Chiara
Epílogo
Tres meses después, el limonero dio cinco flores, el frigorífico de vacunas pasó la inspección de mi padre y Nunzio Improta intentó arrestar a un obispo.
Solo uno de estos acontecimientos me sorprendió.
El obispo había venido a bendecir las nuevas salas de la clínica un cálido jueves de principios de abril, aunque bendecir era quizás una descripción ambiciosa de lo que ocurrió después de que Nunzio lo acusara de aparcar en zona prohibida, colocara a Ferdinando el cocodrilo atravesado en la entrada a modo de barrera y le exigiera identificación antes de dejarlo pasar.
El obispo, un hombre delgado y elegante cuya faja violeta había sobrevivido a cuarenta años de incienso, diplomacia y mujeres de la parroquia empeñadas en darle de comer contra su voluntad, sacó una tarjeta de la cartera.
Nunzio la examinó.
—Esta foto es vieja.
—Yo también lo soy —dijo el obispo.
—Tiene más pelo.
—Dios se lleva muchas cosas.
Nunzio contempló la coronilla calva bajo el solideo.
—¿Se quejó?
—Con frecuencia.
—¿Le sirvió de algo?
—Nunca.
Retiraron a Ferdinando de la entrada.
El obispo entró.
La clínica llevaba abierta exactamente veintitrés minutos.
Ya había curado una rodilla pelada, confiscado dos almendras garrapiñadas a un niño alérgico, impedido que Tetella colocara una estatua de plástico de San Antonio encima del desfibrilador de emergencia y explicado a cuatro mujeres distintas que el ascensor no se había instalado solo para que pudieran evitar las escaleras después del almuerzo.
—Es para los pacientes —dije.
—Somos pacientes —respondió Nannina.
—Habéis venido a inspeccionar las cortinas.
—Las cortinas mal puestas dan dolor de cabeza.
—No tienes dolor de cabeza.
—Porque las arreglé.
De hecho, había subido cada alzapaño seis centímetros antes de que me diera cuenta, y luego aseguró que la mejora era prueba de guía divina.
La nueva clínica ocupaba las plantas inferiores del edificio en Vico della Concezione, aunque inferiores seguía siendo una palabra usada con generosidad por arquitectos y hombres que nunca habían subido a un niño con fiebre en brazos por las escaleras.
El ascensor había requerido permisos, sobornos que no se llamaban sobornos, dos ingenieros que discrepaban en lo profesional y en lo personal, y un contratista eléctrico que desapareció durante seis días después de que Salvo le preguntara si entendía lo que era un plazo.
Salvo insistió en que la conversación había sido educada.
El contratista volvió con tres hombres más y terminó antes de lo previsto.
La supervisión independiente, estaba aprendiendo, no impedía que la eficiencia de los Marcello rozara los límites. Simplemente exigía que dejáramos constancia de las rozaduras.
La primera planta albergaba recepción, dos consultas, una pequeña sala de curas y un baño adaptado con una cerradura que a Tetella no le gustaba porque le impedía comprobar si alguien se había desmayado.
Arriba estaban las oficinas administrativas, la cámara frigorífica, una sala de asesoramiento y un espacio luminoso en una esquina que habíamos destinado a apoyo materno, derivación a servicios legales y conversaciones discretas a las que las mujeres podían entrar por una puerta lateral sin tener que dar explicaciones en la sala de espera.
Las paredes estaban pintadas de color crema en lugar de verde hospital.
El viejo medidor de estatura se había retirado con cuidado, de una sola pieza, del marco de la puerta de la clínica original y se había fijado junto a la puerta de la nueva consulta, con cada marca de lápiz intacta, cada nombre aún ascendiendo hacia la edad adulta.
El tarro de cristal verde seguía en recepción, ahora con narcisos frescos, tres margaritas de plástico y una flor de papel que Nunzio había hecho con un prospecto de farmacia.
El radiador funcionaba.
Eso me había tenido recelosa durante casi un mes.
El frigorífico de vacunas estaba en la cámara frigorífica, blanco, inmaculado, zumbando a unos estables cuatro grados mientras mi padre lo inspeccionaba con la grave atención de quien debe certificar un motor de avión.
Rosario había llegado antes que el obispo con su viejo abrigo de conductor de tranvía, aunque el día ya era demasiado cálido para llevarlo, y cargado con un nivel de burbuja, dos termómetros, un cuaderno y ninguna intención de admitir que la invitación le había hecho ilusión.
Abrió el frigorífico.
Lo cerró.
Esperó.
Lo abrió de nuevo.
—Cada vez que abres la puerta, la temperatura cambia —dije.
—Estoy comprobando la recuperación.
—Para eso está el registrador digital.
—No me fío de los registradores digitales.
—Te fías de un tranvía de 1968.
—Tenía frenos.
—El frigorífico también los tiene.
Volvió a mirar dentro.
Tommaso estaba junto a la puerta con las dos manos en los bolsillos de los pantalones oscuros, callado porque había aprendido que las inspecciones de mi padre seguían un ritual y las interrupciones las alargaban.
Rosario sacó un termómetro, lo comparó con la pantalla y anotó una cifra en el cuaderno.
Tommaso me miró.
Negué con la cabeza.
Todavía no.
