Capítulo 21
Elvira
PASAMOS TODO EL fin de semana en la cama.
Bueno… técnicamente, en su cama. Follamos en cada superficie de su salón, cocina, lavadero y básicamente hicimos que retumbara toda la casa.
La única habitación que quedaba era el garaje, pero incluso eso quedó cubierto el domingo cuando volvimos de hacer la compra y terminamos follando contra su coche.
No nos saciábamos el uno del otro. Cada vez que pensaba que ya había tenido bastante, me descubría buscando su cuerpo.
Necesitando tocarlo. Sentir su piel bajo la mía.
Lo mejor de estar tan enganchada a alguien era que no tenías que pensar en el mundo exterior.
Nada conseguía que me importara lo que pasaba fuera de nuestra burbuja.
Al volver de hacer la compra, fui a la cocina a preparar el desayuno.
Levi había insistido en pedir comida a domicilio hasta que le dije que prefería cocinar.
La idea no parecía convencerle; insistía en que yo era su invitada.
—Me gusta cocinar —dije—. Prometo no envenenarte con marisco. De hecho, casi no hay platos de desayuno que lo lleven.
—Vale —cedió—. Pero solo si me dejas acompañarte a la tienda.
Y así fue como terminamos saliendo de casa después de pasar la mayor parte del fin de semana encerrados, y así fue como acabamos haciéndolo en el garaje después de que me agarrara el culo mientras sacaba cosas del coche.
Cuando cerré la puerta, me empotró contra ella y me folló hasta que me fallaron las piernas.
Todavía estaba pensando en ello mientras le daba la vuelta al huevo en la sartén.
La tortilla me salió mejor de lo esperado.
El beicon chisporroteaba a un lado, y cuatro tostadas acababan de saltar de la tostadora.
Sentí más que oí a Levi entrar en la cocina. Se acercó y me besó el cuello, luego me rodeó la cintura con las manos mientras yo le daba la vuelta a la otra tortilla.
—Deberías sacarle más partido a tu cocina de última generación —dije, ignorando cómo se me erizaba la piel donde me tocaba. El top corto que llevaba le dejaba la tripa al descubierto.
—Tienes razón. Aquí huele de maravilla.
—Pues hazme el favor de poner la mesa.
—Sí, señora.
Oí que taconeaba detrás de mí y vi su reflejo en el microondas haciendo el saludo militar.
Me reí. En su elemento, Levi no era el jefe gruñón que solía ver en el trabajo.
Tenía un gran repertorio de chistes y un sentido del humor adorable.
Eso hacía difícil mantener esta relación estrictamente como amigos con derecho.
Mientras terminaba de cocinar, lo oí sacar los platos y los cubiertos y colocarlos en la pequeña mesa de desayuno del rincón de la cocina. Nos sentamos y comimos en relativo silencio; de vez en cuando, Levi elogiaba mi comida.
A Levi le gustaba demasiado el móvil. No paraba de mirarlo, incluso mientras comía. En el trabajo era igual, y si no me hubiera estado follando como un loco todo el fin de semana, me habría puesto tan celosa que habría pensado que le escribía a otra.
—Mi padre siempre decía que era de mala educación mirar el móvil mientras se comía —dije después de que lo consultara por quinta vez—. ¿Qué te tiene tan preocupado?
—Los criptógrafos no consiguen descifrar las cartas —dijo.
—Seguramente porque no saben inglés antiguo —dije mientras untaba la tostada con mantequilla.
—Tienes razón.
Dio un sorbo al café.
—Si alguien va a resolverlo, probablemente sea un historiador.
Volvió a mirar el móvil. Pero cuando me pilló observándolo, un destello de culpa le cruzó la cara.
—¿Qué te parece esto? —dije—. Metemos los móviles en una caja lo que queda de fin de semana y no los miramos hasta la noche. Podemos guardarlos en esa caja fuerte tuya.
—¡No tengo caja fuerte! —Su negación no resultó nada convincente.
—Por favor. Los libros falsos los veo venir de lejos. Parte de la estantería de tu dormitorio es una caja fuerte. Incluso abrí el libro mientras te duchabas, aunque no abrí la caja fuerte de dentro, claro. Por desgracia, no tenía tu código.
Entrecerró los ojos, pero estaba claro que no estaba enfadado. Si acaso, parecía impresionado.
—Debería andarme con ojo contigo. Nadie que yo conozca ha adivinado nunca que era una caja fuerte.
—¿Nadie? ¿Cuántas mujeres han pasado por tu dormitorio, señor Hawthorne?
Se removió en el asiento y desvió la mirada. Me hizo tanta gracia que solté una carcajada.
—Tranquilo, no voy a hervirles los conejos. Somos amigos con derecho, ¿no?
Sonrió.
—Vale. Dame el móvil.
Lo saqué del pantalón de chándal y le entregué el pequeño aparato negro con su funda rosa pastel. Colocó su móvil, con funda beige y marrón, encima del mío y se los llevó al dormitorio. Cuando volvió, levantó las manos y anunció:
—Libre de móvil y listo para pasar el resto del domingo con mi amiga con derecho.
Para ser solo amigos con derecho, pasamos la mayor parte del domingo viendo películas.
Como no tenía tele, propuse instalar la mía en el salón.
No le importó, aunque pensé que protestaría.
Encontró una mesa lo bastante grande para colocarla y la pusimos frente a la estantería.
Y como no tenía cable, lo único a lo que podíamos conectarla era a internet y a mis cuentas de streaming.
