Capítulo 2
Levi
ERA DIFÍCIL CONCENTRARME en el trabajo sabiendo que ella estaba a punto de decirle que sí a ese idiota.
Podría haber dicho algo. Podría haber hecho algo.
Inventarme una excusa para retenerla aquí toda la noche, pero ¿de qué habría servido?
Él le pediría matrimonio la próxima vez que estuvieran juntos, y entonces ¿qué habría conseguido yo?
Ella lo sumaría a todas las demás razones por las que me odiaba, y me merecería su ira.
Debería haberle dicho en ese mismo momento por qué no debía casarse con él, pero las palabras se negaban a salir.
Elle tenía la extraña habilidad de dejarme sin palabras en los momentos más inoportunos.
No sé cómo explicarlo, pero había algo en ella que me hacía querer protegerla.
¿De qué? De hombres como tú , dijo otra voz.
La ignoré e intenté volver al trabajo, pero antes de que pudiera hacerlo, sonó el teléfono.
Sonó tanto rato que grité: —¡Señorita Edwards! —solo para acordarme de que no estaba.
Maldije y contesté el teléfono.
—Levi Hawthorne al habla.
—¡Profesor Hawthorne! —La voz con acento inglés sonaba sorprendida de oírme, aunque estaba seguro de que era a mí a quien llamaban—. ¡Profesor Hawthorne! —repitió.
—Soy yo.
—Me llamo Elizabeth Froume, de la Sociedad MMQ. Llevamos tiempo intentando conseguir una cita con usted sin éxito.
Gemí para mis adentros. Le había dado a Elvira instrucciones expresas de no pasar a nadie que quisiera hablar de mi entrevista y de bloquear a cualquiera que viniera de una sociedad histórica.
Por lo visto había hecho un buen trabajo, porque era la primera vez que oía hablar de esta Sociedad que intentaba ponerse en contacto conmigo.
—¿MMQ?
—Sociedad Histórica de Amantes, Madres y Reinas. Nos centramos principalmente en preservar la historia de las mujeres durante el período Plantagenet y Tudor.
—Nunca he oído hablar de ustedes. —No estaba al tanto de qué sociedades históricas existían, pero la mayoría solía centrarse en una persona, generalmente un rey, o en un período.
—Somos bastante nuevos —dijo la interlocutora.
—Ya veo... —Empecé a ponerme en guardia. Podría ser una trol, y estaba a punto de colgar, pero su acento refinado y su tono educado me hicieron dudar.
—Es usted un hombre difícil de localizar.
—He estado ocupado estas últimas semanas —dije.
—Por supuesto. Y lo entiendo. Quería, queríamos, saber si le gustaría hablar con nosotros.
—Ya está hablando conmigo. —Y si estaba sugiriendo dar una conferencia, lo llevaba claro, porque no pensaba dar ninguna en un futuro próximo.
—Es usted un hombre directo, profesor, me gusta eso. En la Sociedad MMQ vimos su entrevista y...
—Me tergiversaron. —Estaba a punto de colgar en ese mismo instante. No quería hablar más de esa maldita entrevista.
—Y estamos de acuerdo. Creemos en las afirmaciones que hizo en su libro. A diferencia de cierta sociedad que no nombraremos, sus afirmaciones tienen fundamento en comparación con esas cartas ridículas que la gente anda esgrimiendo.
—De acuerdo. Le escucho.
Elizabeth respiró hondo.
—Sabemos que usted es un erudito no solo de la Guerra de las Rosas, sino también de Ricardo III. Y a diferencia de algunos de sus admiradores, sabemos que lo ve como el hombre imperfecto que fue. Por eso estaría mejor preparado para ayudarnos con el proyecto en el que estamos trabajando.
—De acuerdo.
Volvió a respirar hondo.
—Creemos que Ricardo III mató a los príncipes de la torre; técnicamente, no eran príncipes. Uno era rey y el otro duque. —Se rio nerviosa—. Por supuesto, usted más que nadie lo sabe. En fin, creemos que podemos encontrar pruebas concretas de que Ricardo III fue el responsable.
—¿Concretas? —Reprimí una risita. El caso ocurrió hace cientos de años, y apenas quedan pruebas de lo que realmente sucedió. Por eso se considera el mayor misterio de la historia.
—No exactamente concretas, pero tan seguras como podemos estar. Mejores pruebas que esas estúpidas cartas.
—Le escucho. —Cuanto más hablaba, más se parecía a la gente a la que estaba ridiculizando. Probablemente era una conspiranoica de la historia. Había muchas así en mi campo de estudio, pero tenía demasiada curiosidad para no dejarla continuar.
—Creemos que podemos probar su teoría. El cuchillo que menciona en su libro. Libro fantástico, por cierto. Lo hemos estado usando para investigar...
—Elizabeth.
—Lo siento. Lo siento. Creemos que tenemos tres elementos cruciales que pueden probar su teoría.
El cuchillo. —El cuchillo era una prueba polémica, dado que no sabemos cómo murieron—.
