El pacto de los lobos (Lobo y Delgado 4) 54
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La luz del mediodía entraba oblicua por el ventanal profundo sobre el Tajo.

El río bajaba estrecho y gris, con una franja de neblina pegada aún a las laderas, como si el otoño se resistiera a despegarse de la piedra.

El cristal estaba frío al tacto, pese a la calefacción que zumbaba con discreción en algún punto del antiguo convento convertido en sede corporativa.

Isabel Medina, flamante nueva presidenta ejecutiva de Terra Nova apoyó dos dedos en el marco y se obligó a respirar hondo.

Su cabeza no dejaba de darle vueltas al incidente de seguridad y a su conversación con el hombre de la familia.

Si en algún momento descubrían que habían accedido a su partición personal con información comprometedora para los intereses de los rusos estaba acabada. Y no de forma metafórica.

Miró el reloj. Casi mediodía. Tres golpes en la puerta la sobresaltaron. No tenía ninguna cita concertada, se había encargado de liberar la agenda. Antes de tan siquiera responder, la puerta se abrió con discreción. La asistente asomó la cabeza.

—Señora Medina… —empezó, con esa prudencia que reservaba para las noticias inesperadas—. Tiene una visita.

Isabel ladeó la cabeza apenas.

—Dice que representa a TN Holdings Luxembourg.

—¿Viene solo? —preguntó.

—Sí. Sin cita. Ha insistido en que no puede esperar.

Hubo un segundo en el que pensó en decir que no, que estaba reunida, que era imposible. Se le pasó rápido. A cierta gente no se le hacía esperar. Se les recibía, o se les desobedecía. Y ella no había llegado hasta ahí desobedeciendo a los dueños del tablero .

—Está bien —dijo al fin—. Hágale pasar.

La asistente desapareció. Isabel se quedó un segundo mirando la puerta cerrarse. Se alisó la falda con las palmas. Notó que tenía las manos frías. Las cerró un instante y las apoyó sobre el borde de la mesa, obligándose a controlar el ligero temblor.

El clic del picaporte llegó enseguida.

El hombre que entró podría haber sido cualquier socio internacional respetable.

Llevaba un traje azul marino, camisa blanca, corbata gris sin estridencias, abrigo oscuro doblado sobre el antebrazo.

Gafas de montura fina, el pelo corto peinado hacia atrás, canas discretas en las sienes.

Le acompañaba un maletín estrecho de cuero.

—Señora Medina —saludó—. Gracias por recibirme sin previo aviso.

El castellano era impecable, neutro.

—Señor… —dejó la frase en el aire.

Él sonrió lo justo.

—Pongamos “Karpin” —dijo—. Hoy represento a TN Holdings Luxembourg. Y, como ya sabe, cuando alguien representa a TN Holdings, representa algo más.

Se miraron un segundo. Isabel se obligó a romper ella el bloqueo.

—Tome asiento, por favor.

Isabel volvió a su silla. La piel del respaldo le pareció más fría que otras veces. Alargó la mano hacia la pluma como si fuera a tomar notas, luego la retiró.

—Supongo que viene a hablarme de Volkov, del incidente de seguridad, de … —enumeró—. Últimamente, la lista de temas urgentes se me está quedando larga.

Él negó despacio .

—Volkov no es el motivo principal de esta visita. Esta vez he venido a cerrar las páginas que faltan.

Isabel sintió un pinchazo en el estómago al oír la palabra “cerrar”. Cruzó una pierna sobre la otra, para tener algo que hacer con el cuerpo.

—Entonces vayamos al grano —dijo ella.

Karpin asintió, complacido con la elección de palabras.

—Muy bien. Empecemos por una constatación —dijo—.

La posición de Terra Nova, y la suya, se han deteriorado.

No por su gestión —se apresuró a matizar—, sino por la suma de factores que conoce.

La muerte del señor Ortigosa, la presión de los medios, la atención de las autoridades judiciales, alguna filtración inoportuna…

Alzó dos dedos.

—Y, por encima de todo, la sensación de que el nombre de nuestra familia empieza a sonar demasiado en lugares dónde preferimos no existir.

Isabel sostuvo la mirada, intentando que la respiración no se le acelerara.

—Yo no soy responsable de que el señor Volkov se llevara a la fuerza a una detective que además es ex guardia civil.

Un brillo fugaz le cruzó los ojos a Karpin.

—Sobre el señor Volkov —dijo—, la familia ha tomado sus propias decisiones. Pero no hemos venido aquí a hablar de él, ese asunto ha quedado zanjado.

