47
«Necesito ayuda», había admitido él. Al otro lado no contestaron de inmediato. Primero oyó una respiración medida, como si el coronel decidiera si valía la pena seguir al teléfono. Y esa frase, seca, sin adornos.
«Te mando una dirección».
Nada más. Ni un “qué ocurre”, ni un insulto.
Solo un punto en el mapa y la orden implícita de llegar puntual.
Ahora el GPS le avisaba de girar hacia una carretera comarcal que se alejaba de la autovía y se internaba en un paisaje de descampados, naves bajas y urbanizaciones que habían conocido tiempos mejores.
Farolas torcidas, carteles de “SE VENDE” amarillentos, un perro que se cruzó sin prisa.
La urbanización apareció tras una curva.
Chalés de una o dos plantas, todos distintos pero igual de desgastados, se alineaban a ambos lados de la calle principal.
El número que buscaba estaba casi al fondo, pegado a un descampado donde el asfalto se rendía a la tierra.
Lobo dejó la Kombi al otro lado de la calle y apagó el motor.
Se quedó con las manos en el volante unos segundos, mirándolo todo a través del parabrisas.
Luego bajó con el águila de la empuñadura del bastón muy apretada.
Cruzó la calle despacio, sintiendo la protesta sorda de la pierna mala a cada paso.
El bastón marcaba el ritmo sobre el asfalto agrietado.
Tac. Tac. Tac. Con cada golpe, una frase antigua le martilleaba la cabeza.
«La disciplina es lo único que separa a los hombres de las ratas». «Demasiado pensamiento y poca acción».
Al llegar frente al portón, vio la cámara pequeña, clavada sobre la verja, ojo oscuro vigilando la entrada.
Ningún timbre a la vista. Dudó un instante.
Sabía que lo estaba viendo. Que en algún lugar de esa casa, unos ojos grisáceos evaluaban cada uno de sus movimientos, igual que cuando era un crío y se retrasaba medio segundo en cuadrarse.
No tuvo que hacer nada. El portón emitió un zumbido breve y el pestillo se soltó solo.
Parpadeó fuerte. Avanzó por el camino de losas con el estómago encogido, consciente de que a cada paso estaba siendo observado. Cada paso crujía sobre la grava.
Cuando era niño, los ruidos eran distintos. El golpe del bastón contra el suelo del salón, el tintinear del vaso de brandy al chocar con la botella, el chasquido del cinturón al ser desabrochado. Eran avisos. Y él aprendió pronto a leerlos.
«Si te duele, es que estás aprendiendo».
Notó el sudor frío en la nuca pese al aire seco de la tarde. Nora, pensó. Concéntrate. No estás aquí por él. Estás aquí por ella. Llegó al porche. Dos escalones. Baldosas claras. Una alfombrilla sin mensaje, sin dibujo. Solo “BIENVENIDOS” en letras mayúsculas, tan serias que parecían una ironía.
La puerta se abrió antes de que alargara la mano.
El coronel Lobo se recortó en el marco como una figura sacada de un viejo álbum y puesta al día a golpes de tiempo.
Más delgado, el cuello cuarteado, el pelo blanco pasado a máquina, sin concesiones.
Los hombros habían perdido volumen, pero la espalda seguía recta, como si alguien le hubiera clavado una barra de acero entre las escápulas.
La camisa, azul claro, sin una arruga. El pantalón de pinzas, perfectamente ajustado.
Los zapatos, tan brillantes que casi devolvían su propia imagen deformada.
El bastón descansaba en su mano derecha.
El mismo gesto. La misma forma de sujetarlo, ligeramente inclinado, listo para golpear el suelo o algo más blando si hiciera falta.
Los ojos seguían ahí, grises, fríos, atentos.
Ojos que nunca parecían sorprenderse porque daban por hecho que el mundo obedecía a sus normas.
Tardaron un par de segundos en decirse nada. No hacía falta. Aquello era una radiografía mutua. El coronel examinando al hombre que había salido de aquel niño al que llamaba “maricona”; Félix tomando medida al viejo que había sobrevivido a sí mismo y al alcohol.
Lobo fue consciente de su propia respiración, demasiado alta en el pecho. Intentó bajarla. No quería que él viera nada que pudiera interpretar como debilidad. El coronel habló primero. Su voz sonó menos potente que en sus recuerdos, un poco más cascada, pero la cadencia seguía intacta.
—Has tardado menos de lo que pensaba.
