39
Primero llegó el ruido. Un zumbido monótono, eléctrico, clavado en algún punto por encima de su cabeza.
Luego, el frío. Un frío raro, que venía del propio suelo, que parecía subirle por las piernas como agua helada.
Nora intentó tragar. La lengua era un trapo seco pegado al paladar.
Le dolía la cabeza con una punzada sorda, justo detrás de los ojos, como si alguien le hubiera golpeado con un martillo.
«Farmacia, casa, sofá», pensó. O creyó pensarlo. Las palabras llegaron desordenadas, como si alguien las hubiera dejado caer al suelo y se hubieran roto.
Consiguió abrir los ojos. El techo blanco la recibió con el reflejo de varios tubos fluorescentes alargados.
El zumbido venía de ellos. Parpadeó un par de veces.
La luz era fría, casi azul. Intentó mover un brazo.
No pudo. Le costó unos segundos entender que no era solo torpeza.
Tenía las muñecas sujetas por detrás del respaldo.
La piel le raspaba contra algo duro, plástico o metal.
El cuerpo le pesaba, hundido en una silla que no recordaba haber visto nunca.
Probó a mover las piernas; las rodillas respondieron, pero los tobillos no. También atados.
El pánico asomó como una ola pequeña, todavía lejos, pero visible.
Inhaló despacio. Giró la cabeza a un lado, muy despacio, para que el mareo no se disparara.
Las paredes devolvieron su propio movimiento, se trataba de paneles de acero inoxidable que reflejaban la luz de los fluorescentes en destellos largos, distorsionados.
Un muro gris, metálico, sin ventanas. A media altura, una hilera de ganchos brillaba.
Más abajo, una mesa de acero montada sobre patas gruesas, con una bandeja con cuchillos dispuestos por tamaño junto a sierras pequeñas, afiladores y guantes de carnicero .
A unos metros, en medio de la estancia, un cuerpo enorme colgaba boca abajo de un gancho giratorio anclado a una viga.
El animal, ya sin vísceras, oscilaba apenas bajo el foco central.
La piel, oscura y todavía brillante en algunas zonas, dejaba ver el corte limpio desde el esternón hasta la pelvis, un tajo recto que se abría en dos labios de carne.
De la boca entreabierta salía una lengua inerte, hinchada.
Los ojos, secos, miraban con cierto aire de tristeza.
Un hilo rojizo resbalaba todavía por una de las patas traseras y caía a la rejilla del suelo, una rejilla alargada que recorría la sala.
Nora tragó saliva de nuevo. Esta vez, el pánico se acercó un poco más. Cerró los ojos un momento. Intentó ordenar los últimos recuerdos.
La farmacia. El camino de vuelta. La furgoneta de la empresa de aguas atravesada en la calle. La llave en la cerradura. Las manos por detrás, el brazo que le oprimía la garganta, las palabras en ruso susurradas al oído. Como el mundo de repente empezó a darle vueltas.
Volvió a abrir los ojos. No había reloj, ni ventana, ni forma de saber cuánto tiempo había pasado.
El cuerpo le decía que no mucho, la camisa mantenía el olor a su perfume y notaba aún el escozor puntual del pinchazo en el cuello.
Se obligó a mirar alrededor con ojos de investigadora, no de víctima.
Fijarse en las cosas, los detalles, la podía salvar.
Paredes lisas. Sin ventanas. Una puerta metálica, al fondo.
A la derecha, un banco frigorífico de puertas ciegas.
A la izquierda, un panel de instrumentos colgados que ponía los pelos de punta, con unos cuchillos alineados como bisturíes, ganchos de distintos tamaños, sierras. Todo ordenado, limpio, en su sitio.
Pensó en Lobo. En la cara que pondría cuando viera que no llegaba el mensaje prometido.
«Farmacia, casa, sofá». En sus pequeños ojos azules, tiernos.
En Luna, olisqueando la puerta del baño, en sus lametazos de cariño que tanto odiaba él.
Una punzada de culpa se coló entre las costillas. No por estar allí; por haber ido sola.
— Quillo , lo siento —susurró.
La voz le tembló al final de la frase. Un ruido lejano, amortiguado, llegó desde fuera.
Pasos que se acercaban. Un golpe seco, metálico, como una puerta que se cerraba en otro nivel.
Después, el clic breve de un mecanismo activándose.
Del otro lado, el sonido de una llave entrando en la cerradura fue claro.
Luego, un giro preciso y el pestillo cedió con un chasquido suave.
Félix Lobo salió de la cafetería con Luna pegada a la pierna y la sensación de que, por fin, las piezas del puzle empezaban a enseñarle la silueta de la bestia.
Marcos MacLoughlin se había marchado en dirección contraria, dentro de su abrigo barato, la mochila colgada al hombro.
Ese hombre a escala, con cara de elfo pecoso y ojeras de hemeroteca, le había dibujado el contorno de Volkov con claridad.
Bajó desde Zocodover por una calle lateral, dejando atrás los soportales y el rumor de las terrazas.
Necesitaba piedra y sombra para ordenar lo que acababa de escuchar.
El bastón marcaba el ritmo sobre el empedrado; Luna, a su lado, iba de lado a lado, sin dejar de olisquear el suelo para desgracia de Félix, que observaba con cara de pocos amigos.
El casco antiguo se estrechaba a su alrededor.
Al alcanzar un recodo, las paredes se abrieron un poco y apareció un rótulo sobre una casa baja, encalada. Decía “Museo del Greco”.
Lobo se detuvo un par de segundos. No por el museo, sino por la punzada que le provocó el nombre.
De crío había querido pintar. Sombras, perfiles, cielos imposibles.
Hasta que su padre se lo quitó de la cabeza con una buena bronca y cincuenta flexiones.
“Esas mariconadas no te darán de comer ni son para un hombre” .
Miró el cartel, con el caballero de la mano en el pecho, la mano pálida sobre el jubón oscuro y esos ojos alargados que parecían atravesar el tiempo, y se le cruzó una imagen absurda.
Volkov en su finca de los Montes de Toledo, rodeado de gente importante, de los que mueven los hilos del país a su antojo.
Las frases de MacLoughlin le volvieron a la cabeza, nítidas.
—No sé si es “mafia rusa” en el sentido clásico —había dicho el periodista con una pinta de cerveza en la mano—.
Pero tiene mucho dinero y una agenda de contactos que asustaría a cualquiera.
La finca es su santuario. Monterías privadas, cocineros de estrella Michelin y una lista de invitados que no se deja a nadie fuera, nobles, grandes familias empresarias y políticos de primer nivel.
Lobo reanudó la marcha. El bastón volvió a sonar, seco y regular, un punto adelantado al pie izquierdo, que siempre llegaba medio segundo tarde. Sacó el móvil casi sin pensarlo. Ningún mensaje nuevo. Ninguna llamada perdida.
«No seas idiota», se dijo. «Hace poco más de una hora que se ha ido. Estará tirada en el sofá, con la cabeza como un bombo, repasando lo que tenemos del caso y maldiciendo a MacMuffin por tenerme retenido.»
Guardó el teléfono, pero la ausencia de notificaciones le roía por dentro.