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Félix Lobo salió de la farmacia con la sensación de que no andaba, levitaba sobre el suelo. Cerró la puerta de cristal a su espalda y se quedó un segundo bajo el soportal, quieto, con la vista perdida en la cruz verde que parpadeaba sobre su cabeza.
«Un Predictor.»
La palabra tenía algo de ridículo, casi infantil, pero acababa de clavársele en el centro del pecho.
Le echó de nuevo un vistazo a la pantalla del móvil.
El aparato seguía mudo. Ni una llamada, ni un mensaje de Nora.
Miró la hora. Sumó mentalmente. Calculó recorridos, tiempos medios de desplazamiento, márgenes de error.
Ahora había descubierto una variable nueva que lo descolocaba todo.
«Estás mezclando cosas», se dijo. «Primero, encontrarla. Luego, hacerte preguntas.»
Pero las preguntas no esperaron. ¿Embarazada?
Recordó el agua con gas en el bar, la rodajita de limón haciendo equilibrio en el vaso.
Recordó la manzanilla en la cocina del apartamento, la mueca que Nora había puesto al hablar del olor del café.
Recordó el mareo en el baño y cómo había dicho luego, con media sonrisa, que se encontraba «regulera».
¿Nora, embarazada?
Notó cómo algo se le encogía por dentro.
No era solo miedo. Tampoco alegría. Era una mezcla extraña, casi física, como cuando el estómago avisa de que viene un golpe antes de que llegue.
Se obligó a ordenar ideas como si estuviera frente a una pizarra.
Uno: no sabe si está embarazada. Ha comprado un test. Punto.
Dos: llevaba días rara. Cambio de café a agua con gas.
Cansancio. Mareos. Podría ser cualquier cosa.
Podría no ser nada. Podría. Tres: si lo está …
Cerró los ojos un segundo, apretó los dientes. No era hombre dado a las florituras, pero tampoco a engañarse. Compartían una vida que, sin decirlo, se parecía sospechosamente a una pareja.
«¿Qué clase de padre serías tú?»
La voz no era suya. Era más grave, más áspera, salpicada de alcohol. La del coronel, las de las flexiones, cuando lo agarraba del cuello y lo obligaba a abrir los ojos. «Mira qué cuerpo de niña», repetía, con desprecio, mientras le caían las gotas de saliva en la cara.
Félix apretó con fuerza la empuñadura del bastón.
El metal se le clavó en la palma. Siguió caminando.
Una cosa tenía clara. No quería parecerse a él.
Para eso se había roto el cuerpo en el GAR, para eso se había encerrado durante años solo con las flexiones, las duchas frías y las toallas perfectamente alineadas.
Para no repetir el patrón. Para ser otra cosa.
Imaginó, contra su voluntad, como una mano de miniatura se enrollaba a un dedo suyo.
La niña, siempre imaginaba una niña, llamándole «papá» en algún momento.
La imagen le resultó tan íntima, tan indecente, que casi le provocó vergüenza.
Una satisfacción difícil de descifrar le invadió todo su cuerpo.
«No tienes tiempo para estas tonterías», se reprochó. Nora ha desaparecido. Eso es lo prioritario. Eso es lo único.
Al llegar al apartamento no vio la furgoneta de la empresa municipal de aguas en medio de la calle.
Notó ese cosquilleo frío en la nuca, el mismo que había aprendido a respetar en otros tiempos.
El instinto que separaba una coincidencia de una pista.
Subió al piso casi a la carrera, con la pierna mala que protestaba en cada peldaño.
Sacó el móvil y se apoyó en el alféizar de la ventana, desde donde alcanzaba a ver el tramo de calle donde, horas antes, la furgoneta blanca había bloqueado el paso.
Buscó en internet el número de la empresa municipal de aguas.
Apareció en la primera entrada, un teléfono de averías disponible las veinticuatro horas. Marcó.
—Aguas municipales, buenas tardes —contestó una voz femenina, cansada pero amable—. ¿En qué puedo ayudarle?
—Buenas tardes. Mire, llamo desde el casco antiguo —dijo, y dio el nombre de la calle y el número—. Esta mañana he visto una de sus furgonetas trabajando aquí. Quería saber si siguen por la zona.
Se oyó el repiqueteo de un teclado al otro lado.
—Un momento, por favor… —la voz se alejó un poco del auricular—. Le localizo la incidencia.
Los segundos se hicieron eternos.
—¿Me repite la calle? —pidió finalmente ella.
Él lo hizo.
—Ajá… —musitó—. Pues no me aparece nada. En esa zona la última avería registrada fue hace dos meses, en una calle paralela. Hoy no hay ningún parte abierto.
—¿Está segura? ¿Y en fecha reciente, ayer o anteayer?
Se escucho de nuevo teclear.
—Señor, si los avisos no están en el sistema, yo no puedo inventarlos —respondió, ya con un tono más administrativo—. Todas nuestras intervenciones se registran, incluso las urgentes. ¿No podría tratarse de una empresa privada? A veces …
Colgó sin despedirse. Bajó de nuevo a la calle.
Decidió seguir el trayecto como lo habría hecho un coche que quisiera salir rápido del laberinto del casco.
Se detuvo en un par de comercios que no habían visto pasar ninguna furgoneta de la empresa de agua.
Fue en la esquina, casi al llegar a la plaza, donde encontró al primero que algo le sonó.
Una tienda de recuerdos repleta de imanes de Toledo, espadas de acero y camisetas souvenir de la ciudad.
En la puerta, un hombre bajo, de barba canosa y jersey de lana, fumaba apoyado en el marco.
—Buenas tardes —dijo Lobo—. Una pregunta rápida.
El hombre soltó el humo hacia el lado contrario.
—Si es por comprar, pase. Si es por vender, ya tengo compañía —replicó, señalando al cenicero lleno.
—Ni lo uno ni lo otro —dijo Félix—. Investigo un asunto. ¿Ha visto pasar esta mañana una furgoneta de la empresa de agua?
El tendero frunció el ceño, ladeando la cabeza como si rebobinara el día.
—Pues… sí —admitió al cabo de unos segundos—. Sí, señor. La vi. Y casi me manda al hospital el cabrón.
Lobo afinó la mirada.
—¿Qué pasó?
—Que salí a sacar el cartel de reclamo, como todos los días, y la furgoneta llegó de golpe —explicó—.
Sin mirar, sin avisar, sin un pito ni nada.
Tuve que pegar un salto para atrás, porque si no me lleva por delante.
Le di un puñetazo al lateral del susto que me llevé.
El tío ni bajó la ventanilla para disculparse.
—¿Recuerda la hora? —apretó Félix.
El hombre se encogió de hombros.
—Recuerdo al que iba de copiloto, que asomó medio cuerpo por la ventana para ver si venía algo en la curva. Uno de esos jóvenes con cara de suficiencia, rapado, mostrando musculitos. De estos que no saludan ni aunque los mates. Ni un “perdone”. Nada.
Félix asintió despacio.
—Gracias —dijo.