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Anduvo pegado a la pared de la vivienda principal en dirección a la puerta de la estructura de servicio, y en ese momento advirtió que la luz de la ventana se apagaba.
Los recuerdos del pasado llegaron de golpe, junto con el pulso que le bombeaba de forma ruidosa en los oídos, bam-bam , un golpeteo rítmico e incesante.
Se serenó. Todo iba bien, se dijo. O casi.
Estaba listo para hacer lo que había ido a hacer, y asumir sus consecuencias. Fueran las que fueran.
La puerta metálica estaba cerrada. Iba a buscar el juego de ganzúas en la mochila cuando oyó el ruido de la cerradura accionada desde dentro. Félix se pegó al muro. La lámina se abrió y en ella, en el leve contraluz de una bombilla blanquecina de pocos vatios, se recortó la silueta de un hombre.
Era alto, espigado, con una sudadera oscura y el cuello rapado que brilló un segundo bajo la luz.
Abrió la puerta solo lo justo para sacar un pie al exterior, como quien quiere tomar un poco el aire.
En la mano derecha llevaba un cigarrillo, en la izquierda un mechero metálico.
Giró un poco la cabeza hacia el cielo, aspirando el frío.
Lobo se pegó aún más a la pared, en el ángulo muerto de la bisagra.
Notaba cómo el corazón le golpeaba con fuerza en los oídos, pero las manos le obedecieron.
Pistola alta, dos manos, brazos recogidos, el supresor rozando casi el marco de la puerta.
La voz de su entrenador del GAR volvió como un reflejo.
Acortar distancia, primero el arma, luego el cuerpo, no al revés.
El ruso dio un paso más, girado ya de perfil hacia el jardín, y el mechero chasqueó una vez sin prender. Ese segundo fue todo lo que necesitó. Félix adelantó medio cuerpo, encajó la boca del supresor en la zona blanda entre la axila y la costilla y apretó el gatillo.
El disparo sonó como un paf seco que se perdió en la noche. El cuerpo del hombre se arqueó hacia delante, el cigarrillo voló de sus dedos y la mano del mechero se abrió como una flor. Intentó aspirar aire para gritar, pero lo único que salió fue un gemido ahogado. Lobo ya estaba encima.
Lo agarró por la nuca, lo empujó hacia dentro y cerró la puerta con el peso de ambos, amortiguando el golpe con el hombro. El ruso se revolvió por puro instinto y alcanzó a tocar algo que tintineó y Lobo vio el brillo de un cuchillo en la pared, demasiado cerca de la mano del otro.
No pensó. Le estampó la frente contra la hoja de la puerta una vez, dos, tres.
Sintió la vibración en su propio cuerpo.
El ruso se aflojó, se le doblaron las rodillas.
Otro disparo, esta vez dirigido a quemarropa a la base del cráneo, el tiro sonó como un trozo de madera al romperse.
Pensó que la gente se equivocaba con quienes recibían un disparo.
Solía creerse que iban al suelo con aspavientos dramáticos, como en las películas.
Pero no era así. Simplemente cayó como sumido en un sueño profundo.
Durante un instante, todo lo que existió fue el olor a pólvora y a sangre caliente abriéndose paso por la tela de la sudadera.
Lobo lo sostuvo un segundo más, como si el cuerpo pesara menos en vertical que en el suelo, y después lo dejó resbalar hasta que quedó sentado contra la puerta, la cabeza ladeada.
Los dedos le temblaban por la adrenalina.
Reconocía esa vibración. Se agachó, palpó rápido la cintura del ruso, una pistola, dos cargadores, un juego de llaves.
Se lo quedó todo. Luego apartó el cuerpo lo justo para liberar el paso, lo giró hacia la pared, como un bulto cualquiera, y levantó la vista hacia el interior .
Un pasillo estrecho se abría delante de él, apenas dos metros de ancho, con paredes de bloque enfoscado hasta media altura y, por encima, paneles blancos que devolvían la luz mortecina de un fluorescente mal ajustado.
El suelo era de cemento pulido. A la derecha, una hilera de perchas con chaquetas de trabajo, delantales de plástico y un par de botas de goma alineadas bajo un banco metálico.
A la izquierda, una pila de fregadero de acero con un grifo industrial y una manguera amarilla enrollada.
Inspiró por la nariz, despacio, contando hasta cuatro, y soltó el aire por la boca en un hilo controlado.
El corazón seguía martilleando, pero el mundo empezaba a recuperar contornos nítidos.
Tenía la pistola hacia abajo, pegada al cuerpo, el dedo fuera del gatillo, el supresor apuntando al suelo.
La mano izquierda descansaba sobre la correílla de la mochila, lista para soltarla si tenía que moverse rápido.
La nave no era grande. Calculó unos quince o veinte metros de largo por diez de ancho, un rectángulo adosado a la casa principal.
Ya lo había visto desde fuera, con el techo a dos aguas y las ventanas altas como saeteras, sin aberturas bajas que permitieran escapar.
Un único acceso visible, aquella puerta metálica que acababa de cruzar.
