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Manson
Cargamos nuestras cosas en el Bronco y en el WRX bien pronto, cuando el cielo aún estaba oscuro y había humedad en el aire fresco de la noche.
El día anterior habíamos dejado a los perros con la familia de Vincent y su padre había accedido a pasarse por la casa durante el fin de semana para ver qué tal iba todo.
Hacía mucho tiempo que no salíamos del pueblo, y aún más que no disfrutábamos de unas vacaciones de verdad. Ahora lo necesitábamos más que nunca.
Habían pasado casi dos semanas desde que mi padre apareció en mi puerta después de meses de ausencia.
La última vez que lo vi, amenazó con matarme, y esta vez no había sido mejor.
Creía que estaba muerto y hubiera preferido que siguiera así, pero ahora lo único que podíamos hacer era intentar evitarlo.
Me transportó a mi infancia de una forma que no me gustó.
Andando de puntillas, escondiéndome. Pero ahora las cosas eran diferentes; no tenía que preocuparme solo por mí, tenía que pensar en mis chicos.
Y en Jess. Asegurarme de que estuvieran a salvo era responsabilidad mía.
Además, todos queríamos pasar un rato juntos.
Sin preocuparnos por el trabajo, los padres o los vecinos entrometidos.
Solo nosotros, juntos, haciendo lo que nos diera la gana.
Jess todavía tenía una deuda con nosotros. Su BMW estaba en nuestro garaje, esperando a que le trajeran el motor nuevo. Tampoco iba a pagarnos la reparación con dinero; nos había ofrecido algo que yo consideraba mucho más valioso.
A sí misma. Su cuerpo y su tiempo.
Jugar con la intimidad era arriesgado, lo sabía. Cuando esto terminara, cuando su coche estuviera arreglado y su deuda «saldada», no podríamos dejarla marchar. No sería capaz de desentenderme como si nada y verla salir de mi vida otra vez.
Necesitaba que se quedara.
Quería que se quedara.
Pero la decisión era suya y lo único que podía hacer ahora era demostrarle que este era su sitio.
Quería enseñarle las posibilidades, darle una experiencia que nunca olvidara.
Había admitido que su mayor fantasía era que la secuestraran, la utilizaran y la dominaran, sin tener nada de qué preocuparse, excepto de ser una chica buena y obediente. Quería someterse por completo, renunciar al control al que se aferraba con tanto empeño.
Era una de las cosas que me encantaban de ella. Una vez disipados sus miedos a ser rechazada y juzgada, Jess se volvió insaciable, voraz. Pero entre los cuatro podíamos saciarla.
Durante los últimos días, habíamos hablado de ello, comentando lo que ella se imaginaba que le gustaría y lo que no, las cosas que quería probar y las que quería evitar.
Conocíamos los límites de cada uno de nosotros y teníamos una palabra de seguridad, pero cuanto más la hiciéramos hablar de lo que quería, mejor.
Quería dejarla alucinada. Quería mostrarle cómo podría ser la vida con nosotros, si ella lo deseaba.
La recogimos pronto, antes de que sus padres se despertaran, cuando el sol aún asomaba por el horizonte. Su madre pensaba que iba a pasar el fin de semana con sus amigas, unas amigas que ya ni siquiera hablaban con ella porque había decidido quedarse con nosotros.
Metió su equipaje en la parte trasera del Bronco antes de subirse en el asiento delantero con esos diminutos pantalones vaqueros que se le subían por los muslos mientras se sentaba entre Lucas y yo. Saludó a Jason y Vincent con la mano por la luna trasera, ya que ellos iban en el WRX.
—Por favor, decidme que podemos parar a pillar un café —suplicó, apoyando la cabeza en el hombro de Lucas con un gemido dramático—. Creo que voy a morirme si no me meto algo con cafeína pronto.
Todos necesitábamos nuestra dosis de cafeína. Lucas se ponía de mal humor sin ella y lo último que queríamos era quedarnos atrapados en un vehículo con él de mala leche. Una vez nos tomamos nuestro café, nos incorporamos a la autopista. Subimos el volumen de la radio y bajamos las ventanillas.
No tardé mucho en sentir que no podía soportar tener a Jess sentada a mi lado sin tocarla, besarla, disfrutarla…
Pasándole el brazo por la cintura, le sonreí a Lucas mientras la arrastraba a mi regazo para que se sentara a horcajadas sobre mí, mirándome.
—Venga, tío, ¿por eso querías que condujera yo? —se quejó Lucas—. ¡Es a ti al que le gusta mirar! ¿Vas a hacerme el relevo después de esto? ¡Eh! ¡Manson!
Pero Jess me estaba besando y no podía responderle con su lengua en mi boca. Ni siquiera tenía intención de follármela, todavía. Quería sentirla, disfrutar de su sabor, de su cuerpo. Le di una palmada en el culo cuando se levantó un poco de mi regazo.
—Mm, más fuerte, amo —susurró antes de gemir en mi boca.
—Joder.
Lucas soltó una serie de palabrotas, golpeando el volante con la palma de la mano una y otra vez. Se esforzaba tanto en mirarnos que apenas prestaba atención a la carretera.
—Los ojos al frente, cachorro —le ordené, estirándome para empujarle la cara hacia delante.
El gruñido furioso que me lanzó fue suficiente para hacerme reír mientras le daba otra palmada a Jess, y ella gimió, restregándose contra mí.
La giré, empujándole la cabeza hacia abajo y hacia un lado para que quedara tumbada sobre mi regazo.
Tenía la cabeza sobre el asiento, en dirección a Lucas, y las piernas dobladas contra la puerta, con las zapatillas blancas desatadas.
—¿Más fuerte? —pregunté.
Le acaricié los muslos con la mano y luego las redondeadas nalgas.
