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La habitación había cambiado de temperatura.
El hielo del vaso se había rendido hacía rato y el olor de perfume se mezclaba con algo más denso, sudor de cuerpos desnudos.
Junto a la mesa de centro, unas medias transparentes se enroscaban como una serpiente muerta.
El vestido de satén de Alma reposaba sobre el respaldo de una silla; el de Katya, estaba plegado con cuidado sobre el brazo del sillón.
Monasterio respiraba más despacio. Llevaba únicamente unos calzoncillos blancos tipo bóxer que dejaba a la vista un vello rizado y húmedo.
Se había recostado en la butaca, los ojos entornados, todavía con el regusto del último gemido en los oídos.
La cabeza le zumbaba con el eco del discurso sobre el proyecto, de los focos, de las cámaras, de los aplausos en IFEMA.
«Tres mil millones… soberanía económica… el futuro empieza hoy».
Sonrió para sí y ladeó la boca. Aquello, se dijo, sí era poder. Llenar un auditorio por la tarde y compartir a dos preciosidades en una suite por la noche. El país giraba a su alrededor.
Katya apareció desde el baño, recogiendo su pelo rubio en una coleta alta.
Alma, envuelta en una toalla, revolvía en el neceser buscando un pintalabios.
Hablaban en voz baja y no podía distinguir lo que decían.
Risas sofocadas, rápidas, como chispas. Unos golpes de nudillos secos en la puerta provocaron que callaran.
Monasterio las miró con extrañeza.
—¿Habéis invitado a otra amiga a la fiesta?
Alma se encogió de hombros, sin perder del todo la sonrisa, pero Katya se había quedado inmóvil, la mano a medio camino del cepillo. Sus ojos claros estaban clavados en la puerta, atentos. La llamada se repitió. Mismo patrón. Tres nudillos, secos.
El bóxer se le clavó en la cintura cuando se puso en pie. Caminó hasta la puerta descalzo, notando la moqueta tibia bajo las plantas sudadas de los pies, y giró el picaporte sin mirar por la mirilla.
El hombre al otro lado del umbral llevaba un abrigo oscuro y un traje gris sin una sola arruga.
El pelo muy corto, salpicado de canas, la piel pálida, afeitada al milímetro.
Sus ojos, de un azul claro, recorrieron la habitación en un segundo y, sobre todo, al ministro, con el torso desnudo, barriga blanda y piernas gruesas apretadas por la goma del bóxer.
—Señor ministro —dijo, con un español correcto, apenas un acento eslavo rozando las erres—. Buenas noches.
No preguntó si podía pasar. Entró.
—¿Y usted quién coño es? —soltó con irritación,
El hombre cerró la puerta con cuidado. Luego se volvió hacia Katya y Alma. Les dedicó una frase breve en ruso, seca, con la entonación de una orden. Las dos se vistieron con rapidez. Ni una sonrisa, ni un gesto de despedida.
—¿Pero qué…? —empezó Monasterio, extendiendo una mano hacia Alma.
Ella ya había apartado la vista. El hombre del abrigo se hizo a un lado para dejarles paso.
Abrió la puerta y sostuvo el pomo mientras ellas salían al pasillo, apresuradas.
Solo cuando la hoja volvió a cerrarse, el ruido del pestillo devolvió a la habitación una quietud distinta.
Más pesada. El desconocido se quitó el abrigo con un gesto medido.
Lo dejó sobre el respaldo del sofá. Sin pedir permiso, se acercó a la mesa de centro, tomó la botella de whisky por el cuello y se sirvió un dedo en el vaso del ministro .
—Mis disculpas por la interrupción —dijo, al fin—. El señor Volkov insiste mucho en la discreción.
—No sé de qué me está hablando —replicó con dureza—. Si tiene algún mensaje, lo puede hacer por los cauces habituales. No es normal que me manden matones a la habitación, y menos en mitad de una celebración,
—No soy un matón —dijo, sin perder la calma—. Mi nombre es Oleg. Trabajo para el señor Volkov, sí. Pero también para usted, en cierto modo. Digamos que me encargo de que nuestros intereses comunes se mantengan alineados.
—Mire, Oleg o como se llame —dijo, intentando recuperar el tono de ministro al que nadie le tose—.
Llevo todo el día trabajando. He dado un discurso que ha abierto todos los telediarios.
Si lo que quiere es felicitarme, se lo agradezco.
