Capítulo 20
Elvira
POR MUCHO QUE me costara admitirlo, el piso de Levi era diez veces mejor que cualquier motel barato en el que Grant me habría alojado mientras arreglaba el problema de las tuberías.
Y lo que era peor, parecía que iban a ser cuatro semanas en lugar de dos, así que había accedido a no cobrarme el alquiler de este mes, lo cual me venía de perlas.
No podía negar el lujo de las almohadas mullidas de Levi y las sábanas de algodón de muchos hilos que tenía en la habitación de invitados.
Era mejor que mi piso. Qué demonios, era mejor que la mayoría de los hoteles de lujo.
Levi se había desvivido por hacerme sentir bienvenida.
Me ayudó a recoger mis cosas y llevarlas a un guardamuebles.
Luego me cedió un dormitorio agradable. El mismo en el que dormí la última vez que vine, borracha como una cuba y con el corazón roto.
Levi no volvió a intentar acostarse conmigo.
Desde que regresamos del retiro, no había hecho el menor amago.
Lo cual estaba bien, ¿no? Yo no quería acostarme con él, ¿verdad?
Mis sueños, sin embargo, decían otra cosa.
Por las noches, a solas, soñaba que iba a su dormitorio, abría la puerta, me metía en su cama y me acostaba con él.
Esos eran los sueños más inocentes. En otros, él irrumpía en mi habitación y me poseía como si yo fuera la heroína de una novela romántica tórrida.
Y cuanto más mantenía las distancias, más vívidos se volvían los sueños.
Me estaba volviendo loca de deseo, y sin embargo él actuaba como si no fuéramos más que colegas.
Habíamos vuelto a la profesionalidad. En el trabajo, incluso me llamaba señorita Edwards, y cuando le pregunté si debería llamarme señora Hawthorne, me preguntó si eso era lo que yo quería.
No supe qué responder. ¿Quería que me llamaran señora Hawthorne?
Mi lado imprudente gritaba que sí. Mi lado racional sabía que era una locura.
Me concentré en el trabajo y en ayudar a Levi con las cartas de Johnson.
Ahora estaba obsesionada con ellas. Más de lo que habría imaginado.
Sabía muy poco de criptografía, pero conocía bien cómo se elaboraban la mayoría de los criptogramas de aquella época.
Y por lo que sabíamos de Johnson, no era precisamente un genio de su tiempo.
Todo en su vida apuntaba a un hombre corriente con cierta curiosidad intelectual, pero poca.
Y como había demostrado aptitudes para descifrar el código, Levi me había dado acceso a su proyecto, y trabajábamos juntos hasta altas horas de la noche intentando resolverlo.
Él también tenía nociones de criptografía, me contó.
Hubo un tiempo en que quiso ser agente de la CIA y pensaba que todo el trabajo consistía en descifrar acertijos.
Al crecer, sin embargo, recuperó su pasión por la historia, aunque conservaba ciertas habilidades de decodificación.
Francis también venía a ayudar, y Beth nos echaba una mano con todo lo que sabía sobre Johnson.
William Johnson trabajaba a las órdenes de Ricardo, y aunque no ocupaba un puesto destacado, era un hombre instruido que trabajaba en estrecha colaboración con el rey.
Levi tenía razón. Beth estaba un poco obsesionada con Johnson.
Tenía una teoría conspirativa según la cual era un hermano bastardo de Ricardo III, y se negaba a abandonarla pese a las pruebas en contra, pero aun así era una investigadora de un valor incalculable.
El trabajo nos consumía a ambos. Y menos mal, dado que me alojaba en casa de Levi, porque algunas noches nos quedábamos despiertos hasta tan tarde que solo nos daba tiempo a meternos en la cama y caer rendidos.
Y entonces era cuando surgía esa necesidad.
Entonces era cuando me quedaba despierta pensando en todas las veces que mi mano rozaba la suya al coger un libro.
O cuando su pecho me rozaba la espalda al inclinarse detrás de mí para alcanzar algo de un estante.
Entonces era cuando soñaba con subirme a su escritorio y atraerlo hacia mí por las solapas de la chaqueta.
Tirarlo todo al suelo, tumbarme sobre el roble y dejar que hiciera conmigo lo que quisiera.
Joder. Debería haber aceptado su oferta.
Vivir bajo el mismo techo que él solo complicaba las cosas.
Un viernes por la noche, estábamos trabajando hasta tarde otra vez cuando pidió comida. Siempre pedía del mismo restaurante.
—¿Por qué? —le pregunté después de que terminara de hacer el pedido, abanicándome.
Estaba sentada en el suelo de su despacho, con papeles esparcidos a mi alrededor mientras intentaba resolver una sección concreta del código.
