El pacto de los lobos (Lobo y Delgado 4) 55
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La consulta olía a desinfectante suave y a un producto de limpieza que Nora no alcanzaba a identificar, aunque su aroma le resultaba familiar.

Se quedó de pie un segundo de más, mirando la camilla como si fuera un ring.

Lobo cerró la puerta detrás de ellas, despacio, bastón en mano.

No hablaba mucho desde que habían vuelto de Toledo, demasiadas tormentas rondaban por su cabeza.

Pero esa mañana lo importante era otra cosa.

La ginecóloga se sentó y revisó la pantalla del ordenador. Tecleó con calma y asintió como quien confirma un dato sin adornos.

—La analítica es clara, Nora. Estás embarazada; por la beta, rondaremos las seis semanas. Lo que hacemos hoy es confirmar que está bien localizado y que la evolución es la esperada. No es un examen, es una foto del momento.

Nora apretó la mandíbula. Lobo, a su lado, no le quitaba ojo.

La médico les indicó la camilla y explicó el procedimiento.

Nora se quitó el abrigo con movimientos secos, se subió y se colocó como le indicaron.

En el último gesto, casi inconsciente, llevó las manos hacia el vientre y se quedó a mitad de camino, como si aún estuviera negociando con la idea.

Lobo se acercó y le agarró la mano con suavidad.

En la pantalla apareció primero un gris confuso, líquido, abstracto. Frunció el ceño, impaciente por miedo.

—Dadme un segundo —murmuró la ginecóloga, ajustando—. Ahora.

Movió apenas el transductor y, de pronto, el caos se ordenó en una forma diminuta.

—Aquí está el saco gestacional. Dentro del útero. Bien colocado .

La palabra bien se quedó en el aire con un peso que Nora no esperaba. Notó cómo se le aflojaba algo en el pecho y se enfadó con su propio cuerpo por agradecerlo.

—¿Y…? —preguntó, intentando que la voz no se le rompiera—. ¿Hay algo más que sea “bien”?

La ginecóloga hizo otra medición, precisa, y señaló un punto aún más pequeño.

—Aquí está el embrión. Y esto que ves parpadear… es la actividad cardiaca. Es pronto, pero está ahí.

El sonido llegó como un tambor minúsculo, rápido, obstinado. Nora apretó los dedos de Lobo hasta hacerle daño. Él no se movió; solo inclinó la cabeza hacia la pantalla con seriedad imperturbable, pero con un brillo especial en el azul de sus ojos.

Nora parpadeó. Las lágrimas no cayeron de golpe; asomaron primero como una humedad terca, como si el cuerpo quisiera reclamar un espacio que ella siempre le negaba.

—No voy a llorar —susurró.

Lobo giró la mirada hacia ella, despacio.

—Llora, Nora. Aquí no hace falta que seas fuerte.

Ella tragó saliva otra vez, inútilmente. Soltó una risa mínima, quebrada, y con esa risa se le escapó una lágrima que no se limpió. Le daba rabia sentirse vulnerable, pero, por primera vez en días, aquella vulnerabilidad no era una amenaza, era vida.

La ginecóloga sonrió con discreción.

—Todo encaja con las semanas. Os imprimiré una imagen y programamos la siguiente revisión. Ahora a descansar, hidratarse bien y asegurar el aporte de ácido fólico si no lo estás tomando ya.

Cuando se quedaron solos un momento, mientras Nora se incorporaba y buscaba el abrigo, Félix sostuvo su mano un segundo más antes de soltarla .

—Entonces es real —dijo ella, sin ironía esta vez, como si pronunciándolo lo fijara al mundo.

—Es real —respondió él, y le salió como un juramento sencillo.

Nora respiró hondo. El aire, por fin, le llegó al fondo.

—Ni una palabra a nadie todavía —pidió, recuperando algo de su filo.

Lobo asintió sin discutir, entendiendo que aquella era su manera de proteger lo recién confirmado.

—Ni una.

Y cuando salieron a la calle, Madrid seguía con su ruido habitual, pero Nora caminó con una atención distinta, como si de pronto llevara algo frágil y valioso que no se veía y que, aun así, lo cambiaba todo.

El plató tenía esa luz clínica que vuelve todo más simple de lo que es. En pantalla, el rótulo:

“CASO CIUDAD HORIZONTE: EL VÍDEO, LAS ADJUDICACIONES Y EL FINAL DEL EXMINISTRO”

El periodista Óscar Varela miraba a cámara con una gravedad milimetrada, imperturbable.

