Capítulo 8
Elvira
EL VESTIDO QUE ELEGÍ era un sencillo modelo de satén blanco estilo sirena, con hombros descubiertos, escote plegado y un lazo transparente en la espalda.
Algo lo suficientemente elegante para una boda civil, pero que también podría llevarse a una cena de gala.
A mí me habría bastado con firmar un documento, pero Levi había insistido en una ceremonia civil.
Y cuando le dije que no tenía dinero para comprar un vestido de novia, me dio su tarjeta de platino y me dijo que «me volviera loca».
Terminé eligiendo tres vestidos: uno recto y sencillo, este, y otro mucho más elaborado que había elegido Jess.
Después de maquillarme, me examiné en el espejo. El satén blanco contrastaba de maravilla con mi piel castaña. El moño recogido que me había hecho siguiendo un tutorial de internet parecía lo bastante firme como para no deshacerse. En conjunto, parecía una novia típica.
Me había despertado a las cuatro y pasé la mayor parte de la madrugada haciéndome un alisado con plancha.
Fue un error dejarlo para el mismo día de la boda en lugar de ir a la peluquería el día anterior como una persona normal.
El problema era que no quería que nadie se enterara, y menos aún mi parlanchina peluquera.
La ciudad universitaria era pequeña. Si mencionaba cualquier evento, correrían rumores como la pólvora.
Levi quería que me arreglara, pero también quería que nuestro matrimonio se mantuviera en secreto. Y yo también.
Llamaron a la puerta. Debía de ser Jess. Le había pedido que fuera mi testigo, y había aceptado antes de que yo pudiera terminar de explicárselo. Estaba más emocionada que yo con todo esto.
—¡Ya voy! —grité.
Mi nuevo apartamento era pequeño, y bastaron unos pocos pasos para llegar a la puerta. Quien estaba allí no era Jess, sino Levi. Se me cortó la respiración. Estaba impecable y aún más guapo con un traje azul oscuro, una pajarita azul marino y un pañuelo de bolsillo amarillo.
Se quedó completamente inmóvil, mirándome fijamente, con el ceño fruncido. Su mirada recorrió todo mi cuerpo. Me alisé el vestido con las manos.
—Es demasiado, ¿verdad? Voy a cambiarme.
Sacudió la cabeza como si saliera de un trance.
—No. Es perfe...
Se aclaró la garganta.
—Está bien. Servirá.
Se ajustó las solapas de la chaqueta, un gesto que habría atribuido a los nervios si no lo conociera mejor. Nada ponía nervioso a este hombre.
—¿Estás lista?
Asentí.
—Déjame llamar a Jess.
Frunció el ceño.
—Creía haberte dicho que no se lo contaras a nadie.
—Pues qué pena, porque Jess ya lo sabía antes de que yo aceptara. Fue ella quien tuvo la idea.
Se le ensombreció el rostro. No parecía nada contento.
—No tenías por qué decirle cuándo nos casábamos.
—Tiene que saberlo; va a ser nuestra testigo.
Frunció aún más el ceño, pero lo ignoré mientras volvía a entrar en el apartamento a buscar el móvil.
—¡Allí habrá testigos! ¡No hace falta traer a nadie más! —gritó detrás de mí mientras yo entraba en el dormitorio. Lo dejé en la pequeña sala de estar, y cuando volví, estaba de pie en el hueco entre el salón y la cocina americana.
—Quiero que venga alguien de mi confianza, por si acaso resulta que me vendes a una red de trata o algo así.
Soltó una risita burlona.
—¿Y qué haría Jess? ¿Pegarme una patada voladora?
Asentí mientras oía sonar el teléfono de Jess.
—Sí. Hace kickboxing para mantenerse en forma.
En ese momento, Jess contestó.
—¡Perdona que llegue tarde! ¡Ya estoy en tu puerta!
Colgó, y unos segundos después, volvió a sonar el timbre. Jess entró sin esperar a que le abriera, como siempre.
—¡Perdón! ¡Perdón!
Llevaba un vestido largo de flores amarillas y azules, con cuñas y un bolso de mimbre. Se había quitado sus gafas de siempre y llevaba lentillas.
—Oh, vaya —dijo al vernos. Levi y yo estábamos ahora el uno junto al otro—. Parecéis una pareja de verdad. ¿Seguro que esto no es real?
Levi puso los ojos en blanco.
—Búrlate de mí una vez más y te tiro del helicóptero.
