El pacto de los lobos (Lobo y Delgado 4) 48
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Patricia Andújar llegó a casa casi a las nueve.

Abrió la puerta con cuidado, como si el ruido pudiera deshacer el poco orden que quedaba en su vida.

El piso estaba en semipenumbra. Desde el salón llegaba el parpadeo azulado de la tele.

Pablo, en el sofá, tenía el móvil en la mano y la cabeza ladeada mientras Mateo dormía hecho un ovillo, con la manta de Spiderman hasta la nariz.

—Hola —susurró ella.

—Hola, mamá —respondió Pablo, bajando el volumen—. Ya pensaba que te habías quedado a dormir en la comisaría.

Intentó sonreírle, le revolvió el pelo y dejó el bolso en la silla del comedor.

Notaba el pendrive como un trozo de metal ardiendo en el bolsillo del pantalón.

“Clases_mates_Pablo”. Mariela apareció en el marco de la cocina, secándose las manos en un paño.

Llevaba el chándal gris de siempre y el moño alto algo vencido hacia un lado.

—Buenas noches, señora —dijo—. Ya están cenados y lavados los dientes. Solo faltaba que usted llegara para mandarlos a la cama.

—Gracias, Mariela —respondió Patricia—. Hoy se ha complicado.

La mujer ladeó la cabeza, observándola con un interés que hasta entonces le había parecido solo profesional.

—Se nota que tiene cosas importantes entre manos —comentó—. Eso de andar mirando papeles de gente que mueve tanto dinero… —alzó las cejas, como si midiera sus propias palabras—. Pero ya sabe cómo es la gente cuando se siente observada. Sobre todo esa gente.

Patricia se tensó.

—¿Qué gente? —preguntó, procurando que le saliera neutro .

Mariela hizo un gesto vago con la mano.

—La de los trajes, las corbatas, los proyectos grandes…

—enumeró—. Empresarios, políticos, esos rusos de los que se rumorea.

Gente con muchas ganas de que nadie meta la nariz en sus asuntos.

A veces, cuando se enfadan, no miran si los que pagan el plato roto son ellos o…

—desvió la vista hacia el pasillo, donde se alineaban las mochilas de los niños contra la pared— … los que están cerca.

El silencio se hizo denso. Pablo bostezó desde el sofá, ajeno, mientras recogía el vaso de agua de la mesita.

—Por eso digo —añadió Mariela, ahora en voz más baja—, que es bueno que alguien esté aquí siempre.

Que los niños no se queden solos. Que, si algún día usted se entretiene en el trabajo con esas cosas tan delicadas, haya quien se ocupe de que nadie venga a molestar.

Ya me entiende, para vigilar que no les ocurra nada.

La mirada se le clavó un segundo en los ojos antes de apartarse.

Patricia sintió cómo algo se rompía dentro de ella.

Las manos, que hasta entonces habían estado jugando con las llaves, empezaron a sudar.

Le flaquearon las piernas y tuvo que agarrarse al respaldo de la silla más cercana para no perder el equilibrio.

El corazón golpeaba el pecho como un caballo desbocado.

Al fondo, la risa enlatada de los dibujos sonaba lejana, deformada, como si viniera de otra casa.

—Lo entiendo perfectamente —dijo al fin, con un hilo de voz—. Gracias, Mariela. Ya puedes descansar.

La mujer asintió, como satisfecha de haber dejado el mensaje correcto, y desapareció por el pasillo.

Esa noche Patricia no pegó ojo. Se quedó sentada en la mesa de la cocina, con la luz blanca del fluorescente sobre la cabeza y el pendrive junto a la taza vacía del café, mientras escuchaba respirar a sus hijos al otro lado del tabique.

Había cruzado una raya. Y por primera vez, el miedo que la atenazaba no era solo por ella .

La finca estaba casi a oscuras, una mancha de piedra y sombras recortada contra la ladera.

El camino de entrada se abría en una curva suave de grava, pálida bajo la luz lunar.

A un lado, el ciprés alto se erguía como una lanza, clavado en la noche; al otro, los arbustos recortados proyectaban sombras deformes que se estiraban hacia el porche.

No había farolas encendidas, solo un punto amarillento junto al portón de hierro, lo bastante débil como para no delatar la finca desde la carretera y, sin embargo, suficiente para dibujar el arco de la entrada y las macetas alineadas como pequeñas siluetas vigilantes.

Ningún motor, ningún perro, ningún ruido humano.

Solo el crujido lejano de la montaña enfriándose y el vaho de su propia respiración, que salía en nubes breves frente a la boca mientras observaba aquel caserón de piedra que, a la luz de la luna, parecía más una fortaleza que una casa de campo.

No estaba allí a ciegas. Ese periodista con aspecto de elfo le había dado la dirección de la finca de Volkov.

Únicamente estaba pendiente de recibir una confirmación que no tardaría en llegar.

Félix inspiró hondo un par de veces y apretó con fuerza el volante.

Cada minuto que pasaba era un minuto menos en la cuenta de Nora.