—Buenas noches. El exministro Rafael Monasterio, protagonista de un vídeo sexual con dos mujeres difundido de forma anónima, apareció muerto días después.

Se suicidó con una escopeta de caza en la finca de un famoso empresario y amigo.

Y todo, mientras la Fiscalía investiga las adjudicaciones del caso Ciudad Horizonte.

Terra Nova, por su parte, insiste en que “cumplió la ley” y se declara ajena a cualquier irregularidad.

En una pantalla auxiliar, imágenes rápidas. Monasterio entrando al Congreso, un fotograma pixelado del vídeo, la verja de una finca y un coche fúnebre detenido unos segundos. Varela dejó que el montaje hiciera su trabajo antes de volver al plató.

—León —dijo, girándose hacia un contertulio—, tu investigación sostiene que el vídeo fue más que morbo.

León Salgado no alzó la voz. No lo necesitaba; hablaba con ese deje de superioridad.

—Fue un cortafuegos. En cuanto se publica, el país deja de hablar de contratos y habla de sábanas.

Y ese cambio no es inocente, mientras la conversación se llena de escándalo y moralina, el caso Ciudad Horizonte baja de temperatura.

El relato se ordena solo. Monasterio queda como el culpable total, Isabel Medina como la ejecutiva ambiciosa y Terra Nova como “empresa técnica” que solo ejecutaba lo que le adjudicaban.

Claudia Rivas, otra contertulia y exdiputada, entró a cuchillo, como si se negara a que la explicación le quitara responsabilidad al personaje adecuado.

—Perdona, pero el vídeo lo genera Monasterio con su conducta. No hace falta conspiración para que un ministro se hunda por indecente y por corrupto. El que se graba haciendo eso y luego firma adjudicaciones a dedo se está cavando la tumba él solo.

León se sostuvo, sin concederle el giro fácil.

—No lo disculpo. Me parece repugnante y temerario. Pero una cosa es su conducta y otra el uso público de esa conducta. El vídeo no prueba contratos, pero sirve para que nadie los pregunte. Y, cuando el ministro cae, la atención se queda en el plano íntimo, no en el plano de los expedientes.

Javier Lladó, penalista, se aclaró la garganta con esa paciencia de quien se mueve mejor entre artículos que entre titulares.

—Y jurídicamente, además, la muerte de Monasterio cambia el tablero.

Él ya no puede responder. La investigación busca ahora responsables “vivos” y ahí entra Isabel Medina, porque aparece como el punto de contacto entre la política y la ejecución del proyecto.

En cuanto a Terra Nova, si la empresa puede acreditar procedimientos, pliegos, comités y controles internos, lo normal es que la responsabilidad se individualice en personas concretas, no en la compañía.

Varela clavó la pregunta donde dolía, sin levantar el tono.

—Entonces, ¿Terra Nova queda limpia?

León sostuvo la mirada, con una calma incómoda.

—Los titulares se los llevan Monasterio e Isabel. El proyecto sigue. La empresa sigue. Y el país se queda con una historia cerrada.

Varela hizo un gesto mínimo, como si ordenara el aire.

—Y mientras tanto, Ciudad Horizonte continúa. Con contratos revisados, dicen. Con una presidenta ejecutiva bajo sospecha, dicen. Con la promesa de transparencia, dicen. Pero con el mismo cemento.

Claudia negó, sin perder su indignación.

—O con la misma impunidad —remató—, que es lo que al final siempre se recicla mejor.

León no la miró. Miró a cámara, como si hablara ya al espectador y no al plató.

—Y lo peor es que mañana esto será “otro caso más”. Porque el sistema no necesita que creamos toda la verdad. Solo necesita que creamos que ya la hemos visto.

Lobo apagó la televisión con un golpetazo en el mando.

El negro de la pantalla devolvió un reflejo apagado del salón y una manta en el sofá, la curva de Luna dormida, y ellos dos, quietos, como si cualquier movimiento pudiera romper algo.

Nora no habló enseguida. Tenía los ojos fijos en la pantalla muerta.

—Ya está —dijo al fin, con una voz más plana de lo que sentía—. Ya tienen su historia .

Lobo dejó el mando sobre la mesa con el mismo cuidado con el que se deposita una prueba en una bolsa, como si el gesto, por mínimo que fuera, pudiera ordenar el caos.

—Y nosotros, nuestro cierre —respondió.

Nora giró despacio la cabeza hacia él.

—¿Qué quieres decir?

Lobo tardó un instante. Metódico incluso para confesar. Como si necesitara enumerar las piezas antes de aceptar la figura que formaban.

