El pago (Losers 2) 4
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Jessica

Sus zapatos resonaban con fuerza mientras me rodeaban y, de repente, me quitaron la venda de los ojos. Parpadeé rápidamente ante la luz mientras miraba a mis captores.

Tenía a los cuatro delante de mí en el salón de una gran cabaña.

Las paredes eran de madera pulida; a mi izquierda había una chimenea de piedra y a mi derecha, un sofá de cuero marrón.

En las paredes colgaban cráneos disecados de ciervos y alces.

La luz se filtraba a través de las puertas de cristal que tenía delante y que daban a una terraza de madera rodeada de pinos.

—Bienvenida a tu nuevo hogar —dijo Jason, paseándose a mi alrededor—. Es hora de convertirte en la zorrita tragasemen y obediente que siempre has querido ser.

Esas palabras me atravesaron como una descarga eléctrica.

Me volvió a colocar la venda en los ojos, ajustándola bien y sumiéndome en la oscuridad.

—Las zorras tragasemen no necesitan ver —dijo, acariciándome la mejilla—. Haz lo que te digan tus señores y todo irá bien.

Otro par de pasos se acercó. Pasaron por mi lado, acariciándome el pelo mientras me echaban la cabeza hacia atrás.

—Abre la boca, ángel.

Con un escalofrío, obedecí. Los dedos de Manson exploraron mi boca, presionándome la lengua y adentrándose en mi garganta.

—No te apartes. —Me agarró del pelo para asegurarse de que permanecía en mi sitio, y su voz se volvió firme cuando me entraron arcadas—. Aprende a controlarte.

Me metió dos dedos en la garganta y los mantuvo allí. Se me llenaron los ojos de lágrimas y mojé la venda que me cubría los ojos mientras intentaba resistir las ganas de toser. Solo cuando logré controlarme y no atragantarme con sus dedos durante casi veinte segundos, me soltó.

—Así está mejor. —Me soltó el pelo y me rodeó—. Eres una buena puta. Tu garganta siempre tiene que estar lista para mí, ¿verdad?

—Sí, amo —dije con la voz ronca.

—Un juguete como tú solo sirve para complacer a sus dueños, ¿entendido?

Asentí rápidamente.

—Sí, amo —respondí con dificultad.

—Entonces vas a aceptar todo lo que te demos, ¿verdad? Vas a abrir las piernas y dejar que usemos tu coño, tu culo, tu boca. Puedes gritar todo lo que quieras, ángel. Pero vas a ser nuestra chica buena.

Respiré hondo y sentí cómo me faltaba el aire.

—Sí, amo. Seré una buena chica.

Entonces Manson dio una orden.

—Desnudadla.

Me agarraron por todos lados y me inmovilizaron en el suelo. Alguien tiró de mi camiseta y jadeé cuando me la rasgaron. Noté el metal frío en el pecho, por debajo del sujetador y, con un rápido tirón, lo cortaron. Me quitaron los zapatos, los calcetines, los pantalones cortos y las bragas.

Me pusieron boca abajo y la hoja con la que me habían cortado el sujetador rasgó la cinta que me ataba las muñecas antes de arrancármela.

—Abridle las piernas —ordenó Manson—. Quiero ver su precioso coño chorrear para nosotros.

Me agarraron de los tobillos y me los separaron. Yo yacía boca abajo, con el aire frío acariciándome la piel, expuesta e indefensa. Unos dedos me exploraron y me separaron los labios vaginales. Alguien me untó el semen de Vincent y me metió los dedos para devolverlo dentro.

—Jason, cómetela. Métele la lengua.

Manson apenas había terminado de dar la orden cuando Jason me cubrió con su boca.

Me acarició con la lengua, devorándome con el mismo entusiasmo con el que se comería un menú de cinco platos.

Tuve las piernas abiertas todo el tiempo, buscando de manera desesperada algo a lo que aferrarme en el suelo liso.

—¡Ay, Dios, sí!

No dejaba de lamerme el clítoris y eso hacía que mis piernas inmovilizadas no dejaran de retorcerse.

—La estás haciendo temblar, J. —Dios, Vincent sonaba tan sexy … Su voz tenía el humor de siempre, pero su tono era bajo y estaba cargado de deseo—. ¿Te gusta cómo sabe a mí?

—Sí, señor —gimió Jason contra mí, y estuve a punto de perder el control.

Cada centímetro de mi cuerpo se tensó en una búsqueda desesperada de un orgasmo que se me escapaba.

—No dejes que se corra —ordenó Manson, y la lengua de Jason abandonó mi clítoris para recorrer provocativamente mi entrada.

Gemí, empujando las caderas hacia él, como si eso fuera a convencerlo de desobedecer las órdenes de Manson.

—Qué desesperada —comentó Jason. Era como si su boca estuviera absorbiéndome las neuronas; apenas podía hablar, apenas podía pensar—. Puedes retorcerte todo lo que quieras, pero no dejaré que te corras hasta que Manson lo diga.

No había forma de convencerlo de lo contrario. Sabía que no la había. Pero aun así me degradé aún más.

—¡Manson, por favor! —supliqué—. Me portaré bien, seré una chica muy buena, lo prometo…

—Claro que lo serás —dijo Manson.

El sonido del hielo chocando contra el cristal de un vaso me puso en alerta máxima, y los recuerdos de Lucas sujetándome y metiéndome hielo me hicieron temblar. Pero, a continuación, se oyó el goteo del líquido al verterse y percibí un sutil aroma especiado en el aire.

—Te portarás bien tanto si dejo que te corras como si no, ¿verdad, ángel?

