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El pago (Losers 2)

El pago (Losers 2)

Por Harley Laroux

© inepub.com

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Manson

Instituto, último año

Se hizo el silencio. Era inquietante; no estaba acostumbrado a él. En esta casa siempre se oían crujidos, gemidos, respiraciones… Era como si algo viviera en las paredes, arrastrando las uñas por las tablas viejas y presionando los hombros contra el suelo.

De pequeño, creía que esta casa estaba encantada.

Ahora sabía que no era así, pero seguía oyendo cosas que no estaban allí, ruidos fantasmales en medio del silencio.

¿Estaría perdiendo la cabeza? ¿Me habría acabado rompiendo?

Teniendo en cuenta que estaba sentado en el suelo, con la espalda pegada bajo la ventana, mirando hacia la puerta mientras hacía girar mi navaja entre los dedos, quizá era justo eso. Quizá mi cerebro se había roto.

Asustaba lo tranquilo que me sentía.

Las escaleras crujían con cada paso, y yo me quedé paralizado. Las botas resonaban con fuerza. Se oyó un eructo y la puerta de la nevera chirrió al abrirse. Me llegó el tintineo de los cristales al chocar, un silbido y el golpeteo del tapón de un botellín al caer al suelo.

Joder, eran las siete de la mañana. No había comida en la nevera, pero sí un paquete de veinticuatro botellines de cerveza y una botella de whisky . Mi padre llevaba casi seis meses fuera y yo había sido tan tonto como para pensar que esta vez no volvería.

No había forma de deshacerse de él, a menos que muriera.

Los pasos retrocedieron hasta las escaleras, pero pasaron de largo, recorriendo el pasillo; una sombra se movió bajo mi puerta. Le oía respirar con dificultad, gruñendo y resoplando como un borracho.

«Vamos, hijo de puta. Ponme a prueba. Atrévete, joder».

Había arañazos en el suelo, en el camino que recorría la cómoda cuando la ponía delante de la puerta para bloquearla, pero ahora ni siquiera estaba cerrada con llave. Debería haberla dejado abierta para que la invitación quedara más clara.

«Atrévete a intentarlo. Intenta hacerme daño. A ver qué pasa».

Las pesadas botas se alejaron, arrastrando los pies, dando pisotones, y yo solté despacio el aire que había estado conteniendo.

El mango de la navaja se me clavó en la palma de la mano al agarrarla con fuerza.

Estaba preparado. Podría haberlo hecho. Podría haber matado a mi padre…

Le habría cortado el cuello seccionando la yugular…

Lo habría apuñalado hasta que se le hubiera hundido el pecho…

Habría esparcido sus tripas por toda la casa como si fuera una puñetera obra de arte.

Dejé caer la cabeza entre mis manos y me agarré el pelo con fuerza hasta que me dolió.

No quería hacer daño a nadie. No quería…

Joder, pero podría haberlo hecho.

Después de tantos años de miedo, de encogerme cada vez que lo oía hablar, de agachar la cabeza cuando estaba cerca, de hablar en voz baja… Había esperado mucho tiempo.

¿Por qué molestarse ahora? Era como una serpiente decapitada, retorciéndose y contorsionándose en el suelo, muerta, pero con las fauces todavía chasqueando.

¿Por qué seguir luchando? ¿Era el instinto, algo primitivo, lo que me exigía sobrevivir?

La solución más fácil habría sido dejarme morir hacía años, pero seguía aquí.

Esa trabajadora social, Kathryn Peters, me había dicho que solo tenía que aguantar un poco más.

Una parte de mí no creía que ella fuera a hacer nada.

Nunca, en toda mi vida, nadie se había molestado en ayudarme, ¿por qué iba a hacerlo ella?

Me dijo que me buscaría una casa, un trabajo.

Me dijo que encontraría un sitio que fuera seguro para mí; era demasiado mayor para el programa de acogida y no reunía los requisitos para los centros de menores.

Me dijo que tal vez podría encontrarme una habitación en Memphis, pero que, si eso no era posible, buscaría más lejos.

Le dije que no me iría si eso significaba dejarlos.

Lucas, Jason, Vincent… No podía dejarlos. Siempre habíamos estado juntos. Podía renunciar a todo lo demás, pero no a ellos. Ni…

«A ella».

¿Por qué cojones pensaba en ella?

Yo no significaba nada para ella. Menos que nada. Debería ser lo último que se me pasara por la cabeza.

La idea de levantarme e ir al instituto, cuando segundos antes había estado dispuesto a matar a mi padre, me parecía una locura.

Pero me levanté, cogí la mochila de la esquina y me la eché al hombro.

La señora Peters —había insistido en que la llamara Kathy, como si quisiera parecer más cercana— me dijo que tenía que mantenerme alejado de los problemas, y eso significaba seguir yendo al instituto a pesar de que fuera un auténtico paripé.

Mi padre podría haber vuelto a subir, pero yo no tenía intención de salir por la puerta de casa.

Abrí la ventana de golpe y tiré la mochila fuera, luego saqué las piernas.

