El pacto matrimonial (Multimillonarios Hawthorne) Capítulo 19
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Capítulo 19

Levi

ELLA TENÍA RAZÓN. Probablemente era mejor no acostarnos y mantener una relación profesional, pero no solo habíamos cruzado esa línea, sino que me daba igual.

La deseaba, y al diablo con las consecuencias.

El sexo solo demostró lo compatibles que somos.

Fue todo lo que había soñado y, a la vez, nada que ver con lo que esperaba.

Joder, encajamos tan bien anoche. Su coño estaba tan apretado que pensé que me correría nada más entrar en ella.

Pero algo me hizo parar. La necesidad de darle placer, de sentirla deshacerse en mis brazos, superó todo lo demás y me obligó a ir más despacio.

Su placer era igual de erótico que cualquier película porno, o más.

Elle era la mujer que había estado esperando todos estos años. Anoche lo demostró. Solo me quedaba convencerla de que éramos perfectos juntos. De que encajábamos. De que estábamos hechos el uno para el otro.

Sonó un cañón y me sacó de mis pensamientos.

—¡Fuego! —gritó un hombre en el campo, y otro cañón se disparó.

La recreación no era del todo precisa, pero los académicos de historia a mi alrededor, que en una película lo habrían criticado, aplaudían mientras miraban.

No los culpaba; los actores eran buenos.

Elle, en particular, parecía muy metida.

Raro, teniendo en cuenta que no le gustaba la época de la Guerra Civil.

«Demasiada muerte y sufrimiento para mi gusto», le oí decir una vez.

O estaba concentrada en el campo de batalla o me estaba ignorando.

El sol pegaba fuerte, y ella se abanicaba con el pequeño folleto que nos dieron en el museo militar, usándolo también de sombrilla.

Había un tipo vendiendo paraguas y abanicos de mano en la entrada cuando llegamos.

No le había hecho caso; ahora entendía por qué estaba allí.

—Vuelvo enseguida —le dije.

El paraguas costaba el doble de lo normal, y el abanico igual. Volví con los dos y le di un codazo. Me miró sorprendida.

—Toma —dije, y le di el abanico. Los dos moños esponjosos en los que se había recogido el pelo se movieron cuando giró la cabeza.

No me había pedido ayuda para peinarse, como había prometido.

Había bajado a darle las gracias al conserje por las recomendaciones, y cuando volví, ya había terminado y se iba a desayunar.

—¿Qué es? —Miró el abanico con recelo.

—Pareces acalorada —dije.

Su mirada se clavó en mi rostro.

—Literalmente.

Frunció más el ceño.

—Es un abanico —lo encendí y el viento fresco y artificial sopló entre nosotros. Lo agarró de inmediato y se lo dirigió al escote—. Oh, gracias —casi gimió—. Oh, vaya —dijo mientras yo abría el paraguas y nos cubría a los dos.

—Vaya, viniste preparado —se inclinó hacia mí para quedar completamente cubierta por el paraguas. Una pequeña sonrisa amenazó con asomar a mis labios cuando su brazo rozó el mío. Tendría que haberlo pensado antes.

—No vine preparado. Lo compré allí —señalé el puesto de golosinas. Elle frunció el ceño y me miró como si me viera por primera vez.

—Gracias —dijo. Y añadió—: Eso no significa que vaya a acostarme contigo. No soy tan fácil.

—No estaba pensando en eso.

Apartó la mirada, sonrojada.

—Yo nunca... Solo estaba...

—Aunque la oferta sigue en pie.

Me incliné y le susurré:

—¿No quieres volver a sentirme entre tus muslos?

Se echó hacia atrás de golpe y sobresaltó a Gina, una arqueóloga sentada a nuestro lado.

—Lo siento —murmuró Elle, y luego me dio una palmada en el muslo—. Mira lo que me obligas a hacer.

—Así que todavía me deseas. Tomo nota.

—No —dijo en voz baja—. No te deseo. Una noche fue suficiente. Ya tuve bastante. El dinero está en la cómoda.

—Si crees que tratarme como a un prostituto me va a disuadir, te equivocas —solo me dieron más ganas de demostrarle lo bien que puedo hacerla sentir—. Este putón te lamerá el chocho toda la noche, señora.

—¿Chocho? —puso los ojos en blanco ante mi término arcaico, con la mirada en el campo de batalla.

Pero una sonrisa asomó en la comisura de sus labios.

Cuando se volvió a mirarme, había compuesto su rostro en una máscara fría e inexpresiva—.

