El pacto matrimonial (Multimillonarios Hawthorne) Capítulo 10
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Capítulo 10

Elvira

—¿Sabes qué aspecto tienen? —le preguntó Levi a Elizabeth.

Beth, como prefería que la llamasen. La mujer alta recorrió con la mirada la sala llena de conservadores de museos, historiadores y algunos periodistas que se habían enterado del precio de la colección.

Levi, Beth y yo esperábamos en una esquina a que comenzara la subasta, copa de vino en mano.

La mujer rubia y musculosa negó con la cabeza.

—No veo a los sospechosos habituales.

Soltó una palabrota que sonó discordante y extrañamente entrañable con su acento.

—No me puedo creer que esos cabrones la quieran. Ya sabes que van a destruir las pruebas y hacer que parezca que su rey asesino favorito no hizo nada malo.

—Aún no sabemos si hay alguna prueba —intervine, lo que me valió una mirada fulminante de Beth—. Toda la colección podría no ser más que las reflexiones de un caballero del siglo XV.

Beth palideció aún más.

—No digas eso. ¡La reputación de tu novio está en juego!

Estaba a punto de corregirla cuando oí una risa familiar. Me volví y vi a las dos últimas personas que esperaba ver entrar en la sala.

—Mierda —murmuré.

Levi siguió mi mirada. Con el ceño fruncido, preguntó:

—¿Qué hacen esos aquí?

Beth observó a Billie y Wyatt, que paseaban del brazo mientras contemplaban la colección.

Wyatt no tenía derecho a estar tan guapo con aquel traje, ni Billie a brillar así con su vestido rojo ceñido.

Sonreían. Parecían felices. Un frío glacial me atenazó el corazón.

Un zumbido continuo me llenó la cabeza mientras Beth hablaba.

—¿Quiénes son?

En ese momento, Wyatt nos vio y se dirigió directo hacia nosotros con Billie a la zaga. ¿Por qué venían hacia aquí? ¿Qué demonios hacían allí?

Wyatt esbozó una sonrisa deslumbrante que no le llegó a los ojos.

—Vaya, vaya.

—Wyatt.

La mano de Levi me rodeó la cintura. Un gesto que pasó desapercibido tanto para Billie como para Wyatt.

—¿Estáis aquí por la colección? —la pregunta obvia de Wyatt pretendía romper el hielo, pero sonó a burla.

—Supongo que tú también —dijo Levi.

—Sí. Como miembro de la Sociedad Histórica de Ricardo de Gloucester, considero mi deber ayudar a la Sociedad a hacerse con una pieza tan importante de la historia.

Resoplé.

—¿Desde cuándo? La historia medieval nunca te ha interesado.

El campo de Wyatt era la Antigua Roma. Pensaba que la historia medieval era aburrida y un terreno muy trillado. Como si la puñetera Roma no estuviera más que estudiada.

Wyatt sonrió con suficiencia.

—Digamos que es un pasatiempo.

Entrecerré los ojos. Estaba allí para sembrar el caos.

Era la única explicación posible. No habría supuesto una amenaza si Wyatt fuera un historiador cualquiera.

Pero, como Levi, también provenía de una familia rica.

Tenía dinero de sobra para comprar la colección tres veces.

Y dudaba que hubiera tenido que casarse con Billie para acceder a su fondo fiduciario.

Los dos charlaron con nosotros unos minutos más.

Nada serio. Solo cortesías apenas disimuladas por el odio, sobre todo de mi parte.

Lo reconfortante fue que Levi asumió su papel de pareja y me mantuvo pegada a él como si fuera su amante.

La mirada de Wyatt no dejaba de desviarse hacia donde la mano de Levi me rodeaba la cintura.

Dudaba que sintiera celos. A Wyatt simplemente no le gustaba que otro tuviera lo que él había dado por sentado.

Cuando se fueron, Beth comentó:

—Ha sido uno de los intercambios cordiales más tensos en los que he participado. Colegas vuestros, supongo.

—Algo así —dije, agitando mi copa de champán vacía—. Necesito que me la rellenen.

Pasar tiempo en su presencia me daba ganas de ahogarme en un barril de vino. Me acerqué a la mesa del bufé a por otra copa de champán cuando una mano se adelantó hacia la misma copa que yo iba a coger.

—¡Perdona! —chilló Billie. Cuando me vio, se le descompuso el rostro—. Ah. Eres tú. Perdona —repitió.

Resoplé.

—¿Lo sientes? No pareces muy arrepentida que digamos.

Billie puso los ojos en blanco.

—Sé lo que parece, pero tienes que entender que no queríamos que te enteraras así. Teníamos pensado decírtelo como es debido.

Me temblaba la mano por la rabia que iba creciendo dentro de mí. Apreté el tallo de la copa con fuerza. Un poco más y se rompería.

—¿Y cuánto duró esa planificación? ¿Os llevó todo el verano en los Hamptons?

Billie tuvo la decencia de sonrojarse.

—Ahórrate las disculpas. No las necesito.

Billie suspiró.

—¿Te sentirías mejor si te dijera que le quiero? No lo hice con mala intención; me enamoré de él.

Se me escapó una risa despectiva.

Palideció. El tono suplicante de su voz había desaparecido, sustituido por un deje acusatorio.

—Precisamente tú deberías entenderlo.

Solté un bufido.

—Explícamelo. ¿Cómo narices tiene eso sentido?