Mis botas crujieron sobre la hierba seca cuando caminé como pude por el jardín, hacia mi todoterreno.

Había latas de cerveza, colillas y montones de basura por todas partes, y todo el terreno olía un poco como a comida podrida.

Seguramente fuera por la basura hasta los topes que había apilada junto al garaje, que también estaba lleno de porquería.

Por suerte, mi Bronco arrancó a la primera. Volvía a dar problemas, y Lucas y yo queríamos mirar bajo el capó ese fin de semana para ver qué pasaba. Esperábamos que la pieza que hubiera que cambiar no fuera demasiado cara, o tendríamos que volver a ponernos a rebuscar en el desguace.

El aparcamiento del instituto Wickeston estaba casi lleno cuando llegué.

Aún no había sonado el timbre y muchos alumnos de último curso estaban junto a sus coches, gritándose unos a otros por encima de la música alta que salía de varios de los vehículos.

Mis neumáticos chirriaron cuando giré bruscamente el volante y aparqué en una plaza vacía cerca de la esquina trasera del aparcamiento, junto a un Chevrolet El Camino de color negro.

Por muy oxidado y destartalado que estuviera, Lucas adoraba ese coche. Decía que algún día lo convertiría en una bestia, un coche de carreras invencible. Me alegraba oírle hablar del futuro.

Lucas, Vincent y Jason estaban sentados en la parte trasera del coche, el primero levantó el brazo para saludarme cuando salí del Bronco y me subí con ellos.

—Creíamos que volverías a llegar tarde, cabronazo —me recibió, dándole una larga calada a su cigarrillo.

No debería estar en el campus, pero que le prohibieran algo nunca había sido un impedimento para él.

Se sacó un paquete de cigarrillos American Spirit de los vaqueros y me ofreció uno, que me encendí agradecido.

El calor del tabaco en mi garganta y la rápida dosis de nicotina no tardaron en hacerme sentir un poco más humano.

Vincent iba colocadísimo, rodeaba a Jason con un brazo mientras los dedos del chico de pelo azul volaban sobre las teclas de su portátil. Le di un golpecito en el pie a Jason, pero apenas levantó la vista, con los ojos inyectados en sangre clavados en la pantalla.

—Física avanzada va a acabar conmigo —se quejó mientras Vincent le masajeaba la espalda para tranquilizarlo.

Me apoyé en Lucas mientras fumaba y solté un profundo suspiro al ver al director Lector cruzar el aparcamiento directo hacia nosotros con un guardia de seguridad detrás.

Los demás lo vieron justo después que yo. Vincent retiró el brazo de los hombros de Jason a toda prisa y se levantaron. Yo también me levanté, arrastrando mi mochila conmigo al bajar de un salto de la caja del coche.

Lucas se tomó su tiempo.

El director Lector se detuvo detrás del coche y dio unos golpecitos en el metal con un bolígrafo. No tenía ni idea de para qué se traía un puto bolígrafo aquí; tal vez pensaba que le hacía parecer profesional, como su molesta costumbre de referirse a todos nosotros por nuestros apellidos.

—Señor Bent… —empezó a decir, pero se calló cuando Lucas se puso de pie, saltó de El Camino y apagó el cigarrillo con la suela del zapato.

—No vuelvas a tocar mi puto coche, Michael —advirtió, y el director parpadeó varias veces al oír que le llamaba por su nombre de pila—. Si quieres que me vaya, quítate de en medio.

Todos nos apartamos y le hice un gesto con la mano a Lucas cuando arrancó el motor y sacó el coche marcha atrás. Salió dando un bandazo del aparcamiento, dejando un rastro de goma quemada en el asfalto al marcharse a toda velocidad.

La mirada acusadora del director Lector se posó en mí, pero, en realidad, me daba igual. Mantenerme alejado de los problemas no era tan fácil cuando me rodeaban y me veía envuelto en ellos.

—Ya se le ha advertido antes sobre el tema de fumar en el campus, señor Reed —dijo, mientras Vincent y Jason esperaban a que me uniera a ellos para irnos juntos. Apreté la mandíbula, conteniendo palabras que solo habrían empeorado la situación—. Esto le supondrá un castigo. Otra vez.

Esbocé una sonrisa tensa.

—Genial. De puta madre. ¿Puedo irme?

—Esa boca, señor Reed. No llegue tarde.

Me di la vuelta para marcharme y apenas había alcanzado a Jason y a Vincent cuando Lector llamó a Jason.

Vincent lo esperó, haciéndome el signo de la paz mientras yo seguía caminando.

Solo capté algo de lo que decía el director, pero oí: «…

preocupado. No me gustaría que su futuro se viera afectado por una mala elección de amistades.

Está claro que está pasando por un momento confuso… ».

Apreté con fuerza una de las asas de mi mochila mientras me clavaba las uñas en la palma de la mano.

«Estás confundido».

«Te estás rebelando».

«Solo es una etapa».

«Eres una puta decepción».

«Maricón. Puto friki».

Al final, todo me sonaba igual. La gente disfrazaba su intolerancia y sus prejuicios de preocupación.

Los odiaba a todos. Odiaba todo este puto pueblo.