Miró su reloj Patek Philippe.
—Vámonos.
—¿Helicóptero? ¿En serio? —pregunté.
—Sí —respondió como si nada—. No pienso aguantar un viaje de dos horas en coche con ella.
Señaló a Jess. Raro, teniendo en cuenta que no esperaba que viniera, pero lo dejé correr. Jess no parecía ofendida en absoluto y abrió los ojos como platos, alucinada ante la perspectiva de volar a Nueva York en lugar de ir en coche o en tren.
Llegamos a la ciudad en treinta minutos, y desde allí un conductor llamado Bradley Jones, el chófer del hermano de Levi, nos llevó al juzgado.
No pregunté de qué hermano, pero supuse que sería el mayor, el que salía en las noticias constantemente.
Bradley iba a ser el segundo testigo, y no pareció sorprenderle cuando Levi se lo pidió.
Como si estuviera acostumbrado a cumplir peticiones extrañas.
Ahora que lo pensaba, ¿no se había casado uno de los hermanos de Levi en el mismo juzgado al que íbamos, y luego resultó que el matrimonio era falso?
¿O era la novia la que era falsa? No recordaba bien los detalles, pero había sido un escándalo enorme en su momento.
Lo bastante grande como para llegar a alguien como yo, que no se pasa la vida leyendo blogs de cotilleos sobre la élite de Nueva York.
Pero todo aquello había ocurrido antes de que empezara mi doctorado en Northride y mucho antes de que trabajara con Levi.
La ceremonia fue más corta de lo que esperaba. Aunque supongo que las bodas son breves cuando los novios no se intercambian votos interminables y no hay un cura dando un sermón eterno. La sala en tonos rosa pastel, con el podio de madera frente al oficiante, invitaba al minimalismo y la eficiencia.
Levi había venido preparado con anillos, algo que no me esperaba.
¿No se suponía que era una boda secreta?
¿Para qué necesitábamos anillos? Pero no dije nada.
Cogí la alianza de oro blanco que me tendió y se la deslicé por el dedo anular.
Luego sacó del bolsillo otra alianza de oro blanco con un diamante de un quilate.
El diseño era engañosamente sencillo, capaz de hacer creer a cualquiera que se trataba de una joya asequible.
Sin embargo, habiéndome criado en una casa de empeños, sé reconocer un anillo caro cuando lo veo.
Me tembló ligeramente la mano cuando él la cogió.
De pronto, todo aquello se volvió más real de lo que esperaba.
Me apretó la mano con suavidad, como para tranquilizarme, aunque quizá yo estaba dándole demasiadas vueltas a un simple gesto.
Pronunció sus votos y me deslizó el anillo por el dedo.
—Puede besar a la novia —anunció el oficiante.
Miré al oficiante. ¿Un beso? Claro, íbamos a besarnos.
¿Cómo no se me había ocurrido? Levi me atrajo hacia él sin soltarme la mano, y sus labios rozaron los míos.
Su lengua me acarició brevemente, dejándome un leve sabor a menta, y se retiró.
El beso apenas duró un segundo, pero me derritió por dentro y sentí que los pies no me tocaban el suelo, como si flotara en el cielo. Se me encendieron las mejillas.
—¡Wuuuu! —Jess nos lanzó pétalos de flores. Levi la fulminó con la mirada mientras su mano, que aún sostenía la mía, se apretaba.
—Ahora somos marido y mujer —le dije—. ¿No es raro?
Ahora era una mujer casada. Una mujer casada de veintiséis años.
—¿Crees que casarte conmigo es raro? —preguntó Levi.
Negué con la cabeza. Cualquier mujer se consideraría afortunada de ser su esposa, pero yo sabía la verdad. Al menos sería su esposa solo de nombre y no tendría que aguantar sus manías.
Salimos del Ayuntamiento, aún tomados de la mano. Su mano, grande, cubría la mía casi por completo. Bradley se había adelantado a buscar el coche, y cuando llegamos al pie de las escaleras, ya esperaba junto al vehículo con la puerta del pasajero abierta.
Con un movimiento repentino, Levi tiró de mí hacia atrás y empezó a subir las escaleras de nuevo. Me levanté la falda, temerosa de tropezar con los escalones de hormigón.
—¿Qué pasa? —pregunté conteniendo la respiración.
No respondió, solo aceleró el paso y me llevó de vuelta al interior del gran edificio. Una vez en el vestíbulo, me soltó la mano y miró hacia afuera.
