Capítulo 6
Elvira
LOS DOS PROFESORES MANTENÍAN una conversación no precisamente silenciosa en el despacho de Levi. Levi gritaba como nunca le había oído, y Francis gimoteaba como un niño pequeño al que le hubieran dicho que no podía subirse a una montaña rusa.
Mientras tanto, yo tenía que fingir que trabajaba en mi despacho como si nada pasara, como si no oyera la pelea del despacho de enfrente. Escribir un artículo puede ser difícil cuando el drama está a solo una puerta.
—¿Qué tiene de difícil casarse con alguien? —gritó Francis—. ¡Te busco una novia por catálogo si no sabes ligar!
—Eso lo dices tú muy fácil. ¡Tú no eres el que tiene que buscar a alguien con quien casarse solo para acceder a su fondo fiduciario!
—Buabuá, el niño rico está triste porque no puede conseguir sus preciosos millones sin casarse con alguien.
—¿Te estás oyendo?
—¿Qué está pasando ahí dentro?
Estaba tan distraída que no vi entrar a Jess, que dejó mi puerta abierta. La blusa azul de lunares y la falda plisada a rayas blancas y negras que llevaba no deberían pegar, pero en ella sí. Le brillaban los ojos de curiosidad y prácticamente se le salían de las gafas.
—Se oyen los gritos desde nuestro lado del edificio. ¿Qué pasa?
—Levi y Francis están peleando. Bueno, discutiendo acaloradamente.
—¿Por?
—La colección Scott-Elliot. Levi y Francis necesitan el dinero de Levi para comprarla, pero él no puede acceder a él porque está bloqueado en un fondo fiduciario, y la única forma de conseguirlo es casándose con alguien según una cláusula arcaica que puso su padre.
—Con una mujer, preferiblemente, supongo —dijo Jess.
Asentí.
—Problemas de ricos.
No entendía por qué Levi se oponía tanto. Si yo fuera él, tragaría el sapo sin más. Encontraría a alguien dispuesto a hacerlo por dinero y listo.
Jess negó con la cabeza y suspiró.
—Lástima que estoy casada. Podría haberme ofrecido como tributo.
Me reí.
—¿Solo has venido por el cotilleo?
—No, en realidad he venido por ti.
Se acercó, me tomó la mano y dijo:
—¿Cómo estás? Vi tu mensaje sobre el cierre de la tienda de tu familia.
—Ah, eso.
Esa mañana le había enviado un mensaje frustrado a Jess contándole que a mi hermana le habían denegado el préstamo que tanto necesitaba.
Era la gota que colmaba el vaso en una larga lucha por hacerse con la propiedad total de su negocio o, al menos, encontrar un socio que no la estafara.
Sus socios actuales querían vender el negocio, y como entre todos tenían una participación mayor que ella, podían hacerlo.
—Odio verla tan estresada. Y no puedo evitar pensar que parte de la culpa es mía.
—¡De qué!
—Si no hubiera insistido en seguir una carrera académica, este doctorado, quizá mis padres no habrían tenido que desprenderse de tanto del negocio. Debería haber estudiado finanzas. Podría haber ayudado a Effie.
Mis padres habían vendido parte del negocio para pagarme la universidad, y cuando murieron, la carga de la tienda recayó en Effie.
—Por favor. Tu hermana es la persona más orgullosa del Bronx. Nunca he visto a nadie presumir tanto de los logros de su hermana como Effie. Y además, eres un desastre con los números.
Suspiré.
—Ojalá...
La puerta del despacho de Levi se abrió de golpe y Francis salió disparado, con la cara roja como un tomate.
Con su característico traje marrón y chaleco beige, parecía un caballero victoriano ofendido.
Levi asomó la cabeza por la puerta abierta de par en par, miró a Francis, que se alejaba, y luego a mí. Entrecerró los ojos al ver a Jess.
—Señorita Edwards, tenga el artículo listo cuando termine de cotillear.
Lo fulminé con la mirada. Cerró la puerta de su despacho. Imbécil. Jess parecía más sorprendida que yo.
—¿Qué le pasa? —dijo en voz baja pero audible—. ¿Habéis roto?
Le di un manotazo suave y solté la mano.
—Si alguien te oye, pensará que es verdad.
—¿Y qué? Es mejor historia que la de ser engañada por ese imbécil.
—¿Tú crees? Ahora todo el mundo piensa que nos engañábamos mutuamente después de que Wyatt difundiera ese rumor asqueroso.
Dolly, la de Idiomas, hasta iba diciendo que yo lo engañé a él.
Pero eso no es lo único malo. Lo peor es que él —señalé el despacho de Levi— piensa que fui yo quien empezó los rumores.
Jess apretó los dientes.
—Si alguna vez legalizan La Purga, ya sabes a qué casa voy. ¿Sabías que hoy los vi en el pasillo haciéndose arrumacos como si no hubieran hecho nada malo?
Bajó la voz.