El tío no tenía ni una sola suscripción. Patético.
Después del desayuno, me preguntó si alguna vez había visto una película de catástrofes que no intentara ser el Titanic. Y cuando la conversación derivó hacia Jack y Rose, y hacia que Rose no dejara subir a Jack a la puerta, le dije que era porque no cabían los dos.
—Sale en la película. Jack intenta subir. La puerta se tambalea y él se queda en el agua.
Frunció el ceño.
—No me acuerdo de esa parte.
—Eso es porque la viste llorando a moco tendido —dije con suficiencia.
—Venga ya —insistió—. No puede ser. Rose no deja que Jack suba.
—¿Apostamos?
Así que nos sentamos y vimos la película entera. Podríamos haber visto solo un clip, pero verla completa parecía lo más justo. Envuelta en sus brazos, me recosté en el sofá con medio cuerpo apoyado en su pecho. El bol de palomitas llevaba rato vacío cuando por fin llegamos a la escena.
—¡Ves! ¡Te lo dije!
—He visto esta película tantas veces... ¿Cómo es posible que la recordara de otra manera?
—Justicia para mi chica Rose. La difamaron vilmente durante años. ¿Sabías que James Cameron llegó a hacer una prueba en una piscina porque había tanta gente empeñada en que cabían los dos?
—Ajá.
Cuando aparecieron los créditos, dijo:
—Debería haber corregido otras inexactitudes de su película en vez de lo de la puerta.
—¿Molly Brown?
Me apretó con fuerza.
—Justicia para Molly Brown.
—Sabía que te engancharías con ella. O sea, al menos tiene su propia película.
—¿Quieres verla? —preguntó cuando La Indomable Molly Brown apareció como recomendación.
—¿Otra película de gente ahogándose? Dios, no.
Se rio.
—¿Qué tal...?
Fue pasando las películas recomendadas.
—¿Orgullo y Prejuicio?
Lo miré.
—Te vas a arrancar los pelos por las inexactitudes de esa película. Solo con el vestuario te va a dar un aneurisma.
Se encogió de hombros.
—Es una de tus películas favoritas.
—¿Y tú cómo sabes eso?
—¿No lo es? Recuerdo oírte hablar con Jess de ir a verla cuando la pusieron en el pueblo. Quizá me equivoqué.
—Para ser un tipo que va a lo suyo, eres todo un cotilla. ¿La has visto?
Negó con la cabeza. Esto iba a ser bueno.
—Entonces, ¿vemos otra cosa?
—Ah, ni hablar. Me encanta. Además, quiero ver tu cara cuando veas los peinados.
Gimió.
—Por favor, dime que la obra de Jane Austen lo salva.
Me reí.
—Es una buena película. Muy buena, de hecho. Solo que no es para historiadores quisquillosos como tú.
—No soy quisquilloso. No me importan las inexactitudes. A veces.
—Ya.
—¡Es verdad!
—¿En serio? Nombra una película histórica que te guste.
Se quedó callado durante lo que parecieron dos minutos largos.
—¡Ja! ¡Ni siquiera se te ocurre una!
—El problema es que las que tienen buena historia son las más inexactas, y las exactas tienen una historia terrible, espantosa, me atrevería a decir. O, peor aún: la historia es buena, el vestuario y todo lo demás son exactos, pero la ropa y los decorados quedan horribles.
Asentí.
—Sí.
Pusimos la película. No refunfuñó como esperaba. En cambio, la vimos en silencio. Yo la estaba disfrutando como siempre. Pero hacia la mitad, pregunté:
—Entonces, ¿qué te parece?
—Shhh.
Habíamos llegado a la escena de la declaración. Levi estaba completamente absorto en la película, con la mirada clavada en la tele.
—¡Lo ha rechazado!
—¿Has leído el libro alguna vez?
Negó con la cabeza.
—Se me escapó, no sé cómo.
—Fascinante.
Vimos el resto de la película en silencio.
Levi reaccionaba a cada escena. Se echó hacia delante cuando el Sr. Darcy apareció en Pemberley.
Luego contuvo el aliento cuando Lydia le contó a Elizabeth lo que el Sr. Darcy había hecho por ella.
Y en los momentos finales, prácticamente estaba echado sobre mí, con la cabeza apoyada suavemente en la mía mientras me cogía la mano.
—¡Ha venido! —gritó Levi.
—¡Ya lo sé!
—Les encanta pasear.
—Parece que es algo que los une.
Cuando aparecieron los créditos, Levi se dejó caer en el sofá con un suspiro.
—Ha estado bien.
Lo miré. Tenía una leve sonrisa en los labios.
—No sabía que fueras tan romántico.
—Hay mucho que no sabes de mí.
—Del uno al diez, ¿qué nota le pones?
—Dejando a un lado el peinado y el vestuario —es imposible que un caballero inglés del siglo diecinueve pasee por el campo con la camisa desabrochada—, le doy un nueve.
—Impresionante.
—Podría ser un...
Alguien llamó a la puerta. Los dos volvimos la cabeza hacia el ruido.
—¿Esperas a alguien? —pregunté.
Levi negó con la cabeza.
—Ni espero ningún paquete.
Nos separamos, y ya echaba de menos su calor cuando se levantó del sofá. Me levanté y lo seguí hasta la puerta. Cuando la abrió, no sé a quién esperaba encontrar, pero desde luego no era a mi hermana.
Cuando me vio de pie detrás de Levi, lo señaló con cara de pocos amigos y dijo:
—Entonces, ¿ese es tu marido?