Si viene a otra cosa, va a tener que hablar claro. No suelo aceptar visitas sin cita.
Oleg lo escuchó sin pestañear. Dejó el vaso en la mesa, muy despacio.
A continuación, metió la mano en el bolsillo interior de la americana y sacó un teléfono móvil negro.
Lo desbloqueó con el pulgar, deslizó un par de veces la pantalla y, sin decir nada, colocó el aparato en el centro de la mesa, girándolo para que la pantalla mirara hacia el ministro.
Durante un segundo, solo se vio un fotograma congelado. Pulsó reproducir.
El sonido estaba silenciado, pero no hacía falta.
El movimiento de los cuerpos, las manos, la forma en que él agarraba una cadera y luego otra, la lengua de Alma sobre su cuello, el vaivén del pecho de Katya.
Monasterio sintió que la garganta se le secaba.
De pronto fue dolorosamente consciente de su propio cuerpo.
Las gotas de sudor la piel, la grasa blanda del vientre, los pelos oscuros pegados al pecho.
En la pantalla, aquel mismo cuerpo parecía aún más grotesco.
—¿Qué es esta mierda? —bufó, intentando sonar indignado—. ¿Me están grabando ?
—No se equivoque, ministro —continuó—. Esto no es una amenaza. Es una garantía. El señor Volkov es hombre prudente. Confía en sus socios, pero prefiere tener recordatorios visuales de lo mucho que todos tienen que perder.
—Yo no soy socio de nadie —escupió—. Soy el ministro de un Gobierno elegido de forma democrática. He puesto a este proyecto en el mapa. Sin mí, ustedes seguirían paseando maquetas por despachos de cuarta. No va a venir un ruso de tercera división a decirme cómo tengo que…
Oleg levantó una mano.
—Nadie discute su talento para los discursos —dijo—.
Pero hay un pequeño problema. La luz atrae a la gente.
También a las moscas. Y ahora mismo —bajó la voz— hay demasiadas moscas que revolotean alrededor de Terra Nova.
El señor Volkov piensa que la función ha terminado.
A partir de ahora, lo que hace falta no son focos. Son firmas.
Se recostó un poco en el sofá, tomó de nuevo el vaso, pero no bebió.
—La Junta de Castilla-La Mancha —enumeró, casi como quien lee una lista de la compra— debe declarar Ciudad Horizonte actuación prioritaria antes de que termine el trimestre.
El consorcio urbanístico tiene que constituirse sin ruido.
Sus abogados ya tienen el borrador. Las licencias ambientales, si es posible, adelantadas por vía de urgencia.
Y el SEPES, trabajando como si el suelo ya estuviera recalificado.
Sus ojos no se apartaron de los del ministro.
—Eso, ministro, es su trabajo. No el prime time. No las frases redondas para los columnistas. Menos platós. Más boletines oficiales.
Monasterio abrió la boca para protestar, pero Oleg siguió, sin darle opción .
—Mientras tanto, usted va a bajar su perfil —continuó—.
Nada de nuevas ruedas de prensa a lo grande.
Nada de entrevistas a doble página hablando del milagro manchego.
Si le preguntan, diga que está todo en estudio, que se trabaja con prudencia.
Que las cosas llevan su tiempo. Usted sabrá encontrar las palabras. Para eso le pagan.
—Y si me niego —preguntó, despacio—. Si creo que, políticamente, me conviene seguir al frente del proyecto, ocupando espacio. Si decido que no me van a arrinconar en un despacho porque a unos señores en Siberia les incomoda que salga en la tele.
Oleg ladeó la cabeza, como si realmente se planteara el escenario.
—Entonces —dijo—, el señor Volkov tendrá que concluir que ha elegido mal a su aliado político en España.
Y hará lo que hacen los hombres prácticos cuando se equivocan de socio, corregir el error.
A partir de ahora, cuando el señor Volkov necesite algo de usted, se lo haré saber.
Si usted necesita algo de nosotros, también.
Pero le aconsejo que no desperdicie llamadas. El crédito es limitado.
Oleg se levantó con calma, se puso el abrigo y, antes de salir, detuvo un instante la mirada en el vídeo congelado en la pantalla.
—Descanse, ministro —dijo—. Mañana será un día largo.
Cuando la puerta se cerró, Monasterio se quedó solo en medio de la suite, en calzoncillos, con la barriga sudorosa vencida sobre la goma del bóxer y la pegajosa certeza de que le tenían bien agarrado por los huevos.