El pago (Losers 2) 5 #3
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Al oír eso, me quedé mirándola con incredulidad.

Con todas las horas que había pasado con ella en el gimnasio, sentía que habíamos desarrollado una amistad especial, un vínculo que era solo nuestro.

Era mejor dejar el pasado atrás; las cosas dolorosas que sucedieron, las cosas horribles que se dijeron… Intenté que ya no me importaran.

Pero también aprendí a no esperar una disculpa.

—No te voy a mentir, Jess. —Quería ser amable con ella, de verdad, pero si se molestaba en disculparse, en afrontar lo incómodo que era aquello, entonces yo tenía que hacer lo mismo—.

Muchas de las cosas que pasaron en el instituto me jodieron.

Me hicieron sentir inseguro. Me hicieron odiar partes de mí mismo.

No fuiste solo tú quien provocó eso. Tuve acosadores peores que tú. Pero…

—Pero yo seguía formando parte de ello —dijo—. Te hice daño.

Era evidente que estaba reprimiendo muchas emociones. Las lágrimas brillaban en sus ojos, como si fueran a caer en cualquier momento, pero las contuvo y mantuvo la voz tranquila.

Jess estaba intentando hablar del tema sin hacerse la víctima, haciendo todo lo posible para evitar que yo me sintiera como el malo.

—Me hiciste daño —le dije, y decirlo fue como soltar un gran suspiro—.

Fue horrible. Y durante un tiempo, no supe si podría perdonarte.

Pero entonces… te vi con tu madre. —Levantó la cabeza de golpe y me miró con incertidumbre—.

Estabas con ella en una reunión de padres y profesores, y yo estaba allí con mi padre.

Recuerdo pensar que las das ibais muy elegantes, demasiado para estar en un instituto.

En un momento dado, tu madre te cogió de la mano y te regañó por tus uñas.

Dijo que la avergonzabas, que no podía creer que salieras de casa con ese aspecto.

—Hizo una mueca de dolor y cerró los ojos por un momento—.

A veces, las personas heridas acaban hiriendo a los demás.

Después de ver esa escena, las cosas cobraron más sentido para mí.

Cómo una chica podía ser tan hermosa y tan cruel al mismo tiempo.

Tan segura de sí misma, pero a la vez estar tan aterrorizada.

Con qué facilidad le venían a la mente esos insultos, como si criticar la apariencia de los que la rodeaban fuera algo normal.

En su mundo, lo era.

—He pasado por muchas cosas desde entonces, y creo que tú también —dije.

Ella asintió y yo cambié de posición para poder abrazarla más fuerte.

Podía ver la silueta de Vincent a través de las puertas de cristal del salón, esperando a que nos uniéramos a él. Pero no quería precipitarme.

Esto era importante.

—Te perdono, Jess —le dije—. Cuando apareciste, sinceramente, no creí que pudiera hacerlo.

No creí que quisiera hacerlo. Pero me sorprendiste.

Encajaste con nosotros mejor de lo que pensaba.

—Le acaricié la mandíbula y la mirada de sus ojos casi me dejó sin aliento; la emoción, la esperanza que había en ellos, me llegó al corazón—.

Me alegro de que estés aquí. Me alegro de que tengamos otra oportunidad, porque esta vez va a ser diferente.

—Diferente —murmuró, haciéndome de eco—. ¿Cómo?

Esta vez me tocó a mí apartar la mirada, un poco sorprendido conmigo mismo. Intentaba ser cuidadoso con lo que decía, pero a veces se me escapaban cosas sin pensar.

—Bueno —empecé a decir—, me cuesta mucho dejar ir las cosas que quiero.

Nuestras miradas volvieron a encontrarse. Cada latido de mi corazón era como un martillo golpeando contra mis costillas. Mi cerebro iba a mil por hora y no podía articular un pensamiento coherente por más que lo intentara.

—Te deseo —dije—. Así que, si sigues pensando que todo esto va a resolverse sin más una vez arreglemos tu coche, siento decírtelo, pero no te vas a librar de mí tan fácilmente. Ni de ninguno de nosotros.

Frunció los labios, como si intentara reprimir una sonrisa.

—Me voy a mudar, voy a irme del pueblo, ¿lo sabes?

—Asentí con la cabeza—. Y mi madre es horrible.

No le gustáis ninguno. —Volví a asentir, y las siguientes frases salieron rápidamente de su boca—.

La he cagado antes y probablemente la volveré a cagar.

Y no siempre sé qué decir, y a veces suelto tonterías.

Soy insegura y mezquina. Puedo ser egoísta, grosera y, a veces, me enfado porque me pongo nerviosa…

Le puse un dedo sobre los labios. Sus hombros se relajaron y la tensión se desvaneció de su cuerpo.

—Eso ya lo sé, princesa —le dije—. No espero menos. No quiero menos.

Aparté el dedo y la besé, acariciándole la nuca. Sus besos eran tan dulces, y la forma en que se aferraba a mi camiseta para acercarme más a ella me volvía loco. Cuando nos separamos, se quedó allí sentada mirándome un momento, recorriendo mi rostro con los dedos como si quisiera memorizarlo.

—Me alegro de que esta vez sea diferente —dijo en voz baja—. Quiero que lo sea.

No necesitaba que dijera nada más; con eso me bastaba para estar seguro. Ella sentía lo mismo. Quería que esto funcionara, aunque aún no lo supiera.

Pero para asegurarme de que estuviera completamente convencida, seguí besándola hasta que empezó a temblar, con los ojos muy abiertos y sin aliento. Solo entonces la llevé otra vez al interior para reunirnos con Vincent en el sofá, acurrucándola entre nosotros.

Justo donde debía estar.