El pacto de los lobos (Lobo y Delgado 4) 45
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Isabel Medina volvió a la mesa. El portátil seguía con el informe de seguridad abierto.

No era el tipo de lectura que una recién nombrada presidenta soñaba para el primer día de mandato, pero en su mundo las celebraciones duraban lo que tardaba en llegar el siguiente problema.

En la pantalla, la frase que no conseguía apartar de la cabeza.

“Acceso no autorizado a partición privada. Credenciales válidas. Origen: remoto .”

Cogió el antiguo móvil Nokia, buscó el contacto sin nombre, solo una inicial y un prefijo extranjero, y llamó. Se lo habían metido en el terminal en una visita a Zúrich, junto a una frase breve. “Si un día duda del señor Volkov, nos llama a este número. Cuatro ojos ven mejor que dos” .

Tardó tres tonos en escuchar la voz al otro lado.

—¿Sí?

—Soy Isabel Medina —dijo ella—. No sé si recuerda…

—Claro que recordar, señora Medina. Nueva presidenta ejecutiva de Terra Nova —interrumpió él sin titubeo—. Familia leer prensa.

Isabel se acomodó en la butaca, clavó los ojos en el logo retroiluminado de la pared, como si hablara frente a un escudo.

—Entonces ahorro los preámbulos —contestó—. Si llamo a este número en mi primer día de mandato, ya se imagina que no es para brindar. Le dije que llamaría si alguna vez pensaba que Volkov podía ser un riesgo para ustedes, no solo un activo —matizó Isabel—. Pues bien, hoy lo pienso.

El ruso tardó un par de segundos en responder .

— Explicar despacio, por favor.

—Ha habido un acceso a datos no autorizado en la empresa.

Él resopló muy leve

— Equipo suyo identificar origen de acceso —preguntó—. ¿Saber desde dónde… quién?

—Creo que la filtración puede venir de dos frentes —enumeró—. O de alguna de las empresas del consejo, uno de esos socios que han aprendido demasiado rápido dónde están los archivos interesantes. O del propio entorno del señor Volkov.

La palabra “propio” llevó un pequeño veneno dentro.

—¿Por qué sugiere eso?

—Porque, justo después de ese intento de acceso, alguien ha tomado una decisión que yo nunca habría autorizado —contestó—. Han secuestrado a una investigadora privada. Ex guardia civil. Se llama Nora Delgado.

—Una guardia civil —repitió él, despacio.

—Ruido que no controlo —asintió Isabel—.

Yo pedí que se vigilara a esos dos investigadores, a ver que habían descubierto.

Nada más. Que lo hiciera Volkov, porque es para lo que está aquí.

Pero no pedí que sacaran a una ex agente del Estado de su casa a la fuerza.

Y cuando un hombre empieza a hacer cosas que no le has pedido, suele ser porque tiene miedo de algo que tú aún no has visto.

El ruso dejó escapar una carcajada corta, sin alegría.

—«Miedo» no es palabra que se junta fácil con señor Volkov —dijo—. Pero entender su punto. Diga claramente qué quiere. ¿Qué espera de familia, señora Medina?

Isabel respiró hondo, una sola vez.

—Quiero que sepan que yo no he perdido el control —dijo—.

Que el problema no nace en mi despacho. Yo sigo entregando lo que prometí.

Pero veo movimientos que no responden a mis órdenes y que pueden comprometer mi posición y la suya.

Si mañana aparece el cuerpo de una exguardia civil que investigaba la muerte de Ignacio Ortigosa, las cosas se pueden poner muy feas. No conviene a nuestros intereses.

—Me dice que Volkov se ha vuelto peligro.

La frase quedó suspendida un segundo. Isabel notó cómo se le encogía el estómago.

—Le estoy diciendo —repuso despacio, cuidando cada sílaba— que cuando un hombre en esa posición mezcla nervios y trabajo, deja de ser solo un colaborador eficaz. Empieza a ser un factor de riesgo. Comete errores. Para mí. Y para ustedes.

Al otro lado no llegó respuesta inmediata. Se oyó un ligero golpeteo, como si el ruso marcara con la uña el borde de una mesa mientras pensaba.

— En nuestra organización —dijo al fin— no gusta que se pone en duda a hombre sin pruebas sólidas. Eso, en mi país, no basta para empezar caza.

—No he dicho que empiecen ninguna caza —respondió Isabel, más rápido de lo que habría querido—.

He marcado este número porque ustedes me pidieron cuatro ojos.

Los míos ven dos hechos objetivos, por un lado, una posible filtración de información y por el otro el secuestro de una exguardia civil que investigaba la muerte de Ignacio Ortigosa.

Mi obligación es advertirles. Después, harán lo que crean conveniente.

El hombre rio muy bajo.

—Es buena, señora Medina. Consigue decir que nuestro hombre es problema y, mismo tiempo, parecer como perro fiel.

No todos socios españoles entender tan bien cómo funciona familia.

Apreciamos aviso —concedió la voz al otro lado antes de finalizar la conversación—.

Esta llamada no ha existido, señora Medina.

Usted sigue con señor Volkov como hasta ahora.

Observa. Si ve otro movimiento que no entiende, marca este número .

La línea se cortó sin un adiós. Isabel se quedó con el teléfono pegado a la oreja unos segundos más. Cuando por fin bajó la mano, notó la piel húmeda de la mano. Se dio cuenta de que había apretado tanto los dedos que le dolían las articulaciones.