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Una hora más tarde y tras haber pasado primero por el apartamento, Félix Lobo salió del casco antiguo con el corazón en un puño y siguiendo la pendiente hasta la avenida amplia donde se levantaba la comisaría de la Policía Nacional.
El móvil, pesado en el bolsillo, era un recordatorio constante de las llamadas sin respuesta.
Se detuvo un instante en la acera. El edificio de la comisaría se alzaba frente a él como una construcción funcional, de líneas rectas, fachada de hormigón claro y cristal, banderas al viento y el escudo del cuerpo presidiendo la entrada.
Luna caminaba pegada a su pierna, inquieta, oliendo el aire con ese nervio que Félix conocía bien.
—Aquí no puedes entrar —murmuró, agachándose con más torpeza de la que le habría gustado.
Le pasó la mano por el cuello y la ató a una barandilla junto a la puerta, en una zona donde otros habían dejado bicicletas y un patinete. La perra lanzó un pequeño gemido, tirando de la correa.
—Es un momento —mintió—. Vigila la puerta, ¿vale?
El vestíbulo era amplio, con suelo pulido y un par de bancos metálicos alineados junto a la pared.
Una pantalla mostraba números de espera sobre la leyenda “ATENCIÓN AL PÚBLICO”.
Félix cruzó el espacio casi sin ver nada.
Notaba el corazón acelerado, un pulso irregular que le golpeaba en las sienes.
Metió la mano en el bolsillo y sacó el móvil.
Pantalla en negro. Ni llamadas, ni mensajes.
Dos horas y pico, pensó.
Cogió número por inercia, pero al ver que solo había una mujer mayor sentada en los bancos y un tipo con gesto aburrido apoyado en la pared, no esperó.
Avanzó hasta el mostrador de denuncias, separado por una mampara transparente que devolvía reflejos de fluorescente.
Detrás, un agente de mediana edad tecleaba algo en el ordenador.
Camisa azul bien planchada, chaleco con el escudo abrochado, pelo cortado al uno.
El policía levantó la vista al notar su presencia.
—Buenas tardes —dijo, con un tono neutro—. ¿Tiene número?
Félix enseñó el papel arrugado entre dos dedos.
—Sí. Pero no puedo esperar.
Algo en su voz hizo que el agente lo mirara con un poco más de atención. Sus ojos se detuvieron un instante en el bastón, en la cicatriz de la mejilla, en el gesto tenso de la mandíbula.
—Dígame —cedió—. ¿Qué necesita?
Lobo tragó saliva. Notó la boca seca
—Quiero denunciar una desaparición —soltó, sin rodeos.
El agente buscó algo en la mesa y luego centró la atención en la pantalla del ordenador.
—De acuerdo. —Su voz se volvió más mecánica—. ¿Persona desaparecida o menor fugado?
—Persona desaparecida —repitió Félix—. Mi compañera.
El bolígrafo quedó suspendido en el aire.
—Bien. ¿Cuándo fue la última vez que tuvo noticias de ella?
Lobo clavó los ojos en la pantalla apagada del móvil, como si pudiera arrancarle una respuesta.
—Hace unas dos horas y media —dijo al fin.
El hombre parpadeó.
—Comprendo que esté preocupado, pero con ese margen de tiempo no podemos hablar todavía de desaparición como tal —explicó, con un deje de excusa aprendida—.
En la mayoría de los casos, un adulto puede ausentarse unas horas sin que suponga un peligro real.
Retrasos, batería agotada, problemas de cobertura, un cambio de planes …
—No es un retraso —lo cortó Félix, con más brusquedad de la que pretendía—. No es “batería agotada”. No ha vuelto. No responde. No es normal en ella, y menos en mitad de una investigación.
El policía respiró hondo, como quien se prepara para decir algo que sabe que no va a gustar.
—Le entiendo, de verdad. Pero el protocolo para desapariciones de adultos establece que debe pasar un tiempo prudencial sin noticias. Hablamos, normalmente, de veinticuatro horas. Activar recursos antes puede ser desproporcionado. Muchas de esas desapariciones se resuelven en unas pocas horas.
Una chispa de rabia subió desde el estómago de Félix hasta la garganta.
—Sé perfectamente lo que dice el protocolo —replicó—. He sido Guardia Civil veinte años. GAR. Sé cómo funcionan los papeles. Y también sé lo importante que son las primeras horas.
—Si conoce los procedimientos, sabrá que yo no los invento.
Estoy en una oficina de atención al ciudadano.
