El pacto de los lobos (Lobo y Delgado 4) 49 #2
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«Y escucha, a esa distancia y con un rehén tan cerca, nada de florituras al brazo ni heroicidades de película. O centro de masa con fondo limpio, o cabeza si es lo único que tienes. Dos opciones, no hay tercera. Un tiro que lo apague, no uno que lo cabree.»

Notó la respiración agitada.

«Y grábate esto, Lobo, el trabajo no termina cuando él cae.

Cae, arma fuera de su alcance, segundo tiro si hace falta, mirada rápida al resto de la sala.

Puertas, sombras, otro cabrón con pistola.

Revisar bien toda la estructura. Solo cuando el escenario esté controlado, cortas bridas.

Hasta entonces, la rehén sigue en zona caliente. »

Sintió cómo el temblor de las manos se le ordenaba alrededor de aquellas frases antiguas, ásperas y precisas. Félix apretó la empuñadura del arma hasta notar la textura del polímero en las yemas. Ya sabía lo que tenía que hacer.

Solo quedaba entrar y ejecutarlo .

50

El despacho estaba casi a oscuras. Solo la lámpara del escritorio derramaba un círculo de luz amarillenta sobre la carpeta con el sello de Ciudad Horizonte, y más allá, tras el cristal, Madrid era una mancha difusa de faros y ventanas encendidas.

Rafael Monasterio se había quitado la chaqueta hacía rato.

La corbata colgaba del respaldo de la silla.

La camisa, abierta en el cuello, dejaba ver un surco de sudor seco entre los pelos del pecho.

Se sirvió el último dedo de whisky directamente de la botella que guardaba en el mueble bajo, sin hielo.

La copa tintineó lo justo al chocar con la mesa.

El móvil vibró. El otro. Lo miró un segundo, sin tocarlo, como si el aparato pudiera morder. Número desconocido. Un mensaje. Solo un enlace y una frase, en español correcto.

“Es hora de que el futuro empiece de verdad. Agilice el comienzo de las obras.”

Monasterio apretó la mandíbula. Se llevó el vaso a los labios, pero no bebió.

Pulsó el enlace. La pantalla se puso en negro un instante.

Luego apareció el primer fotograma. Una habitación que reconocía demasiado bien.

Las paredes color vino y cortinas pesadas.

Y en el centro, él. En calzoncillos, con la barriga colgando sobre la goma del bóxer, el cuerpo brillante de sudor entre Katya y Alma.

El vídeo avanzó unos segundos, lo justo para que se viera una mano suya cerrándose en torno a una cadera, la boca abierta en un gesto grosero que recordaba vagamente a una sonrisa.

Lo detuvo de golpe. Durante unos segundos, solo oyó su propia respiración.

En el reflejo del cristal, sobre la ciudad, vio una doble silueta.

La del ministro con canas bien peinadas y traje a medida, y detrás, superpuesto como una sombra, el tipo del vídeo.

El hombre caído que había creído estar por encima de todo.

—Hijos de puta —murmuró, sin apartar la vista del móvil.

Lo supo entonces con una claridad viscosa, incómoda.

Lo tenían cogido por los huevos. A él. A Rafael Monasterio, que llenaba telediarios hablando de soberanía económica y de no pedir perdón por crecer.

No podía darse el lujo de un escándalo de esa índole.

El móvil vibró de nuevo. Otro mensaje, tan escueto como el primero.

Nada de retrasos.

Monasterio resopló por la nariz, una risa sin gracia. Se quedó mirando la frase del mensaje como si pudiera arrancarla de la pantalla a base de ceño fruncido. Luego alzó la vista hacia el ventanal. Madrid seguía ahí fuera, ajena. Apretó los labios.

—A ver, listos —murmuró—. ¿Vosotros creéis que soy el primero al que le pillan en calzoncillos?

La voz sonó firme, casi divertida. Casi.

En la garganta, sin embargo, algo se le había encogido.

Sabía cómo funcionaba aquello, un archivo así no necesitaba siquiera hacerse público.

Bastaba con que lo viera el partido, un fiscal con ganas de notoriedad, un adversario con hambre. Volvió a darle al play unos segundos.

Se vio a sí mismo, desnudo, embistiendo entre las piernas de una de las chicas mientras la otra, de rodillas, le sujetaba de las caderas; su cara llenaba media pantalla, sudorosa, inconfundible.

El tipo del vídeo —él mismo, sudado, eufórico, invencible— no parecía pedir perdón por nada.

El de ahora, al contrario, sí sabía cuál era su nuevo sitio.

El botón ya no estaba en sus manos, sino en las de quien le había enviado aquello.

En plural. La certeza le cayó encima como una losa.

Sintió el impulso de estrellar el móvil contra la pared, de borrar el archivo, de negar la evidencia a gritos. No lo hizo.

—Tranquilos, muchachos —dijo, esta vez en voz más baja—. Tendréis vuestras putas obras .

Escribió despacio, con el pulgar, cada palabra.