—Que hemos aceptado el pacto. —Se señaló la televisión apagada con la barbilla—. Han puesto a Monasterio y a Medina en el centro, han dejado a Terra Nova “técnica”, “cumplidora”, “ajena” y no van a tirar más. Y nosotros… —tragó saliva— nosotros tampoco.

Nora se quedó inmóvil, pero los hombros se le tensaron.

—Nosotros hemos sobrevivido, Lobo.

Él asintió, una sola vez, como si esa frase encajara en una casilla que ya tenía prevista.

—Sí. Y para sobrevivir hemos callado por donde dolía. —Sus ojos, fríos, precisos, no se apartaron de los de ella—. Hemos dejado que el sistema hiciera lo que mejor sabe, aislar el daño, ponerle nombres visibles y cerrar el expediente.

Nora soltó el aire, lento, como si midiera cada palabra para no romper algo más.

—¿Y qué querías? ¿Salir ahí, señalar con el dedo y esperar que no nos lo devolvieran? —preguntó, pragmática, sin ironía—. Nos dijeron lo que nos dijeron. Nos amenazaron. Y ahora… —bajó la mirada un segundo— ahora viene nuestro hijo de camino. No es un juego.

Lobo apretó la cabeza de águila del bastón. La respuesta de Nora era sensata. Y justo por eso le revolvía. Se levantó despacio. Caminó dos pasos y se detuvo, dándole la espalda a la pantalla apagada, como si no pudiera soportar verla más.

— Yo soy el que ha pasado media vida diciendo que si tragas una vez, luego tragas dos. Y al final te acostumbras. Y eso… eso es lo que me da miedo. No que nos maten. —Se giró hacia ella—. Me da miedo que esto nos cambie por dentro y que un día lo llamemos “normal”.

—Nos va a cambiar, claro que sí —dijo ella—. Ya nos cambió. Lo que no pienso permitir es que nos convierta en cobardes de sofá.

Lobo soltó una risa breve, sin humor.

—Pues suena a cobardes de sofá, Nora. Hemos apagado la tele y aquí estamos.

Vivos. Y el mundo seguirá igual mañana. —Se señaló el pecho con dos dedos, como si se marcara una herida—.

Y yo… yo tengo esto aquí dando vueltas. Porque sé que hay gente que va a pagar por ese final, el del muerto por accidente, la ejecutiva corrupta, y los demás a salvo.

—Escúchame bien. —Su voz bajó, firme—. Hemos callado para que no nos rompan la vida.

—¿Y mañana?

—Mañana seguimos viviendo. Protegemos lo nuestro. ¿Qué crees que harían el noventa y nueve por ciento de personas de este país?

Lobo abrió la boca, pero no encontró una respuesta que no sonara a excusa. Se quedó mirando un punto fijo, como si repasara, uno por uno, los pasos que había dado para llegar hasta allí y el precio exacto que había pagado.

—Eso es lo que me revienta —dijo al fin, con la voz baja—. Que lo haría cualquiera. Y, aun así, me siento sucio.

Nora no discutió. Se levantó y le buscó la mano, sin prisa. La apretó una vez, firme. Luego se la llevó despacio hasta su barriga, guiándolo como si le enseñara un lugar que todavía no acabara de existir, pero que ya lo había cambiado todo por completo.

—Escucha —susurró—. No hemos callado por cobardía. Hemos callado para que no nos destruyan. Y este pequeñito, o pequeñita, se merece un futuro.

Lobo tragó saliva. Notó el calor bajo la tela y, con él, algo parecido a la paz, aunque no fuera limpia.

—Se lo daremos —dijo, más promesa que frase.

Nora lo miró de cerca, con esa mezcla de dureza y ternura que solo enseñaba cuando estaba asustada.

—Juntos.

Nora se separó para mirarlo de frente, y Lobo vio en sus pupilas ese cansancio que no venía del día, sino de algo más.

Él bajó la vista, como si buscara suelo firme, y la encontró en el borde de la mesa.

Allí estaba una copia de la carpeta que habían preparado para el encargo.

En la portada, escritos a mano con letra de Nora, el nombre de Juan Ortigosa.

Al final, su propia frase, seca: no se han hallado elementos verificables que permitan sostener otra hipótesis .

Lobo pasó el pulgar por la última hoja, donde habían dejado la conclusión que el mundo ya había comprado. Accidente. Curva. Exceso de alcohol. Cerró la carpeta despacio, como si con ese gesto también cerrara una puerta.

—Les hemos entregado un final —murmuró—. El que se puede contar sin que te destruyan.

Nora no respondió. Solo le sostuvo la mirada un instante.

Y lo besó de forma apasionada.