Se inclinó un poco hacia adelante.

—Hemos venido a hablar de usted y de Terra Nova. Y de cómo resolver un problema que, nos guste o no, ya está encima de la mesa.

Isabel notó que se humedecía el labio inferior con la lengua. Lo detuvo a medio gesto. Odiaba aquel tic.

—Estoy escuchando —dijo .

—En los próximos días —empezó—, se van a producir varias cosas, algunas a la vista de todos y otras no.

La parte visible será una filtración controlada a determinados medios.

Titulares sobre “posibles irregularidades” en la adjudicación de contratos públicos a Terra Nova.

Artículos de investigación que hablarán de su relación con el ministro Monasterio.

La miró un segundo, midiendo la reacción.

—En esos textos, se insinuará, con mayor o menor sutileza, que ustedes dos se entendían demasiado bien.

Y el foco estará muy definido, usted y el ministro.

El relato que se está construyendo presenta a Terra Nova como víctima.

Una empresa sana, con socios extranjeros respetables y una base sólida, que ha sufrido los abusos de dos individuos que se aprovecharon de su posición para enriquecerse.

Sacó una carpeta del maletín. Dentro había unas pocas hojas. No se las ofreció; se limitó a mirarlas como si confirmara un guion.

—En esa historia, usted y el ministro amañaron adjudicaciones concretas —continuó—. Dos, quizá tres contratos. Dos cabezas visibles. Una del mundo privado, otra del público. Un sacrificio equilibrado. La opinión pública aprecia las simetrías.

Hubo una breve pausa.

—Esta solución responde a necesidades reales —concedió—.

La Fiscalía necesita nombres y titulares.

El Gobierno necesita demostrar que se toma en serio la corrupción, sobre todo cuando la oposición ya huele sangre.

Los mercados necesitan saber que Terra Nova sigue siendo un activo fiable.

Y la familia necesita que su trust en Luxemburgo y sus estructuras en Estonia y Suiza no aparezcan siquiera mencionados en un sumario de instrucción penal.

—Ustedes ya han decidido que caiga —dijo—. Lo que no tengo claro es qué gano yo si colaboro.

Karpin negó, despacio .

—No subestime la diferencia entre caer por su cuenta o caer con nosotros —dijo—.

Si decide colaborar, la acusación se construirá de forma acotada.

Unos cuantos delitos, bien definidos. Prevaricación, cohecho, quizá malversación en grado manejable.

Nada de organización criminal, nada de blanqueo internacional, nada que obligue a los jueces a tirar de la cuerda hasta Luxemburgo, Riga o San Petersburgo.

Y, sobre todo, seguirá siendo útil. Si no lo es, será prescindible.

Hizo una pausa, dejándole espacio para imaginar la otra alternativa. Finalmente, alzó un dedo, como remate.

—No hay otra salida, señora Medina.

Isabel notó el sabor metálico en la boca. Asintió una vez, muy leve.

—He entendido —dijo—. Haré lo que piden.

Karpin se levantó, cerró el maletín con un clic breve.

—Bien. Eso simplifica las cosas para todos. Mientras cumpla —añadió—, nadie se ocupará de usted. En ningún sentido.

Era lo más parecido a una garantía que iba a obtener.

—Buen día, señora Medina.

Isabel se quedó sola. Se levantó a tientas y volvió al ventanal.

El Tajo seguía abajo, estrecho y gris, como una cicatriz.

Apoyó la palma en el cristal frío. Notó el temblor en los dedos.

Esta vez no intentó disimularlo. Había perseguido esa silla toda su vida con miles de horas extra, humillaciones tragadas y ascensos peleados uno a uno.

Pensaba que, al llegar arriba, dirigiría la partida.

Respiró hondo, pero esta vez no pudo contenerlo.

Las lágrimas le brotaron sin permiso, calientes, y le tembló la barbilla como si el cuerpo se empeñara en recordarle que aún era humana.

Se las dejó caer, sin limpiarlas, con una mezcla de rabia y pudor.

No tenía futuro; tan solo el único objetivo claro de seguir con vida .

Bajó la mano del cristal, se alisó la falda con un gesto automático y volvió a la mesa.

El despacho entero seguía en su sitio. La única que había cambiado era ella.

Y por primera vez desde que tenía memoria, Isabel Medina entendió que su vida ya no le pertenecía.

Era propiedad del miedo. Y de la familia que decidía quién seguía estando y quién, simplemente, dejaba de estar.