5
Jason
Jess estaba tumbada en la bañera de hidromasaje, con los ojos cerrados y las extremidades relajadas mientras flotaba en el agua.
Yo tenía el brazo colgando del borde de la bañera, estaba apoyado contra la pared y sentado en el suelo frente a Manson.
Él estaba sentado frente a mí, apoyado en el borde con una mano sumergida en el agua, y los dos observábamos a nuestra chica volver a la realidad.
Nuestra chica. Nuestra. Sonaba muy bien, se sentía tan bien… Si era cierto o no, no importaba, al menos por ahora.
A pesar de lo que vendría después, Jessica era nuestra durante el fin de semana, y yo pretendía disfrutarlo.
Abrió los ojos y sonrió somnolienta mientras miraba a su alrededor.
El cuarto de baño era espacioso y estaba conectado con el dormitorio principal de la cabaña.
Una gran ventana de cristal esmerilado sobre la bañera dejaba entrar la luz natural, y había una ducha lo suficientemente grande como para que cupiéramos los cinco dentro, aunque un poco apretados.
Como casi todo lo que poseía la familia Peters, su cabaña era de lujo.
Había cuatro dormitorios, pero solo pensábamos usar el principal, que tenía una cama enorme.
En casa teníamos espacios separados, pero cuando estábamos fuera solíamos dormir juntos.
Era reconfortante, aliviaba las ansiedades tácitas y los miedos silenciosos.
Era como rodearnos de la sensación de estar en casa, en nuestro hogar.
Porque, en realidad, nuestro hogar no era una casa. Éramos nosotros.
Jess tomó una gran bocanada de aire.
—¿Eso que huelo es comida?
—Lucas y Vincent están preparando una barbacoa —dijo Manson—. ¿Tienes hambre?
—Dios, sí —gimió satisfecha y se estiró, incorporándose en la bañera.
Estaba aún más preciosa después de lo que acababa de pasar. Tenía los ojos cansados y una expresión suave, como si acabara de despertarse de una siesta larga.
Cuando le acaricié los hombros con los dedos, se le puso la piel de gallina y yo sonreí.
—¿Cómo estás? —le pregunté.
Tenía las rodillas dobladas, con la mejilla apoyada en ellas mientras me miraba.
—Genial —respondió—. Como si no tuviera ninguna preocupación en el mundo.
—Bien, porque durante los próximos dos días no tendrás que preocuparte de nada, excepto de portarte bien —dijo Manson.
El agua chapoteó cuando Jess se acercó al borde de la bañera, intentando acercarse lo máximo posible a nosotros sin salir del agua.
—Eso puedo hacerlo —dijo—. Sobre todo, si seguís follándome así. —Se mordió el labio inferior—. Me voy a poner cachonda otra vez si pienso en ello. Habéis matado a mi coño y luego lo habéis resucitado.
—Mm, coño zombi —me deleité, y ella soltó una carcajada.
Manson se levantó, agarró una toalla del armario y la abrió para ella. Jess se agarró a mi mano para salir de la bañera y Manson la envolvió en la toalla, tomándose su tiempo para secarla. Podría haberlo hecho ella misma, pero no queríamos que tuviera que hacerlo.
Había soportado azotes, sexo y estar atada en un maletero. Ahora se merecía sentirse como la princesa que era.
Jess dejó caer la toalla mientras se acercaba a la cama, su silueta desnuda quedó enmarcada por las puertas de cristal que tenía delante.
Las puertas daban a la terraza trasera, cerca de donde Lucas y Vincent estaban preparando la cena en la barbacoa.
El humo se extendía por el jardín, trayendo consigo el apetitoso aroma de la carne y las verduras.
Jess abrió la cremallera de su maleta y rebuscó entre su ropa hasta que Manson intervino.
La rodeé con mis brazos, acariciando su piel suave.
—No tienes que preocuparte por nada, ¿te acuerdas? —le recordé—. Nosotros elegimos lo que llevas puesto… o lo que no.
Manson eligió un tanga y un vestido corto azul y los dejó sobre la cama para ella.
—¿Sin sujetador? —preguntó Jess, y él se echó a reír.
—¿Por qué demonios íbamos a querer que llevaras sujetador? —Le agarró los pechos mientras yo la sujetaba por detrás, apretándoselos con ternura—. Francamente, en cuanto volvamos a entrar, te voy a quitar esta ropa.
Llamaron a la puerta de cristal. Vincent estaba fuera, sosteniendo unas pinzas grandes mientras miraba a Jess y hacía un gesto de aprobación con la mano. Ella se rio mientras se ponía el vestido, y la expresión de él cambió a una de tristeza devastadora.
Siempre le había gustado bromear, y lo fácil que le resultaba hacer reír a Jess se había convertido en una de mis cosas favoritas. Nos habíamos estado reservando durante demasiado tiempo. Nunca había tenido la oportunidad de ver cómo los demás se enamoraban a su manera.
Vincent abrió la puerta y asomó la cabeza.
—¡Eh, no te tapes! ¿Qué pasa? ¿Tienes miedo de que los árboles te vean las tetas?
Jess se acercó a él y le apartó las manos cuando él chasqueó con las pinzas en su dirección.
