El pacto de los lobos (Lobo y Delgado 4) 44
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Volkov guardó el teléfono en el bolsillo interior de la americana, se alisó la solapa con una mano y la miró con atención.

—Bien —dijo—. Tu chico ya está entretenido con sus demonios. Ahora tú y yo vamos a ocuparnos de los míos.

Se sentó frente a ella, en la silla plegable. Las rodillas le quedaban a la altura de las suyas. De cerca, Nora vio las canas en las sienes, los ojos grises sin una pizca de cansancio.

—Vamos a empezar por el principio —añadió—. ¿Qué haces tú, una ex guardia civil, en mis asuntos?

—¿Qué quieres saber?

Sergei Volkov se inclinó, cogió con una mano la barbilla de Nora y le levantó la cabeza hasta que sus miradas se encontraron.

—Todo. Me vas a contar todo.

—Nos contrató el hijo —respondió—. Juan. Algo no le cuadraba con respecto a la muerte de su padre. Fuimos al lugar del accidente y nada extraño, perfectamente compatible con la tasa de alcohol en sangre. No encontramos nada que lo contradijera.

—Sigue —ordenó—. Terra Nova. Isabel Medina.

—Habíamos empezado a tirar del hilo de los accionistas —prosiguió—. Pero no es fácil obtener la información a través del Registro Mercantil. Acabábamos de empezar y ese trabajo nos podría llevar semanas.

—Isabel —repitió Volkov.

—La nueva presidenta ejecutiva —dijo—. En lo personal, me pareció una mujer muy ambiciosa. De las que suben sin mirar mucho dónde pisan. Juan la detesta, pero no encontramos nada .

—Vamos a hacer esto sencillo —añadió—. Acepto que parte de lo que dices es cierto.

Llevabais poco tiempo, teníais más preguntas que respuestas, y muchas de vuestras sospechas son, de momento, solo eso.

Comprendo que quieras proteger a tu compañero y a cualquiera que haya tocado este caso. Te entiendo mejor que la mayoría.

La palabra “proteger” le arañó por dentro.

—Pero escucha con atención —prosiguió, bajando un tono—, porque no lo repetiré dos veces. No vas a salir viva de esta casa. Eso ya lo sabes. Lo que sí puedes elegir es cómo de larga y de dolorosa va a ser la parte que hay entre ahora y ese momento.

Se inclinó hacia ella. Nora notó su aliento.

—Si sigues contándome versiones recortadas —dijo—, si mañana, cuando vuelva, me repites que no hay nada raro en la muerte de Ignacio, que Isabel Medina es solo “ambiciosa” y que los accionistas de Terra Nova son difíciles de encontrar, entonces te demostraré lo que significa la palabra dolor en idiomas que no puedes imaginar.

Nora tragó y saliva y no contestó. Ese hombre tenía experiencia y sabía reconocer cuándo alguien se tiraba un farol.

—¿Por qué?

—¿Por que qué?

—¿Por qué todo esto?

Adivinó una sonrisa en su rostro.

—Porque de donde yo vengo —dijo al fin— los errores no se permiten. No durante mucho tiempo, al menos.

Se incorporó un poco, como si buscara las palabras con cuidado.

—Las personas —siguió, bajando la voz— tienen una fecha para morir.

Aunque no la vean. Es lo único democrático que existe, da igual tu dinero o condición social.

La diferencia es que algunos vivimos sabiendo que, si hace falta, podemos adelantar esa fecha unas horas, unos años, o cambiar el cómo.

Yo no “mato” por deporte. Yo administro tiempos.

Formas. Evito que un fallo pequeño se convierta en problema que arrase a la manada.

Se encogió de hombros con una naturalidad que helaba.

—Esto —añadió, y su mano barrió la sala, los cuchillos, a ella— es solo coherencia.

Tú has cruzado una línea. Has preguntado donde no debías, has entrado donde no era tu casa.

Eso, en mi mundo, se paga. No porque yo sea cruel.

Porque si no lo hiciera, alguien por encima de mí pensaría que el error soy yo.

Nora lo miraba, la garganta seca.

—Así que no te hagas esa pregunta en términos morales —remató—. No es “por qué todo esto”. Es “por qué tú, hoy”. Y la respuesta es sencilla, porque te has cruzado con mi trabajo.

Volvió a inclinarse hacia ella, tan cerca que sentía la humedad de su aliento.

—Lo único que te ofrezco —dijo— es decidir si, en ese cruce, vas a conocer una muerte rápida o una que te acompañe segundo a segundo hasta el final.

Eso es todo el poder que te queda. El resto, me corresponde a mí.

Y, créeme… —dejó escapar un hilo de aire que casi fue una risa— he aprendido a usarlo muy bien.

—Entiendo, disfrutas haciendo sufrir y matando gente.

