1 #2
Mis zapatos rechinaban sobre el suelo de linóleo mientras me dirigía a mi taquilla, empujado y zarandeado por los cientos de estudiantes que abarrotaban los pasillos.
Me puse los auriculares y subí el volumen, poniendo bien alto Born to Die in Suburbia de Night Bird, lo suficientemente como para ahogar el resto de sonidos.
La mayoría de la gente me ignoraba. Tenía mi grupo de amigos y me llevaba bien con los otros marginados del instituto.
Los deportistas y los privilegiados de los populares tenían cosas mejores que hacer que acosarme, casi siempre.
Se habían acostumbrado a mi cresta y a mi ropa raída; ya no era el objetivo más entretenido al que perseguir.
Al menos, no lo era para la mayoría de la gente. Algunas personas no se cansaban de convertirme en su saco de boxeo personal.
Al doblar la esquina hacia mi taquilla, hice una mueca.
Kyle Bolson y Alex McAllister estaban allí, apiñados alrededor de la taquilla junto a la mía, esperando a la novia de Kyle, o exnovia ahora, ya que él la había engañado.
Me quedé atrás, con la esperanza de que se marcharan para poder coger mis cosas.
Pero no iban a irse a ninguna parte, y lo último que necesitaba era llegar otra vez tarde.
Kyle no se movió cuando me acerqué. Se giró para mirarme y bloqueó mi taquilla con los hombros. Dijo algo y Alex soltó una carcajada. Mis auriculares lo bloquearon.
—Aparta —le dije.
Fui mordaz, pero tampoco lo suficiente. No estaba intentando crear problemas, pero mis intenciones no importaban. Esos cabrones sabían que podían dominarme sin problema.
Ya ni siquiera les tenía miedo. No sentía nada, era como si me hubieran vaciado el pecho y solo quedara un espacio vasto, frío y oscuro.
Alex me arrancó los auriculares y el movimiento hizo que mi móvil saliera disparado del bolsillo, volando por los aires al desconectarse de los auriculares, y cayera al suelo.
—¿Otra vez tarde, friki? —se burló Kyle mientras Alex le daba una patada a mi móvil y lo enviaba volando hacia las escaleras.
Me obligué a no reaccionar. Solo era un móvil. No importaba. Mejor eso que mi cara.
—¿Para qué coño necesitas tú libros? —preguntó Alex, guardándose mis auriculares en el bolsillo como si los necesitara—. ¿Para estudiar y tener un futuro brillante?
Se rieron entre ellos, alimentando su repugnante círculo vicioso de chistes malos.
Kyle se había movido lo suficiente como para que pudiera abrir mi taquilla. Eso me obligó a quedarme justo entre ellos.
Los ojos de Kyle se clavaron en mi perfil.
—¿Qué llevas puesto?
«No reacciones. Libros a la mochila. La cabeza alta, nada de contacto visual».
Una mano pesada cayó sobre mi espalda, haciendo que mi cabeza se golpeara contra el borde de la taquilla abierta.
Contuve el aire cuando algo cálido me resbaló por un lado de la cabeza, pero no reaccioné.
Apreté los dientes cuando Kyle se me acercó, pero estaba decidido a no decir ni una maldita palabra.
—Te he preguntado qué coño llevas puesto. ¿Qué haces pavoneándote por aquí con una falda como una puta maricona?
Pero yo ya no le prestaba atención. La vi acercarse por encima de su hombro y me permití esbozar una sonrisa arrogante y complaciente cuando se colocó detrás de él.
—Es una falda escocesa, Kyle. Lleva un kilt . Dios, qué idiota eres. Quítate de en medio.
Jessica empujó a Kyle a un lado para acercarse a su taquilla.
Llevaba el pelo rubio recogido en una coleta y purpurina plateada en los ojos.
Vestía el uniforme de animadora, el de manga larga y falda corta.
Se puso de puntillas para llegar a la parte de arriba de su taquilla y no pude evitar quedarme mirando cómo se le subía la camiseta, dejando por un momento su vientre al descubierto.
Me resultaba físicamente doloroso lo guapa que era.
Lo intocable que era.
—¿Qué coño es un kilt ? —preguntó Alex, y Kyle frunció el ceño, como si también estuviera intentando averiguarlo.
Jess apenas me miró mientras cogía sus cosas, cerraba de golpe la taquilla y metía un cuaderno en su mochila. Era obvio que Kyle estaba intentando pensar en algo que decirle, y entonces habló.
—Oye, cariño, sabes que…
—Cállate. —Se dio la vuelta y lo miró furiosa—. Ahórrate las excusas. No vas a salirte con la tuya. Tenías tantas ganas de estar con Veronica… Bueno, pues ya la tienes. Pásalo bien, imbécil.
Se marchó y yo me quedé mirándola. No todo iba bien en el paraíso de los populares.
No podía imaginarme tener a una mujer así y engañarla.
Joder, no podía imaginarme engañar a nadie en general.
Lucas y yo habíamos llegado con bastante facilidad a la conclusión de que la intimidad entre nosotros no requería monogamia, solo respeto.
Habíamos acordado que también nos acostaríamos con otras personas, pero eso era diferente a engañarnos a escondidas y hacernos daño el uno al otro.
Jess se merecía algo mejor que eso. Era una zorra engreída y una niñata malcriada…, pero, joder, quizá no lo sería si no estuviera rodeada a todas horas de gente tan mala.
