El pacto de los lobos (Lobo y Delgado 4) 52
95%

52

La luz de la pantalla era demasiado blanca para las pocas horas de sueño que llevaba encima.

Patricia Andújar introdujo la contraseña con los dedos algo torpes.

La red segura de la UDEF se abrió como cada mañana, con sus iconos, sus bases de datos y la intranet de coordinación con Fiscalía.

Lo de siempre. Salvo que nada era ya lo de siempre.

La de Mariela, suave y cortante.

“…sobre todo esa gente. A veces, cuando se enfadan, no miran si los que pagan el plato roto son ellos o los que están cerca.”

Y la de la llamada, esa misma mañana a primera hora, desde un número oculto y una voz con acento de otro país.

—Con este asunto, ni rusos ni historias extranjeras. Terra Nova sí. Monasterio, si hay materia, también. Pero de familias rusas, cero ruido. ¿Estamos? Limpiar cualquier rastro con Rusia, si es que asoma, y centrar el foco en el ministro.

Hubo una pausa, y luego la frase que se le había quedado pegada a la piel.

—Sería una pena que sus hijos tuvieran un mal día cualquiera de camino al colegio.

El cursor parpadeaba sobre el documento del informe preliminar.

Volvió a leer la frase que había dejado a medias la última vez.

“En esta fase, no puede descartarse la existencia de irregularidades administrativas y posibles conflictos de interés…”.

Sonaba limpia. Aséptica. Perfecta para que nadie se quemara demasiado si explotaba.

Clic. Guardar.

Después abrió el otro archivo. El que no llevaba encabezado oficial.

El que había cambiado de nombre antes de pasarlo al pendrive.

La pantalla se llenó de la lista seca que había escrito la tarde anterior con fechas, importes, sociedades luxemburguesas y trusts rusos.

Flechas a mano alzada, notas al margen, “IP común”, “coincide con visita de Monasterio a Toledo”, “Northbridge → trust Makarov”.

Se le secó la boca.

Durante unos segundos, no hizo nada. Solo dejó que el zumbido de los fluorescentes y el tecleo de los compañeros se mezclaran en una especie de ruido de fondo viscoso.

Pensó en Pablo y Mateo respirando al otro lado del tabique, en la manta de Spiderman hasta la nariz.

Pensó en Mariela en el marco de la cocina, secándose las manos en el paño como si tuviera todo el tiempo del mundo.

Pensó en la llamada de la mañana y la amenaza velada a sus dos hijos.

Cuando volvió a mirar la pantalla, la decisión estaba empezando a tomar forma. No era limpia ni heroica, pero era una decisión. Empezó a borrar.

No todo. No de golpe. Fue afinando como quien recorta una foto con unas tijeras.

Eliminó el apellido transliterado de la familia Makarov.

Sustituyó “trust ruso con sede en San Petersburgo” por una fórmula viscosa, “vehículo inversor de origen extranjero no plenamente identificado”.

Borró la flecha que conectaba Northbridge Trading con Volga Capital AG.

Dejó, en cambio, nítidas, subrayadas, las líneas que llevaban de Nova Patrimonium y Cultura Viva a determinadas adjudicaciones del Ministerio de Transportes.

Añadió una nota, “Coincidencia temporal con decisiones de alto nivel político (ver expedientes MT-14/23, MT-09/24)”.

Al terminar, el mapa seguía pareciendo un mapa.

Pero las sombras más largas ya no apuntaban a San Petersburgo, sino a Madrid.

Guardó la nueva versión del esquema en el sistema interno.

La etiquetó con un nombre anodino, “R-4581_esquema_operaciones_v2”.

Luego, con un par de clics, adjuntó un extracto a la propuesta de líneas de investigación para el comisario de unidad.

Todo quedaba listo para que, cuando Montalbán preguntara, pudiera levantar el expediente y afirmar que la inspectora Andújar había hecho su trabajo como mandan los manuales.

El foco, tal y como le habían marcado, centrado en Terra Nova y en el círculo de Monasterio.

Ni una pista de los Makarov sobre el papel.

Y Patricia sabía que, a partir de ahí, el siguiente paso era automático, un resumen digerible de ese informe acabaría en la mesa del ministro.

Solo entonces sacó el pendrive del bolsillo. El icono apareció en la esquina de la pantalla. Lo abrió. Contenía un único archivo, el completo, el que todavía conservaba los nombres que acababa de borrar del sistema interno.

Se quedó mirándolo como si fuera un animal peligroso. Pensó en Pablo y Mateo, en una mochila en la espalda, en un paso de cebra. La frase de la llamada le golpeó de nuevo con fuerza, “sería una pena…”

No dudó más. Seleccionó el archivo, lo eliminó y vació la papelera del dispositivo.

Luego, con las manos sorprendentemente firmes, formateó el pendrive.

Una pantalla de confirmación. Un clic. Y el vacío.

Cuando terminó, lo sostuvo un segundo entre los dedos, sin saber si aquello la salvaba o la condenaba, pero se lo guardó igualmente.

Porque a veces uno necesitaba tocar el lugar donde antes estaba la verdad para recordar que no debe volver a ponerla ahí.

En la bandeja de entrada apareció un nuevo mensaje en negrita.

Remitente: “[email protected]”.

“ANDÚJAR, Suba en cuanto tenga una versión cerrada del informe. Recuerde: cualquier novedad relevante, primero por esta vía.C.”

Patricia miró la pantalla como si leyera un idioma que conocía demasiado bien.

—¿Café? —preguntó a su lado el analista de las ojeras perpetuas, levantándose con la taza en la mano.

Ella tardó un segundo en responder.

—Como siempre, sin nada —dijo por fin—. Y largo.

Cuando se quedó sola, abrió el informe preliminar que iba a llevar al despacho del comisario.

Releyó las frases mansas sobre “irregularidades administrativas” y “conflictos de interés”.

El nombre de Rafael Monasterio aparecía donde tenía que aparecer para que nadie pudiera decir que la UDEF miraba hacia otro lado.

Los Makarov, en cambio, ni siquiera existían sobre el papel.

Pensó en sus hijos. Pensó en la palabra que había atravesado la cocina la noche anterior, seca y brutal, “raya”. Luego guardó el documento, cerró la sesión y se levantó, con la carpeta impresa en la mano.

Cuando llegó a la planta del comisario, la puerta del despacho de Montalbán aguardaba al fondo, con su placa dorada.

Patricia echó a andar hacia ella con paso firme, sabiendo que, pasara lo que pasara a partir de entonces, ya no estaba en el bando de los que podían decir que no sabían cómo funcionaba el juego .

Había elegido. Y, como todos los que se acercaban demasiado a Terra Nova y a los lobos que la rodeaban, el precio no iba a pagarlo solo ella.