Capítulo Dos #2
Entonces Tommaso Marcello pronunció mi nombre en la sala de espera de la clínica —grave, formal, familiar tras una década de jueves— y algo bajo mis costillas se comportó con muy poca profesionalidad.
—Signor Marcello.
Sus ojos me recorrieron el rostro, luego bajaron: manos, ropa, postura. Probablemente buscaba sangre, porque Tommaso inspeccionaba a la gente como otros hombres inspeccionan puertas cerradas con llave.
—¿Ocupada?
—Hoy hemos pensado probar con eso de la medicina.
La comisura de su boca se curvó.
No era una sonrisa. Tommaso las racionaba, quizá porque entendía que la escasez aumenta el valor.
—Un cambio ambicioso.
—Carfora está preocupado.
Desde el pasillo, Carfora exclamó:
—Apoyo la medicina en principio.
Tommaso miró por encima de mi hombro.
—Encontraste las gafas.
—Los dos pares.
—Toda una hazaña.
Tetella carraspeó.
Tommaso se volvió y dejó el sobre en el escritorio sin ceremonia.
Ella abrió el libro mayor, no contó nada delante de él y anotó la cantidad que indicaba la tarjetita del interior. El sobre iría a la caja fuerte hasta que llegara el tesorero. Cada paso visible. Cada mano controlada.
El dinero entregado en privado se convertía en un favor.
El dinero entregado en público aún podía hacerse pasar por caridad.
Tommaso había entendido la diferencia antes que yo.
Su mirada se desvió hacia el radiador.
—No —dije.
—No he dicho nada.
—Lo estás mirando.
—Gotea.
—Se está expresando.
La abuela más cercana a la ventana levantó los dos pies cuando otra gota de agua oxidada cayó al suelo.
Tommaso se acercó, se agachó y presionó las yemas de los dedos contra la junta. El abrigo se le abrió lo bastante para que yo viera el mango de marfil del cuchillo y, más atrás, bajo el brazo, la pesada empuñadura negra de una pistola.
Lo doméstico y lo letal convivían en él sin conflicto.
Ese era parte del problema.
—¿Qué pasó con la válvula que mandé en octubre? —preguntó.
—El hombre que mandaste la instaló.
—Era fontanero.
—Era un optimista.
Tommaso me miró desde abajo, con un antebrazo apoyado en el muslo.
—No son cosas mutuamente excluyentes.
—En este caso, sí. El radiador ahora tiene dos temperaturas.
—¿Frío y más frío?
—Abrasador o muerto. Elige en función de si hay un bebé sentado al lado.
Su mirada se dirigió a la sala de espera.
—¿Hoy?
—Muerto.
—Mandaré a otro.
—Eso dijiste en octubre.
—Envié a alguien.
—Sí. Ya establecimos que tenía sueños.
Esa octava parte de sonrisa apareció de nuevo, tan leve que cualquiera que no la hubiera estado catalogando durante diez años la habría pasado por alto.
Yo no.
Me volví hacia Tore antes de que mi rostro me delatara.
Dentro de la sala de exploración, lo acomodé en la camilla mientras su madre le quitaba el jersey.
Las paredes estaban pintadas de un verde que probablemente había sido alegre en 1984 y ahora evocaba comedores de hospital.
Pegatinas de animales cubrían las puertas de los armarios, la mayoría torcidas.
Una regla de madera pintada recorría un lado del marco de la puerta, rodeada de marcas de lápiz con nombres y fechas de una década de niños que habían crecido mientras el presupuesto de la clínica seguía sin crecer.
A través del panel de cristal, vi a Tommaso levantarse y hablar con Tetella.
Escuchó mientras ella le explicaba lo del frigorífico.
Esa fue una de las primeras cosas que noté en él, y quizás la más peligrosa.
La mayoría de los hombres poderosos esperaban su turno para decidir.
Tommaso esperaba para comprender. Les concedía a las personas la quietud absoluta de su atención hasta que revelaban lo que habían querido ocultar, y como no se apresuraba a llenar los silencios, solían hacerlo.
Tore tenía treinta y nueve con cuatro de fiebre.
Aparté a Tommaso de mi mente y atendí al niño que tenía delante.
Para cuando Tore hubo tomado varias cucharadas de solución de rehidratación oral, las hubo retenido y hubo derramado una lágrima protestando por el sabor, la sala de espera había vuelto a llenarse de ruido.
Entonces un niño gritó:
—¡'O GIGANTE!
El jueves había llegado de verdad.
Sonreí antes de poder evitarlo.
La madre de Tore lo vio.
—¿Buenas noticias? —preguntó.
—Nunzio.
Asintió como si eso explicara la felicidad, el ruido y la intervención divina.
A menudo lo hacía.
Salí al pasillo mientras Nunzio Improta irrumpía en la clínica con su cocodrilo de goma en una mano y arrastrando su abrigo rojo con la otra. Patrizia lo seguía a paso más lento, el cabello oscuro recogido, el rostro pálido por la falta de sueño.
Nunzio se plantó frente a Tommaso.
—Todavía está digiriendo.
Tommaso bajó la mirada hacia el cocodrilo.
—Según lo acordado.
—Se comió a un policía.
—Mala dieta.
—Era corrupto.
—Aun así, indigesto.
Nunzio lo meditó.
—Tenía sombrero.
—Eso no cambia nada.
—A Ferdinando le gustó.
La sala de espera observó al capo de los Quartieri Spagnoli discutir la digestión de reptiles con un niño de seis años y fingió educadamente que no pasaba nada fuera de lo normal.
Entendía el atractivo. Y eso empezaba a ser un problema.
Intentaba no entenderlo.
—Nunzio —lo llamé.
