5 #2
La abrazó durante un rato, mostrándole lo que pronto comeríamos para cenar. Filetes gruesos, espárragos a la parrilla y Vincent tenía patatas hirviendo en la cocina. Estaba listo para atiborrarme y pasar el resto de la noche siendo perezoso.
—¿Los Peters son los dueños de este sitio? —preguntó Jess, dando unos pasos tentativos por la tierra para asomarse entre los árboles; era una zona preciosa, aislada y montañosa.
—Sí, es su casa de vacaciones —dijo Manson—.
O una de ellas. Viví con ellos durante casi tres años y a veces todavía me sorprende la cantidad de dinero que tienen.
—De repente, soltó una risita—. La primera vez que vine aquí, solo estuvimos Daniel y yo.
Todavía nos estábamos conociendo. Pensé que sería un capullo todo el fin de semana, pero resultó que nos entendimos bien.
Daniel Peters era el hijo de Kathy y uno de los pocos chicos populares del instituto Wickeston que no era un completo imbécil. Ahora trabajaba para UNICEF y no lo habíamos visto desde que Manson se marchó de su casa. Pero era un buen chico, tenía un buen corazón.
—Te convenció para subirte a una barca y casi te ahogas —dijo Lucas, apuntando con la espátula en dirección a Manson con rencor en su tono.
—Parece que Lucas todavía tiene pesadillas con eso —dije, sabiendo que me encontraba a una distancia prudencial.
Me miró con los ojos entrecerrados, blandiendo la espátula de una forma mucho más amenazante que con Manson.
—Tú —siseó—. Más te vale tener cuidado.
Le guiñé un ojo y le dediqué una sonrisa que prometía más problemas.
Cenamos en el porche trasero, alrededor de una gran mesa con una fogata en el centro. Habíamos traído suficiente comida para todo el fin de semana, además de licores y cerveza. Vincent y Manson disfrutaron del whisky , mientras que Lucas, Jess y yo bebíamos cerveza.
A medida que el sol se hundía en el horizonte, el crepúsculo se instalaba bajo los árboles. Las sombras se alargaron y varios grillos ansiosos comenzaron a cantar.
—Mañana, Manson y yo nos levantaremos pronto para dar una vuelta con el Bronco por algunos de los caminos —dijo Lucas, que una vez terminada la cena, se recostó en su asiento, con una cerveza en una mano y un cigarrillo en la otra—. Deberías venir con nosotros, Jess.
— Insistimos en que vengas con nosotros —aclaró Manson—. ¿Has estado alguna vez con el coche en campo abierto?
Jess se inclinó hacia delante sobre mi regazo para coger su cerveza de la mesa.
En cuanto terminó de comer, la levanté de su asiento y la senté en el mío.
Me costaba mucho mantener las manos quietas, sobre todo cuando ella no dejaba de rozarme el brazo con sus afiladas uñas.
Esos suaves arañazos eran relajantes y me producían un cosquilleo en la piel.
—Un par de veces —respondió—. Puedo conducir, ¿verdad?
Manson arqueó las cejas, que desaparecieron bajo su cabello suelto.
—¿Quieres conducir el Bronco? ¿Por estos caminos?
—¿Con nosotros en el coche? —añadió Lucas, como si ese detallito lo hiciera aún más increíble.
—No voy a estrellarme —dijo Jess, riéndose de su sorpresa—. Soy buena conductora, solo que se me da mal el mantenimiento.
Teniendo en cuenta que había descuidado el motor de su BMW hasta que literalmente dejó de funcionar, «mala en el mantenimiento» era quedarse muy corta.
—Mm, buena conductora, claro —dijo Lucas—. Ya lo veremos.
Pero Manson sonreía mientras daba un sorbo a su bebida.
—De acuerdo, Jess. Sí, veremos qué tal lo haces.
Ella levantó el puño con entusiasmo.
—Joder, sí. Preparaos para el viaje de vuestra vida, chavales.
—Puede que sea el último viaje de mi vida —murmuró Lucas, y ella le hizo una peineta.
—Me temo que nos lo vamos a perder —dijo Vincent, apoyando los pies sobre la mesa—. Despertarme al amanecer dos días seguidos no está en mis planes.
Jess puso cara de pena, poniendo morritos.
—Oh, vale. ¿Y tú? —Me miró—. ¿Vas a quedarte en la cama mañana por la mañana o te vienes?
Desde que empecé a ir al gimnasio con ella, no me costaba levantarme pronto. Pero la verdad era que no era una persona madrugadora, y eso debió de notarse en mi cara.
Me dio un beso en la mejilla antes de que pudiera responder.
—Esa cara parece decir «voy a quedarme en la cama».
—No quiero levantar la cabeza de la almohada antes del mediodía —dije.
Jess asintió, comprensiva, y me acarició el pelo con los dedos. Dios, me encantaba cuando hacía eso. La forma en que sus uñas me arañaban el cuero cabelludo casi me hacía ronronear.
—Vale, vale, supongo que puedes quedarte durmiendo —dijo, poniendo los ojos en blanco—. Parece que solo te da miedo que conduzca yo.
—Qué cosita más quisquillosa —le dije—. Más te vale tener cuidado mañana; Vincent y yo tendremos toda la mañana para planear lo que queremos hacerte cuando vuelvas. Por tu bien, yo intentaría asegurarme de que estemos de buen humor.