—Sí, señor.

Tenía tantas ganas de correrme que habría llorado. Pero apreté los dientes. Mi sufrimiento era una forma de adoración y quería mostrar mi respeto, mi deseo y mi anhelo de la única manera que podía.

Jason siguió provocándome mientras yo dejaba de resistirme. Era como si tuviera un mapa de mi cuerpo aterradoramente preciso, centrándose en los puntos que más hacían que me retorciera. Cada vez que reaccionaba, reducía la velocidad y repetía el movimiento que me había hecho gemir.

—Apártate.

En el momento en que Manson dio la orden, me soltó. Temblé, tumbada en el frío suelo de madera y no moví ni un músculo hasta que él me lo ordenó.

Algo daba golpecitos repetidamente delante de mí, algo duro.

—Ven aquí, ángel.

Me puse a cuatro patas, pero un pie pesado me empujó hacia el suelo.

—Arrástrate sobre tu puto vientre como la patética criatura que eres —dijo Lucas.

—Sí, señor —gemí, obediente, y solo entonces retiró el pie.

Me arrastré hacia adelante, con la barriga pegada al suelo, mientras me acercaba a la voz de Manson.

—Estoy deseando que se monte en tu polla mientras te follo el culo —susurró Vincent con voz sádica a mi lado.

Estaba hablando con Jason e imaginar su polla dentro de mí mientras Vincent se lo follaba… Oh, Dios, sí, quería hacer eso.

La cabeza me daba vueltas y sentía que me cosquilleaba todo el cuerpo. Extendí la mano y toqué una puntera de cuero suave, una suela gruesa, cordones ajustados…

El hielo tintineó cuando Manson bebió un sorbo de la copa que se había servido.

—Ya sabes lo que tienes que hacer —dijo.

Dios, sí, lo sabía.

Recorrí con la nariz su bota, inhalando el intenso aroma del cuero y el sutil olor químico del betún. Besé la punta y sentí un pinchazo en el vientre, la humillación y el deseo se mezclaron en una sensación extraña. Pasé la lengua por el borde de la suela y rocé los cordones con la nariz.

Acurrucada a sus pies, estaba a su merced. Pero me sentía segura, a salvo. La confianza que tenía puesta en ellos no dejaba lugar al miedo en mi mente.

Confiaba en ellos más que en cualquier otra persona que hubiera conocido jamás.

Manson se movió cuando gemí en voz baja, y su tono pasó inmediatamente de la autoridad despreocupada a la preocupación.

—¿Estás bien, Jess?

Sin levantar la cabeza de donde estaba apoyada contra su bota, asentí con la cabeza.

—Estoy bien. Estoy más que bien.

Una oleada de emoción hizo que me atragantara. Alguien me masajeó con delicadeza la espalda y supe, por los dedos largos y la ausencia de anillos, que tenía que ser Vincent.

—Esto me hace sentir muy bien. Me hace sentir segura. Es como si pudiera…

Dios, me costaba tanto expresarlo con palabras… Era vergonzoso, sí, pero el concepto aún era muy nuevo. ¿Por qué el hecho de que me controlaran y me dominaran me hacía sentir que todo estaba bien?

—Ahí está nuestra chica, eso es —dijo Vincent con dulzura—. Puedes hablar con nosotros.

Esa franqueza era parte de lo que hacía que esto fuera tan increíble. No me sentía vulnerable porque temiera resultar herida o lastimada. Me sentía vulnerable porque me había permitido estarlo. Les había dicho lo que quería y ellos habían decidido cumplirlo.

—Quiero obedecer —susurré, pasando los labios por el cuero—. Quiero adorarte y dejar que me uses como quieras, señor. Por favor. Por favor, úsame.

—Estoy orgulloso de que digas eso, ángel. Me gusta oírte ser sincera conmigo. —Se oyó el tintineo del hielo en el vaso y otro aroma picante a whisky —. ¿Quieres correrte?

Había una sonrisa en las palabras de Manson.

—Sí, amo, quiero hacerlo. Por favor.

Algo me rozó la espalda. Algo suave pero pesado, con múltiples borlas que parecían de cuero.

—Siéntate en mi bota. Frota tu cuerpo contra ella. Intenta correrte.

Sentí un cosquilleo por toda la piel. Me puse de rodillas, rodeé la pierna de Manson con el brazo y me acerqué más a él. No podía verlo, pero me lo imaginaba de pie sobre mí; completamente vestido, mientras yo estaba desnuda, y con un control absoluto sobre todos los que estaban en la habitación.

Me dejé caer, frotándome contra el cuero. La punta era suave y los cordones ásperos, era difícil encontrar el ángulo perfecto, pero lo deseaba con todas mis fuerzas. Apoyé la mejilla contra su pierna, gimiendo mientras movía y balanceaba las caderas.

Joder, cómo me gustaba. Frotaba mi clítoris contra el cuero, y mi propia excitación lo dejó resbaladizo. Me moví más rápido, jadeando, persiguiendo el placer.

—Preparadla.

No estaba segura de a quién iba dirigida la orden, solo sabía que no era para mí. Una mano me agarró por la nuca y un dedo resbaladizo, cubierto de lubricante, me tanteó el ano.

—Te voy a follar aquí mismo —dijo Lucas, pegado a mi espalda mientras empujaba el dedo más allá del estrecho anillo de músculos.

Grité ante la intrusión y él repitió el movimiento, sacando el dedo por completo y volviendo a introducirlo.

—Sigue moviéndote, ángel —ordenó Manson—. No te he dicho que pares.