6
Lucas
El grito de Jess rompió el silencio de la mañana, acompañado por el rugido del motor del Bronco. Aceleró por el estrecho camino de tierra, con la suspensión del coche chirriando con cada bache y cada desnivel, y los enormes neumáticos levantando nubes de polvo.
No me había agarrado al asiento con tanta fuerza desde la primera vez que Jason me llevó a derrapar.
Manson no podía parar de reír mientras tomábamos una curva cerrada a toda velocidad. Al parecer, mirar a la muerte a los ojos le parecía divertido.
Joder, a mí también me gustaban los riesgos, pero si iba a morir, sería según mis propios términos.
Confiar en que Jess no nos iba a lanzar volando por el precipicio era jugarme la vida, pero, joder, la adrenalina era increíble.
Jess se reía como una loca mientras atravesábamos el arroyo, el barro salpicando todas las puertas y ventanas. Nos acercamos a un bache en el camino, pero no redujo la velocidad. Pisó el pedal a fondo y aceleró, haciéndonos volar por encima de la cresta con las cuatro ruedas separadas del suelo.
—Joder, nena, vas a matarnos —dije, deslizándome por el asiento cuando giró bruscamente el volante hacia la izquierda.
—¿Cómo quieres que salte si no voy rápido? —soltó, gritando por encima de la música que sonaba a todo volumen por los altavoces.
Por fin frenó. Reía, sin aliento, con el pelo revuelto por el viento que azotaba la cabina.
Llevaba los pantalones cortos vaqueros desabrochados y el top del bikini a punto de dejarle un pezón al descubierto.
Se giró en su asiento para mirarme, al igual que Manson.
Ambos tenían una expresión similar de maliciosa diversión en el rostro.
—¿Te he asustado, Lucas? —preguntó, riéndose cuando abrí la puerta de un tirón.
Salí y caminé de un lado a otro, disfrutando de estar otra vez en tierra firme por unos segundos.
—Supongo que sabe conducir, ¿eh? —dijo Manson, bajándose del asiento del copiloto.
Hoy no llevaba camisa y no se había molestado en arreglarse el pelo, dejando que le cayera sobre la cara. Parecía tan feliz que era imposible no devolverle la sonrisa.
—Sí, supongo que puede apañárselas —admití mientras ella rodeaba el coche la parte delantera del Bronco.
Manson la levantó en brazos para besarla. Mirar no era lo mío; era demasiado impaciente, me podían las ganas de participar. Pero verlos juntos era tan sexy que era imposible apartar la mirada.
—Qué bonito es esto —dijo Jess.
Se acercó a mí cuando Manson la soltó y se puso a limpiarme la suciedad de la mejilla con el pulgar. No esperaba que me tocara, pero me sorprendí a mí mismo al no retroceder.
Cada vez que me tocaba sentía que me dejaba marca. Cada vez que sus dedos me rozaban, mi piel ardía, casi como si me soltara una descarga de electricidad.
—¿Eso es un muelle? —preguntó.
De repente, echó a correr por el sendero hacia el agua. El arroyo se ensanchaba hasta convertirse en un río, y había un viejo muelle de madera que se adentraba en el agua. Jess se acercó a él, y las tablas crujieron bajo el peso de sus zapatos.
—Qué pena que no haya ningún barco —dijo cuando Manson y yo nos reunimos con ella—. Me apetece dar un tranquilo paseo por el río.
—Se vuelve menos tranquilo en un kilómetro y medio río abajo —dijo Manson—. Por eso ya no hay barco.
—Menuda tontería —dije, sacudiendo la cabeza al recordar la historia que me había contado sobre ese barco, que era una trampa mortal—. Eso es lo que pasa cuando vas a sitios sin mí. De repente pierdes el sentido común.
—Habrías estado allí con nosotros en el barco, no mientas —dijo Manson, acercándose para darme un empujón juguetón en el hombro—. No me hice ni un rasguño.
—Oh, intuyo que aquí hay una historia jugosa —dijo Jess y se volvió hacia nosotros haciendo un gesto para que nos sentáramos—. ¿Qué pasó?
Como ya conocía la historia, saqué un cigarrillo y me lo encendí mientras Manson hablaba.
—¿Te acuerdas que dije que la primera vez que vine aquí solo estuvimos Daniel y yo?
—dijo—. Bueno, pues Daniel quería probar el LSD, así que le pillamos un par de pastillas a Vincent.
Nos las tomamos y nos pasamos una hora haciendo el tonto.
Entonces, Daniel tuvo la gran idea de lanzarnos río abajo con ese puñetero bote.
Puse los ojos en blanco, como si él no hubiera tenido nada que ver con todo lo que pasó.
—Puede que fuera idea de Daniel, pero tú estuviste de acuerdo —dije, nunca le iba a dejar que olvidara ese incidente.
—Cuando estoy colocado hago estupideces —admitió Manson—. Pero sí, nos subimos en el bote. No sé si alguna vez has bajado por un río colocado, pero es la hostia. Hasta que llegamos a la parte difícil.
La boca de Jess formó un silencioso «oh» de sorpresa. Una reacción mucho más sutil que la que yo había tenido cuando me enteré, pero había mejorado desde entonces y ya no perdía los estribos tan fácilmente.
—Así que ese fue el final del bote —dijo.
Puse los ojos en blanco por lo mucho que había resumido la historia.
—Te has olvidado de la parte en la que el bote se hizo pedazos contra las rocas y casi te ahogas. Daniel tiene suerte de que no lo estrangulara por eso.