—¿Vas a decirme a qué se debe la prisa repentina?
—Acaba de pasar el decano.
—Oh, mierda.
Si había alguien que no debía vernos casándonos, era el decano de Humanidades.
El hombre, corpulento y calvo, parecía fuera de lugar en la ciudad con su camisa azul claro, un cárdigan verde mar, pantalones de cuadros escoceses marrones y gafas que le colgaban de la nariz.
Como si fuera un personaje británico de los años cuarenta transportado a la jungla de asfalto moderna.
¿Y justo pasaba por ahí cuando salíamos del Ayuntamiento?
Vaya mala suerte. Fui a la entrada para ver si todavía estaba allí.
Por desgracia, había reconocido a Jess y ahora estaba hablando con ella.
Jess gesticulaba como una loca, lo que me hizo preguntarme qué estaría diciendo.
Esperaba que estuviera soltando una buena mentira.
Su ropa y los pétalos que llevaba en la mano delataban claramente por qué estaba allí.
—¡Oh, mierda! —repetí mientras Jess y el decano empezaban a subir las escaleras.
—El profesor Thompson viene hacia aquí —le dije a Levi.
Me agarró la mano de nuevo y me llevó hacia las escaleras.
Luego lo pensó mejor y nos condujo hasta un pilar, donde nos escondimos detrás.
Como niños en un programa de Disney. Pero no había nada infantil en la forma en que nos abrazamos.
Mis manos quedaron aprisionadas entre nuestros pechos, mientras las suyas descansaban en mi cintura.
Me obligué a mirar su pecho y a no desviar la vista hacia su rostro, temerosa de ver lo que no quería ver.
Pero no sirvió de nada. Incluso contemplar su traje impecable y su camisa impoluta hizo que mi mente se desbocara con pensamientos prohibidos.
Mis manos reposaban sobre las solapas de su chaqueta, lo que añadía más emoción al momento.
Sus manos se apretaron alrededor de mi cintura mientras la voz de Jess llegaba hasta donde estábamos escondidos.
—Sí, una boda —dijo—. Solo estoy esperando a que los novios terminen el papeleo y, ya sabes... a la recepción.
Su voz era tan temblorosa que no resultaba nada convincente.
Alcé la vista hacia Levi. Él me estaba mirando.
Sus labios se veían tentadores de cerca.
Su aroma, que había estado ignorando, me inundó las fosas nasales como una droga diseñada para hacer que mi cuerpo reaccionara a cada uno de sus movimientos.
Y cuando su pierna se movió, rozando la mía, se me cortó la respiración.
—¿Qué estás haciendo? —susurré.
—Shhh... —me puso un dedo en los labios.
—...amigos míos —oí decir a Jess, cuya voz sonaba ahora más cerca de donde estábamos. Se rio de algo que dijo el profesor Thompson. La voz de él solía ser baja, y en el vestíbulo concurrido resultaba ininteligible.
—No los conocerías —respondió.
—Se están acercando —susurré.
Levi permaneció en silencio. Pero su mano se deslizó hasta mi mejilla y la acarició. Sin prisa. Imperturbable. Como si estuviéramos en un mundo aparte. Por mucho que a mi cuerpo le gustara, mi mente, mucho más aterrada, estaba al borde del colapso.
—¿Qué hacemos? —volví a preguntar.
Quizá si pudiera asomarme y ver dónde estaban, pensé.
Pero cuando intenté inclinarme, Levi tiró de mí hacia atrás y me besó.
Este beso fue diferente del beso casto y discreto que me había dado hacía unos minutos en el altar.
Este fue más explosivo. Me revolvió por dentro y me dejó con ganas de más.
Mucho más de lo que podía darme en ese momento.
Sus manos fueron a mi rostro, acariciándome la mejilla mientras profundizaba el beso.
Me aferré a él como si me fuera la vida en ello mientras dejaba que asaltara mis sentidos.
Mis manos se agarraron a las solapas de su chaqueta como si fueran una cuerda hacia la cordura.
Aquello era más de lo que esperaba, más de lo que había imaginado que podría ser.
Era mejor. Y entonces, sin más, me soltó.
Abrí los ojos lentamente, y la decepción reemplazó la euforia que había sentido antes. «¿Por qué te has parado?», quise preguntar, pero él respondió antes de que pudiera pronunciar la pregunta.
—Se fueron. Vámonos.