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Isabel Medina cerró la puerta con un gesto lento, casi ceremonioso.
El clic del picaporte sonó distinto desde dentro.
Era suyo. Por fin. El nuevo despacho ocupaba la esquina mejor del antiguo convento con techos altos, un ventanal profundo sobre el Tajo y, en la pared frontal, el logo de Terra Nova retroiluminado.
Aun flotaban las palabras del consejo, cuando el secretario pronunció lo que llevaba años anhelando, presidenta ejecutiva.
Se acercó al ventanal. El casco histórico se extendía abajo, apretado y ocre. Las agujas de la Catedral cortaban el aire con una elegancia fría a lo lejos, y el laberinto de calles se encogía a sus pies. Volvió a la mesa.
El portátil esperaba con el informe de seguridad abierto.
No era el tipo de lectura que una recién nombrada presidenta soñaba para el primer día de mandato, pero en su mundo las celebraciones duraban lo que tardaba en llegar el siguiente problema.
En la pantalla, la frase que no conseguía apartar de la cabeza.
“Acceso no autorizado a partición privada. Credenciales válidas. Origen: remoto.”
Isabel pasó el dedo por el trackpad, subrayando con el cursor el término “credenciales válidas” como si pudiera borrarlo.
No le preocupaba que hubieran entrado en su correo corporativo.
La contabilidad, los contratos, los informes podían reconstruirse.
Lo que la inquietaba era esa partición, el home donde solo ella, en teoría, tenía llave.
Dónde guardaba notas personales, esquemas de relaciones, nombres de políticos junto a cantidades, flechas que unían a los Makarov con sociedades en paraísos fiscales .
Si alguien había hecho copia de aquello, no solo podía dañarla a ella. Podía hundir a Terra Nova, a sus aliados rusos y a media clase dirigente.
Y lo peor es que habían entrado como si fuera ella.
Con sus credenciales. No sabía quién había cruzado esa puerta virtual.
Tenía candidatos y los primeros en la lista eran esos investigadores, Lobo y Delgado, Por eso había llamado a Volkov.
Para que los mirara de cerca. Que entendiera hasta dónde podían haber llegado.
Eso, y solo eso. Lo otro, el acceso a su espacio personal, a sus notas privadas, se lo guardaba como una quemadura bajo la ropa.
No era tan ingenua como para contarle a un lobo dónde escondía las heridas.
Cogió el antiguo móvil Nokia, buscó el contacto sin nombre, solo una inicial y un prefijo extranjero, y llamó. Tardó tres tonos en escucharlo.
—Señora Medina, enhorabuena por su nombramiento.
—Gracias. ¿Qué hemos averiguado de esos dos detectives?
—La operación sufrió un contratiempo. La señora Delgado regresó antes de la hora prevista. El equipo se vio obligado a aplicar un plan de contingencia.
—Habla claro.
—Abortaron la copia de datos. No pudieron instalar la escucha —enumeró—. Para evitar que identificara a mis hombres y diera la alarma, la redujeron, la sedaron y la sacaron del piso. Ahora está en nuestras manos.
Isabel se quedó un instante sin aire.
—¿Qué dices? —susurró primero. Luego subió el tono sin poder contenerse—. ¿Que os habéis llevado a la mujer? ¿Estás loco?
La última palabra salió como un grito. Al otro lado no hubo respuesta inmediata. Solo una pausa distinta. Cuando habló, la voz de Volkov bajó medio tono .
—Te voy a sugerir una cosa, Isabel —dijo—. No me levantes la voz. No soy uno de tus directores financieros.
Ella apretó los labios.
—Déjame que te cuente algo —añadió—. En el mundo donde yo crecí, cuando llamabas a un hombre para que resolviera un problema, aceptabas también la forma en que ese hombre lo resolvía.
La única alternativa era no llamarlo. Tú me llamaste.
Ahora no finjas escándalo porque he hecho exactamente lo que sabes que hago.
Isabel sintió la sangre aún caliente en las mejillas, pero la frase la frenó.
—No volveré a tolerar que me levantes la voz —prosiguió Volkov, igual de calmado—. La primera vez la atribuyo a los nervios de tu nuevo cargo. La segunda, si llega, significará que hemos dejado de entendernos.
Isabel notó que, de pronto, el despacho se le hacía un poco más pequeño.
—De acuerdo —dijo ella al fin con un intento claro de bajar su tono de voz—. No he medido bien mi reacción. Me ha pillado a contrapié la idea de tener a esa mujer en vuestras manos. Es que no estoy acostumbrada a que las piezas se muevan fuera del tablero que controlo.
—Eso ya lo sabía. Por eso estás donde estás.
—¿Algo más que deba saber? —preguntó.
—Solo un detalle —dijo—. Parece que la señora Delgado guardaba un secreto que puede jugar a nuestro favor.
Dejó la frase colgando en el aire, como una promesa o una amenaza que aún no había tomado forma.
—Ya hablaremos de ello —concluyó—. Disfruta de tu nuevo despacho, Isabel. No todos los días se llega tan arriba.
La línea se cortó de golpe. Isabel bajó el teléfono, lo dejó junto al informe de seguridad y, por primera vez desde que había oído “ presidenta ejecutiva”, tuvo la sensación de que no era ella quien estrenaba cargo.