El pacto de los lobos (Lobo y Delgado 4) 46
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Lobo llevaba más de una hora sin poder quedarse quieto, de pie, luego sentado, luego otra vez de pie. No dejaba de dar vueltas entre la mesa del salón y la ventana como un animal encerrado. La pantalla del móvil era lo único que importaba.

Sobre la mesa, el cuaderno de notas estaba abierto por la mitad, bolígrafo alineado con el margen.

No había una sola anotación nueva. No podía concentrarse.

Cada vez que intentaba repasar la cronología, acababa en el mismo punto muerto.

Nora era incapaz de marcharse, así como así.

Luna, tumbada junto al sofá, seguía con la cabeza sus movimientos de un lado a otro.

Cada vez que él se detenía, la perra levantaba un poco las orejas, como si esperara una orden que no llegaba.

Félix sacó el móvil por enésima vez. Comprobó la cobertura. Tres barras. Miró el icono de WhatsApp. Nada. Correo. Nada. Su pulgar dudó un segundo sobre el nombre de Nora en la agenda.

“Ya la has llamado demasiadas veces”, se recordó. “No contesta. Apagado o fuera de cobertura.

Aun así, el impulso de volver a marcar le recorrió la mano como un calambre. La guardó en el bolsillo para no hacerlo. El bastón apoyado contra la pared se deslizó un centímetro y golpeó el rodapié con un chasquido seco. Luna dio un respingo.

—Tranquila —murmuró él, sin mirarla—. A ti te ha dejado encargada del piso, ¿no?

El silencio que siguió tenía algo de burla. Pensó en la farmacia, en la palabra que la farmacéutica había pronunciado con normalidad, “Predictor”.

El móvil vibró .

No sonó el tono de llamada, sino el zumbido breve de un mensaje entrante.

Una sola vez, pero suficiente para partir en dos el aire de la habitación.

Lobo lo sacó tan deprisa del bolsillo que casi se le escapó de las manos.

En la pantalla, el nombre de Nora Delgado.

Debajo, el icono de un micrófono, el círculo negro, el contador en gris, 1:08 minutos.

El pulso le dio un brinco raro, como si hubiera subido un tramo de escaleras corriendo. Notó el latido en la cicatriz de la mejilla. No abrió el mensaje de inmediato. Lo sostuvo en la mano, a la altura del pecho, como si aquel minuto y ocho segundos pesaran.

Si fuera ella, de verdad, habría escrito antes.

Una frase, un insulto cariñoso, un quillo o un “mi niño, estoy liada, luego te cuento”.

No una nota de voz de golpe, después de horas sin dar señales de vida.

Luna se levantó, se acercó un paso. Olfateó el aire cerca del teléfono, como si también notara que algo no encajaba.

—Vale —dijo en voz baja, más para sí que para ella—. Vamos a ver qué me cuentas.

Se sentó en la silla, apoyó los codos en la mesa y colocó el móvil delante, de pantalla hacia él. Pulsó reproducir y lo acercó al oído. Prefería escucharla solo, sin que la habitación se llenara con su voz distorsionada. La nota empezó con un leve roce, un carraspeo, y luego la voz de Nora.

«Félix…» La “e” se le clavó como un cuchillo. No “mi niño”.

«Estoy bien. No te asustes, por favor…»

La escuchó con el cuerpo entero, no solo con los oídos. Cada respiración, cada pausa. El mensaje avanzaba, palabra tras palabra, igual que lo había imaginado en sus peores escenarios. La farmacia, el predictor, el “estoy embarazada”. La forma en que ella decía la palabra sonaba contenida.

Félix entrecerró los ojos. La apoyó la frente en la mano libre.

Detrás de la voz, quiso oír algo más. Un ruido de tráfico, un televisor, una radio.

Nada. Solo un zumbido de fondo, grave, constante, como el de un fluorescente viejo.

Y un eco raro. Sonaba a azulejo, a superficie dura, a espacio desnudo.

«…No puedo ahora. No puedo continuar con el caso.

No puedo con nada. Necesito unos días para poner la cabeza en su sitio…

No me llames, de verdad. No vengas a buscarme…

Esta vez no es cosa tuya, ¿vale? No eres tú.

Soy yo… si de verdad me quieres, respeta esto.

