53
Nora despertó con la sensación de haber dormido veinticuatro horas seguidas y, al mismo tiempo, de no haber pegado ojo.
La luz que se filtraba por el ventanal de arco era intensa, casi mediodía, un blanco hiriente que le arañó las pupilas.
Notó primero el dolor sordo en el hombro, luego la tirantez en las muñecas, como un recuerdo fantasma de las bridas.
El techo del dormitorio de Toledo estaba donde debía estar.
Luna roncaba muy bajito a los pies de la cama.
Y Lobo, en la silla.
Estaba sentado a su lado, girado hacia ella, los codos apoyados en las rodillas. Su rostro mostraba unas ojeras hondas y una tensión contenida. La observaba como si fuera un informe complicado, de arriba abajo, sin prisa.
—Buenos días —susurró Nora, con la voz áspera.
Él no apartó la vista.
—¿Cómo te encuentras? —preguntó, sin rodeos.
—Como si me hubiera pasado un camión por encima y hubiera dado marcha atrás —respondió—. Pero viva.
Intentó incorporarse un poco. Lobo se inclinó hacia delante, acercando la mano por reflejo, sin llegar a tocarla, como si temiera hacerle daño con solo rozarla.
—No deberíamos estar aquí —dijo él, en voz baja—. Tendríamos que estar declarando. O en un calabozo.
Nora lo miró un momento. Le vio el gesto rígido, la mandíbula apretada, ese brillo extraño en esos pequeños ojos azulados de quien ha pasado la noche entera despierto, haciendo y deshaciendo planes que no llevan a ninguna parte .
—Anoche casi nos firmaron la esquela —replicó—. Igual nos puedes regalar un par de horas antes de entregarte al sistema, ¿no te parece?
Él negó despacio.
—Nos han comprado con miedo —murmuró—. A ti, a mí… —calló un segundo—. A lo que venga.
«Ojalá ese hijo suyo pueda crecer sin saber nunca quiénes somos.»
La frase cruzó el cuarto como un eco. Nora apartó la vista hacia el techo. Tragó saliva.
—Precisamente —dijo al fin—. De eso tenemos que hablar.
Alargó la mano hacia la mesilla dónde el visitante ruso había dejado una caja de un predictor. Nora la tomó con dos dedos, como si pesara más de lo que indicaba el cartón.
—Quedó pendiente —añadió—. Y me niego a que esos cabrones sepan más de mi vida que yo.
Se quedó un instante mirando la caja, el gesto más serio.
—Además —siguió, más bajo—, esto tiene su ironía.
Con Fernando lo intentamos, ¿sabes? —no esperó respuesta—.
Análisis, hormonas, una clínica de reproducción en Madrid…
El pack completo. Al final, el médico se puso muy fino para decirme lo de siempre, que lo mío era muy difícil.
Casi imposible. Que me fuera haciendo a la idea.
Alzó la caja apenas unos centímetros.
—Y ahora viene un ruso a darme lecciones de maternidad. Pues mira, que me lo diga esto y no él.
Lobo siguió el movimiento de la caja con los ojos, sin perder detalle. Era otra clase de amenaza, pensó, una que no venía con pistola, pero que podía cambiarle la vida igual.
—Podemos esperar —dijo, casi en un susurro—. No hace falta que lo hagas hoy .
Ella soltó una risa breve, sin humor.
—Hoy es justo cuando hace falta —replicó—. Si ahí dentro hay alguien, me gustaría enterarme antes de que lo decidan los Makarov. O un juez. O un forense.
Luna levantó la cabeza, inquieta por el tono, y la volvió a apoyar. Nora se incorporó despacio, con un gesto de dolor, y se sentó al borde de la cama. Lobo se levantó de la silla por instinto.
—Te ayudo.
—Al baño llego sola, gracias —le cortó—. Ya me han manoseado bastante últimamente.
Se puso en pie, descalza, y cruzó el dormitorio con la caja apretada contra el pecho. Al pasar a su lado, le rozó el dorso de la mano con los dedos, apenas un segundo, y Félix experimentó cómo se le erizaba la piel. La puerta del baño se cerró a sus espaldas.
Él se quedó en mitad de la habitación un instante, la vista fija en la madera, como si pudiera ver a través.
Luego se obligó a moverse hacia la cocina.
Cogió el paño y un producto desinfectante y se puso a frotar con fuerza la encimera.
Mientras se esmeraba en dejar la superficie perfecta, creyó escuchar el crujido tímido del plástico al abrir la caja y el papel del prospecto que se desplegaba.
Los minutos se estiraron. Miró el reloj del horno.
Uno. Dos. Tres. Le pareció que pasaban horas.
Cuando Nora salió, llevaba un palito blanco en la mano, envuelto en un trozo de papel higiénico.
El rictus le había cambiado. Lobo dejó el paño sobre la encimera y no apartó los ojos de su cara.
—Entonces —empezó él—. ¿Qué dice?
Ella esbozó una sonrisa y abrió la boca para responder, pero la palabra se le quedó a medio camino. Parpadeó, como si de repente la luz de la cocina se hubiera vuelto demasiado intensa. El palito blanco se le escurrió un poco entre los dedos húmedos.
—Félix… —alcanzó a decir .
El resto ya no salió. El moreno de su piel se le fue de la cara de golpe. Las rodillas le flojearon y el cuerpo empezó a vencerse hacia un lado.