Toda su cara cambió al verme: el hombrecito serio dio paso al niño que había debajo.
—Chiara. Mis pulmones están excelentes.
—Entonces disfrutarán demostrándolo.
Vino hacia mí, pero se detuvo a medio camino para volverse y apuntar a Tommaso con el cocodrilo.
—Puedes venir.
La mirada de Tommaso se desplazó hacia la mía.
—No —dije.
Nunzio frunció el ceño.
—¿Por qué?
—Porque el signor Marcello no es médico.
—Sabe cosas.
—Tetella también. No la dejamos escuchar tus pulmones.
Tetella gritó desde el mostrador:
—Lo haría mejor que Carfora.
Carfora salió de la trastienda con un expediente en la mano.
—Te he oído.
—Era la intención.
Nunzio me tiró de la mano.
—Tommaso puede esperar fuera.
—Ya lo hace.
Las palabras se me escaparon antes de pensarlas.
La mirada de Tommaso se afiló un grado.
Nadie más en la sala respiró de forma sospechosa, pero sentí la atención colectiva volverse hacia nosotros bajo la superficie, cada abuela de pronto fascinada por su propio bolso.
Levanté la barbilla.
—Te quedas en la puerta todos los jueves.
—Es una puerta útil.
—Es una puerta.
—Funciona.
—A diferencia del radiador.
Ahí estaba de nuevo, la casi sonrisa.
—Vamos —le dije a Nunzio antes de que la conversación se volviera más pública de lo que ya era.
Patrizia nos siguió a la sala de exploración y cerró la puerta. Se sentó en la silla del rincón mientras Nunzio se subía a la camilla y colocaba a Ferdinando a su lado, con el hocico del cocodrilo apuntando hacia mis instrumentos.
Me lavé las manos, me las sequé, luego me quité el estetoscopio del cuello y sostuve la campana entre las palmas.
El metal frío en la espalda de un niño de seis años costaba tres jueves de confianza.
Las manos cálidas compraban la verdad.
—Camiseta arriba —dije.
Nunzio se subió el jersey y la camiseta interior hasta los hombros, dejando al descubierto una espalda estrecha, cada vértebra visible bajo la piel pálida. Un pequeño moretón oscurecía una cadera, probablemente fruto honesto de la infancia, a juzgar por su ubicación y forma.
Presioné la campana calentada bajo su omóplato.
—Respira hondo.
Inhaló con tanto dramatismo que habría impresionado a un teatro de ópera.
—Ahora normal.
—Esa era normal.
—Para una ballena.
—Ferdinando dice que las ballenas respiran aire.
—Ferdinando tiene razón, pero sigue sin tener licencia.
Desplacé el estetoscopio hacia abajo.
Su pecho traía su música invernal. Un silbido leve al final de la espiración, más pronunciado que en la visita de diciembre, con entrada de aire disminuida en las bases y el comienzo de una tos que intentaba ocultar, porque los niños suelen creer que una enfermedad que no se reconoce no puede cancelar planes.
—Otra vez.
Respiró.
Patrizia retorcía la correa del bolso alrededor de una mano.
—¿Usó el inhalador de rescate anoche? —pregunté.
—Sí.
—¿A qué hora?
—Después de las dos.
—¿Cuántas inhalaciones?
—Dos.
—¿Con la cámara espaciadora?
Titubeó.
—Mamma no pudo encontrarla —respondió Nunzio.
Patrizia cerró los ojos.
—Estaba debajo del sofá —dijo—. La encontramos después.
—¿El inhalador ayudó?
—Sí.
—Al final —añadió Nunzio.
Bajé el estetoscopio.
El «al final» importaba.
Lo calenté de nuevo y lo coloqué en su pecho, observando cómo se elevaba bajo mi mano. Su frecuencia respiratoria estaba ligeramente elevada. No era peligroso, pero tampoco excelente, dijera lo que dijera su cocodrilo.
—¿Fiebre?
—No.
—¿Mocos?
—Un poco.
—¿Tos durante el día?
Patrizia dijo que no.
Nunzio dijo: —En el colegio.
Sus respuestas se solaparon.
Miré a su madre.
Ella bajó la vista hacia el bolso.
Un moretón amarillento asomaba por encima del puño de la blusa, rodeando la parte interior de su muñeca con la forma inconfundible de unos dedos.
Cuatro.
Quizá cinco.
No era una caída.
No era un armario.
No eran los accidentes domésticos habituales que las mujeres ofrecían porque creían que nombrar la verdad obligaría a la habitación a reaccionar.
—¿Qué le pasó en la muñeca?
La mano desapareció dentro de la manga.
—Me la pillé con la persiana de la tienda.
—Las persianas no suelen tener pulgares.
Su mirada se encontró con la mía.
Solo un segundo.
Suficiente.
Nunzio balanceaba los pies contra la camilla, ajeno o fingiendo estarlo. Los niños aprenden a fingir cuando los adultos se lo exigen.
Saqué el medidor de flujo máximo del cajón y le puse una boquilla limpia.
—Enséñame lo que pueden hacer tus pulmones.
Se puso de pie, con los pies separados y los hombros hacia atrás, y sopló con fuerza suficiente para ponerse rojo.
El número era más bajo que el mes pasado.
Lo reinicié.
—Otra vez.
El segundo intento mejoró ligeramente.
El tercero no.
Anoté el mejor número y mantuve la expresión neutra.
—Con ese entusiasmo —dije—, puede que tengamos que registrarte como fenómeno meteorológico.
—Soy un huracán.
—Tienes seis años.
—Un huracán pequeño.
—Esos suelen salir caros.
Patrizia se rio en voz baja.
La risa se le quebró a medio camino.
Nunzio la miró. —Mamma lloró anoche.
La habitación cambió.