Mi padre comprobó la junta de la puerta, examinó el enchufe, preguntó quién había instalado el generador de emergencia y frunció el ceño cuando Tommaso dio el nombre de una empresa que Rosario consideraba demasiado nueva para merecer confianza.
—¿Cuánto de nueva? —preguntó Tommaso.
—Veintisiete años.
—Eso parece consolidado.
—No han sido puestos a prueba.
—¿Por qué?
—Por el tiempo.
Tommaso lo aceptó porque discutir con mi padre sobre maquinaria se había convertido en una de las pocas situaciones en las que su instinto de supervivencia se imponía.
Por fin, Rosario cerró el frigorífico y apoyó las dos palmas encima.
—En orden —dijo.
La sala exhaló.
Tommaso asintió.
—Bien.
Mi padre lo señaló con el dedo.
—No pongas esa cara de satisfacción. Tú no lo has construido.
—Yo pagué una parte.
—La fundación lo pagó.
—Sí.
—La fundación independiente.
—Sí.
—Con cuentas publicadas.
—Sí.
—Y una auditoría.
—Bianca me lo recuerda cada semana.
—Bien.
Rosario me miró después.
—Las estanterías están demasiado abarrotadas.
—No es verdad.
—Lo estarán.
—Hemos abierto esta mañana.
—Exacto.
Me dio el cuaderno.
Dentro había tres páginas de observaciones, un diagrama del local, dos recomendaciones sobre la ventilación y una lista de piezas de repuesto que, según él, deberíamos guardar por si la civilización europea se derrumbaba antes que el compresor.
Al final, debajo de su firma, había escrito:
Adecuado para los niños.
Cerré el cuaderno antes de que se me notara la emoción.
—Gracias.
Se ajustó la gorra.
—Está en orden.
—Menudo elogio —dijo Tommaso.
Rosario lo miró.
—Tú no lo estás.
—No.
La boca de mi padre se movió apenas.
Tres meses no los habían convertido en amigos. La amistad habría exigido que uno de los dos admitiera que el otro tenía cualidades redentoras, y ambos seguían empeñados en no precipitarse.
Eso sí, habían desarrollado un sistema.
Rosario venía a la clínica todos los martes a inspeccionar algo que no necesitaba inspección.
Tommaso se encargaba de que apareciera café sin traerlo él mismo.
Hablaban de seguridad eléctrica, carga estructural, rutas de transporte y de si Nápoles había tenido alguna vez un funcionario de obras públicas competente.
Ninguno me mencionaba a menos que yo entrara en la habitación, momento en el cual a ambos les entraba un interés repentino por las paredes.
El barrio había aceptado a mi padre con la alarmante rapidez que reservaba para los hombres que rechazaban sobres Marcello y sabían reparar maquinaria antigua.
En dos semanas, tres viudas le habían pedido que les revisara las teteras.
A la cuarta, lo habían invitado a una partida de cartas.
A la sexta, Nannina ya se refería a él como il tranviere, el hombre del tranvía, y había empezado a decirle a la gente que era terco porque le había entrado sangre del norte en la familia, a pesar de que todas las pruebas apuntaban a Avellino.
Mi padre protestó.
Aun así, siguió yendo a la partida.
La bendición del obispo comenzó en recepción.
Habló del cuidado, la comunidad y la responsabilidad de quienes tienen de sobra hacia quienes pasan necesidad.
Vittorio estaba al fondo junto a Isabella, ambos vestidos como para un funeral de Estado con mejor catering.
Luca e Isa ocupaban la pared opuesta; Luca sujetaba un vaso de papel con café y escuchaba con la expresión de quien sabe que los sermones mejoran cuando condenan a otro.
Bianca estaba junto a la nueva directora de la fundación, corrigiendo una cifra en el programa impreso con un bolígrafo.
Dante observaba al obispo con más atención de la que el obispo dedicaba a Dios.
Giulia llegó tarde, con pantalones color crema, una blusa de seda color óxido y pintura bajo dos uñas; le susurró algo a Salvo que lo hizo dirigirse de inmediato hacia la puerta lateral.
La familia seguía siendo peligrosa.
No se había vuelto honrada por instalar un ascensor y publicar las cuentas.
Vittorio seguía dando órdenes que acababan con carreras y, a veces, con vidas.
Luca seguía moviendo dinero a través de empresas diseñadas para ocultar, no para mostrar.
Salvo seguía llevando una pistola bajo la chaqueta y la había usado ese mismo mes.
Dante seguía siendo capaz de destruir a un hombre con el párrafo adecuado enviado a la oficina adecuada.
Tommaso seguía recorriendo el barrio cada mañana, seguía cobrando dinero de negocios que no habrían calificado el pago de voluntario, y seguía decidiendo qué amenazas se resolvían con una conversación y cuáles se iban en vehículos que nadie recordaba haber visto.
El cambio no había hecho inofensivos a los Marcello.
Simplemente los había obligado a dejar de llamar protección a cada forma de control.
En Nápoles, eso contaba como primavera.
El obispo levantó una mano sobre la sala.
Nunzio también levantó la suya.
El obispo hizo una pausa.
—¿Sí?
—¿La bendición arreglará el ascensor cuando se rompa?
—La bendición es espiritual.
—O sea que no.