50 #3
El ruso levantó el cuchillo para clavárselo en el costado.
El movimiento quedó a medias. Lobo se pegó más aún, pecho contra pecho, acortando el recorrido del brazo enemigo.
La hoja apenas encontró espacio; le rozó la chaqueta y alcanzó a morderle la piel del costado.
Un latigazo caliente le cruzó el flanco.
El ruso gruñó, trató de retirar el brazo para ganar distancia, pero lo tenía preso.
Félix torció la muñeca hacia fuera en un ángulo antinatural y, al mismo tiempo, clavó el codo libre en sus costillas.
Una, dos veces. Golpes cortos, secos, sin hueco para coger impulso.
El tipo se dobló, pero no soltó el cuchillo.
Bajó la cabeza y estrelló la frente contra el pómulo de Lobo.
Un fogonazo blanco le llenó la visión. Notó el sabor a sangre en la boca.
Cambió el agarre. Deslizó la mano hasta la parte superior de la mano del ruso, atrapando el dorso y doblando el pulgar hacia la palma con toda la fuerza de la muñeca y la cadera.
Al mismo tiempo, hundió la rodilla en el interior de su muslo, justo por encima de la rodilla.
El ruso soltó un alarido. La pierna le venció.
Al caer el peso del cuerpo sobre el brazo retenido, la articulación del codo emitió un crujido hueco.
El cuchillo se le escapó por fin de los dedos. Cayó al suelo, rebotó en la rejilla y quedó a medio palmo de sus botas, temblando aún. El ruso lanzó un alarido y se le fue encima igual, con el brazo colgando y el otro en busca de su cuello.
Félix, en lugar de retroceder, avanzó. Le metió el hombro en el pecho y lo empujó contra la mesa de despiece.
El golpe hizo vibrar de nuevo los cuchillos, que repiquetearon en la bandeja.
El ruso trató de abrazarlo con el brazo sano, de cerrarle el aire; Félix le metió la frente bajo la barbilla, levantándole la cabeza a la fuerza, y bajó la vista un instante.
El mango negro del cuchillo seguía ahí, al alcance de la mano.
Soltó el pecho del otro con una mano y bajó a por él a ciegas. Notó el plástico en la palma y lo agarró. El ruso intentó apartarse, pero tenía la cadera atrapada entre la mesa y el cuerpo de Lobo. Félix hundió el filo hacia arriba, corto y seco, en el hueco blando por encima de la clavícula.
El hombre dio un brinco extraño, casi un espasmo.
Un chorro de sangre escupida le saltó al pecho.
Intentó decir algo. Solo salió un borboteo rojo por la boca.
Los dedos que apretaban la chaqueta de Lobo se fueron aflojando poco a poco.
El cuerpo se escurrió por la mesa y terminó sentado en el suelo, la espalda apoyada en el acero, la cabeza ladeada.
Durante un segundo solo se oyó el goteo y la respiración de Lobo, áspera, rota.
—Félix… —la voz de Nora llegó desde la silla, ronca.
Lobo se secó el rostro con la manga. Tras unos momentos empleados en recobrar la lucidez y las fuerzas, se incorporó sobre el cuerpo inmóvil, cogió su pistola y se la guardó en el cinturón del pantalón.
Daba la espalda a Nora y deliberadamente no quiso mirar atrás.
Ya habría tiempo para eso. Lo urgente era asegurarse de que no había nadie más.
Recorría con cuidado el perímetro de la sala de despiece, el arma en alto.
Nada se movía salvo el cuerpo del ciervo, que oscilaba todavía un poco.
Localizó primero la otra salida de la sala, una hoja metálica más estrecha que la principal, al fondo, junto a los frigoríficos.
Un simple picaporte de acero, sin ventanuco.
Probó la manilla con la mano izquierda, el arma pegada a la línea del antebrazo.
Cerrada. Giró despacio la llave más pequeña del llavero del ruso.
Abrió lo justo para asomar un ojo. Era un cuarto de limpieza.
Cerró de nuevo, bajó el picaporte hasta oír el clic y echó la llave.
Quedaba la casa principal. No le llevó mucho tiempo comprobar que no había nadie más.
Entonces se preguntó que le habrían hecho a Nora y un escalofrío recorrió su espalda.
De vuelta a la sala de despiece, cogió la documentación de los dos hombres muertos y llegó por fin hasta Nora. Cortó las bridas con ayuda de uno de los cuchillos. Nora lo miraba sin decir palabra. Estaba muy pálida. Al tocarla advirtió que estaba fría.
—No podemos quedarnos aquí demasiado tiempo.
Ella no respondió.
—Nora —murmuró—. ¿Me oyes?
Ella parpadeó despacio, como si le costara enfocar, pero asintió.
—Estoy —susurró—. No sé si entera, pero estoy.
Le soltó primero las muñecas, luego los tobillos.
Permanecía sentada como si estuviera exhausta, la cabeza gacha, la nuca y el cuello expuestos, con la luz del foco encima de ella.
Cuando intentó incorporarla, Lobo notó el temblor en los músculos.
La sujetó por los hombros, preparado para cargarla en brazos si hacía falta.
—Vamos al hospital —dijo—. Ahora.
Ella negó con la cabeza, un gesto mínimo pero obstinado.
—Mi niño… —la voz le salió ronca, rasposa—. Me han puesto algo, sí. Pero ya casi no me hace efecto.
—No eres tú quien decide eso.
—Claro que sí —replicó, un poco más firme—. Necesito una ducha caliente, ropa seca y ver a Luna. Luego llamas a quien tengas que llamar, a la Guardia Civil, al Papa o a quien sea. Pero primero eso.