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La puerta cedió con un quejido corto. Nora contuvo el aliento sin darse cuenta.
Entraron primero dos hombres. Aunque la cabeza aún le martilleaba, los reconoció sin esfuerzo.
El del tatuaje en la muñeca, el mismo que le había susurrado en ruso al oído mientras el mundo se apagaba, y el otro, más bajo y ancho, con la nuca gruesa y el pelo rapado al cero. No había prisa en sus movimientos.
El del tatuaje se acercó sin mirarla a la cara. Metió dos dedos enguantados entre la brida y su piel, comprobando la tensión. Tiró un poco, solo para demostrar que aquello no iba a ceder con facilidad. El plástico se clavó en la carne. Nora apretó los dientes y no emitió queja alguna.
El más bajo echó un vistazo al animal colgado, luego a ella. El otro se quedó cerca de la puerta, de lado, como un portero de discoteca aburrido. Los pasos siguientes sonaron diferentes.
Era un hombre más bien bajo, uno sesenta y cinco quizá.
El pelo, oscuro y abundante, peinado hacia atrás con un cuidado casi antiguo, dejaba ver vetas de canas en las sienes.
Los ojos, grises, parecían dos trozos de metal pulido, muy fríos, atentos, y parpadeaban muy poco.
Llevaba un traje oscuro impecable. Durante un segundo absurdo, a Nora se le pasó por la cabeza que, con ese cuerpo y ese traje, parecía un crío vestido de primera comunión.
«No parece ruso», pensó. Y al mismo tiempo supo, sin sombra de duda, que ése era el que mandaba. El hombre se acercó primero al ciervo. Se detuvo bajo el cuerpo colgado y lo empujó apenas con dos dedos. Luego dejó que la vista resbalara hasta Nora. La evaluó sin recrearse .
—La naturaleza es sincera —comentó, con un español impecable—, no es sentimental.
Nora tragó saliva. Notó el sabor metálico del miedo al fondo de la garganta.
—Si va a soltarme un cuento ruso, prefiero que vayamos al final directamente.
—Ya conoces el final —dijo—. Has seguido rastros que no eran para ti. Cuando haces eso en mi mundo, hay consecuencias. Andrei Volkov —se presentó.
—Nora Delgado. Supongo que ya lo sabe —respondió ella.
—Sé todo lo que necesito saber —dijo él—. Incluida tu cita en la farmacia.
Volkov chasqueó los dedos. El del tatuaje rebuscó en el bolsillo de la bata colgada en un perchero y dejó sobre la mesa de acero la bolsita blanca de farmacia, arrugada. De su interior asomó la esquina de la caja rectangular.
—Enhorabuena —dijo Volkov, sin calidez ni burla—. O más bien, lo siento. No estoy seguro de cuál es la reacción correcta en tu cultura.
Nora notó cómo el mundo se estrechaba. El zumbido de los fluorescentes se le metió en los huesos.
—No tiene nada que ver con usted —escupió.
—Tiene que ver con él —respondió Volkov, sin variar el tono—. Con el hombre del bastón. Si Lobo piensa que te ha pasado algo —continuó—, no parará. Mis socios no aprecian los problemas.
Se inclinó un poco hacia ella. El traje se le tensó un punto sobre la barriga. Los ojos, grises, se quedaron fijados en los suyos.
—Así que vamos a tranquilizarlo.
Metió la mano en el bolsillo interior de la americana y sacó su móvil. Lo sostuvo un segundo en el aire, casi con delicadeza, antes de dejarlo caer con un golpe seco sobre su muslo .
—Quiero que le escribas. Que le digas que estás embarazada. Que necesitas tiempo. Que no te busque. Que te deje en paz. Que vas a estar bien. Que quieres estar sola.
Ella dejó escapar una risa breve, rota.
—Ni de coña se traga eso. Me conoce.
—Todo hombre sabe lo suficiente como para creer que te irías sin explicar demasiado, para evitar que él se sienta culpable, en esta nueva situación de tener un hijo en común.
Nora apretó la mandíbula.
—Lobo no estará aquí —prosiguió—, si haces bien tu trabajo. Y si por alguna razón no lo haces, si le das motivos para sospechar, lo traerás directo al matadero. A él. A la perra. A cualquiera que lo acompañe. Esa es tu baza. Puedes salvarlo o puedes condenarlo. Decide.
El del tatuaje salió un momento y regresó con una silla plegable.
La colocó frente a ella, a dos metros, y se apartó.
Se sentó con calma, el traje oscuro acomodado con un leve tirón de la pernera, los zapatos negros alineados con la rejilla del suelo.
El miedo de Nora ya no era solo un nudo.