Y los huesos. —Los huesos tenían prácticamente cero posibilidades de ser analizados, ya que la familia real se oponía—. Y las cartas de Johnson.
Me incorporé y apoyé los codos en el escritorio mientras me pegaba el auricular a la oreja.
—¿Tienen acceso a las cartas de Johnson?
—No exactamente, pero tenemos una forma de conseguirlas.
Me dejé caer en la silla, decepcionado.
—Eso no es lo mismo, ¿verdad?
—Por eso necesitamos su ayuda. Creemos que las cartas forman parte de una colección que va a subastarse pronto. Y tememos que la sociedad que no nombraremos se haga con esa colección y oculte las pruebas.
Esta vez me reí abiertamente.
—Esa gente es un incordio y pueden comportarse como fans del K-Pop, pero a fin de cuentas son historiadores.
—No los conoce como yo, profesor. Llevan tiempo trabajando no solo para desacreditar su libro, sino también su reputación.
Eso me pilló desprevenido. Por lo que a mí respectaba, mi reputación estaba en entredicho porque fui a una entrevista sin preparación y me tendieron una emboscada con una entrevistadora sesgada.
No sabía que iba a traer a alguien contrario a mi teoría para despedazarme delante de una audiencia de internet.
Las palabras: Profesor Estúpido Destruido por Hechos y Lógica ocupan un lugar especial en mi cerebro, y me odio a mí mismo por preocuparme por algo tan insignificante. Aparté el recuerdo de mi mente.
Elizabeth seguía hablando. —Es parte de una gran colección que tiene información que interesaría a esas fanáticas de Ricardo III, y si se hacen con ella, quién sabe qué harían.
—¿Y yo qué pinto en todo esto?
Elizabeth respiró hondo. —Es una colección de valor incalculable.
—Me lo imagino.
Así que esto va de dinero. Debería haberlo supuesto. Probablemente era una estafa. Elizabeth no parecía una estafadora. Pero ¿acaso no es esa la mejor estafa?
—La puja inicial es de dos millones de dólares.
Silbé.
—Y nos encantaría contar con su respaldo. Hemos estado intentando recaudar fondos, pero lo que tenemos no se acerca ni de lejos a la puja.
—¿Cuánto han recaudado?
—Cincuenta mil.
Solté una carcajada. —Gracias por alegrarme el día, Elizabeth. Estaba desanimado, pero me lo ha alegrado.
—Si nos ayuda a comprar la colección, puede quedársela y...
Colgué en ese momento. Era lo bastante estúpido como para dejarme emboscar por periodistas listos, pero no tanto como para caer en una estafa tan obvia.
El teléfono volvió a sonar, pero lo ignoré.
Aun así, sentía curiosidad. Así que hice lo que normalmente no haría: la busqué a ella y a su sociedad.
Dos horas y varias llamadas después, estaba organizando una reunión con uno de los miembros de la Sociedad MMQ que vivía en la zona.
Era un profesor de historia medieval al que conocía muy bien.
Un viejo amigo de mi breve paso por Yale.
Quedé a cenar con él, y un par de horas más tarde, me contaba todo sobre su proyecto.
—Fue horrible lo que te hicieron —dijo Francis mientras hacía girar el vino tinto en la copa.
Le quité importancia con un gesto. —Sobreviviré.
Volví a recorrer la sala con la mirada para ver si ella estaba allí.
Estábamos en el mismo restaurante donde se suponía que Elvira y Wyatt cenarían esa noche, pero no vi rastro de ellos.
Se me encogió el pecho al imaginarlos a los dos enredados en la cama mientras un anillo hortera brillaba en la mano de Elvira.
Aparté la imagen de mi mente. Lo que Elvira hiciera con su vida no era asunto mío.
Centré mi atención en mi acompañante, que con su traje de tweed, no muy distinto del mío, parecía el profesor de historia por antonomasia.
Francis había engordado desde la última vez que lo vi, pero le sentaba bien.
Eso, junto con el pelo blanco raleando, le daba el aspecto de historiador de manual.
Juntos, debíamos parecer un par de empollones.
O una pareja gay, a juzgar por las miradas que nos lanzaba el camarero.
Francis dio un sorbo al vino. —Deberías plantearte acciones legales. No pueden arrastrarte por el barro así. —Su voz subía de volumen a medida que el alcohol hacía efecto.
—No es nada. Pasará, y todos saltarán a otra víctima.
—¿Has visto el vídeo que está circulando?
Antes de que pudiera evitar otra dosis de humillación, me plantó el móvil en la cara.
Era un clip de la clase de antes. O mejor dicho, un clip de mi intercambio con la estudiante que me había desafiado.
Habría estado bien si eso fuera todo, pero había más.
El vídeo llevaba un texto añadido que decía: «Cuando tu profesor es el idiota que no cree en los hechos y salta a la mínima».
El texto hacía parecer que yo actuaba de forma irracional por no aceptar su teoría irracional. Menudo descaro.
—Los comentarios son repugnantes.
Francis negó con la cabeza. —¿Quieres verlos?
—No. Pero hay algo que me gustaría hacer.
—Oh.
—Comprar esa maldita colección.