—Es muy bonito que te preocuparas por él, Lucas —comentó Jess.
—No hay nada bonito en ello —protesté balbuceando—. Este cabrón casi hace que me dé un infarto. Casi se ahoga en un río que no puede tener más de metro y medio de profundidad. —Negué con la cabeza—. Eres tan tonto que podrías tirarte al suelo y fallar.
—Entonces, lo que estoy entendiendo es que un bote de madera no es lo bastante resistente —dijo Jess—. Pero si tuviéramos unos flotadores…
Manson asintió con la cabeza, extendiendo los brazos como para decir que Jess estaba pensando en la dirección correcta.
—A eso me refiero. Necesitamos unos flotadores.
—Estáis locos —murmuré.
Jess se puso de pie y no me di cuenta de lo que estaba haciendo hasta que me tiró la parte de arriba del bikini al regazo. Corrió y saltó desde el final del muelle, zambulléndose desnuda en el agua.
El agua fría nos salpicó a Manson y a mí, mojando todo el muelle. En cuanto Jess salió a la superficie, jadeando, soltó un grito.
—¡Joder, qué fría! —exclamó.
El agua era lo suficientemente profunda como para cubrirle hasta los hombros haciendo pie. Hundió la cabeza y, cuando volvió a salir a la superficie, nos escupió un chorro de agua.
—¡Vamos, meteos! A no ser que os dé miedo mojaros…
Manson y yo nos miramos, pero fuimos demasiado lentos. Jess ahuecó las manos y nos volvió a salpicar, rociándonos con gotas frías.
—Oh, ahora sí que te vas a enterar —solté.
Di un brinco, me quité la ropa y me lancé tras ella. Tenía razón: el agua estaba helada. Pero al cabo de unos instantes, la temperatura se volvió soportable. Metí el brazo en el agua y le salpiqué la cara, dejándola sin aliento.
—¡Oye! —gritó, salpicándome ella también.
Me sumergí bajo el agua para que no pudiera alcanzarme y nadé hacia ella para tirarla hacia el fondo. Se resistió y se retorció, riéndose mientras salíamos a la superficie.
—¡Manson, socorro!
Él sonreía mientras se levantaba y se quitaba los pantalones. Saltó desde el borde del muelle, dando una voltereta antes de caer al río junto a nosotros. Salió a la superficie y, mientras yo sostenía a Jess contra mi pecho, él se acercó por delante.
—No parece que estés aquí para ayudarme —comentó cuando le vio esbozar una sonrisa maliciosa.
Jess metió la mano en el agua, y le lanzó un buen chorro de agua, pillándolo por sorpresa.
—¿Así es como quieres jugar? Mocosa… —dijo apartándose el pelo empapado de la cara.
Jess intentó huir, pero la mantuve cautiva para que él pudiera salpicarla.
Tenía la piel tan resbaladiza que se me escapó al forcejear.
Nadó bajo el agua con Manson persiguiéndola, y salió a la superficie gritando cuando él la agarró por el tobillo.
Forcejearon durante un tiempo, pero Manson la dominó fácilmente y la sacó del agua.
—¡Suéltame! —gritó, chapoteando mientras pataleaba.
—Si eso es lo que quieres…
La lanzó al aire y su grito se cortó cómicamente al sumergirse de nuevo en el río.
Manson y yo intercambiamos una mirada mientras ella luchaba por salir a la superficie. Él sonrió y yo me sumergí bajo el agua de inmediato. El fondo estaba turbio, pero vi las piernas de Jess y nadé hacia ella.
La agarré por la cintura y la levanté. Estaba resbaladiza en mis brazos, era casi imposible sujetarla, pero estaba quedándose sin fuerzas, sin aliento, maldiciéndome y riéndose a la vez.
—Ahí está mi viciosa muñequita sexual —le dije, incapaz de resistirme a morderle el cuello con ternura.
Manson se acercó a nosotros y ella contuvo el aliento cuando él le acarició la piel.
La sostuvimos entre nosotros, tocándola, besándola, saboreándola. La calidez de nuestra piel desnuda contrastaba con el frío del agua y era un placer único, me empalmé al pasar las manos por el cuerpo de Jess.
—Si vas a seguir luchando contra tus amos, tendremos que darte una lección —dijo Manson.
Jess gimió mientras extendía el brazo hacia atrás para agarrarlo.
Su pecho estaba contra el mío, mi polla a punto de hundirse en su interior.
Moviendo sutilmente las caderas, froté mi miembro sobre su clítoris.
Ella levantó la mirada, y sus ojos estaban tan llenos de deseo que no pude resistirme más.
Manson me miró por encima del hombro de Jess.
—Creo que quiere que la castiguen, cachorro —comentó.
Jess gimió suavemente, contoneándose contra mí. La suave sensación de su piel me provocó un escalofrío de placer en la espalda.
La arrastramos hasta el muelle y la sacamos un poco del agua.
Su pecho descansaba sobre las viejas tablas mientras las piernas le colgaban en el agua, que le llegaba hasta la mitad del muslo.
Yo podía mantenerme de pie sin nadar, así que la agarré por las caderas, apretando fuerte mientras me inclinaba sobre su hermoso culo; le di un beso en cada nalga.
—¿Qué quieres, juguete sexual? —le pregunté, rozando su piel con los dientes antes de darle una palmada en el trasero.
Su jadeo fue un sonido cargado de placer. Nos miró, con las pupilas dilatadas, y sus hermosos labios formaron las palabras.
—Por favor, castigadme, señores. Castigadme por ser una chica mala.