7
Jessica
Las cosas que Manson y Lucas estaban haciéndome con sus lenguas me hacían ver las estrellas.
Se tomaban su tiempo, Manson me chupaba y me lamía el clítoris mientras Lucas me daba lametones en el culo. Las piernas me colgaban sobre el agua fría mientras la brisa me besaba la piel húmeda, pero mis temblores no eran por el frío.
Tenía los ojos cerrados por el placer, pero volví a abrirlos cuando uno de ellos me dio una palmada en el culo. Levanté la cabeza de golpe, el agua que cubría nuestra piel hizo que el sonido seco de su mano sonara aún más fuerte.
—Las chicas malas reciben azotes, ¿verdad, ángel? —soltó Manson, y yo miré hacia atrás, justo cuando volvía a darme otra palmada.
No paró de azotarme y Lucas se unió a él. Cuando los dos empezaron a darme a la vez, grité sin contenerme lo más mínimo.
Era una combinación vertiginosa de dolor punzante y un placer cada vez más intenso. Hicieron una pausa después de varios golpes para volver a comerme, hasta que mis piernas temblaron y arañé las tablas del muelle. Luego volvieron a azotarme.
—Creo que tenemos un problema, Manson —dijo Lucas mientras volvía a darme otra fuerte palmada—. A nuestro juguete sexual le gusta que la azoten. —Otro golpe me hizo apretar los dedos de los pies—. ¿Cómo vamos a mantener a raya a esta mocosa si le gusta que la castiguen?
—Nuestro juguete es una puta que disfruta del dolor —dijo Manson—. Creo que el placer le recordará cuál es su lugar. Es difícil rebelarse cuando lo único en lo que puedes pensar es en lo desesperada que estás por correrte… y en el hecho de que no te lo permitirán.
Me volvió a dar una palmada y yo grité, pero mi alarma no era por el dolor.
«Que no te lo permitirán». Mierda. No debería haberles pedido que me castigaran, porque la perspectiva de que me negaran llegar al orgasmo era aterradora.
Empecé a retorcerme y Manson se rio.
—Vaya, vaya, empiezas a estar preocupada, ¿eh? —comentó—. Creo que deberíamos llevarte al límite hasta hacerte llorar, luego yo te follaré el culo y Lucas te follará el coño. A la vez.
Ambos me sonrieron al mirarlos. Esas sonrisas me debilitaron al instante y, a pesar del temor inminente porque no me dejaran correrme, seguía deseándolo. Lo ansiaba.
—Folladme —pedí—. Por favor, usadme para vuestro placer, amos.
—Voy a buscar el lubricante —informó Manson y le dio a Lucas un beso brusco y sucio antes de salir del agua y caminar de regreso al Bronco.
Lucas volvió a enterrar su cara en mi coño y yo cerré los ojos. Ya estaba cachonda, tenía el clítoris hinchado. Cada caricia de su lengua me acercaba más al orgasmo del que me iban a privar.
Manson regresó, pero no volvió a meterse en el agua. Cruzó la pasarela a grandes zancadas y le pasó el lubricante a Lucas, que se echó una generosa cantidad en los dedos y, mientras yo miraba, me introdujo uno de ellos en el culo.
Apreté los puños y jadeé.
—Gracias, señor… Me encanta…
—Que te den azotes y te metan los dedos en el culo te está poniendo muy cachonda —señaló mientras me penetraba—. Qué guarra. Solo quieres que te utilicen, ¿verdad?
—Sí, por favor… Oh, joder… —gemí cuando Lucas añadió un segundo dedo y más lubricante.
Manson se agachó a mi lado y chasqueó la lengua como si no pudiera creerlo.
—Qué escandalosa —dijo—. No sirve de nada quejarse. Abre la boca.
Obedecí inmediatamente; ni siquiera miré lo que tenía en la mano antes de abrir la boca. Me metió algo, un trozo de tela demasiado grande como para que cupiera. Eran los calzoncillos de Manson, la suave tela oscura me llenaba la boca y amortiguaba mis gritos desesperados.
Era degradante y asqueroso tener su ropa interior en la boca. Pero, joder, justo por eso me ponía.
—A ver que te veamos —dijo Manson, levantándome la barbilla—. Ahí está nuestra chica buena. No te cabe más en la boca, ¿verdad? No te preocupes, te llenaremos los otros agujeros.
Gimiendo con desenfreno mientras Lucas me abría poco a poco, mi cabeza descansó en las manos de Manson. Él me tranquilizaba, me elogiaba y me regañaba.
Esto es lo que les pasaba a las chicas traviesas. Tenía que aprender la lección.
Cuando Lucas retiró los dedos, Manson me sacó del agua.
Me levantó, con las piernas temblorosas, y me abrazó contra su cuerpo, aunque estuviera empapada.
Sentir la calidez de su pecho contra mi piel fría era un placer tan exquisito que casi me derretí en sus brazos mientras me besaba.