Tengo que atenerme a unas normas. No puedo iniciar un expediente formal de desaparición de adulto con tan pocas horas de margen.
Lo que sí puedo recomendarle es que intente localizarla por otros medios.
Por ejemplo, amigos, familiares, centros médicos…
Lobo apretó la empuñadura del bastón hasta notar el metal clavándose en la palma.
—He intentado todo lo que estaba en mi mano antes de venir aquí —dijo, despacio—. Le estoy diciendo que investigamos la muerte del empresario Ignacio Ortigosa.
El nombre de Ortigosa provocó una sombra de reconocimiento en el rostro del policía. Se inclinó un poco hacia delante y asintió con la cabeza, como dando luz verde para que le contara .
—Trabajo para la familia. Mi compañera, Nora Delgado, ha estado conmigo en cada paso de esta investigación y ha desaparecido de manera sospechosa.
El agente tensó los labios, incómodo. Miró un momento hacia el interior de la comisaría, donde se abrían los pasillos que llevaban a las unidades de investigación, y luego volvió al formulario.
—Escuche, señor… —alargó la mano hacia el hueco de la mampara para que Félix acercara algún documento—. Su identificación, por favor.
Lobo sacó la cartera con movimientos bruscos. Notaba el sudor en las yemas de los dedos, la piel pegada al cuero. Deslizó su DNI por debajo de la mampara. El policía lo miró, leyó el nombre y asintió apenas.
—Señor Lobo —moduló el tono, algo más respetuoso—.
Voy a dejar constancia de lo que me está diciendo.
Lo puedo registrar como una “ausencia injustificada” y derivarlo al grupo correspondiente para que quede constancia desde ahora.
Pero tengo que advertirle de que eso no significa que se vaya a abrir de inmediato un protocolo de búsqueda. Eso requiere más tiempo sin noticias.
—Regístrelo —dijo Félix—. Con eso me basta de momento.
Cuando salió de la comisaría, el aire de la calle le pareció más denso. Luna se incorporó en cuanto lo vio, moviendo el rabo con un amago de alegría que a él le dolió en algún sitio que no sabía nombrar. Le soltó la correa sin decir nada y la perra se pegó a su costado en cuanto empezó a andar.
Subió otra vez hacia la ciudad amurallada mientras la cuesta le mordía la pierna mala en cada tramo. El bastón marcaba el ritmo, seco contra el pavimento. No miraba el paisaje, ni la Puerta de Bisagra, ni los buses que entraban y salían camino del casco histórico.
En Zocodover, la plaza estaba en esa hora tonta en la que se mezclaban turistas despistados, parejas con bolsas de compras y adolescentes pegados al móvil.
El carrusel de voces, risas y anuncios le resultó casi ofensivo.
El mundo seguía girando mientras Nora Delgado se había evaporado de la faz de la tierra.
Entró en la farmacia dónde había visto por última vez a Nora.
Dentro olía a mezcla de colonia infantil, crema solar y detergente.
El local era luminoso, moderno, con estanterías blancas perfectamente ordenadas.
En una pantalla, detrás del mostrador, un anuncio sin sonido mostraba a una mujer demasiado feliz aplicándose una crema anti-edad.
Había varias personas delante. Una señora mayor con un carro de la compra; un chaval de sudadera que pedía algo para el acné; una madre con un carrito, rebuscando en el bolso mientras el bebé protestaba. A desgana, tuvo que esperar su turno.
—Dígame.
—Hará cosa de tres horas —empezó, eligiendo las palabras—, entró aquí una mujer. Cuarenta años. Morena, el pelo muy rizado, bastante volumen. Media altura. Fuerte. De complexión grande. Ojos oscuros.
La farmacéutica frunció el ceño, buscando en la memoria. Se giró un poco, como si mirar las estanterías le ayudara a rebobinar el día.
—Hoy ha pasado mucha gente —admitió—. Turistas, vecinos… No sabría decirle.
—Pero lo que más llama la atención es la forma de hablar. Es andaluza. Acento bastante marcado.
La expresión de la farmacéutica cambió como si alguien hubiera encendido una luz.
—Ah —dijo—. Ella .
Se inclinó un poco sobre el mostrador.
—Sí, ahora la recuerdo. Muy simpática. Sí, sí, estuvo aquí.
El corazón de Félix dio un vuelco breve y seco.
—¿Se acuerda de qué pidió? ¿Notó algo raro en ella?
La farmacéutica lo miró con una mezcla de sorpresa y curiosidad. Se le dibujó una sonrisa pequeña, casi cómplice.
—Lo que me pidió fue un Predictor.