1 #4
Jess puso los ojos en blanco, como esperaba.
—Soy muy feliz. ¿Por qué no iba a serlo?
Me acerqué a ella y no retrocedió. Me dejó quedarme allí, delante de ella, tan cerca que casi podía tocarla.
—Una persona triste sabe qué aspecto tiene otra persona triste —dije.
Me atreví a acercarme un poco más, a rozarle mejilla para colocarle un mechón rubio detrás de la oreja.
La piel de los brazos se le puso de gallina y abrí mucho los ojos—.
Lo oigo en tu voz. Lo veo en tus ojos. Lo siento cuando te miro.
Te mereces ser feliz, pero nunca encontrarás la felicidad con las personas que estás eligiendo.
Me miraba como si le hubiera dado una bofetada. Convencido de que había metido la pata, me alejé de ella. Su calor era demasiado para mí; había volado demasiado cerca del sol y me había quemado.
Pero si intentas forzar a una planta a crecer en una habitación oscura, buscará el sol. Incluso indefensa y arraigada, sin esperanza alguna de alcanzar el calor, lo buscará porque tiene que hacerlo.
Me agarró de la chaqueta y me arrastró con ella.
Yo la seguí tambaleándome, aturdido y confundido, mientras ella volvía a meterme en el baño y me empujaba contra la pared.
Tenía los ojos muy abiertos y le brillaban, llenos de asombro.
Seguía agarrándome de la chaqueta y estaba muy cerca… demasiado cerca.
—¿Qué haces, Jess? —pregunté.
Tenía las palmas de las manos sudadas y la cabeza me iba a mil por hora. Su cuerpo pegado al mío, con sus hermosos labios ligeramente entreabiertos a solo unos centímetros, apenas unos centímetros, de mi boca.
Olía a fresas dulces y a nata. Se suponía que debía controlarme, pero cuanto más prohibido tienes algo, más lo deseas. Los dulces saben mejor cuando los has robado.
Quería agarrarla, morderla, ver cómo quedaba su piel enrojecida y magullada. Quería oír los sonidos que hacía cuando se perdía en el éxtasis, encontrar todos los puntos de placer y dolor de su cuerpo y utilizarlos.
—Prométeme que no se lo contarás a nadie —susurró.
—Te lo prometo.
Sus ojos no dejaban de moverse entre sostenerme la mirada y mirar mi boca. Sus intenciones parecían evidentes, pero no podía querer lo que yo estaba pensando. No, no tenía sentido.
Esta hermosa diosa no podía desearme.
Pero yo conocía esa mirada, y despertó al monstruo que dormía dentro de mí.
La agarré por los brazos e invertí nuestras posiciones, empujándola contra la pared. Soltó un jadeo, el aire entre nosotros estaba tan cargado que se me erizaron los pelos de la nuca. Respiraba con dificultad, como si acabara de correr dos kilómetros, con el corazón latiéndome a mil por hora.
Se mordió el labio inferior.
—Bésame.
Por un momento, me quedé en blanco. Solo fue un segundo.
Luego me encontré a mí mismo besándola como si fuera la última puñetera cosa que fuera a hacer en la vida.
Y tal vez lo fuera; el marginado del instituto besándose con la exnovia del quarterback era un billete directo al otro barrio.
Pero me daba igual. Joder, me daba exactamente igual.
Si moría mañana, moriría feliz porque esto era el paraíso.
Sus labios sabían a cereza y su boca era suave y dulce. Todo su cuerpo se movía conmigo, cada perfecto centímetro, y era como si unos fuegos artificiales me estallaran en la cabeza. Nos agarrábamos el uno al otro con desesperación, clavándonos los dedos en la piel, empujando, tirando, mordiendo…
Joder, no podía parar.
Puse la mano sobre su garganta, apreté y ella gimió en mi boca como si le hubiera dado lo que tanto ansiaba.
Dios, podía destruirla. Quería hacerlo. Necesitaba hacerlo.
No solo ansiaba su perfección, su belleza inalcanzable, quería sus partes más sucias, esas que eran un desastre, repugnantes y tan jodidas.
Quería abrirla en canal, destrozarla, descubrir las cosas que la hacían ser ella.
Quería hacerla mía de adentro hacia afuera, romperla en pedazos antes de recomponerla.
Eran pensamientos peligrosos y estaba al borde de un precipicio que nunca me había atrevido a tocar.
Cuando nos separamos, sin aliento, fue como si estuviéramos suspendidos al margen del tiempo. Tenía los labios rojos, ligeramente hinchados, y las mejillas sonrojadas. Respiraba con dificultad y, por un momento, me imaginé levantándole la falda y follándomela allí mismo, contra la pared.
Pero entonces me soltó de golpe, con los ojos muy abiertos por el horror. Como si se hubiera dado cuenta de lo que había hecho.
—Yo, yo, eh…
Sacudió la cabeza y la solté, echándome hacia atrás y dejándole espacio. Se movió a mi alrededor, retrocediendo hacia la puerta.
—Ha sido…
Se tocó la boca, temblando un poco. Una sonrisilla curvó sus labios, pero desapareció en cuestión de un segundo. Se detuvo al alcanzar la puerta, volviendo a mirarme.
Como si quisiera pedirme algo.
Como si fuera a caer de rodillas ante mí.
Luego se fue, desapareciendo por la puerta.
Me quedé donde estaba durante mucho tiempo, demasiado, apoyado contra la pared con su sabor en la boca.