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Jessica
La mayoría de la gente no consideraba que estar atada con cinta adhesiva y encerrada en un maletero fuera un buen comienzo de fin de semana. Pero yo no era como la mayoría de la gente.
Sí, vale, estaba un poco trastornada. Era exactamente lo contrario a lo que mi madre quería para su dulce hijita. Tampoco era algo que mi padre aprobara. Salir con esos chicos había arruinado mi reputación y me había costado unos cuantos amigos.
Pero ¿sinceramente? Mi «reputación» era una mierda. Que me conocieran como una zorra estirada no me gustaba, y fingir siempre que era mejor que los demás solo me había hecho ganarme un odio bien merecido. Estaba harta. No quería dramas.
Tenía que descubrir quién era sin todas esas tonterías, sin la máscara y la actitud altiva.
¿Y qué mejor manera de conocerme a mí misma que con la fantasía de ser secuestrada?
No siempre era fácil aceptar lo que quería sin acabar juzgándome a mí misma.
Renunciar al control requería un examen de conciencia, y tuve mucho tiempo para hacerlo durante el trayecto.
Me quedé allí tumbada, pensando en qué podrían hacerme.
Qué me harían . Notaba un cosquilleo en la piel por la tela del suelo del maletero y movía los dedos bajo las ataduras, inquieta.
Jason y Vincent estaban poniendo música electrónica, con un ritmo potente que retumbaba en los altavoces.
El ritmo era oscuro y sensual, y me sumió en un estado de tranquila aceptación.
Yo era suya. Era su juguete, su esclava, su pequeña víctima voluntaria.
Cuando el coche por fin se detuvo y el motor se apagó, se me aceleró el corazón. La expectación se apoderó de mí cuando se abrió el maletero. Entró aire fresco, más frío de lo que esperaba y con un fuerte olor a pino. El canto de los pájaros llenaba el aire y una suave brisa agitaba los árboles.
—Joder, mira qué cosita.
Reconocí la voz de Vincent, pero había varios pies moviéndose alrededor del maletero.
Unas botas crujían sobre la grava, arrastrándose por la tierra y las hojas secas.
Alguien me agarró de la pierna y tiró de mí, cambiándome de posición para que quedara inclinada sobre el parachoques con la parte superior del cuerpo apoyada en el interior del maletero.
Cortaron con rapidez la cinta adhesiva que me rodeaba los tobillos, parecía que habían utilizado un cuchillo.
Unos dedos me acariciaron el pelo, empujándome la cabeza hacia abajo.
Alguien me bajó los pantalones cortos y me agarró, dándome un apretón en el culo.
—Quiero sentir ese precioso coño.
Me apartaron las bragas y me metieron unos dedos. Me penetraban con fuerza, y el sonido de la humedad hizo que me sonrojara. Gemí cuando los sacaron y la suave punta del pene de alguien —¿el de Vincent?— presionó contra mi entrada.
Me penetró, con fuerza y sin cuidado, embistiendo sus caderas contra mí.
No saber quién era, no poder moverme ni ver nada, era tan erótico que empecé a gemir, desesperada, casi al instante.
—Joder, qué gusto.
Era Vincent. Ahora no tenía dudas.
—Dale duro, Vince —dijo Manson—. Lo aguanta muy bien, ¿verdad?
—Oigamos cómo gime. Úsala como a una puta —dijo Lucas desde algún lugar a mi lado.
El ritmo de Vincent era brutal, y apreté los dedos. Mi clítoris ansiaba que lo tocaran.
Esto era lo que había pedido: sin decisiones que tomar ni preocupaciones, solo placer.
La voz me temblaba de desesperación mientras gemía su nombre, rogándole que, por favor, me tocara.
—¡Déjame correrme, Vincent, por favor, por favor, por favor!
Una palmada en el culo fue su respuesta.
—Cierra la puta boca. ¿Crees que nos importa que tú te corras, tía? ¿De verdad lo crees?
—Haz que se calle —dijo Jason—. Dale algo para chupar.
Me sacaron del maletero. Vincent me agarró por las caderas, manteniéndome inclinada mientras alguien me metía la polla en la boca. No tenía piercing y no era tan larga como la de Jason, pero sí más gruesa…
Manson.
Su sabor era indescriptible, pero lo reconocí enseguida.
Me folló la garganta con la misma dureza con la que Vincent me follaba el coño. Gruñó mientras usaba mi boca, agarrándome del pelo. Vincent cambió de ángulo, y su polla golpeó ese punto perfecto que al instante hizo que me flaquearan las rodillas.
—Eso la hace gemir, Vince —dijo Manson con un tono de voz deliciosamente ronco—. Creo que le gusta.
—Puta desesperada.
Recibí otra palmada en el culo y moví las caderas hacia atrás, ansiosa por complacerlos. Vincent siseó y luego se hinchó en mi interior. Empujó mis caderas hacia atrás con violentas embestidas y yo quedé penetrada por ambos extremos, ahogándome y dolorida mientras me usaban.
El gruñido que Vincent soltó al correrse dentro de mí me llevó al límite. Él se retiró, pero Manson aún no había terminado conmigo. Me sujetó la cabeza contra su polla hasta que me atraganté. La saliva se deslizó desde mis labios hasta su miembro hinchado cuando por fin se apartó.
Me levantó y me agarró, obligándome a caminar hacia adelante.
Cuando llegué a unas escaleras, alguien más me levantó del suelo.
Era Lucas; podía olerlo y reconocí la aspereza de sus manos.
Se abrió una puerta y mi nariz captó un aire con algo de polvo, me volvieron a dejar en el suelo y me empujaron hasta que caí de rodillas.
—Veamos cuánto desea correrse el juguetito sexual, ¿os parece?