El pacto matrimonial (Multimillonarios Hawthorne) Capítulo 3
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Capítulo 3

Elvira

Jess: ¿Qué tal la cena?

Jess: ¿Te pidió matrimonio?

Jess: Maldición. Están destrozando a tu profesor en internet por lo de la estudiante. [vídeo adjunto]

Jess: ¡Se lo merece!

Yo: Me pidió que te diga que te dará una carta de recomendación.

MI TELÉFONO SONÓ. Era Jess. Mierda. No debería haberle respondido.

Llevaba horas en el pub, ahogando mis penas en cócteles aguados que apenas me colocaban lo que necesitaba.

Después de ir al baño —lleno de universitarios pasándoselo bien un viernes por la noche—, saqué el teléfono del bolsillo.

Tenía nueve llamadas perdidas de Wyatt, doce de Billie y una de Jess.

Además, Wyatt había enviado infinitas versiones de «Lo siento», y Billie un único «¿Podemos hablar?

». Que se jodan. Los dos pueden irse a la mierda hasta Júpiter.

Había salido corriendo de su casa con solo el teléfono en el bolsillo y las llaves en la mano. Luego estuve conduciendo por el campus durante horas, pasando de la ira a la tristeza y, finalmente, al vacío. Cuando paré, ya era de noche y no tenía adónde ir.

Como una tonta enamorada, me había mudado con Wyatt pensando que lo nuestro era algo más que emociones pasajeras.

Estaba claro que no. Podría ir a casa de mi hermana, pero eso suponía dos horas de viaje hasta la ciudad, y estaba harta de conducir.

Además, estaba fuera el fin de semana. Jess solo haría preguntas, y no estaba segura de querer hablar con nadie.

El otro sitio donde solía refugiarme era en casa de mi antigua compañera de piso, Billie.

Eso quedaba totalmente descartado. Así que fui al pub The Dutch Raven , pedí cócteles a mi cuenta, me senté en la mesa del fondo y bebí hasta perder la cabeza.

Ronnie, el camarero, debió de darse cuenta de lo hundida que estaba, porque a partir del tercer cóctel empezó a rebajar bastante el alcohol.

Pero me daba igual. Solo quería estar sola y no sentir nada.

Jess volvió a llamar. Al cuarto timbre, contesté.

—¿Te pillo mal? —la voz de Jess era tan baja que casi no la oí con el ruido del bar abarrotado.

—Se estaba tirando a Billie.

—¡¿Qué?!

—Los pillé juntos. Cuando llegué a casa. Estaba en la cama con Billie.

Decirlo en voz alta fue como quitarme un peso de encima. Pero el nudo en la garganta seguía ahí.

—Oh, Elle. ¿Cómo estás?

—Mal.

Quería llorar, soltar todo el dolor, pero las lágrimas no salían.

—Dios mío. ¿Cómo ha podido? ¡Ese cabrón! ¡Y Billie!

Soltó unos cuantos improperios más, sorprendentes viniendo de alguien tan refinada como Jess. Resultaba extrañamente reconfortante.

—¿Dónde estás?

—En The Dutch Raven.

—Voy a buscarte.

—No hace falta. He reservado una habitación de hotel.

Era mentira, pero no quería molestarla. A Jess no le importaría que me quedara, pero a su marido quizá no le hiciera gracia una invitada inesperada un viernes por la noche.

—Aun así. ¿Puedes salir de ahí sin matarte? Suenas borracha.

—Hay unas cosas que se llaman apps de transporte. Es tecnología nueva; no sé si te suena.

—Sí, sí. Llámame cuando llegues al hotel.

—Claro.

Colgué y me bebí de un trago lo que quedaba de mi copa.

Ahora que la niebla del alcohol se estaba disipando, me di cuenta de que tenía que pensar seriamente adónde ir.

Podría ir a un hotel, pero estaba segura de que la cartera estaba en el bolso, que me había dejado en casa de Wyatt.

Mierda. Me levanté tambaleándome y salí del bar.

Era casi medianoche, pero las calles del campus estaban llenas de gente.

Tropecé y me apoyé contra la pared del pub.

Veía borroso. Había subestimado la graduación de esos cócteles, y todo amenazaba con salir.

Me doblé preparándome para vomitar, pero no salió nada.

Seguía con náuseas, y respirar hondo no servía de nada.

—¡Eh! —gritó alguien—. ¿Estás bien?

Oí un silbido y levanté la vista. Dos tíos que parecían de segundo se acercaban pavoneándose. Uf. Típicos pijos.

—Pareces bastante pedo —dijo uno con tono burlón.

—Estoy bien, gracias.

Les hice un gesto débil para que se fueran. Pero en lugar de pillarlo como el rechazo que era, lo interpretaron como una invitación.

—¿Segura?

Oí que decía el otro. Se acercaban más. Sentí una mano en la espalda.

—No tienes buena pinta.

—¡Eh! —gritó una tercera voz—. ¡Alejaos de ella!

—¿Y tú quién coño eres? —dijo el pijo número uno.

—Su novio.

Oí una risita, pero unos momentos después la mano desapareció y otra, mucho más suave, me rodeó la cintura y me ayudó a incorporarme. Reconocería esa colonia en cualquier parte. Me recordaba a roble y rocío de la mañana.

—¿Levi?

Alcé la mirada hacia su rostro. Era él, sin duda. No llevaba las gafas, lo que hacía que sus ojos grises resultaran aún más devastadoramente hipnóticos bajo las farolas.

—Te dije que me esperaras dentro —dijo.

¿Eh?