Así era más fácil. El aire acondicionado del despacho no funcionaba, y el suelo estaba más fresco que cualquier silla.
Levi había optado por quedarse en su escritorio trabajando en el portátil, pero pasaba tanto calor como yo.
—Es el único sitio que conozco en esta ciudad que no sirve marisco —dijo, mirándome.
—¿Tan grave es tu alergia?
Levi asintió.
—De niño, me hospitalizaron una semana después de comer un cóctel de gambas.
Mi madre estaba tan angustiada que se quedó conmigo en el hospital todo el tiempo.
Fue la única vez que demostró algo de cariño.
Estuve un día en coma y pasé los seis siguientes luchando por respirar.
Fue la mejor y la peor semana de mi vida.
Suspiró, y una sombra le cruzó el rostro. Luego, de repente, desapareció.
—En fin, desde entonces, nada de marisco.
—¿Una semana? Tu madre debió de estar aterrada.
Asintió.
—Mi padre, en cambio, no estaba tan asustado. Pensaba que las alergias eran un signo de debilidad.
Su voz destilaba amargura y desdén.
—Después de casarse con una aristócrata, mi madre, creyó que eso le daba derecho a tener hijos de sangre azul capaces de resistir cualquier embate de la naturaleza. Y cuando desarrollé esa alergia, me tachó de debilucho. A sus ojos, ya no era un Hawthorne de pura cepa, sino una anomalía.
Se me partió el corazón. Aquello me hizo valorar a mi propio padre, que era un bendito. Jamás podría imaginar a papá pensando que yo era débil por tener una alergia.
—Lo siento mucho. Debió de ser muy duro para ti.
—Sí. Resulta que a los ricos les encantan las vieiras, la langosta y todo tipo de marisco.
Una vez, mi padre intentó obligarme a comerlo, y cuando me negué, me pegó.
Un día me harté de las palizas e hice lo que quería.
Comí gambas. Me desperté solo en el hospital.
Para entonces, mi madre ya se había divorciado de mi padre y estaba Dios sabe dónde.
Me entró el pánico. Nunca me había sentido tan asustado ni tan solo.
Solo cuando mis hermanos mayores, Nolan y Carey, vinieron a visitarme, logré relajarme.
Por lo visto, mi padre le había prohibido a todo el mundo que me visitara en el hospital.
No le había contado a mi madre lo que había pasado, y cuando mis hermanos se enteraron de dónde estaba, vinieron a verme desobedeciendo sus órdenes.
Abrí los ojos de par en par. Me hervía la sangre solo de pensar que alguien pudiera pegarle a un niño, y más a alguien como Levi. No era de extrañar que fuera como era. Frío. Reservado. Distante. Había aprendido a mostrarse estoico para soportar el dolor que su padre le infligía.
—Así que ya ves, tengo un miedo irracional al marisco.
Me levanté de donde estaba sentada, fui hacia él, me senté en su regazo y lo abracé con fuerza. Él no me devolvió el abrazo, pero tampoco me apartó. Cuando me separé, le pregunté:
—¿Y Gettysburg? Investigaste el restaurante en el que comimos antes de ir, ¿verdad?
—Sabía que no servían, sí, pero no estaba seguro de si mentían o no. Tengo un miedo irracional a ingerir aunque sea una cantidad mínima.
Tuve que contener la emoción que me embargaba. Se había arriesgado a ponerse enfermo para darme un cumpleaños maravilloso. Por mucho que lo intentara, el corazón se me desbordó igualmente.
—Deja de decir eso. Irracional. No es irracional. Casi te mueres. ¡Y eras un niño!
Se inclinó hacia mi cuello y aspiró mi olor.
—Gracias —dijo—. Nadie me había dicho eso nunca. Todo el mundo pensaba que estaba loco.
—No estás loco. Solo un poco excéntrico, nada más. Y eso me gusta de ti.
Su mirada se endureció. Fue entonces cuando me di cuenta de que seguía sentada en su regazo.
Me sentía cómoda. Demasiado cómoda. Me moví, y él gimió.
En algún momento, el ambiente había cambiado.
Su mirada atrapaba la mía con una intensidad asfixiante.
Sus manos estaban en mi cintura, peligrosamente cerca de mi trasero.
Rara vez usaba vestidos, pero hoy había elegido un vestido corto con vuelo, azul con lunares blancos, perfectamente apropiado para la oficina, pero que ahora se me había subido hasta la mitad de los muslos.
Sería mejor que me levantara, pensé, aunque no quería.
Pero cuando intenté hacerlo, él me sujetó.
—¿No quieres que me levante?
¿Por qué estaba susurrando?
—Quédate donde estás.
Su voz era ronca, llena de un anhelo que igualaba el mío. Me moví ligeramente y sentí su polla endureciéndose contra mi trasero. Joder. Llevé la mano a su cuello y lo acaricié lentamente, siguiendo con el dedo la pequeña gota de sudor que le caía hacia el pecho.