Empezaba a ordenar sus piezas. Si hacía lo que él quería, podía ganar tiempo.
—Quiero escribirlo yo —dijo al fin—. Si me lo dicta, sonará a plantilla.
Volkov la observó unos segundos, los ojos grises muy quietos, sin parpadear.
—No —replicó al final—. Será un mensaje de voz.
Hizo un gesto con los dedos. El del tatuaje dio un paso adelante, tomó el móvil de la mano de Nora con delicadeza sorprendente y lo desbloqueó con su huella.
—Él sostendrá el teléfono. Si te sales del guion, borramos y empezamos de nuevo. Si intentas ser lista, esto acabará antes de lo previsto .
«Piensa rápido, Nora», se dijo. «Y piensa como él.»
—¿Y si me bloqueo? —preguntó, más por ganar segundos que por otra cosa—. No es precisamente la mejor situación para hablar de… esto.
Volkov se inclinó un poco hacia delante. La bata impermeable crujió apenas.
—Tendrás la motivación adecuada —dijo, con una sonrisa diminuta—.
Cuando yo te lo indique, empezarás —ordenó Volkov—.
Dirás su nombre. Luego, que estás bien. Que estás embarazada.
Que necesitas tiempo. Que no quieres que te busque.
Que necesitas centrarte en ti. No en él, ni en el caso, ni en nadie.
En ti. Y al final —añadió—, le pedirás que no llame.
Que respetar tu silencio es la mejor forma de ayudarte.
Nora lo miró fijamente.
—Eso no se lo cree ni usted —murmuró.
—No necesito que lo crea para siempre. ¿Lista? —preguntó Volkov.
Ella asintió, apenas. El ruso levantó la barbilla hacia el del tatuaje.
—Ahora.
El pulgar del hombre se apoyó en el icono. Nora vio cómo el círculo se volvía rojo.
Se obligó a respirar una vez, hondo, aunque el aire apestara a carne.
—Félix… —empezó.
La voz le salió rota, más aguda de lo normal. Cerró los ojos un momento, como si pudiera imaginárselo al otro lado, bastón apoyado en la pierna, Luna con las orejas en punta.
—Estoy bien —continuó, tragando saliva—. No te asustes, por favor. Estoy… —buscó la palabra— estoy superada, la verdad, pero no me ha pasado nada malo. No es… no es el caso .
Dejó que el aire se llenara de su respiración, acelerada. Sabía que él escucharía ese temblor como una sirena.
—Fui a la farmacia —siguió—. Compré el predictor. Creo que, bueno, no “creo”. Es bastante claro lo que marca. Estoy embarazada.
La palabra se quedó colgando en el aire como una pieza más en aquella sala de despiece. Volkov no se movió. Los ojos grises seguían clavados en ella.
—Sé lo que estás pensando —añadió, más deprisa—.
Que tenemos que hablarlo, que tenemos que verlo juntos, que nada de esto entra en tus planes.
Lo sé. Y precisamente por eso, no puedo ahora.
No puedo continuar con el caso. No puedo con nada.
Necesito… —hizo una pausa— unos días para poner la cabeza en su sitio.
Para centrarme en mí misma. No me llames, de verdad.
No vengas a buscarme. Esta vez no es cosa tuya, ¿vale?
No eres tú. Soy yo. Y si de verdad… —se le quebró un poco la voz— si de verdad me quieres, respeta esto.
Respeta mi silencio. Tengo derecho a desaparecer unos días.
Estoy bien. Te lo prometo. Cuida de Luna.
El ruso retiró el móvil con un gesto seco. Nora sintió que el corazón le golpeaba en el pecho tan fuerte que estaba segura de que todos podían oírlo. Durante unos segundos, nadie habló. Solo el zumbido de los fluorescentes llenaba el espacio.
Volkov extendió la mano. El del tatuaje le entregó el teléfono. El ruso pulsó el botón de reproducción. La voz de Nora llenó de nuevo la sala, ligeramente distorsionada por el pequeño altavoz. Escuchó el mensaje entero sin cambiar de expresión.
—Demasiado largo —sentenció—. Pero creíble. Y no has hecho ninguna tontería evidente.
Alzó el móvil, buscó el contacto de Lobo con la naturalidad de quien revisa la agenda de un empleado y, sin apartar los ojos de ella, pulsó el icono de enviar. El teléfono emitió el sonido breve del mensaje saliendo .
—Ya está —dijo—. Lobo tiene lo que necesita.
Hizo una pausa. La miró, como quien evalúa la calidad de una pieza ya procesada.
—Ahora, hablemos de ti.
Y la sala de despiece pareció estrecharse un poco más alrededor de Nora.