Tras detener la furgoneta bajo un árbol —había recorrido el último medio kilómetro con los faros apagados—, Félix Lobo sacó la pistola de 9 mm con cañón roscado de la mochila y de uno de los bolsillos un tubo de acero cilíndrico que ajustó despacio, atornillándolo con tres vueltas de rosca en la boca de arma.

Se trataba de un supresor de sonido, un complemento que amortiguaba los gases del disparo y reducía casi totalmente el ruido de éste a cambio de perder algo de precisión más allá de los quince metros.

Era la primera vez que iba a usarlo en una acción real .

La voz de su padre le vino a la cabeza y sintió un repentino deseo de desinfectar la empuñadura, pero alejó la tentación.

No era momento para eso. Con la pistola y la mochila en el regazo permaneció inmóvil un rato largo, mirando la casa para que sus ojos se habituaran a las sombras y distinguir mejor los contornos.

Al cabo de un momento revisó el interior de la mochila para comprobar otra vez que todo estaba en su sitio y no hacía ruido.

Primero palpó los cargadores extra de la pistola, en el compartimento central encontró la linterna táctica.

Junto a ella, el juego de ganzúas, la navaja plegable, cerrada, con el clip enganchado a una tira de tejido, y la multiherramienta, más pesada, que encajó en el fondo para que no se moviera.

Metió la mano hasta notar el cilindro gomoso de la granada aturdidora.

Seguía envuelta en el trozo de trapo que le había dado el coronel, aislada de todo lo demás.

La pasó al bolsillo del cinturón lumbar, a la altura de la cadera, el que se abría con una cremallera corta.

Ahí podría sacarla sin soltar la mochila cuando llegara el momento.

En la solapa superior comprobó el pequeño fajo de bridas de plástico, seis, quizá ocho, dobladas sobre sí mismas y sujetas con cinta americana.

Miró el móvil. Casi las dos de la madrugada.

En ese instante entró un mensaje de Lykaina que al abrirlo le ofreció un mapa nocturno de los Montes de Toledo, un círculo rojo y una nota escueta — “última triangulación de Nora” .

El área que le mostraba la pantalla contenía la finca que tenía delante.

Apretó la mandíbula e intentó serenarse.

Inhaló profundamente varias veces para oxigenar bien los pulmones. La tenían secuestrada.

Todavía esperó un poco más, atentos los ojos a la noche, y al fin bajó de la Kombi, se ajustó la mochila a la espalda, empuñó la pistola y acerrojó una bala en la recámara.

Se vio en la obligación de orinar a unos pocos pasos de la furgoneta.

Hacía frio, húmedo y desagradable, de modo que se subió el cuello de la gabardina.

Avanzaba despacio, con la mente despejada de todo lo que no fuese leer el terreno.

La finca se acercaba a cada paso y el monte, a esa hora, parecía tragarse la luz.

Miraba alrededor con la concentración de quien no se permite un descuido.

En los GAR le habían grabado una regla sencilla.

Antes de entrar en un sitio, asegúrate de cómo vas a salir.

Ten siempre en la cabeza el camino más corto. Y el más seguro.

Eligió las sombras más espesas de los árboles para acercarse a la casa. La gravilla crujía lo justo bajo las botas. Frente a la puerta principal se detuvo. El portón de hierro, enmarcado por un arco de piedra cubierto de hiedra oscura, le devolvió el brillo apagado de la luna en los barrotes.

Se agachó junto al talud del camino y dejó que la vista se acostumbrara unos segundos más.

A la derecha, el muro continuaba, curvándose en torno a la torre circular; la piedra era más baja en un tramo donde la ladera caía hacia el jardín.

A la izquierda, la línea de árboles descendía hasta una zona de sombra más compacta, donde se adivinaba el tejado de lo que podía ser un cobertizo o una casa de servicio.

Decidió que la puerta principal quedaba descartada. Pegado al muro, avanzó hacia la torre de la derecha, buscando con la vista cualquier sombra distinta. No vio nada. Solo la piedra irregular, las ventanas estrechas y oscuras, y la enredadera convertida en una mancha negra trepando hasta el tejado.

Cuando llegó al tramo más bajo del muro, apoyó la mano libre en la piedra.

Fría, rugosa. Probó el peso. Con la pierna buena primero, luego la mala, sintiendo cómo el músculo protestaba al estirarse.

Se impulsó, clavando la puntera entre dos rocas, y con un esfuerzo seco se dejó caer al otro lado, amortiguando el golpe con las rodillas.

Aterrizó en el jardín interior, un rectángulo de césped salpicado de arbustos recortados.

La casa se alzaba frente a él, enorme, pero lo que le llamó la atención fue la construcción anexa pegada al lateral derecho.

Se trataba de un volumen más bajo, como una nave de servicio, con paredes de piedra vista y una puerta metálica sin adornos.

Desde una de sus ventanas altas, estrecha como una saetera, se escapaba una franja de luz amarillenta; al cabo de unos segundos vio una sombra cruzar por delante del cristal, y luego otra.

Por ahí, pensó.