Durante una fracción de segundo, al ver de cerca aquellas facciones envejecidas, tuvo el impulso absurdo de buscar a su madre por encima del hombro del coronel, asomada desde la cocina, intentando amortiguar con una sonrisa lo que estaba a punto de ocurrir. No había nadie. Solo la casa y él.
El coronel se apartó unos centímetros del marco, dejando espacio justo para que él pasara.
—No me hagas perder tiempo —añadió—. Entra.
Félix cruzó el umbral. El olor a cera, tabaco viejo y algo de desinfectante le salió al encuentro.
El suelo de terrazo brillaba. A ambos lados del pasillo, fotos del coronel en distintos destinos, distintos uniformes, distintas misiones.
Ningún rastro de madre ni de él. El coronel echó un vistazo rápido a la calle antes de cerrar y pasar el cerrojo con un giro seco.
—Tranquilo —comentó—. Aquí no te va a morder nadie, salvo quizá tu conciencia.
Le hizo un gesto, bastón en mano.
—Ve delante —añadió—. Me gusta ver la espalda de la gente con la que trato.
Félix apretó la mandíbula, pero obedeció. Llegó al salón y se quedó a un lado, de pie, sin sentarse. El coronel entró detrás, dejó el bastón apoyado en una butaca con gesto mecánico y fue directo al aparador de las botellas.
—Han pasado años —dijo mientras descorchaba el brandy—. Pero hay cosas que no cambian. Los hombres siguen viniendo a buscarme cuando han hecho alguna estupidez y quieren que se la arregle.
Sirvió un dedo de alcohol y se giró hacia él con la copa en la mano.
—Tú, en cambio, has tardado más de lo esperado —añadió—. Casi pensé que habías conseguido vivir sin meter la pata a lo grande.
Probó el brandy, cerró los ojos un segundo y luego señaló el sofá con la copa.
—Siéntate. Me incomoda tener a la gente en posición de revista en mi salón. Me recuerda al trabajo y para eso ya tengo las fotos.
—Prefiero quedarme de pie —replicó Félix—. No voy a entretenerte mucho.
—Ya estás haciéndolo —dijo el coronel, sin alterarse—. Si piensas que una visita después de décadas se liquida en cinco minutos, es que sigues sin entender nada de cómo funciona el mundo. Pero qué se le va a hacer, es tarde para corregir según qué defectos.
Dejó la copa en la mesa .
— Ahora sí. Dime qué has venido a mendigar. Y no lo disfraces con palabras bonitas. Ayuda para qué, Félix.
Félix notó que se le secaba la boca. Se obligó a sostenerle la mirada.
—Han secuestrado a alguien —dijo—. Y necesito entrar en un sitio muy concreto, sacar a esa persona de allí y salir con vida. Eso es lo que hay.
El coronel ladeó la cabeza, como si estuviera examinando una pieza defectuosa.
—Qué descriptivo —ironizó—. “Alguien”, “un sitio”, “un lío”. Has mejorado mucho tu capacidad de informar desde que eras un crío. Antes por lo menos sabías decir quién te había partido la cara en el patio.
Félix apretó los dientes.
—Es una mujer —aclaró—. Mi compañera. Se llama Nora. No la conoces, ni vas a conocerla. La ha capturado gente muy peligrosa. Por eso estoy aquí.
El coronel lo sostuvo con la mirada unos segundos.
—Siendo sincero, me importa bastante poco quién sea. Lo que me interesa es otra cosa ¿Qué clase de mierda te has echado encima esta vez para aparecer en mi casa pidiendo ayuda como un recluta al que le viene grande el ejercicio?
Félix notó el latigazo, pero se obligó a no morder.
—No he venido a contarte mi vida —respondió—. He venido porque necesito material o no volveré a verla con vida.
El coronel no parpadeó.
—Material —repitió, despacio—. Te has pasado media vida convencido de que no necesitabas nada de mí, y el día que llamas es para pedirme armas. Ya ves qué vueltas da el mundo.
Cogió la copa, la acercó a los labios y esta vez sí bebió, un trago corto. Después señaló el sofá con un gesto seco .
—Siéntate —dijo—. Aquí las prisas las marco yo. Primero vamos a dejar claro qué vas a hacer con lo que te dé, y luego ya veremos si mereces salir de esta casa mejor armado de lo que has entrado.
Félix sintió cómo se le encendía la nuca. Todo en él pedía darse la vuelta, cruzar de nuevo el pasillo y largarse de allí sin mirar atrás. Pero vio la cara de Nora y al final se sentó. El coronel asintió apenas, satisfecho, como quien recoloca una pieza en el sitio que siempre le ha asignado.