Lucas salió del río, con el agua resbalándole por el pecho y la polla empalmada cubierta de venas hinchadas.
Se enrolló mi pelo en la mano mientras Manson me guiaba hasta ponerme de rodillas, y los dos me pusieron a cuatro patas.
—Te voy a follar por el culo —dijo Manson mientras se arrodillaba detrás de mí—.
Y Lucas va a follarte por el coño. —Se inclinó sobre mi espalda, besándome por toda la columna vertebral.
Lucas me sujetaba con fuerza del pelo mientras Manson alineaba su polla con mi entrada fruncida, deslizando su punta gruesa en mi interior—: Y seguiremos usándote hasta que estemos satisfechos.
¿Entendido? —Solo después de que yo asintiera con la cabeza, añadió—: Da tres golpecitos si quieres tiempo muerto. Lo estás haciendo muy bien.
Era una batalla perdida, pero intentaba mantener mi respiración lenta y tranquila.
La anticipación me recorría las venas mientras Manson me penetraba despacio, dándome tiempo para adaptarme a su tamaño.
Lucas cogió el bote de lubricante del muelle, abrió el tapón y se inclinó hacia atrás para echar más en el pene de Manson.
Seguía teniendo el culo dolorido después de ayer, pero no me importaba. Tenía tantas ganas de sentir a Manson dentro que me presioné contra él, haciendo que se introdujera aún más.
—Buena chica, métetela bien adentro —dijo Lucas, acariciándome la mejilla.
Manson entró en mí del todo, atravesando esos últimos centímetros.
—Joder, estás muy apretada —gimió.
Sus primeras embestidas fueron lentas, ayudándome a que me acostumbrara a la sensación. Lucas siguió agarrándome del pelo y luego se agachó a mi lado.
—Eso es, deja que te folle el culo, nena —dijo—. Relájate para él.
El deseo de ser buena, de hacer que se sintieran orgullosos, superó el resto de emociones.
Arqueé la espalda, aunque eso intensificó el dolor.
Manson gimió de placer, sus dedos trazando un rastro relajante sobre mis nalgas enrojecidas.
—Muy bien —dijo, moviendo las caderas con un ritmo que hizo que mi clítoris palpitara de excitación—. Dios, qué sexy . Lo aguantas tan bien…
La ola de placer que me abrumó al escuchar esas palabras de elogio casi me transporta a otra dimensión. Incliné la cabeza y Lucas colocó una mano debajo de mi barbilla para aliviar la tensión en mi cabello, que todavía estaba envuelto alrededor de su puño.
—Eso es, cariño —me animó, pero apenas podía ver su rostro a través de mis ojos entrecerrados; era imposible concentrarme en otra cosa que no fuera la sensación de Manson follándome—. Te gusta, ¿verdad?
Gimiendo a través de mi mordaza, asentí con la cabeza. En mi interior se acumulaba una ola de placer tras otra, hasta que sentí el cuerpo tan tenso que me mareé. Mis suplicas eran ininteligibles, no eran más que sonidos ahogados.
Pero Lucas podía ver la desesperación en mi rostro.
—¿El pobre juguete sexual quiere correrse? —preguntó, sacudiéndome la cabeza cuando asentí, soltó una carcajada cruel—. Bueno, es una pena.
—Lo siento, ángel, eso no va a pasar —dijo Manson—. Te dije que íbamos a negártelo, y no pienso incumplir mi palabra.
Manson me rodeó el pecho con los brazos y me echó hacia atrás.
Con la ayuda de Lucas, me cambió de posición.
Manson me sujetó en su regazo mientras se recostaba, manteniendo su polla dentro.
Abrió las piernas, obligándome a abrir las mías también.
Se apoyó en un brazo para sostenerse y mantuvo el otro a mi alrededor.
El resultado fue que yo quedé sentada sobre la polla de Manson, con la espalda apoyada en su pecho. Lucas se acercó a mi coño y su glande perforado me penetró poco a poco.
Dios, estaba increíblemente estrecho. No pensé que pudiera sentirme tan llena.
—Puedes con ello —me animó Manson con la voz ronca.
Su respiración se había vuelto más profunda y sentía su pecho agitado contra mí. Su polla se estremeció cuando Lucas se introdujo un poco más.
Despacio, centímetro a centímetro, me llenó por completo. Vi las estrellas y jadeé en busca de aire. Tener a los dos en mi interior era demasiado.
—Fóllatela bien, Lucas —dijo Manson—. Quiero que necesite correrse tanto que se rompa.
Menos mal que estaba amordazada, porque no podía controlar el volumen de mi voz mientras Lucas me follaba. Su boca esbozó una sonrisa rápida y ansiosa al ver cómo me derrumbaba.
—Qué pasa, ¿eh? ¿Es demasiado para ti? —canturreó.
Era demasiado y, sin embargo, quería más. La sensación de tenerlos a ambos dentro era completamente alucinante. No era solo el placer, era la sensación de propiedad total. Control total.