—Lo siento, lo siento, se han confundido —dijo, riéndose—. Estás tan buena que pensaron que tenían que agarrarte.
Jess soltó un grito cuando la rodeó con un brazo y la levantó del suelo.
La llevó a través de la terraza y ella no tardó en rodearlo con brazos y piernas.
El aire de la tarde era fresco, y el olor a humo y carne cocinándose me hacía la boca agua.
La familia Peters era la dueña del terreno en el que se encontraba la cabaña, por lo que teníamos todo el espacio para nosotros sin preocuparnos por campistas cercanos.
Últimamente Manson había estado perdido en sus pensamientos, sobre todo después de volver a ver a su padre. Había perdido la costumbre de acudir regularmente a su psicóloga, pero le oí concertar una cita antes de salir el fin de semana.
La carga de sentirse responsable de todos nosotros le pesaba mucho.
No teníamos un líder propiamente dicho; era más bien como si Manson fuera el cabeza de familia, guiando las decisiones en lugar de tener siempre la última palabra.
Nunca nos decía que estaba pasando un mal momento a menos que lo presionáramos.
Se guardaba esos pensamientos para sí mismo, aferrándose a la imagen de alguien tranquilo, sereno y calmado.
Actuaba bien, lo admito. Pero era solo una actuación.
—Hola. —Me miró—. ¿Estás bien?
Asintió con la cabeza de inmediato y yo entrecerré los ojos.
—Estoy bien —insistió, pero cuando no aparté la mirada, apretó los dientes—. Es solo que tengo muchas cosas en la cabeza.
Me apoyé contra él y le di un codazo con el hombro, empujándolo hasta que se echó a reír.
—Lo entiendo. Pero el capullo de tu viejo no está aquí, tío. Solo estamos nosotros.
—Sí —dijo, dio otro trago lento y luego me ofreció un poco; no me gustaba el whisky , era más de cerveza, pero tomé un sorbo de todos modos, disfrutando del ardor—.
No voy a querer volver, J. Ya sé que… —Suspiró, viendo a Vincent llevar a Jess por el jardín para que no se lastimara los pies descalzos—.
Tenemos que salir de este puñetero pueblo.
—Lo haremos —le aseguré—. Podríamos poner la casa en venta tal y como está, ya lo sabes.
—Tenemos que terminar la última habitación. La de abajo. —Se frotó la cara con la mano y dio un sorbo mucho más largo que el anterior—. Cuando volvamos, hay que vaciarla.
La habitación de abajo, la habitación de su infancia, había permanecido cerrada con llave desde que nos mudamos. Incluso echar un vistazo al interior de esa vieja y sucia habitación le afectaba. Era un espacio maldito, una tumba en nuestra propia casa. En ella había demasiados malos recuerdos.
—Me parece un buen plan —dije, lo rodeé y le arrebaté la bebida de las manos, sosteniéndola como una zanahoria delante de un caballo mientras caminaba hacia atrás por la terraza—. Venga, vamos. Ven a por tu delicioso whisky . No te quedes ahí todo melancólico.
Apretó los labios formando una línea fina, una mirada que me provocó un agradable nudo en el estómago mientras se acercaba a mí, cruzando la plataforma. Me arrebató la copa y me rodeó los hombros con el brazo.
—Cuidado con las bromas, o Jess y Lucas no serán los únicos a los que ponga de rodillas este fin de semana —dijo en voz baja, sonriendo.
Como si eso fuera un problema. La verdad, era el fin de semana perfecto para portarse mal. Por lo general, sabía hasta dónde podía llegar con Vincent, pero con Manson era más complicado. El riesgo bien calculado hacía que fuera divertido.
Vincent y yo estábamos más unidos, íntimamente, pero eso no significaba que no me interesaran también Manson y Lucas.
Cuando los conocí, me negaba a aceptarlo, me intimidaba su intensidad, me aterrorizaba dar un paso en falso y destruir las mejores amistades que había tenido nunca.
También estaba insoportablemente cachondo.
En el momento en que decidí dejar de reprimir mi sexualidad, todo el deseo que había dentro de mí explotó de forma insaciable.
Había sido un delicado equilibrio entre querer follar con todo el mundo e intentar no perderme en una experimentación desenfrenada.
Tenía que reconocer que tener a Jess cerca y verla crecer en la sumisión me hacía desearlo yo también. Me gustaba cambiar de rol; me satisfacía tanto dar como recibir. Pero a veces, joder, necesitaba que me ataran y me dominaran.
Manson me soltó y pasó las piernas por encima de la barandilla de la terraza para sentarse encima.
Lucas estaba junto a la barbacoa, con el móvil conectado a un altavoz Bluetooth que tenía cerca, poniendo Black Sabbath.
Vincent colocó a Jess de pie junto a la barbacoa, donde la tierra era mullida y polvorienta, por lo que era poco probable que se hiciera daño en los pies.
—Más carne fresca para mí —dijo Lucas, agarrándola y apretándole el culo—. ¿Cómo estás?
—Como si me hubieran secuestrado y me hubieran dejado hecha polvo cuatro villanos malvados —respondió ella—. En otras palabras, estoy de maravilla.
La mayoría de la gente no habría considerado la leve curva de los labios de Lucas como una sonrisa, pero para quienes lo conocíamos bien era obvio.