—¡La estaba besando, por el amor de Dios! —dijo entre dientes—. ¡Qué poca vergüenza!
Solo pensar en Billie y Wyatt juntos me hacía sentir peor.
Después de aquella explosión en casa de Levi, le pedí a Jess que fuera al piso de Wyatt a recoger mis cosas, y me llamó más tarde para decirme que él las había tirado a la calle.
Aquello debería haber sido la gota que colmara el vaso, pero para rematar, Wyatt envió «accidentalmente» un correo electrónico a todo el profesorado diciéndome que no quería que volviera a su casa, como si yo lo hubiera estado acosando.
—Ojalá pudiera dejar de pensar en esos dos. Sobre todo en Wyatt.
Jess se ablandó al instante.
—Lo siento mucho. ¿Sabes qué?
Oh, oh. Cada vez que Jess soltaba un «¿sabes qué?», estaba a punto de proponer que nos fuéramos de juerga.
—Jess.
—Deberíamos hacer una noche de chicas. Solo nosotras dos. Que le den a Billie.
Era jueves, y aunque no bebo entre semana a menos que sea viernes, me apetecía una cerveza o dos.
Ojalá pudiera. Tendría que estar en un taller en ese momento, pero Levi me había dado una carga de trabajo enorme que necesitaba terminada «para ayer», según él.
Seguramente me estaba castigando porque creía que yo había difundido los rumores de que estábamos liados.
—No puedo. El Profesor Fantasma necesita este artículo.
Jess chasqueó la lengua.
—Siempre hay trabajo. Venga. Necesitas desahogarte.
—Vale. Pero solo dos cervezas.
Aplaudió entusiasmada. —Genial. Te recojo después del trabajo.
Me llegó un mensaje al portátil. Era de Levi.
Levi: Tic tac, señorita Edwards.
Le hice una peineta al portátil.
—¿Qué pasa? —preguntó Jess.
—Ese imbécil está exigiendo su artículo. Déjame ponerme con ello.
Jess se despidió con la mano y volví al trabajo. Levi envió otro mensaje.
Levi: Tu evaluación de rendimiento se acerca, y retrasos como este se reflejarán en ella.
Puse los ojos en blanco e hice lo que suelo hacer siempre que se pone así.
Yo: Jodido gilipollas. Estaba trabajando en tu artículo, pero tuve que aguantar tu bronca a gritos. Una distracción que no solo me afectó a mí, sino a todo el departamento. ¡Que te jodan a ti y a tu ARTÍCULO!
Borré ese mensaje antes de enviarlo y en su lugar escribí:
Yo: Su artículo estará listo en cinco minutos.
◆◆◆
EL THE DUTCH RAVEN NO ESTABA tan lleno ahora que había terminado el semestre.
La mayoría de los clientes eran profesores adjuntos como Jess, asistentes como yo y estudiantes de doctorado a tiempo completo.
Jess y yo estábamos en nuestro rincón favorito del bar, llevábamos ya cuatro cervezas.
¿O eran seis? Había perdido la cuenta; la vista se me estaba nublando y me sentía achispada.
Se me escapó una risita cuando Jess llegó al remate de su chiste favorito.
Me lo había contado más veces de las que podía recordar, pero aún me hacía reír, especialmente cuando iba borracha.
Se abrió la puerta del pub y entró una pareja; me quedé helada. El hombre y la mujer se parecían a Wyatt y Billie, pero cuando se dirigieron a una mesa en diagonal a la nuestra, me di cuenta de que no eran ellos.
—Esos dos ingratos no van a venir nunca por aquí. Saben lo mucho que frecuentamos este sitio. Sé que Billie está demasiado avergonzada como para aparecer —dijo Jess.
Me acomodé en el banco y di un sorbo a mi cerveza; la bebida espumosa me bajó burbujeante por la garganta. —No estaba pensando en ellos —dije con toda la indiferencia que pude aparentar.
Jess eructó. —Lo que necesitas —gesticuló hacia mí con la jarra de cerveza— es un buen polvo.
Me eché hacia atrás sorprendida. —¿Es la Jess malhablada la que oigo?
Asintió. —Y la Jess malhablada dice que necesitas desesperadamente un buen polvo con un tío bueno y atractivo... —Se rio—. O una mujer. —Eructó—. Pero creo que una buena polla bien larga es justo lo que necesitas.
Suspiré, echando un vistazo al pub lleno de frikis de humanidades. —Ojalá fuera tan fácil encontrar una.
Le tocó a Jess sorprenderse. —Mira quién habla, la que trabaja a una puerta del profesor más bueno del departamento... no, de toda la universidad.
Puse los ojos en blanco. —El profesor Frío-y-Caliente puede irse a la mierda, sinceramente.
Pasó de ser mi príncipe azul una noche a tratarme con frialdad al día siguiente.
—Técnicamente no al día siguiente, porque siguió siendo un perfecto caballero después de pegarle un puñetazo a Wyatt en la cara.