—Lo siento —murmuré, sin saber muy bien a qué le estaba siguiendo el juego. Solo quería largarme de allí.

—¿Veis? —les dijo a los pijos—. Está bien, chicos. Gracias por preocuparos.

A mí me susurró al oído:

—¿Ibas a algún sitio?

Un escalofrío me recorrió la espalda que no tenía nada que ver con el frío.

—Al aparcamiento. Dejé el coche allí.

Levi me ayudó a llegar al aparcamiento. Las piernas me pesaban y las náuseas me hacían tambalearme, pero caminar me ayudó a despejarme un poco.

—No deberías dejar sola a una mujer tan guapa —gritó el pijo número dos.

—Ignóralos —dije al notar que Levi se giraba—. ¿Qué haces aquí?

—¿Es que no puedo ir a un pub?

Resoplé.

—Tú no te mezclas con la plebe.

—¿Qué haces aquí? ¿Dónde está Wyatt? ¿Debería llamarlo?

—¡No!

Levi se echó hacia atrás, sorprendido por mi vehemente negativa.

—Quiero decir —dije en voz más baja—, por favor, no lo llames. Es que, eh, nos peleamos.

—¿En la cena?

—Ni siquiera llegamos a la cena.

—Debería haberme dado cuenta —dijo, señalando mi ropa. Todavía llevaba lo mismo que durante el día—. ¿Tan mal fue? —añadió.

Asentí. No sabía cómo decirle que había pillado a Wyatt en la cama con mi amiga. Wyatt también era amigo suyo. Todo era un desastre.

Llegamos al aparcamiento donde mi maltratado Mini Cooper amarillo estaba junto a su mucho más impresionante Maybach SL. De no conocerlo, habría pensado que había buscado mi coche para aparcar a su lado, dado que el aparcamiento estaba casi vacío.

—No aparqué junto al tuyo a propósito. No estaba tan vacío como ahora —dijo casi con timidez. Y cuando me giré para mirarlo, tenía las mejillas algo sonrojadas. Qué raro. El hombre más seguro de sí mismo que conocía se estaba comportando con timidez.

—No dije nada.

Estábamos entre nuestros coches cuando noté que aún tenía la mano en mi cintura.

Me sostenía como si fuera un huevo precioso y él un gigante que temía aplastarme.

Quería quedarme en su ligero abrazo un momento más, pero ya me sentía algo mejor.

Me zafé de su agarre y busqué las llaves en el bolsillo.

—¿Qué haces? —preguntó.

—Subirme a mi coche.

Mi plan era encontrar algún sitio que me aceptara sin dejar tarjeta de crédito y, si eso fallaba, dormir en el coche.

—Ni hablar cuando apenas puedes caminar.

Me arrebató las llaves.

—¡Oye!

—Estás demasiado borracha para conducir. Sube a mi coche y te llevo a casa.

Negué con la cabeza.

—No a casa de Wyatt. Entendido. ¿Dónde puedo llevarte? ¿A casa de Billie?

—¡No! Tampoco a la de ella.

Levi frunció el ceño.

—¿Pasa algo?

—Te dije que nos peleamos, y punto. Ahora dame las llaves.

Me lancé a por ellas, pero él las apartó, aprovechando su altura para hacerme saltar. Fue inútil, y como estaba borracha, mis saltos eran torpes.

—Que te jodan —dije al darme cuenta de que se estaba burlando de mí.

Se rio.

—No puedes conducir. Dime adónde quieres ir y te llevo.

Metí las manos en los bolsillos y me apoyé en mi Mini.

No podía confesarle que no tenía adónde ir.

Y a medida que se me pasaba la borrachera, mi descabellado plan de quedarme en un hotel sin dejar tarjeta parecía ridículo.

Dormir en el coche era mi única opción. O presentarme en casa de Jess, que seguro ya estaba dormida.

Si a Todd no le gustaba que apareciera sin avisar, odiaría que lo molestaran en mitad de la noche.

—No tienes adónde ir, ¿verdad?

Levi cruzó los brazos.

—¿Qué pasó entre vosotros dos?

—Una pelea. Como te dije.

Entornó los ojos.

—Tuvo algo que ver con Billie.

Lo dijo más como una afirmación que como una pregunta.

—¿Sabes algo que yo no sepa?

—Yo... Probablemente no sea nada, pero... —negó con la cabeza—. Da igual.

—¡Pero qué! Estás hablando de mi amiga y de mi novio. ¿Qué sabes?

Suspiró. Apartó la mirada y dijo:

—Los vi juntos en los Hamptons el verano pasado.

—¿El verano pasado?

Así que esto llevaba tanto tiempo. Qué jodida idiota había sido.

—No le di importancia. Cuando hablé con ellos, dijeron que acababan de encontrarse, pero parecían culpables. Podría no haber significado nada.

—Pues sí que era algo, porque estaban follando como conejos cuando los pillé.

A Levi se le descompuso el rostro. Sus rasgos se suavizaron.

—Elvira.

Su voz era un susurro ahogado.

—Lo siento.

Me estrechó entre sus brazos. Estaba demasiado débil para resistirme.

Su cuerpo era tan cálido y su chaqueta tan acogedora que se me escaparon las lágrimas.

Sollocé como una niña mientras él me acariciaba la espalda, consolándome de una manera que no sabía que necesitaba.

Me dejó llorar hasta que sentí que no me quedaban más lágrimas.

Cuando pude mirarlo sin que se me saltaran las lágrimas, lo hice, y sus ojos seguían llenos de la misma compasión.

—Te quedas conmigo esta noche.