El pago (Losers 2) 10
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Manson

Cuando cerré la puerta detrás de mí, las risas y conversaciones de los demás quedaron amortiguadas. Era tarde, aún faltaban unas horas para el atardecer, pero la luz era tenue bajo los árboles y estaba llena de sombras.

La leña estaba apilada en una montañita junto a un viejo cobertizo lleno de herramientas de jardinería. Había telarañas por todas partes, así que cada vez que cogía un tronco miraba con cuidado si había arañas.

Hoy había sido un día perfecto. Toda mi gente estaba junta y feliz. Jess sonreía tanto que sabía que estaba disfrutando de estar aquí, de su tiempo con nosotros.

Eso hacía que no quisiera marcharme nunca. Toda mi vida había querido huir y, aunque ya no estaba atrapado como cuando era niño, seguía sintiendo la misma necesidad de desaparecer, de coger a mi gente e irme, de escondernos a todos en algún lugar donde nada ni nadie pudiera tocarnos.

Mi psicóloga decía que era parte de mi necesidad de tener el control, porque el control me hacía sentir seguro. Podía reconocer estas cosas; podía entender cómo ciertos sentimientos e impulsos derivaban del trauma. Pero ni siquiera entenderlo me daba el control que necesitaba.

Control sobre mí mismo. Sobre mi mente, mis miedos, mis dudas.

Quería vivir el momento, ese momento. Pero no podía. Era incapaz. En lugar de apreciar lo que tenía delante, estaba demasiado distraído por un final que consideraba inevitable.

El nuevo motor de Jess llegaría a los pocos días de nuestra vuelta a casa.

Una vez que hubiéramos arreglado su coche, nuestro acuerdo para el «pago» de su deuda habría llegado técnicamente a su fin.

Pagarnos con sexo, con tiempo, con compañía…

eso se acabaría. Se suponía que así debía ser.

La única razón por la que ella aceptó fue porque no había nada permanente en esto. Podía experimentar sin expectativas.

Apoyé un brazo en el lateral del cobertizo y cerré los ojos un momento.

No podía ser tan sencillo. En las últimas semanas, había visto a Jess cada vez más feliz, más libre. La había visto aceptar ser quien quería ser. La idea de que todo eso pudiera cambiar, que pudiera desaparecer sin más…

A la mierda. Le diría la verdad: quería se quedara con nosotros, tanto que sentía que me iba a partir en dos. Probablemente se asustaría. Estaba como obsesionado. Parecería un enfermo. Pero era demasiado tarde para preocuparse por eso.

Tenía que decirle lo que sentía. Lo llevaba sintiendo durante muchísimo tiempo.

Una ramita se rompió detrás de mí y me sobresalté, girándome de golpe. Se me aceleró el corazón y una desagradable sensación de adrenalina me recorrió las venas. La luz era tenue y ya me había quitado las lentillas, por lo que las formas lejanas se veían borrosas.

El bosque no era un lugar tranquilo. Podría haber sido un animal o el viento. Pero mi corazón no dejaba de latir con fuerza. Me sudaban las manos.

Crac .

Esta vez, estaba preparado. Me llevé la mano al bolsillo trasero mientras dejaba caer la leña, con la navaja fuera y lista en el segundo que me llevó girarme hacia el sonido.

—¡Eh, tío!

Vincent levantó las manos y dio unos pasos rápidos hacia atrás. No había estado muy cerca, gracias a Dios, pero aun así.

—Mierda. —Me temblaba la mano mientras guardaba el cuchillo a toda prisa—. Lo siento mucho, Vince… Joder… —Había estado muy cerca, demasiado cerca; blandiendo un arma en la cara de uno de mis mejores amigos porque no era capaz de controlarme—. No te oí salir. Yo… Me has asustado.

—Sí, ya lo veo. —Me agarró del brazo cuando intenté dar media vuelta y yo hice una mueca de dolor al mirarlo—. ¿Estás bien? Estás pálido y sudoroso. Pareces un pez muerto.

—Vaya, gracias. —Suspiré mientras me apoyaba contra la pila de leña y él se inclinaba a mi lado, sin importarle las arañas—. Solo me he asustado yo solo. Saltando ante las sombras.

Él asintió y yo agradecí su silencio. Me resultaba más fácil hablar cuando no me sentía obligado a hacerlo. Vincent nunca había sido insistente.

—No estoy bien —dije, mirando fijamente a los árboles—. No desde que lo vi.

—A tu padre —dijo, no hacía falta que preguntara.

—Es como si una parte de mí se hubiera escondido ese día —le conté—.

La parte buena. La parte feliz. No puedo…

No sé cómo salir de esto. Es como una presión fría en el pecho.

—Bajé la mirada hacia mis manos y flexioné los dedos, que me hormigueaban—.

Me siento desconectado. De mi cuerpo, de mi cerebro. Como si me estuviera desmoronando.

Me alegraba que los demás siguieran dentro.

No quería que oyeran esto. Era importante ser sincero, era crucial, pero no hacía falta que les cargara con mis problemas.

Habíamos venido aquí para relajarnos y descansar.

Lo último que quería era descargar todos mis miedos sobre ellos y exigirles que también se ocuparan de ellos.

No lo verían así. Querrían ayudar, pero la verdad era que no creía que pudieran hacerlo. Ni todas las palabras reconfortantes del mundo convencerían a mi cerebro enfermo de que dejara de estarlo. No funcionaba así.

—Lo entiendo —dijo Vincent—. Apenas te has dado tiempo para procesarlo. No me extraña que te cueste tanto.

Fruncí el ceño y lo miré.

—¿A qué te refieres?