No estoy disponible, señor. Busque su placer en otra parte.

—Pero eres la única que puede satisfacerme —le deslicé el dedo por el brazo—. Solo hay una mujer que quiero, y eres tú.

Sus ojos se oscurecieron. El deseo se encendió.

El calor se extendió por mi cuerpo, y no tenía nada que ver con el clima.

Sonó un cañón mientras me apretaba ligeramente contra ella.

Creí verla acercarse también, pero en el último segundo se echó hacia atrás, rompiendo el hechizo, y se volvió hacia el campo.

La recreación estaba en su acto final. Observamos cómo los soldados libraban su última batalla mientras mi corazón latía al ritmo del tambor. Quería quedarme cerca de ella, pero estar tan cerca, respirando su aroma, solo me volvía loco. Y el rechazo solo me hizo desearla más.

Cuando terminó la recreación, fuimos a un almuerzo que Thompson había organizado, una mezcla entre barbacoa y picnic.

En algún momento me tocó encargarme de la barbacoa mientras Elle preparaba el picnic.

No volvimos a estar juntos hasta que llegó la hora de sentarnos a comer.

Para entonces, la mitad del grupo estaba medio borracha, y la otra mitad deseando ponerse al día.

—No sabía que los viejos fueran tan alborotadores —me dijo Elle mientras Thompson y el marido de una profesora intentaban recrear lo que realmente pasó en el campo de batalla de Gettysburg, pero acabaron chocando y cayendo uno encima del otro hechos un lío.

Los dos hombres intentaron levantarse sin éxito.

Negué con la cabeza.

—Si lo hubiera sabido, habría aceptado su invitación hace mucho.

—¿Te habían invitado antes? —me preguntó, acercándose a mí en el banco del picnic.

No estaba seguro de que se hubiera dado cuenta de que se estaba acercando, y no quería que lo notara y se apartara.

Teníamos toda la mesa de seis personas para nosotros solos.

Habíamos reservado una zona más grande del parque y teníamos bastante privacidad como grupo.

Asentí.

—No hacía falta estar casado ni tener pareja. Thompson incluso se ofreció a presentarme a uno de sus hijos.

—¡Oh!

—Ya lo sé. Entonces no me parecía tan raro como ahora.

—Interesante —dijo ella.

Arrancó un trozo del bollo que tenía en la mano y se lo llevó a la boca, un gesto simple que no debería haber sido tan seductor como lo fue.

—Podrías estar sentado ahora mismo con una versión más joven y femenina de Thompson en otro universo.

—Nunca —dije, con la mirada fija en su boca, observando cómo se movía.

—No lo hagas.

Lo entrecortado de su voz me hizo mirarla a los ojos. Bajo la luz del sol, sus ojos castaños oscuros adquirían un tono chocolate.

—¿Qué?

—Mirarme así.

—¿Cómo te estoy mirando?

—Como si quisieras devorarme.

—Es que quiero. Sabes que sí.

Se le cortó la respiración. Apartó la mirada y se volvió hacia su pollo chamuscado. Partió un trozo, lo puso sobre un pedazo de bollo y comió.

—¡Para! —dijo de nuevo.

—¿Qué estoy haciendo que quieres que pare?

Ladeó la cabeza hacia mí.

—Comportarte como un voyeur perturbado no va a conseguir que te lleve a la cama.

Miré su brazo rozando el mío. Hacía un momento, habría jurado que estaba a varios centímetros de mí. Y yo no me había movido ni un milímetro.

—Entonces, ¿por qué estás frotando tu cuerpo contra el mío?

Se echó hacia atrás bruscamente, pero no hizo ademán de alejarse.

—¡No es verdad!

Bajé la mirada hacia donde nuestros brazos se tocaban.

—Estás viendo cosas.

Volví a mi comida. Comimos en silencio, viendo a Thompson y a su amigo intentar por quinta vez —estaba seguro— algo en lo que ya habían fracasado cuatro veces.

—¿Cómo supiste que ayer era mi cumpleaños?

Elle no me miraba al preguntar, pero se notaba que la pregunta no era tan casual como pretendía. Tenía la espalda rígida y evitaba el contacto visual.

—Ya te lo dije. Siempre lo he sabido. Lo que quiero saber es por qué no lo celebras.

Giró la cabeza bruscamente.

—¿Cómo sabes eso?

—Porque cada vez que alguien te felicita, no pareces feliz, sino triste.

Se le humedecieron los ojos.

—¿Te diste cuenta de eso?