Respeta mi silencio… Cuida de Luna unos días. »

Se le secó la boca. La pantalla volvió al estado inicial, con el icono de pausa y la barra azul completa. Durante unos segundos, Lobo no se movió. Parecía una estatua mal hecha. Demasiado alto, demasiado flaco, los hombros tensos bajo la camisa. Luna gimió muy bajo. Él volvió a darle al play .

La escuchó de nuevo, esta vez con otra clase de atención. No a lo que decía, sino a cómo lo decía. El temblor de la “estoy bien”, el breve titubeo antes de “estoy embarazada”, el modo en que aceleraba al final, como si quisiera llegar cuanto antes a la última frase del guion.

Confirmó que no había dicho una sola vez “mi niño” o “ quillo ”.

Su cerebro, deformado por años de informes, empezó a trabajar por capas.

Capa uno, el contenido. Embarazo, necesidad de tiempo, petición de que no la busque, de que corte toda investigación.

Capa dos, las formas. Ausencia de sus códigos privados, su jerga, su manera de pincharle para desactivar sus alarmas.

Capa tres, el entorno. Zumbido eléctrico, eco de sala grande, ausencia de sonidos cotidianos.

Capa cuatro, el contexto. Nora ha desaparecido horas después de perseguir un rastro que lleva a gente que no se anda con juegos.

Y alguien le manda justo ahora un mensaje que lo invita a hacerse a un lado.

Le ardieron las tripas .

Se obligó a escucharla una tercera vez, ahora con el móvil sobre la mesa, el volumen al mínimo. Dejó que la habitación se llenara con aquella voz que no era del todo la de Nora, sino una versión limada. Luna ladeó la cabeza, inquieta, cuando escuchó su nombre al final del audio.

Al acabar, Lobo detuvo la reproducción y se quedó mirando el icono del micrófono como si fuera un resto de sangre en una escena de crimen.

Pasó el pulgar por la pantalla, pero no para llamar. Abrió los ajustes del chat. Miró de nuevo la hora exacta de recepción y la duración. Lo copió mentalmente como si fuera una coordenada. Luego volvió al mensaje y lo detuvo en el primer segundo, justo donde ella decía su nombre.

Repetido así, aislado, ese “Félix” sonaba casi extranjero en su boca.

—Nunca me llamas así cuando estás… —empezó a decir, y se corrigió—. Cuando quieres contarme algo importante.

Quiso imaginar el escenario contrario, el más benigno. Nora, sola en una pensión barata, asustada por la idea de un embarazo, deseando salir corriendo y necesitar tiempo de verdad. Se obligó a planteárselo. “Digamos que es eso. Que ha decidido desaparecer unos días. Que tiene derecho.”

La imagen no aguantó ni un segundo. Nora, no huía de un caso a medias, dejando a Luna atrás. Nora, no pediría que no la buscara. Nora, jamás hablaría de “centrarse en ella misma” con ese tono neutro. No encajaba. No era ella. Y él, si algo sabía hacer, era reconocer patrones.

Lobo se puso en pie tan deprisa que la silla se desplazó hacia atrás, chirriando contra el suelo. Luna dio un salto y se apartó medio metro, con los ojos clavados en él .

En los cursos del GAR lo repetían como un padrenuestro.

En una desaparición de alto riesgo, el reloj no empieza a contar cuando rellenas el formulario, sino cuando la persona deja de estar localizable.

Cada minuto que pasa, la probabilidad de encontrarla con vida baja.

No era una frase rimbombante de manual; eran estadísticas, frías como el acero.

Podía volver a la policía, claro. Pero el dato del Predictor no jugaba a su favor.

Cogió el bastón. El metal del águila estaba helado.

Apretó tanto la empuñadura que notó cómo le crujían los nudillos.

Caminó hasta la ventana, corrió la cortina con un tirón brusco.

La calle del casco viejo seguía ahí fuera, empedrada, estrecha, aparentemente inocente.

Un turista despistado, una pareja que discutía sin ganas.

Podía llamar a alguno de los de antes. Viejos compañeros del GAR en la reserva, tipos que coleccionaban armas. Tenía números. Sabía quién no haría demasiadas preguntas. Se le cruzó otro nombre antes.

No era un nombre, en realidad, sino un rango.

El coronel.

El coronel Lobo.

Su padre.