El pago (Losers 2) 1 #3
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—¿Quién anda ahí?

Con un suspiro, antes de que pudiera llegar a mi cubículo, salí.

Por un momento, pareció confundida. Apagué el cigarrillo con cuidado, sin querer desperdiciar nada antes de guardarlo.

—¿Qué haces aquí? —preguntó y me recorrió el cuerpo con la mirada, deteniéndose en lugares que no debía.

Nunca había entendido por qué me miraba así, como si estuviera a punto de pedirme algo pero no supiera cómo hacerlo.

—Evitar a tu novio —le dije, y ella puso los ojos en blanco.

—Ya no es mi novio —respondió cortante—, es el juguetito de Veronica y, por mí, se lo puede quedar. —Volvió al lavabo, sacó una toallita desmaquillante del bolso y se pasó el paño por debajo de los ojos—. ¿Estabas aquí sentado mirándome? Eso da mal rollo, Manson.

Me acerqué al lavabo que había junto a ella y me lavé las manos antes de meterme un chicle en la boca. No hay nada como estar cerca de la chica más guapa del instituto para que de repente me sintiera cohibido.

No podía ser más diferente a mí, con las uñas acrílicas rosas y su maquillaje brillante. Era como un rayo de sol que podía calentarte o quemarte hasta dejarte achicharrado.

—Bueno, siento lo de la ruptura.

—¿Lo sientes? —se burló—. No, no lo sientes. No me vengas con gilipolleces.

Gracias a Dios.

De todos modos, se me daba fatal fingir compasión. Siempre sonaba sádico y no era mi intención asustarla de esa forma.

—Vale —dije—. Tienes razón. No siento que hayas roto con el gilipollas de tu novio. Más bien siento que debería felicitarte por haberte librado por fin de ciento diez kilos de peso muerto, pero es un poco complicado felicitar a alguien que está llorando.

—No estoy llorando —dijo, aplicándose rímel en las pestañas y abriendo mucho los ojos—. ¿Por qué iba a llorar? Kyle es el que se lo pierde, yo tengo muchas otras opciones.

Tenía el instituto entero para elegir. ¿Quién la rechazaría?

Vincent y Jason se animaban constantemente a coquetear con ella, como si fuera un juego para ver cuál de los dos era el primero en anotarse un tanto.

Como si alguno de los dos tuviera alguna posibilidad.

Incluso Lucas, que juraba odiarla con toda su alma, no se negaría a la oportunidad de estar con ella. Y yo…

No la rechazaría. Joder, solo pensar en estar con ella así…

Era absurdo. Yo no era una de sus «opciones». No daba la talla. Quizás si hubiera cambiado parte de mi cerebro por un poco más de músculo…, pero, incluso así, no sería lo suficientemente bueno para ella.

Había una barrera entre Jessica y los demás, una pared de cristal impenetrable, como si fuera una obra en un museo, pensada para ser observada pero nunca tocada. Esa pared me parecía un reto, como si hubiera un truco para sortearla y yo solo tuviera que descubrirlo.

Se volvió a echar brillo de labios. No pude evitar bajar la mirada a su boca ahora brillante.

Podía decir cosas crueles y despiadadas, yo se las perdonaría todas; lo había hecho antes y lo volvería a hacer.

Lo que me confundía era que, por muy cruel que fuera, por mucho que actuara como si le diera asco, no me evitaba.

Más bien parecía que hacía todo lo contrario.

Podía haber pedido que le cambiaran la taquilla de sitio, pero no lo había hecho. Podía mandarme a la mierda en cualquier momento y yo me iría. A pesar de sus acusaciones, no estaba intentando darle mal rollo.

—¿Qué te ha pasado en la cabeza? —me preguntó.

Ya se me había olvidado lo del corte y me lo toqué con los dedos para comprobar si seguía sangrando.

—Es el precio que pagué por llegar a mi taquilla —respondí y su boca se crispó, como en un vago intento de mostrar compasión—. ¿Quién es la afortunada nueva opción? Supongo que ya estarás tramando cómo convertir la vida de Kyle en un infierno de celos.

Sonrió con aire burlón mientras se apoyaba en el lavabo.

—Por supuesto. Tiene que aprender la lección.

El sonido de la puerta al abrirse me sobresaltó. Me giré cuando una chica tímida de cabello castaño entró en el baño y nos vio. No estaba seguro de quién era, pero Jess chasqueó los dedos, llamando la atención de la chica al instante.