Aunque parcialmente ocultas por los pantalones cortos, aún se podían ver las tenues líneas rojas de mi nombre grabadas en su piel.
Se había curado; odiaba ver cómo desaparecía.
Quería dejar una marca permanente en ella, algo que no se borrara.
Me lanzó una mirada descarada por encima del hombro mientras agarraba con fuerza el muslo de Lucas. Esto lo estaba torturando. Meneó el culo y le volví a dar otra palmada, seguí haciéndolo hasta que empezó a jadear y a tener los muslos rojos.
Cuando llegamos a la siguiente gasolinera, Lucas estaba tan tenso que me sorprendió que pudiera mantenerse en pie.
Todos salimos del coche y estiramos los brazos y las piernas.
Llevábamos horas en la carretera y aún nos quedaba un poco más para llegar a las montañas, pero ya podíamos distinguirlas delante de nosotros, a través de los árboles.
Habíamos cambiado los campos de cultivo por los bosques, y la gasolinera en la que paramos era vieja, con un solo surtidor y una ranura para tarjetas de débito que no funcionaba.
—Iré a pagar a la caja —dijo Jess, quitándome el dinero.
La observé a través de la ventana sucia mientras se acercaba al mostrador, con el abdomen al descubierto bajo la camiseta roja que llevaba puesta.
—Está demasiado buena para andar suelta por ahí —dijo Lucas, con los brazos cruzados y apoyado en el Bronco con la tapa del depósito abierta.
Jess hablaba con el hombre que había detrás del mostrador, un anciano con una amplia sonrisa que parecía un Papá Noel de pacotilla con mono de trabajo. Joder, yo también sonreiría así si uno de mis pocos clientes del día tuviera ese aspecto.
Cuando volvió a salir, tenía un chupachups en la boca. Lucas repostó y ella repartió los refrescos que había comprado. Se pasó una de las latas frías por la nuca y suspiró cuando la condensación le goteó por la piel.
—¿De qué sabor es? —le preguntó Vincent, y ella se sacó el chupachups de la boca para ofrecérselo.
—Arándanos —respondió, sacando la lengua manchada de azul cuando Jason se acercó para darle un lametón él también.
Vincent admiró sus muslos enrojecidos y me sonrió mientras levantaba las cejas de forma sugerente. Pero aquella pequeña azotaina no era nada. Era para calentarla y ponerla cachonda antes de la mejor parte.
Quería que la secuestraran. Quería sentirse indefensa, devastada, utilizada.
No podía negarle eso.
Volvimos a la carretera y Jess se divirtió provocándome. Se sentó otra vez en mi regazo y empezó a pasar la lengua por el chupachups. Movió sutilmente las caderas, restregándose contra mí, todo con una mirada inocente.
Aguantamos durante media hora antes de que Lucas parara en un área de servicio desierta.
El WRX se detuvo detrás de nosotros y Jess frunció el ceño, sentándose en mi regazo mientras miraba a su alrededor.
El área de servicio no era más que un banco de picnic y unos baños, ocultos de la autopista por una hilera de árboles.
—¿Tan pronto tenéis que parar para ir al baño? —preguntó.
Me reí, le agarré la cara y la acerqué a mí para besarla. Gimió bajito cuando Lucas la tocó por detrás, deslizando los dedos por sus brazos antes de sujetarle las muñecas y luego…
—Oye, ¿qué…?
Jess se sobresaltó al oír el sonido de la cinta adhesiva, pero Lucas y yo fuimos demasiado rápidos para que pudiera zafarse.
Él le inmovilizó las muñecas en la espalda, atándoselas con cinta adhesiva, y luego hizo lo mismo con los tobillos mientras yo la sujetaba.
Jess sabía lo que iba a pasar, pero hay que reconocer que se resistió con todas sus fuerzas. Luchó y se revolvió, maldiciéndonos como si todo esto fuera en contra de su voluntad.
La sacamos a rastras del Bronco y Lucas la llevó encima de su hombro hasta el WRX.
—Ya estoy harto de tus putas provocaciones —gruñó y la metió en el maletero cuando Vincent se lo abrió. Jess se retorció, mirándonos con los ojos muy abiertos—. Ahora nos toca a nosotros, juguete sexual.
—Tres días en las montañas, donde nadie podrá oír tus gritos —le dije—. Y créeme, vas a gritar mucho.
Dejé el móvil en el maletero. Parte de nuestras conversaciones de los últimos días habían girado en torno a cómo podría comunicarse con nosotros si la encerrábamos así, y el móvil había sido la solución que habíamos escogido.
Estaría en una llamada con Jason todo el tiempo, con el micrófono de él en silencio.
Si por cualquier motivo necesitaba decir la palabra de seguridad, la oiríamos.
Me agaché y le acaricié el pelo. Luego le agarré los largos mechones rubios y la mantuve quieta para que Jason le vendara los ojos.
—Toda para nosotros —dijo, pasando los dedos por sus labios.
Ella los abrió ligeramente y Jason le metió dos dedos en la boca, deslizándolos sobre su lengua hasta el fondo de su garganta, hasta que le entró una arcada—.
Eso es, nena, atragántate. Que se te vaya abriendo la garganta, te va a hacer falta.
Verla atada y con los ojos vendados, tumbada en el maletero, me excitó tanto que no podía ver con claridad. Tendría que haber puesto una cámara allí para poder observarla, pero ya era demasiado tarde para eso.
No sabía cómo coño iba a apañármelas para esperar hasta que llegáramos a las montañas. Pero encontraría la manera. La espera lo hacía más dulce.
—Serás toda nuestra durante los próximos días —le dije, apoyando la mano contra el maletero mientras la miraba—. Disfruta de tu tiempo a solas mientras puedas.
Después, la encerré en la oscuridad.