De eso y de otras cosas. Como de que no le había gustado cuando Wyatt le compró un ramo de rosas rojas que llenó su oficina y contrató a un grupo a capella para darle una serenata.

Mucha gente pasó comentando lo afortunada que era.

Pero ella parecía ahogarse entre las flores.

Poco después, la vi salir de la oficina con los ojos enrojecidos de llorar.

Fue la última vez que Wyatt hizo algo grande por su cumpleaños.

—Sé que no te gusta celebrarlo, y te prometo que no pretendía montar un espectáculo, pero quería que fueras feliz. Si no te gustó...

—Me gustó. Me gustó mucho.

—Entonces, ¿por qué?

Respiró hondo.

—Mi padre murió el día de mi cumpleaños.

Y no solo eso: también era el suyo. Compartíamos el mismo día, ¿sabes?

Llevaba un tiempo enfermo, y fue muy duro para mi hermana y para mí.

La semana anterior, estando en el hospital, había hablado de celebrarlo conmigo.

Así que hicimos los preparativos para llevarle el pastel al hospital.

Y flores. A mi padre le encantaban las flores.

Era un macho de pies a cabeza, pero siempre se aseguraba de que en nuestra casa hubiera flores frescas.

Así que mi hermana y yo compramos un coche lleno de rosas rojas.

Y cuando llegamos al hospital, fue cuando nos enteramos de que mi padre había muerto.

Tuve que volver conduciendo, con el coche lleno de rosas y pastel. Mientras él estaba muerto.

La última frase le salió en un sollozo ahogado que se tragó enseguida. Sorbió por la nariz y exhaló. Luego esbozó una sonrisa triste.

—Desde ese día siempre he odiado las rosas. Y mi cumpleaños.

—No es de extrañar que no te gustara lo que hizo Wyatt.

Frunció el ceño.

—Eres sorprendentemente perceptivo.

—No lo bastante como para no organizarte una celebración de cumpleaños.

Puso su mano sobre la mía, con los dedos extendidos encima en la mesa.

—Me encantó lo que hiciste. Ha sido el mejor regalo de cumpleaños que me han hecho en mucho tiempo.

En un tono mucho más ligero, añadió:

—Sin contar los orgasmos.

—¿No te gustaron los orgasmos que te di? —Fingí una expresión herida.

—Me gustaron bastante. Es solo que no los considero parte del regalo de cumpleaños. Si quien hace el regalo disfruta demasiado haciéndolo, entonces no es un regalo, según las normas de los regalos.

—Nunca he oído hablar de ellas.

—Las inventó Papá Noel. Es de dominio público —se rio. Me uní a su risa.

◆◆◆

REGRESAMOS DEL RETIRO el domingo por la noche.

Llevé a Elle a su casa, dándole vueltas a cómo conseguir que se quedara en la mía, pero no se me ocurrió nada.

Además, después de lo que me había contado, no quería presionarla para que estuviera con un tipo que solo estaba desesperado por llevársela a la cama porque se había acostado con ella una noche.

Yo era ese tipo. Y cada vez estaba más desesperado.

Aparqué en su entrada y ella bajó a abrir la puerta. Mientras descargaba su maleta, volvió con el ceño fruncido. Llevaba un papel en la mano.

—La casa todavía está en reparación.

Negó con la cabeza.

—¿Me das un segundo?

Sacó el móvil y la observé caminar de un lado a otro por la entrada mientras hacía una llamada. Cuando contestaron, se alejó hacia la casa. Unos minutos después, volvió con cara de derrota, los vaqueros empapados hasta los tobillos y las zapatillas chapoteando a cada paso.

—No puedo quedarme aquí al menos en dos semanas. Reventó una tubería y hay agua por todas partes. Por lo visto, hay que cambiar todo el sistema.

—Qué horror.

—¡Ya lo sé! ¿Puedes llevarme a un hotel? El casero ha aceptado pagarme la estancia mientras duren las obras.

Estaba a punto de asentir cuando caí en la cuenta. Recé una oración silenciosa a Dios o a los dioses por aquel casero y su casa de mierda.

—Me temo que eso no será posible. ¿Te imaginas lo que dirían si descubrieran que mi esposa se aloja en un hotel barato? Pensarían que nuestro matrimonio ya está en crisis. Eso no le haría ningún bien a tu reputación, sobre todo teniendo en cuenta que la gente ya piensa que engañaste a Wyatt.

Ella se encogió de hombros.

—¿Y qué quieres que haga?

—Ya era raro que no viviéramos juntos. Ven a quedarte conmigo.