51
Enfiló la Kombi por la carretera y lo puso rumbo a la ciudad.
Conducía concentrado, sin apenas hablar con ella.
Valoró no hacerla caso y acudir directamente a la Guardia Civil, pero debía ordenar su cabeza y no precipitarse.
Había acabado con la vida de dos hombres y las consecuencias podían ser considerables.
Nora tenía apoyada la cabeza a la ventanilla, la mirada perdida, una mano sobre el hombro dolorido y con un brillo en los ojos mezcla de rabia y cansancio.
La ciudad los recibió con una calma rara.
Cuando abrieron la puerta del apartamento Nora se moría de ganas de abrazarse a Luna, pero en su lugar se encontraron con un hombre que les apuntaba con su arma.
A su espalda, en la zona del ventanal de arco que daba a los tejados, otro más joven estaba apoyado en la pared y también los encaraba con una pistola.
—Cierren —dijo el primero, en un castellano correcto—. Despacio, por favor.
Lobo cerró la puerta detrás de ellos, sin perder de vista el cañón. Notó a Nora tensarse a su lado, el cuerpo rígido, pero obedeció cuando el hombre hizo un leve gesto con la barbilla hacia el interior.
—Pasen al salón y siéntense. No quiero que nadie salga herido esta noche.
—¿Luna? —gritó Nora.
—La perra está bien —dijo—. Ladraba mucho. Le hemos puesto un sedante suave.
Lobo siguió la dirección de su mirada. Junto al ventanal, sobre su manta, el cuerpo color miel de Luna yacía de lado.
El costado subía y bajaba despacio, regular.
El hombre señaló el sofá que daba la espalda a la pared.
Lobo eligió el extremo pegado al muro, instintivo.
Nora se sentó a su lado, tan cerca que él notó el temblor contenido en los músculos de su brazo.
El visitante ocupó la silla frente a la mesa, la misma donde horas antes habían extendido informes y fotos.
No se recostó, se quedó en el borde, ligeramente inclinado hacia delante, el arma apoyada en el muslo, el dedo índice sobre el gatillo.
El segundo hombre seguía en el marco del ventanal, vigilando, la mirada fija en la puerta de entrada.
—Bien —dijo el primero, tras un silencio breve—. No voy a hacerles perder el tiempo. Después de lo que ha ocurrido esta noche, necesitamos hablar. Con los dos.
Nora parpadeó despacio. Tenía la espalda recta, pero los ojos algo velados, como si el sedante todavía circulara por sus venas. Lobo notó cómo respiraba por la boca, controlando el temblor.
—Escuchamos —dijo.
Una sombra de sonrisa cruzó la cara del visitante.
—Muy bien. Empiezo por lo esencial, se ha cometido un error con ustedes.
La palabra quedó flotando en el aire, rara, como si no encajara del todo en su boca.
—No debería haberse tocado a la señora Delgado —prosiguió, con un gesto mínimo hacia Nora—. No en esos términos.
Hizo una pausa corta, midiendo la reacción.
—Ya está corregido —continuó el hombre—. La persona responsable ha sido… digamos… reconducida. A partir de este momento, ni usted ni la señora Delgado son objetivo de nadie. Si se atienen al acuerdo.
—¿Qué acuerdo? —preguntó Lobo.
El hombre inclinó la cabeza, como si aceptara el punto .
—Lo que han hecho esta noche en la finca —siguió, como si Lobo no hubiera hablado— también entra en ese ajuste de cuentas. Dos hombres muertos. Dos de los nuestros.
No cambió el tono al decirlo.
—En otro contexto, señor Lobo, eso tendría consecuencias muy distintas. Pero las órdenes que tengo son claras. No va a haber represalias por esos cadáveres. Ni cuentas pendientes. Los consideramos un asunto interno. Algo que nuestra propia gente ha provocado y nuestra propia gente ha pagado.
Clavó la mirada en él, fija, serena.
—Por nuestra parte, ese capítulo está cerrado.
Nora dejó escapar una risa muy breve, seca, que se le murió enseguida en la garganta. Lobo notó el movimiento casi imperceptible de su hombro contra el suyo.
—¿Y qué quieren a cambio de tanta generosidad? —preguntó Félix.
El visitante dirigió por primera vez la vista hacia los papeles desordenados, el portátil abierto en el extremo.
—Lo mismo que ustedes quieren, en el fondo —respondió—. Dormir tranquilos.
Señaló con la barbilla el ordenador.
—A cambio de que todo esto quede en nada, nos llevamos los equipos. Este portátil, el otro ordenador, los discos externos, las copias que hayan hecho. Si son tan meticulosos como dicen, habrán hecho al menos una copia.
Chasqueó los dedos sin mirar hacia atrás. El hombre del ventanal se despegó de la pared y cruzó el salón, dirigiéndose a la mesa donde trabajaban. Empezó a recoger cables con una eficacia fría.
—Lo olvidan —prosiguió el de la silla, volviendo a centrarse en ellos—.
Terra Nova, los nombres que han ido encajando estos días.
No llaman a la Guardia Civil, no alimentan periodistas, no comparten nada con nadie.
El caso Ortigosa se queda dónde está. En las hemerotecas, como un accidente triste en una curva mala.
El hombre suspiró. Elevó una mano y la dejó caer de nuevo sobre el muslo.
—Mire, se lo diré de forma que no haya malentendidos. Si respetan el pacto, vivirán. Puede que no les guste la palabra, pero se trata de eso, de un pacto. Ustedes se olvidan de este asunto y a cambio nosotros nos olvidamos de ustedes. Siguen con sus trabajos, su perra. Viajan. Discuten. Envejecen.
Sus ojos se clavaron en los de Félix.
—Si lo rompen, si en algún momento deciden que pueden jugar a héroes, la historia cambia.
No habrá más visitas educadas en su salón.
No habrá segundas disculpas. Un día cualquiera —dijo—.
No mañana, no pasado. Un martes anodino, quizá.
Alguien se salta un semáforo en rojo. Un conductor distraído mira el móvil justo cuando ustedes cruzan un paso de peatones.
Un camión pierde los frenos en una autovía.
O una infección se complica más de lo que debería.
Los informes hablarán de mala suerte, de cadena de errores, de fatalidad.
Y tendrán razón. En este tipo de asuntos, la fatalidad es un elemento clave.
Se encogió de hombros.
—Y pueden estar seguros de algo, si llegamos a ese punto, no habrá país, ni cuerpo policial, ni tribunal que pueda ponerles a salvo.
Ni amigos en Madrid, ni contactos en la Guardia Civil, ni ningún sistema de protección de testigos.
Cuando los lobos se ponen de acuerdo, el resto de animales dejan de influir en la caza.
Así que lo resumiré de nuevo —añadió—. Esta noche se cometió un error con ustedes.
Ese error ya se ha pagado. Los dos hombres que han muerto son cosa nuestra; no les buscaremos por ello.
Ustedes nos dejan los ordenadores y cualquier copia que hayan hecho. Y se olvidan del caso para siempre.
Clavó la mirada, una vez más, en Lobo.
—Si lo hacen, seguirán vivos. Si no, parecerá todo un accidente. Un mal día, nada más. Y nadie sabrá que tuvieron la oportunidad de elegir otra cosa.
El hombre le hizo un gesto al otro que había guardado los ordenadores en una bolsa. Abrió la puerta y antes de salir se giró y miró con cierta dulzura a Nora.
—Señora Delgado —añadió en el umbral—. Ojalá ese hijo suyo pueda crecer sin saber nunca quiénes somos.
La miró un segundo más.
—Eso depende de ustedes.