Alex y Kyle seguían hablando y el último se quejaba de que no era culpa suya.
—Dejó de acostarse conmigo, tío. ¿Qué coño esperaba? ¿Que me quedara esperando hasta que se le descongelara el coño? Últimamente está siendo una puta zorra.
Cerré mi taquilla con demasiada fuerza. No me sorprendió en absoluto que Jessica hubiera dejado de acostarse con él.
Seguro que una piedra la cuidaría más que ese idiota.
Los había visto juntos, los había visto besarse, los había visto follar.
Eso me hacía parecer un pervertido, pero era difícil no verlos cuando follaban en la camioneta de Kyle justo después de un partido.
¿Qué se suponía que debía hacer, apartar la mirada?
Kyle tenía la capacidad emocional de un palillo. El hecho de que culpara a Jessica por eso me enfurecía.
Un fuerte empujón me lanzó contra la taquilla otra vez, pero esta vez Alex mantuvo una mano en mi espalda.
—¿Qué crees que estás mirando, Reed? ¿Eres un pervertido que mira a la novia de Kyle? —gruñó.
Kyle esbozaba una expresión violenta mientras se crujía los nudillos. Quería descargar su rabia en alguien. Menuda puta novedad.
—Estoy bastante seguro de que ha dejado claro que ya no es su novia —dije, a lo que Alex respondió agarrándome de la chaqueta para tirar de mí hacia atrás y empujarme hacia delante de nuevo.
Me dejó sin aliento y me eché a reír—. ¿Has perdido a la chica más guapa del instituto porque no puedes mantener la polla dentro de los pantalones y yo soy el pervertido? Patético de cojones.
La cara de Kyle se ensombreció. Alex me empujó al suelo, pero me apoyé bien al caer.
En un segundo, me levanté y eché a correr por el pasillo, esquivando a los pocos estudiantes que aún quedaban fuera de las aulas.
Kyle y Alex iban justo detrás de mí, golpeando con fuerza el suelo con las zapatillas.
Giré por el siguiente pasillo y seguí corriendo mientras la gente me miraba, confundida.
Adiós a eso de no llegar tarde a clase.
Tenía que encontrar un sitio donde esconderme.
Entré corriendo por la primera puerta que vi —era el baño de las chicas, mierda—, pero era la única opción que tenía.
La puerta se cerró detrás de mí y me refugié en el cubículo más alejado, poniéndole el seguro a la puerta y sentándome encima del váter para que no se me vieran los zapatos.
Al menos aquí no había nadie. No me hacían falta más problemas.
Esperé lo que me pareció una eternidad, pero nadie irrumpió en el baño. Kyle y Alex debían de haberme perdido, o estaban esperando fuera a que saliera. Pero podía esperar a que se marcharan. Ya había faltado a una clase, ¿qué más daba faltar a unas cuantas más?
De todos modos, a estas alturas graduarme ya no importaba.
Me metí la mano en la chaqueta y saqué el único cigarrillo que me quedaba. Normalmente se los pedía a Lucas e intentaba que me duraran, pero, joder, lo necesitaba. Una vez que la adrenalina y la ira se desvanecieron, lo único que me quedaba era la ansiedad, y eso era una mierda.
Lo encendí y eché el humo por la estrecha ventana que había encima del retrete. Seguro que el baño apestaría igual, pero no me importaba. El frío que sentía en el pecho se estaba extendiendo a mis extremidades y a mi cabeza; ya no me importaba nada.
Me importaban demasiadas cosas, pero ninguna lo suficiente. La apatía que me invadía me asustaba, la extraña sensación de indiferencia hacia mi propio bienestar me hizo volver a los pensamientos que había tenido esa misma mañana.
¿Estaba perdiendo la cabeza? ¿Se me estaba yendo la olla? Kathy decía que iba a ayudarme, pero una parte de mí sentía que ya era demasiado tarde. No tenía futuro… ni lo necesitaba.
Pero seguía luchando. Por instinto, impulsado por el deseo de sobrevivir, mi instinto más primitivo me pedía que lo intentara. Pero estaba tan cansado…
La puerta del baño se abrió de golpe y me puse tenso al oír pasos sobre el suelo de baldosas. Alguien abrió uno de los grifos, pero el sonido del agua no era suficiente para tapar el de un sollozo entrecortado. Bajé del inodoro y miré a través de la rendija del cubículo.
Era Jessica. Estaba encorvada sobre el lavabo, agarrándose a la porcelana con la cabeza gacha. En el espejo se veían las lágrimas que le caían por las mejillas, los labios le temblaban mientras los apretaba y luego exhalaba despacio.
Se recompuso. Se enderezó, se secó los ojos enrojecidos con un pañuelo y se sonó la nariz con delicadeza. Volvió a sorber y, en el reflejo, vi cómo entrecerraba los ojos.
—¿Quién coño está fumando aquí? —espetó.
Cualquier rastro de tristeza había desaparecido de su voz cuando se dio la vuelta. Sus ojos verdes estaban lívidos. Su postura dejaba claro que estaba dispuesta a convertir la vida de alguien en un infierno por atreverse a verla en un momento de vulnerabilidad.
No dije ni una palabra mientras se alejaba pisando fuerte y abría de golpe una de las puertas de los cubículos.