Miró hacia Levi.

—Tú también tenías tu aventura.

—Yo... eso no es...

—Tendrías que haber visto lo dolido que estaba Wyatt cuando se enteró. La traición es mutua.

Dejé la copa de vino, casi volcándola con el temblor de las manos. Las junté para no partirle la cara.

—Pobre Wyatt. ¿Le chupaste la tristeza? A ver, fue justo la mañana después de pillaros a los dos follando en mi cama cuando él me vio en casa de Levi. Sin acostarme con él, que conste.

Me dedicó una sonrisa tensa.

—Claro, tú siempre haciéndote la víctima.

—¡Porque lo soy!

Lo dije tan alto que la sala se quedó en silencio y todas las miradas se volvieron hacia nosotras.

No necesitaba ver sus caras para saber que me estaban mirando.

Los ojos desorbitados de Billie solo conseguían que yo pareciera una loca que había arremetido contra una transeúnte inocente.

No me atreví a mirar a nadie hasta que la gente volvió a sus asuntos.

Levi se materializó a mi lado.

—¿Todo bien?

Volví a coger mi copa y le respondí con una sonrisa forzada:

—Sí.

Fuimos a sentarnos porque la subasta estaba a punto de empezar.

—¿Qué ha sido eso?

—Nada.

Beth, sentada a mi izquierda, no parecía convencida, y Levi, a mi derecha, sabía que mentía pero no insistió más.

La subasta comenzó poco después. Mientras el subastador explicaba las reglas y los valores de salida, mi mirada se fue hacia Wyatt y Billie.

Se habían sentado unas filas por delante de nosotros.

Wyatt agitaba su paleta de puja en la cara de Billie, juguetón.

Puse los ojos en blanco. «Por favor, exagerad todo lo que queráis para el público».

Levi me apretó la mano.

—No les hagas caso.

—¿Levi?

—¿Sí?

—Más te vale ganar, joder.

Y la subasta comenzó.

La puja inicial era de quinientas mil libras.

Todos los pujadores levantaron sus números.

Luego subió a quinientas cincuenta mil. Y siguió subiendo.

Cuanto más subía la cifra, menos paletas se alzaban.

Cuando la puja alcanzó los diez millones de libras, solo quedaban tres pujadores: Levi, Wyatt y un pujador privado.

—Por ahí dicen que es un príncipe saudí —me susurró Beth al oído cuando el hombre del teléfono levantó su tarjeta.

La inquietud me invadió ante la idea de que Levi pudiera perder frente a un coleccionista cualquiera.

—¿Por qué querría comprar algo tan esotérico?

—Según los rumores —dijo Beth—, el príncipe es un anglófilo obsesionado con la Guerra de las Rosas.

—Genial. Justo lo que necesitamos: más pujadores con fondos ilimitados.

Al menos si el príncipe saudí ganaba la puja, quizá nos concediera acceso a los documentos. Dudaba que la Sociedad de Ricardo de Gloucester lo hiciera.

La puja subió de nuevo a quince millones.

Los tres hombres no se inmutaron. La sala estaba en silencio, mientras la cantidad subía de millón en millón, y cada vez, Wyatt, Levi y el pujador privado levantaban sus tarjetas.

Cuando alcanzó los veinte millones, el príncipe saudí se retiró.

Un jadeo colectivo recorrió la sala cuando tanto Wyatt como Levi levantaron sus tarjetas.

Se me quedó la lengua pegada a la garganta mientras observaba a Levi levantar la mano de nuevo cuando el subastador anunció veintidós millones.

—Levi —dije en voz baja—. ¿Estás seguro?

—Veintitrés millones —anunció el subastador—. Siguen los dos caballeros con veintitrés millones. Esto se está poniendo emocionante, señores. ¿Veinticuatro millones?

Wyatt levantó su tarjeta. Y Levi también.

—No quiero que ese cabrón vuelva a tocar lo que es mío —dijo en voz baja. Interesante que pensara que la colección ya era suya, pero ¿por qué tenía la sospecha de que no se refería a eso, sino a otra cosa?

—¿Veinticinco millones? —La multitud contuvo el aliento cuando el subastador anunció la cifra.

Hubo una pausa tensa cuando Wyatt y Levi no levantaron sus tarjetas.

Y entonces Levi levantó la suya. La multitud volvió a jadear—.

Veinticinco millones para el número cuarenta y cinco. ¿Número treinta y tres?

Wyatt negó con la cabeza.

—A la una. A las dos. ¡Vendido! —El subastador golpeó el mazo—. ¡Para el caballero con el número cuarenta y cinco!

Los aplausos retumbaron en la sala mientras todos felicitaban a Levi.

—¡Vaya! —Beth se abanicaba con un folleto, sonriendo de oreja a oreja—. No sabía que iba a ser tan... interesante.

—Yo tampoco —dije mientras observaba al impasible Levi aceptar las felicitaciones de quienes lo rodeaban.

No parecía alterado, como Beth o como yo.

Parecía que acabara de comprar un juguete y no una de las colecciones medievales más caras.

Wyatt y Billie ya se marchaban. Varios periodistas se acercaban a nosotros, con los ojos como platos, los teléfonos en alto a modo de micrófonos.

—Vamos —dijo Levi, y me tomó de la mano—. No quiero lidiar con ellos ahora mismo.

No puedo creerlo. Lo compró por veinticinco millones de libras, como si nada.