—Puedo sentir cómo te folla —murmuró Manson con la voz cargada de placer—. Joder, me encanta…
Lucas emitió un sonido, un gemido ahogado por el deseo, y redujo el ritmo, como si intentara controlarse.
—¿Te estás cansando, cachorro? No te he dicho que pares —dijo Manson, y pude oír la sonrisa sádica en sus palabras.
Lucas levantó la vista. Miraba más allá, hacia Manson, pero aun así pude ver claramente la desesperación en su rostro. Ya no podía más, intentaba ser obediente, pero estaba al borde del orgasmo, luchando por no correrse.
Tenía que ponérselo un poco más difícil. Era lo justo, ya que ellos no iban a dejar que me corriera.
Lucas abrió los ojos cuando apreté, como si estuviera haciendo ejercicios de Kegel. Se quedó quieto, exhalando con fuerza, con un temblor recorriendo sus brazos.
—Pequeña mocosa traviesa —me susurró Manson en el oído, riéndose—. Qué cruel por tu parte intentar que Lucas me desobedezca.
Cuando Lucas volvió a levantar la vista, parecía que quería partirme en dos. Seguía respirando con calma para controlarse, pero Manson no parecía estar de humor para la piedad.
Levantó la mano y, mientras Lucas intentaba recuperar el aliento, le acarició la mejilla con los dedos. Al principio parecía un gesto tierno, afectuoso, pero luego Manson le agarró la mandíbula y le empujó la cara hacia delante.
—No te he dicho que pares, joder —dijo.
—No puedo… —Lucas apenas pudo articular las palabras entre dientes—. Voy a correrme, Manson, no puedo…
—No vas a correrte sin mi permiso. Si lo haces, voy a provocarte durante una semana y no dejaré que te corras.
Lucas gruñó entre dientes, soltando una serie de palabrotas. Cuando volvió a penetrarme, fue como si intentara demostrar algo. Grité su nombre y Manson se acercó de golpe y me introdujo la mordaza un poco más en la boca.
El orgasmo estaba tan cerca… tan dolorosa y desesperadamente cerca…
Se me pusieron los ojos en blanco mientras me rendía al placer, concentrándome en él, saboreando cada pulso de calor en lo más profundo de mí. Manson me pellizcó uno de los pezones entre el pulgar y el índice, con tanta fuerza que me dolió.
—Contrólate, ángel —dijo—. Demuéstrame que puedes ser buena para mí.
Podría haber llorado de lo mucho que quería correrme. Pero más que mi propio placer, quería obedecer. La satisfacción de complacerlo, de obedecerlo, sería mucho mayor que unos segundos de éxtasis.
Pero yo no era la única que se resistía. La desesperación de Lucas crecía y sus palabras se entremezclaban.
—Joder, Manson, por favor, déjame correrme, por favor, no puedo aguantar más, joder —decía.
La risa de Manson ante las súplicas de Lucas me hizo estremecer mientras flotaba, aturdida. La polla de Manson palpitaba dentro de mí, hinchándose. Se estremeció, gimiendo mientras se corría con embestidas cortas y espasmos.
Lucas tenía los ojos cerrados con fuerza y movía los labios como si recitara un mantra silencioso mientras lograba a duras penas mantener el control.
Apretando los dientes alrededor de la prenda de ropa que me llenaba la boca, intenté pensar en otra cosa, en lo que fuera, que me impidiera correrme. Pero era imposible ignorar lo que sentía.
Mis uñas se clavaron en el brazo de Manson mientras lo agarraba, sollozando su nombre, aunque él no pudiera entenderme. Lucas me miró a los ojos durante un momento y en ellos vi reflejada mi propia desesperación.
Cuando Manson habló, su voz sonaba cansada y las palabras salían lentamente.
—Está bien, cachorro. Puedes correrte.
Lucas casi sollozó de alivio, como si lo único que le detenía fuera el permiso de Manson.
Su polla palpitó en mi interior, moviéndose mientras me llenaba.
Se recostó contra mí, apoyando la frente en mi hombro.
El corazón le latía con fuerza, al igual que a Manson; podía sentirlos latir casi al unísono mientras me sostenían entre ellos.
—Buena chica —me felicitó Manson, dándome un beso en la mejilla mientras me quitaba la mordaza de la boca y la tiraba lejos—.
Has sido una buena chica, Jess. Lucas. —El otro hombre apenas levantó la cabeza, girándola lo justo para mirar a Manson—.
Buen chico. Lo has hecho muy bien. Sabía que podías aguantar por mí.
Lucas enterró la cara en mi cuello y mi hombro.
—Gracias, señor —murmuró con suavidad.
Le acaricié la nuca con las uñas y él suspiró al sentir mi tacto.
Mi cuerpo palpitaba de deseo, temblando por lo cerca que había estado del límite. Pero había sido una buena chica. Había sido obediente. Y eso saciaba algo mucho más profundo que la necesidad física.