Recibido. No habrá retrasos. Pero a partir de ahora, hablamos de tú a tú.

Lo releyó. No era verdad, y lo sabía. Ya no estaban de tú a tú.

Pero dejaría por escrito, aunque solo fuera para sí mismo, que aún le quedaba un resto de orgullo.

Pulsó “enviar”. Luego apuró el whisky de un trago, hizo una mueca de asco y dejó el vaso vacío sobre la carpeta de Ciudad Horizonte, justo encima de su propio nombre impreso.

Félix Lobo respiró hondo una vez, dos, hasta que el temblor de las manos se concentró en la empuñadura de la pistola.

El metal del tubo supresor rozaba la puerta.

Soltó el arma lo justo para buscar en el bolsillo el llavero del ruso muerto.

Las llaves tintinearon apagadas. Probó la más larga en la cerradura. Entró a la primera.

Giró. El cerrojo se retiró con un chasquido seco.

La hoja de acero se abrió apenas un palmo, lo justo para que se le colara algo de aire más frío y un fogonazo de luz blanca.

No tuvo tiempo de más. El ruso ya lo había visto.

Se giró de golpe, una masa compacta de músculo bajo la sudadera negra.

Sus ojos, muy abiertos, desconcertados, se clavaron en la silueta de Lobo recortada en la puerta.

Era más bajo, pero más ancho que el otro.

Se lanzó a por él como un toro desbocado.

Demasiado peligroso efectuar un disparo.

Lobo pensó que, si en la casa había aún más esbirros de Volkov, todo podía muy bien estar yéndose a la mierda.

No hubo tiempo para nada más. Félix dio un paso atrás, intentando abrir ángulo, pero la embestida lo alcanzó de lleno.

El impacto le vació los pulmones. La rodilla mala se le dobló y la espalda golpeó contra la puerta, que terminó de cerrarse con un estruendo metálico.

La pistola se le escurrió entre los dedos sudados y salió rebotada hacia el interior.

Alcanzó a ver el destello del supresor deslizándose sobre el suelo antes de perderlo de vista bajo la mesa de despiece.

El ruso le clavó el antebrazo en la garganta, empujándolo hacia dentro de la sala.

Lobo sintió el acero frío del panel en la espalda, el aire afilado en los pulmones y, por encima del hombro del otro, la imagen de Nora atada a la derecha, con los ojos abiertos de par en par, las bridas apretadas sobre las muñecas.

Intentó hundirle los dedos en las costillas para separar aquella presión, pero el tipo respondió con un rodillazo seco en su muslo. Un fogonazo de dolor le recorrió la pierna, casi hasta la cadera.

—Te mato aquí mismo —gruñó el ruso, en un castellano espeso, tan cerca que Lobo sintió la saliva caliente al hablar.

«Si te controlan el cuello, ya no peleas —le oyó al instructor, nítido, desde muy lejos—. Barbilla al pecho y busca salida de lado, no de frente.»

Reaccionó sin pensarlo. Pegó la barbilla al esternón, acortando el cuello; el antebrazo ya no le aplastaba la tráquea, sino más abajo, sobre el hueso.

Aprovechó ese centímetro de respiro para meter el hombro bueno por dentro y giró medio cuerpo, como quien quiere escurrirse de una puerta mal abierta.

En vez de seguir empujando el brazo que lo asfixiaba, dejó caer la mano libre a la pierna del ruso. No buscó un puñetazo, sino un golpe seco con la base de la palma, directo al lateral de la rodilla, justo donde el hueso se adivinaba bajo la pernera del pantalón.

El impacto resonó en su propia muñeca. El ruso soltó un gruñido ahogado. La rodilla vaciló. No fue mucho, apenas un temblor. Aprovechó el desequilibrio, empujó con la pierna buena y giró la cadera, arrastrando al ruso hacia la mesa de despiece.

Chocaron los dos contra el borde de acero. Los cuchillos vibraron en la bandeja y uno de hoja ancha se deslizó hasta quedar a centímetros de la mano del ruso. Lobo lo vio al mismo tiempo que él.

Los dos se lanzaron a la vez. La mano del ruso cayó hacia el mango del cuchillo, la de Lobo también.

Sus dedos chocaron encima del plástico negro y apretaron desde lados opuestos.

La hoja vibró en el aire, atrapada entre ambos.

Durante un segundo quedaron quietos, la respiración del uno en la cara del otro.

El ruso trató de arrancar el arma hacia sí.

«El cuchillo no es el problema —recordó la voz del instructor—. El problema es la muñeca que lo sujeta. Céntrate en eso.»

Félix soltó el mango. Mientras el ruso sonrió una fracción de segundo —sintiendo que el arma quedaba solo en su mano—, Lobo aprovechó el vacío.

Se deslizó medio paso dentro, pegó el cuerpo al suyo, y cerró los dedos sobre su muñeca, justo por encima del hueso.

Apretó con todo, hundiendo el pulgar en el tendón.