—¿Qué estás haciendo?
Su voz sonaba aún más tensa que antes.
Mi mirada volvió a la suya.
—Nada.
Seguí otra gota de sudor con el dedo. Levi contuvo la respiración. Sonreí para mis adentros.
—Si no...
Nunca terminó la frase. Le besé el cuello y lo dejé sin palabras.
Le chupé la piel, le besé la mejilla, y luego posé mis labios sobre los suyos.
Él los recibió con el hambre que siempre tiene de mí.
Me agarró la cabeza y me atrajo hacia él como si fuera posible acercarme más, cuando ya estaba pegada a su cuerpo.
Me devoró, besándome como si no hubiera un mañana.
El fuego que había estado ardiendo entre nosotros, que habíamos mantenido a raya durante tanto tiempo, nos consumió a ambos.
Ya no podía negarme lo que realmente quería.
Y darme cuenta de eso solo hizo que lo deseara aún más. A él. A esto.
Las manos de Levi recorrieron mi cuerpo.
Estaban en todas partes. El cuello, la espalda, los pechos, los muslos.
Me apretó los muslos y me los levantó hasta que quedé completamente a horcajadas sobre él.
En esa posición, podía frotar mi coño contra su polla.
Mis bragas y sus pantalones eran una barrera que quería que desapareciera.
Deslicé las manos por su camisa blanca, se la saqué de los pantalones y empecé a desabrocharle los botones, mientras él bajaba la cremallera de mi vestido hasta que los tirantes me cayeron por los brazos.
Me lo bajó justo cuando yo le quitaba la camisa y la arrojaba frenéticamente a un lado.
Se apoderó de uno de mis pechos y lo chupó mientras jugaba con el otro.
Me retorcí y gemí con las manos enredadas en su pelo.
Entonces, de repente, se levantó, me colocó sobre su escritorio, dejó el portátil en la silla y tiró todo lo demás al suelo.
Sacó un condón del cajón y lo arrojó sobre la mesa junto a mí.
Le rocé el pecho con la mano, y su ligero temblor me hizo sentir como la mujer más sexy del mundo.
Las manos de Levi se deslizaron por mis muslos, me subieron el vestido hasta la cintura y me atrajeron hacia él por las piernas hasta que mi centro chocó con el suyo.
Luego me tomó de la barbilla y me dio un beso tan dulce que me derritió por dentro.
—¿Tienes idea de cuánto he soñado con esto? —susurró contra mis labios—. He dado vueltas en la cama tantas noches sabiendo que estabas a solo una habitación de distancia y sin poder hacer nada.
Había algo entre nosotros de lo que empezaba a darme cuenta, algo que había notado antes pero que no había querido analizar. Nuestros pensamientos estaban sincronizados. Me asustaba. Me inquietaba. Pero también había una certeza en ello que me calmaba.
Le devolví el beso mientras mis manos bajaban a sus pantalones y le desabrochaban la bragueta. En cuanto le cayeron a los muslos, agarró el condón, lo abrió y se lo deslizó por la polla. Luego metió las manos dentro de mi vestido, me agarró las nalgas y me arrancó las bragas.
—Joder —dijo cuando sus dedos se hundieron en mi coño—. Ya estás mojada.
—Llevo mojada una semana.
—Joder.
Susurró contra mis labios y luego me recostó sobre el escritorio.
Alineó su polla con mi coño y rozó mis labios inferiores varias veces, provocándome como si no estuviera tan desesperado por esto como yo.
Entonces, cuando pensé que iba a gritarle, se deslizó dentro.
Sus embestidas fueron rápidas, frenéticas, llenas del deseo de hacerme suya.
Se aferró a mis muslos y los apretó mientras embestía sin descanso dentro de mí.
No se saciaba de mí, igual que yo no me saciaba de él.
Sus manos iban a mis pechos, los apretaban, luego me acariciaba el rostro.
Desde mi posición en su escritorio, parecía un dios romano poseyendo a su sacerdotisa, y yo estaba más que feliz de ser la elegida.
Su pecho era como la estatua del David hecha carne.
Y su polla me llenaba por completo cada vez que embestía.
Sus manos se deslizaron hasta mi clítoris.
Solo dos roces, y me corrí alrededor de su polla, con las piernas sacudiéndose y todo el cuerpo temblando.
Se quedó quieto, luego se estremeció con su orgasmo, perdió el equilibrio y se desplomó sobre mí.
Recibí su peso con gusto, sujetándole la cabeza entre las manos mientras recuperaba el aliento.
—¿Levi?
—¿Sí?
—¿Quieres que seamos follamigos?
—Joder, sí.