Pidió el desayuno, lavó y secó mi ropa manchada de vómito, y luego me llevó a casa de Jess.
Pero el lunes fue otra historia. Cuando intenté darle un pastel de agradecimiento, lo rechazó de plano y dijo que era alérgico a la mantequilla.
Lo cual era mentira porque sé perfectamente que no es alérgico a la mantequilla.
Le gusta la mantequilla en el pan. ¡Lo había visto comerla un montón de veces!
Pero eso no fue todo. Después me endosó una cantidad brutal de trabajo.
Y cuando pedí asistir a un taller para estudiantes de doctorado de historia, se negó, diciendo que tenía que terminar la carga de trabajo que me había dado.
Trabajo que no era urgente, por cierto. Así que que le den.
—Ya. A veces no lo entiendo cuando se trata de ti. ¿Seguro que te odia?
Le lancé una mirada que decía: «¿Hablas en serio?».
Levantó las manos en señal de rendición. —Es que lo que me contaste de aquella noche me hace pensar lo contrario.
Menos mal que no le había contado lo del casi beso. Nos estaría emparejando si lo supiera. —Fue una casualidad. Había algo en el ambiente.
Asintió. «Debe de ser eso». Se bebió el resto de la cerveza de un trago y silbó a la camarera. —Dos más. —Agitó el vaso hacia ella. La camarera asintió.
—Creo que ya he bebido bastante —dije.
—Venga ya —gimoteó—. Una ronda más. Mi marido se ha ido a una conferencia de trabajo y estoy sola en casa.
—Así que por eso querías salir a tomar cervezas.
—Y para animarte. —Sonrió con cara de culpable.
La camarera vino con dos vasos llenos de cerveza para sustituir los vacíos.
Cogí el mío, y Jess el suyo, que luego levantó.
—Salud. Una más para el camino. —Cuando la camarera nos miró de reojo, Jess añadió—: Vamos a pedir un Uber, cariño.
No te preocupes por nosotras. —La camarera negó con la cabeza y se fue.
Jess puso los ojos en blanco—. Los jóvenes de hoy en día. Un , ¿no crees?
—Tienes treinta años. Eso no es precisamente ser vieja.
Resopló. —En un campus universitario, es como tener sesenta y cinco.
Bebimos nuestra última cerveza mientras le contaba a Jess lo de la casa de empeños familiar. Cuando Effie me llamó esa tarde, me dijo que estaba pensando en vender, como querían los socios. Cuando se lo conté a Jess, preguntó: —¿Y cuánto necesita para comprarles su parte?
—Ochocientos sesenta mil dólares en total. —Tenía el número grabado a fuego en la cabeza. Podía recitarlo hasta dormida.
—Es mucho dinero. Me encanta tu tienda. Sé que la llamas casa de empeños, pero para mí es más una tienda de antigüedades.
Es como entrar en la cueva de Alí Babá. —Jess se quedó mirando su bebida con la mirada perdida.
Pensé que estaba absorta en sus pensamientos cuando de repente se incorporó de golpe y dijo—: ¡Se me ha encendido la bombilla!
¿Y si...? ¡Oh, Dios mío, sí! ¿Y si...? —Se quedó callada, y por un momento pensé que solo estaba borracha, pero entonces dijo—: ¿Qué me dijiste del fondo fiduciario de Levi?
—¿Y eso qué tiene que ver?
—¡Que qué dijiste del fondo fiduciario!
—Algo de que necesitaba una esposa para poder acceder a él, no sé.
Sus ojos se abrieron como platos.
—Bingo. Quieres ochocientos y…
—Ochocientos sesenta mil dólares.
—Quieres esa cantidad. Él quiere acceso a su fondo fiduciario. Entonces, ¿qué tal si te casas con él? Consigue su dinero y, por las molestias, te paga. Todos contentos. He cuadrado el círculo. Soy una puta genio. ¿Qué te parece?
Solté una carcajada.
—¡Vamos! Es perfecto.
—Sí. ¿Y qué? ¿Le envío un correo pidiéndole que se case conmigo?
—¿Por qué no? Fallas todos los tiros que lanzas.
—Que no lanzas.
—¿Qué he dicho?
—Da igual.
—¿Qué te parece?
—¿Quieres que le envíe un correo a mi jefe pidiéndole que se case conmigo? ¿Por dinero?
Se encogió de hombros como si fuera la sugerencia más razonable del mundo. Y yo, que llevaba seis cervezas encima —¿o eran siete?—, pensé: «¿Por qué no?».
Saqué el móvil del bolsillo y abrí el correo.
—Fallas todos los tiros que no lanzas —dije, y redacté el mensaje.
Se lo enseñé a Jess, que apenas podía leer, así que se lo leí en voz alta. Las dos nos reímos. Volví a guardarme el móvil en el bolsillo, segura de no haber pulsado «enviar». Bastante segura de no haber pulsado ese botón.