Mala noticia para salir, buena para controlar quién entraba.
Avanzó por el pasillo pegado a la pared derecha, donde las sombras eran más densas. Llegó a una primera puerta a la izquierda. Semiabierta. Un vestuario. Tres taquillas de chapa, un banco, un par de toallas colgadas y un calendario de caza.
A la derecha, otra puerta, ésta cerrada. Un letrero en ruso y, debajo, la palabra “CÁMARA 2” escrita a mano con rotulador, sobre cinta adhesiva. No se oía nada al otro lado, pero el frío que se escapaba por la rendija le rozó los nudillos como un aliento helado. La descartó de momento .
El pasillo giraba un poco más adelante, apenas un quiebro para salvar un pilar estructural. Desde allí ya veía el final, una puerta metálica con ventanucos horizontales a la altura del pecho, cubiertos por una película transparente. Luz blanca al otro lado.
Se detuvo justo antes de exponerse a los ventanucos.
Apoyó la espalda en la pared, la pistola pegada al pecho, y volvió a respirar hondo.
Dos ciclos. Tres. Sintió el sudor frío entre los omóplatos, escurriéndose hacia la cintura del pantalón.
Le picaron las manos y le siguió el impulso automático de buscar el frasco de gel desinfectante, de quitarse la sangre del ruso antes de que se secara. No lo hizo.
Se asomó apenas, un centímetro, lo justo para que uno de sus ojos alcanzara a ver por el borde del cristal.
La sala de despiece ocupaba casi todo el volumen de la nave.
Rectangular, alta, con un techo de vigas metálicas donde corría una línea de poleas y ganchos.
Los tubos fluorescentes colgaban en hileras paralelas, lanzando una luz blanca y despiadada sobre cada superficie.
Las paredes estaban revestidas de paneles de acero inoxidable hasta media altura que devolvían reflejos distorsionados.
Y el ciervo. Colgaba boca abajo a unos cuatro metros de la puerta, suspendido de una cadena que se unía a la guía del techo.
Las patas traseras, abiertas en ángulo, estaban sujetas a un gancho doble clavado en los tendones.
Al otro lado del animal, dispuesta como en un quirófano perverso, la mesa metálica.
Sobre ella, cuchillos de hoja curva y sierras brillaban alineados, descansando sobre una bandeja con canaleta.
Un par de cubos de plástico, uno blanco y otro azul, aguardaban bajo la mesa.
De uno salía una manguera que serpenteaba hasta el desagüe, aún goteando.
Y a la derecha, cerca de la pared, Nora.
Estaba atada a una silla de estructura metálica, las muñecas sujetas a los reposabrazos con bridas de plástico, los tobillos fijados a las patas delanteras.
Llevaba la misma ropa con la que se había marchado de casa, pero ahora la camiseta mostraba una mancha oscura a la altura del hombro, quizá sangre.
La cabeza le caía un poco hacia un lado, el pelo revuelto pegado a la frente.
Un hematoma violáceo le empezaba a florecer en la mejilla.
Los ojos, sin embargo, estaban abiertos. Miraban al frente, fijos.
Primero el hombre. Estaba a unos dos metros de Nora, de espaldas a la puerta, entre ella y la mesa de despiece.
Un tipo ancho de espaldas, quizá algo menos alto que el ruso al que acababa de matar, con el cuello grueso que sobresalía por encima de una sudadera negra.
El pelo rapado al uno, la nuca brillante bajo la luz.
Tenía una pistola en la mano derecha, colgando relajada junto al muslo, sin seguro visible.
En la izquierda sostenía un cigarrillo que aún no había encendido.
Calculó mentalmente la distancia, unos cinco metros hasta el ruso, quizá cuatro.
Con el supresor y con esa luz de quirófano, el tiro seguía siendo seguro si no fallaba al primer disparo.
Pero el cuerpo del hombre tapaba la línea directa hacia Nora.
Si la bala atravesaba o rebotaba, podía alcanzarla a ella. No era opción.
Entonces, la voz de su instructor se coló en su cabeza con la misma claridad que en la vieja aula de Logroño.
«Muy bien, Lobo, ya has visto el puzle. Ahora no hagas la gilipollez que hace todo el mundo, disparar al primero que se mueve sin mirar qué hay detrás. Rehén en línea, prohibido fuego desde la puerta. Si pegas un tiro así y le das a la chica, no es mala suerte, es culpa tuya.»
Sintió cómo el dedo se alejaba un milímetro más del gatillo, por puro reflejo condicionado.
«Cuando el fondo es amigo, no disparas hasta que el fondo deje de serlo.
¿Qué significa eso? Que te mueves. Acorta distancia y búscate un ángulo limpio.
Pegado a la hoja, pegado a la pared, lo que haga falta, pero entras donde el rehén quede fuera de la línea de fuego. No entres de frente como un novato.»
Visualizó el recorrido dentro de la sala, la mesa, el ciervo colgando, la trayectoria curva que podía trazar para quedar a su espalda, o al menos a su flanco, robándole medio perfil al ruso.