—El baño está ocupado, cielo —dijo, y la chica prácticamente se tropezó al salir por la puerta.

Negué con la cabeza mientras Jess volvía a maquillarse, todavía pensando en su venganza—.

Quizá Alex. Sé que aceptaría. Siempre intenta ligar conmigo cuando cree que Kyle no se da cuenta.

Eso arruinaría su amistad y lo pondría celoso.

—¿Alguna vez te han dicho que eres diabólica? —le pregunté.

Lucas sufriría un aneurisma si Jess acabara saliendo con Alex. Francamente, solo para que Lucas no acabara acusado de asesinato, esperaba que no siguiera adelante con aquella venganza.

Se lo pensó un momento.

—No, nadie me lo ha dicho. Pero me gusta. Diabólica… —Su sonrisa se ensanchó, como si la idea le hiciera gracia—. Es lo que se merece.

—¿Y tú qué te mereces?

Su expresión vaciló y me miró como si hubiera dicho algo sin sentido.

—¿Que qué me merezco yo? ¿A qué te refieres?

—Me refiero a que quizá esta sea tu oportunidad de salir con alguien a quien realmente le importes.

—No tenía ni idea de por qué me molestaba en decirle aquello; no había miedo en el vacío que sentía en mi interior, los límites que normalmente me frenaban no estaban—.

Alguien que no solo intente convertirte en su mujer florero.

Frunció el ceño aún más.

—Eh, sí, no… Eso suena muy serio, Manson.

Se echó a reír, guardó el maquillaje y se alisó la coleta.

Dios, ahí estaba otra vez: el muro. ¿Creía que ocultaba sus emociones?

¿Creía que no podía leerla? Quizá en su mente esa barrera fuera de ladrillos.

Quizá pensaba que la protegía de ser percibida.

Pero yo podía ver a través de ella. Podía ver la tristeza que había en su rostro, el dolor en su tono jovial, en la forma en que analizaba su propio reflejo en el espejo. Lo veía todo.

—Claro, se me olvidaba que todo lo que pasa en este infierno es una broma —comenté.

Retrocedí, me di la vuelta y me dirigí hacia la puerta. No me molesté en despedirme, porque sabía que la volvería a ver. Y quedarme allí, a solas con ella, era buscarme problemas. Me daba demasiadas ideas.

Muy, muy malas ideas.

Fantaseaba con ella a todas horas, pero esas fantasías eran algo imposible y atreverse a pensar lo contrario era una tontería.

Estar en la misma habitación que ella me había puesto cachondo; mi cabeza se había llenado de imágenes de ella inclinada sobre el lavabo y mis dedos deslizándose bajo esa faldita.

Dios, quería correrme. Si no hubiera perdido el móvil, gracias a Alex, habría llamado a Lucas para que volviera a recogerme. La idea de sentir su boca en mi piel me ponía aún más cachondo.

Había desarrollado el hábito de aguantarme las ganas durante días; algo en ese minucioso ejercicio de autocontrol hacía que me sintiera más centrado, aunque no fuera satisfactorio.

Pero siempre llegaba un punto en el que ya no podía aguantar más, los días de placer en los que no me corría me dejaban sintiéndome ligeramente salvaje.

Solo había dado unos pasos por el pasillo cuando su voz me hizo girarme.

—¡Manson! ¡Espera!

La miré. Se quedó en la puerta del baño, toqueteándose la muñeca una y otra vez mientras me miraba.

—¿Crees que…? Quiero decir… —Se le quebró la voz y se humedeció los labios brillantes—. Decías que… ¿Crees que me merezco a alguien que se preocupe por mí?

Pronunció esas palabras como si hubieran salido directamente del infierno. Sonaba disgustada, insultada… Triste. Sonaba muy triste.

—Claro que sí —respondí.

El pasillo estaba en silencio, así que bajé la voz. Estar aquí fuera con ella me ponía nervioso, sentía un cosquilleo en la nuca. Si Kyle, Alex o cualquiera de sus otros amigos nos veían, me darían una paliza.

—Quizá si estuvieras con alguien que no fuera tan gilipollas —continué—, serías más feliz y menos cabrona.

No lo dije para ser cruel; estaba siendo sincero. Una vez más, la falsa compasión no iba conmigo.