Nuestra conversación hizo que el tiempo se nos escapara. Pronto, la oscuridad que nos rodeaba se hizo más intensa. La imagen del cielo nocturno era fenomenal, con estrellas titilantes y planetas brillantes que creaban un caleidoscopio resplandeciente sobre nuestras cabezas.
—Necesito una ducha —dijo Manson, levantándose de su asiento con un gemido.
Mientras se dirigía al interior, le dio un ligero golpecito en el hombro a Lucas, que se levantó inmediatamente de su asiento para acompañarlo.
—Bueno, mientras ellos están ocupados, yo podría tomarme un ponche calentito y ver una película —dijo Vincent—. Empieza a hacer un poco de frío. ¿Me acompañáis?
—En un minuto —dije.
Jess estaba tan a gusto en mi regazo, con la cabeza apoyada en mi hombro mientras contemplaba las estrellas, que quería prolongar ese momento un poco más.
Durante varios minutos, después de que Vincent entrara, ella y yo nos quedamos allí sentados en silencio. El fuego se había apagado, solo quedaban unas pocas llamas lamiendo las brasas humeantes. Había refrescado bastante, pero entre el fuego y el calor de nuestros cuerpos, yo estaba cómodo.
Tan cómodo que no quería levantarme. Podría quedarme allí sentado con ella durante horas contemplando las estrellas. Sus dedos recorrieron mi brazo y mi mano, pasando por encima de los anillos que llevaba puestos.
—Son los mismos anillos que te hiciste en el instituto, ¿verdad? —preguntó—. ¿En la clase de tecnología?
Estaba obsesionado con esa clase. Todas mis otras clases eran avanzadas, lo que requería muchas horas de estudio y montones de deberes. Pero en tecnología podía divertirme. Podía crear lo que quisiera.
Lo que había creado eran anillos tan gruesos que podían hacer de armas.
En aquella época no era muy bueno peleando; era más bien pequeño y muy tímido.
Pero intentaba imitar a Lucas, porque era, sin duda, el chico más duro que conocía.
Su forma de comportarse, como si nada en el mundo pudiera asustarlo, era admirable.
Quería que mi sola presencia bastara para intimidar a la gente, como pasaba con él.
No lo conseguí, pero me aficioné a llevar los anillos. Me gustaba el peso en las manos, como si fueran pequeñas armaduras.
—La mayoría son los mismos de entonces. —Señalé la banda de plata en mi dedo anular, más sencilla que los otros anillos—. Este me lo dio Vincent. Lo hizo él mismo.
Me cogió la mano y se la acercó para poder examinar el anillo a la luz del fuego.
—No sabía que hacía joyas. Supongo que no debería sorprenderme, teniendo en cuenta que tiene talentos muy variados. —Cuando volvió a levantar la vista, la luz del fuego se reflejó en sus ojos—. ¿Es un anillo de compromiso?
Lo dijo con una sonrisilla, como si intentara no parecer demasiado emocionada al no saber la respuesta con certeza. Me gustó su entusiasmo.
—No exactamente —respondí—. En realidad, el matrimonio no es algo que tengamos en mente, al menos no en el sentido tradicional.
El anillo es más bien… un collar que puedo llevar a cualquier parte.
Simboliza devoción, amor, lealtad. —Su sonrisa se ensanchó—.
Así que supongo que es similar a un anillo de compromiso, al menos en cuanto a su significado.
—¿Quieres un collar de verdad algún día? —preguntó—. ¿Uno de esos de metal?
—¿Has estado investigando sobre collares, Jess? —le pregunté, y ella bajó la mirada, con un ligero rubor tiñendo sus mejillas—. ¿Te gustan los de metal?
Asintió con la cabeza.
—Vi uno de oro rosa. Era fino y delicado, muy bonito.
Sus palabras se apagaron y su mirada se perdió en la distancia. Como si hubiera recordado algo que no le gustaba, algo que la había hecho callar.
—Creo que el anillo me queda mejor —dije—. Toqueteo demasiado los collares. Me distraen. —El pelo se le había caído sobre la cara y se lo aparté con la mano—. ¿Pasa algo?
—Es solo que… —Respiró hondo y apretó las manos sobre su regazo—. Me he acordado de cosas que te dije en el instituto. Cosas que nunca debería haber dicho. —Bajó la cabeza—. Tú también te acuerdas, ¿no?
A Jess le salían los insultos con la misma facilidad con la que le salía una conversación cualquiera.
Al final del tercer año, mi sentido de la moda se había quedado estancado entre «pijo de colegio privado» y «punk recién salido del cascarón», lo que prácticamente invitaba a la gente a hacer comentarios.
—Intento no darle vueltas al pasado —dije y le cogí la barbilla para que me mirara a los ojos.
Había miedo en su mirada. Y, aunque no me gustó nada verlo, no podía dejar que su preocupación me impidiera ser sincero. Estas conversaciones nunca iban a ser cómodas y, ya que ella había sacado el tema, supuse que quería hablar de ello.
—Te trataba muy mal —dijo—. Fui muy cruel, y apenas te conocía.
—Tragó saliva con dificultad y volvió a bajar la mirada—.
Lo siento mucho. Por las cosas que dije e hice.
Por cómo te hice sentir. Has sido mucho más bueno de lo que merezco, Jason.
Has hecho mucho por protegerme, y la verdad es que no tenías por qué hacerlo.