Volkov se quedó con la mirada puesta en el ciervo que colgaba del gancho, detrás de Nora. Luego mostró una deslumbrante y encantadora sonrisa.

—No, la verdad es que no creo que sea eso. Si tuviera que hacer un análisis de mi condición, te diría que soy más bien una especie de César en su palco. Yo no he inventado la arena ni las fieras, Nora; solo levanto o bajo el pulgar.

Nora no supo que contestar y solo asintió con la cabeza .

—Naturalmente, mis actos no son siempre aceptados por la sociedad. La muerte tiene lugar cuando yo lo decido. No te imaginas el placer que proporciona controlar el futuro de un ser. Al final, siempre me resulta fascinante ver la sumisión.

—¿Sumisión? —preguntó Nora, asombrada.

—Exacto, sumisión. Creen que, si me complacen, si se adaptan a mis reglas, tendrán una opción de sobrevivir.

Dudo que tú lo entiendas. Mis acciones no pueden ser actos impulsivos.

Es ciencia pura, con miles de detalles a los que hay que prestar atención.

¿Qué debo hacer para acabar con mi presa sin que mi nombre se vea involucrado ni aparezca jamás en una investigación policial?

“Para” pensó Nora. Ese hombre hablaba de asesinatos en tono académico, como un catedrático con poder sobre la vida o la muerte, por encima del bien y del mal.

—Pero detective, ¿realmente te interesa esto?

Se inclinó y le acarició la mejilla. Su tacto fue delicado, casi tierno.

El zumbido de los fluorescentes se mezclaba con el tecleo irregular de sus compañeros.

La inspectora Patricia Andújar abrió la carpeta del expediente R-4581.

La pantalla se llenó de columnas y números que ya empezaba a reconocer de memoria.

No necesitaba entrar en los detalles de cada operación para notar cuándo algo se salía de la cadencia habitual, bastaba con ver la manera en que algunas cifras se repetían, el modo en que ciertas sociedades aparecían donde no deberían.

Tres transferencias casi idénticas, con una semana de diferencia, desde una cuenta ligada a Nova Patrimonium hacia una consultora pequeña, sin empleados, domiciliada en un piso de alquiler; un préstamo puente entre un banco regional y una filial recién creada, devuelto a los dos meses con un interés que nadie pagaría; una serie de facturas por “servicios de intermediación” que encajaban con demasiada precisión en la fecha de determinadas adjudicaciones públicas.

No necesitaba más detalles. Llevaba suficientes horas a la espalda como para reconocer el olor a corrupción. Abrió el documento del informe preliminar, el que llevaría firma y registro. Tecleó despacio, sopesando cada palabra.

“Se observan determinadas operaciones que aconsejan un análisis más pormenorizado de la relación entre el Grupo Terra Nova y varias sociedades vinculadas. En esta fase, no puede descartarse la existencia de irregularidades administrativas y posibles conflictos de interés en el ámbito de la contratación pública”.

Se quedó un momento mirando la frase. “Irregularidades administrativas”.

“Posibles conflictos de interés”. Recordó la voz de Montalbán, grave, sin una grieta, cuando le pidió que le avisara a él el primero si había avances, saltándose escalones y conductos oficiales.

Guardó el documento. El sistema lanzó el aviso de copia automática en el servidor interno. Todo correcto, todo reglamentario.

Entonces abrió un archivo nuevo. Documento en blanco. El cursor papardeaba.

Escribió, sin encabezado, una lista seca que incluía fechas, cantidades, nombres de sociedades, número de expediente de obra, banco de origen, banco de destino.

No perdió tiempo en redactar; trazó flechas, anotó al margen “coincide con adjudicación X”, “misma IP en banca electrónica”, “apoderado común con…”.

El esquema de lo que no iba a aparecer en ningún informe oficial, al menos no de momento.

Una sombra cruzó por el rabillo del ojo; era solo el analista de su derecha que se levantaba a por agua. Patricia minimizó el documento por instinto, hasta dejarlo reducido a un rectángulo discreto en la barra inferior. El corazón tardó unos segundos en recuperar su ritmo normal.

Volvió a abrirlo. Cambió el nombre del archivo.

Borró el “R-4581_notas” que había escrito sin pensar y tecleó otro título, “Clases_mates_Pablo”.

Insertó un pendrive en el puerto USB. El pequeño icono apareció en la esquina de la pantalla.

Arrastró el archivo hasta la unidad externa. El progreso avanzó en una línea azul.

Mientras esperaba a que terminara, se dio cuenta de que tenía la mandíbula apretada. Sacó el pendrive y lo dejó un segundo entre los dedos. Luego lo guardó en el bolsillo del pantalón y permaneció un rato con los ojos cerrados, mientras intentaba controlar su respiración.