bondage podía ser subversivo, podía ser curativo. Jugar con las dinámicas de poder y el control podía ser lo más liberador que algunas personas harían jamás.
Cogí mi bolsa de viaje del dormitorio y al volver me encontré a Jess y a Manson en el suelo.
Él estaba tumbado boca abajo, con los brazos cruzados debajo de la cabeza, mientras Jess le acariciaba la espalda con las uñas.
Parecía que podía quedarse dormido en cualquier momento, lo cual era perfecto.
No haría nada a menos que él estuviera lo suficientemente tranquilo.
Jess levantó la cabeza, curiosa, mientras yo sacaba mis cosas. Tenía varias bobinas largas de mi cuerda de cáñamo de confianza, así como algunas más cortas. También tenía unas tijeras de EMT, un cortador de repuesto que solía dejar en mi bolsa y un botiquín de primeros auxilios.
Cuando levanté la vista, Manson había abierto los ojos y Jess parecía emocionada.
—¿Me vas a atar hoy? —preguntó.
—A mí, va a atarme a mí —dijo Manson, y ella lo miró sorprendida.
—¿Te gustan estas cosas? —preguntó—. Pero en tu lista ponía que las ataduras para ti eran un límite.
Él asintió con la cabeza y se incorporó hasta quedar sentado.
—Son un límite flexible.
—Quizá más bien un límite medio firme —dije, y él sonrió—. A Manson no le excita que lo aten como a ti, Jess. Es un interés platónico. —Me puse de pie y desenrollé la cuerda—. ¿Por qué no lo desnudas, cariño?
No hizo falta decírselo dos veces. Para empezar, no llevaba mucha ropa, pero ella le quitó los pantalones de chándal, besándolo y acariciándolo mientras lo hacía. Se detuvo antes de quitarle los calzoncillos, con una pregunta en su expresión.
—Puedes dejarme la ropa interior puesta —dijo—. Vince no necesita que mi enorme polla le baile en la cara.
—Ese es exactamente el tipo de ambiente en el que me siento cómodo —dije—. ¿O es que has olvidado a quién suelo atar?
—Tienes razón.
Manson tomó aire y lo contuvo durante un momento. Tenía los hombros tensos, así que le agarré uno.
—Avísame cuando estés listo —le pedí—. No pasará nada hasta que tú lo digas.
Él seguía teniendo el control, tenía que recordárselo.
No serviría de nada sugerirle que se calmara, que se relajara o darle cualquier otro consejo sobre sus sentimientos.
Lo que sentía era algo personal; no me correspondía a mí decidirlo.
Solo podía proporcionarle el entorno para que explorara con seguridad.
Necesitaba la oportunidad de sentir lo que tuviera que sentir, sin preocuparse por cómo afectaría a otras personas. No se trataba de mí, ni de Jess, ni de nadie más. Se trataba de él, y para ser un hombre al que le gustaba que lo llamaran dios, no era lo suficientemente egoísta.
—¿Tienes miedo? —le preguntó Jess con delicadeza.
—No tengo miedo. No exactamente.
Manson clavó la mirada en la cuerda, como si fuera un compañero indeseado con el que intentaba ser educado. Pero, poco a poco, tras varias respiraciones profundas, la tensión de su rostro se disipó.
—De acuerdo —dijo—. Estoy listo.
No se le puede meter prisa al arte, y con las cuerdas ocurría lo mismo.
Tenía que conocer el cuerpo con el que trabajaba.
Tenía que conocer los puntos de presión, los nervios, las arterias.
También tenía que conocer mi material, la resistencia de mis cuerdas, la densidad, la presión. Cada nudo se hacía con un propósito.
Me arrodillé detrás de Manson y me tomé mi tiempo para tensar las cuerdas alrededor de su pecho.
Jess se sentó frente a él, con las piernas cruzadas y las manos sobre sus piernas.
Al principio, él mantuvo los ojos cerrados, respirando lentamente con un ritmo cadencioso.
Le até los brazos a la espalda, colocando las cuerdas alrededor de su pecho como un arnés.
Cada vuelta era como un abrazo, que poco a poco eliminaba toda la ansiedad y la tensión de su cuerpo.
Al menos, así era como prefería verlo yo.
Si no hubiera estado tan concentrado, habría sido más hablador, pero por eso necesitaba que Jess estuviera allí.
Mientras yo lo ataba, ella mantenía a Manson entretenido con la conversación.
—¿Le has dejado que te ate antes? —le preguntó.
No dejaba de tocarlo, y yo no estaba seguro de si se daba cuenta de lo mucho que eso lo tranquilizaba.
Yo lo noté, pero también había estado lo suficiente con Manson como para poder detectar esos pequeños gestos tan reveladores: la forma en que su respiración se entrecortada y se aceleraba un poco, cómo desaparecía la tensión de sus músculos.
—Unas cuantas veces —respondió—. Le dejé practicar conmigo cuando estaba aprendiendo.
—¿Entonces también te asustaba?
Manson emitió un sonido suave, a medio camino entre una burla y un gruñido.
—Nunca he dicho que tuviera miedo, ángel.
—Lo sé —dijo ella—. No hacía falta que lo dijeras.
Él se movió un poco y yo hice una pausa.
—¿Está demasiado apretado? —le pregunté.
Él negó con la cabeza.