—Colega, el maltratador de tu padre irrumpió de nuevo en tu vida como el puto monigote de los polvitos de Kool-Aid, y tú te sacudiste y seguiste adelante como si nada.

Esta es la primera vez que te has tomado más de un día libre en el trabajo en…

, joder, ni siquiera sé cuánto tiempo. Te estás quemando hasta decir basta.

Madre mía. Tenía razón, pero mi primer instinto fue decirle que se equivocaba. Podía manejar esto solo, y si no podía, entonces tendría que resolverlo y aclarar mis ideas.

—Bueno, no puedo permitirme el lujo de tomarme un descanso —dije.

—Sabes que tenemos unos buenos ahorros. Tenemos suficiente dinero ahorrado…

—No se trata del dinero. —Negué con la cabeza—.

Con mi padre metiendo las narices, Alex causando problemas, un pueblo entero de capullos buscando una excusa para demonizarnos…

Esa mierda no para ni espera a que yo me recupere.

No puedo permitirme no estar bien, Vince.

Tengo que asegurarme de que estamos bien.

Tengo un negocio que llevar, una puta casa que vender…

—Y tienes una familia que te apoya en todo eso —dijo con suavidad—. En serio, lo creas o no, no tienes que hacerlo todo tú solo. Somos adultos, ¿sabes? También podemos ocuparnos nosotros de las cosas.

—Sé que podéis. Pero yo debería ser capaz de hacerlo. El hecho de que no pueda…

Me volvía loco no poder hacerlo; me hacía sentir como un fracasado.

—Eres muy duro contigo mismo, Manson. —Se rio, suavizando el impacto de sus palabras—.

Eres un ser humano, no un dios. Independientemente de lo que Jess te diga en la cama.

—Eso me hizo reír, liberando un poco de tensión—.

Mañana quiero que te relajes, tío. Déjame ser el jefe por un día.

Te prometo que no dejaré que arda la cabaña.

—Sabes que no es que no confíe en ti —dije—. Es mi cerebro. No puedo apagarlo.

—Para eso están las ataduras —dijo, moviendo las cejas, caricaturesco—. No puedes ser el jefe si estás atado.

Hacía mucho tiempo que no dejaba que Vincent me atara. Me costaba mucho tolerarlo, pero cuando aprendió a manejar las cuerdas, le dejé practicar conmigo unas cuantas veces. En realidad, era relajante, una vez que superaba el terror y las náuseas de no poder apenas moverme.

Confiar en el control de otra persona era una de las cosas más difíciles que había tenido que hacer nunca. Solo de pensarlo, me volvían a temblar las manos. Pero necesitaba la liberación, la seguridad, la intimidad de dejarme llevar y confiar.

—No te presiono —dijo—. Solo te lo ofrezco si crees que te ayudará. Puede que te saque de ese estado mental tan oscuro. —Hizo una pausa y me miró de perfil—. Quiero ayudarte, Manson. Odio verte así.

A pesar de todo lo malo que había aguantado en mi vida, la suerte me había bendecido en lo que respecta a mis amigos.

—Está bien, está bien —dije al final—. Toma la iniciativa. Intentaré relajarme mañana.

—Lo intentarás. —Puso los ojos en blanco y levantó las manos como si estuviera encuadrando una toma para una película—. Imagínate esto: tú, como un dios griego, atado, desnudo y reluciente. Jess, la inocente mortal que ha entrado en tu reino, guiada por mí, por supuesto.

—Te imagino como un sátiro en esa fantasía —dije—. Además, ¿por qué tengo que estar reluciente?

—Excelente. Llámame Pan. Y el brillo es para crear efecto. A las chicas les encantan las cosas que brillan. Tenemos aceite de cocina en la despensa y puedo ir al pueblo a comprar purpurina artesanal… Ah, bueno, a juzgar por tu expresión, supongo que no te gusta la purpurina, ¿no?

—Si me atas y me echas aceite por encima, te juro por Dios…

Recogimos la leña que se me había caído y volvimos al interior. Jess estaba acurrucada entre Lucas y Jason mientras nos esperaban. De alguna manera, había convencido a Lucas para que le contara la historia de cómo había acabado con ese piercing en la polla.

—Entonces este hijo de puta me dijo que era demasiado cobarde como para hacerlo —contó, dándole una patada juguetona a Jason—. Así que fui y me lo hice ese mismo día. No iba a permitir que un chaval que va todos los domingos a misa me llamara cagado.

Jason se rio, mientras Vincent y yo encendíamos la chimenea.

—¿Los domingos a misa? Menuda nostalgia, joder. Hacía tiempo que no oía esa expresión. Y estabas cagado de miedo, no mientas.

Lucas se burló.

—Como si tú no lo estuvieras. Déjame bajar ahí con una aguja y ya veremos quién tiene miedo.

Vincent se encendió otro porro y lo fue rulando cuando nos acomodamos. Nos apiñamos en la cama y, cuando todos se pusieron cómodos, Jess se subió a mi regazo.

Acercó sus labios a mi oído y me dio besos en el cuello.

—¿Estás bien? —me preguntó en voz baja, lo justo para que yo la oyera.

—Por supuesto. —Sonreí y me incliné hacia atrás para que pudiera apoyar la cabeza en mi hombro—. ¿Por qué piensas que no lo estoy?

—Te conozco —dijo.

Le salió con tanta naturalidad, con tanta facilidad, que era imposible que supiera el impacto que tendrían esas palabras.

Me partieron el pecho, rompiendo la fría y estremecedora presión que me asfixiaba día y noche.

Se introdujeron por las grietas que había creado, haciéndose paso y trayendo consigo todo su calor.

La rodeé con los brazos y le di un beso en la frente.

—Estaré bien, ángel. Tengo a las mejores personas cuidando de mí.