37
Patricia Andújar pasó la página del informe y el logotipo volvió a mirarla desde la esquina superior, las letras azul oscuro, una línea roja estilizada rompiendo el círculo.
Terra Nova. Por un momento le faltó el aire.
Apartó la vista del dossier y, sin quererlo, volvió a aquel día de calor sofocante en Madrid, al despacho calcinado de luz y a la llamada que lo había puesto todo en marcha.
El recuerdo era tan real que parecía que lo vivía de nuevo.
Miró el nombre en la pantalla. “Mamá”. Sintió un ligero nudo en el estómago. Su madre no llamaba en horario de oficina si no era importante.
—¿Sí? —contestó, bajando la voz.
—Patri… —la voz sonaba más aguda de lo normal—. Cariño, no te asustes, ¿vale?
Las palabras exactas que siempre precedían a algo que iba a asustarla.
—Dime.
—Han detenido a Raúl.
El ventilador siguió girando. El resto de ruidos de la oficina se apagó de golpe.
—¿Qué? —la palabra le salió más seca de lo que pretendía—. ¿Dónde?
—En una comisaría, no sé cuál. Me ha llamado un policía muy serio, que fuera un familiar directo. Me he puesto nerviosa, les he dicho que yo no puedo, que tú eres policía…
Patricia ya estaba de pie .
—Mándame el número desde el fijo —dijo—. Ahora te llamo yo.
Patricia conocía los pasillos de esa comisaría, pero no desde ese lado. El agente de uniforme que la acompañó hasta la sala de espera del calabozo la reconoció por la placa y por la mirada.
—Está más tranquilo ahora —le dijo—. Al principio estaba exaltado.
Raúl Andújar la esperaba al fondo, sentado en un banco metálico, con la cabeza agachada. Cuando la vio, intentó incorporarse, pero el gesto se le quedó a medias. Tenía el pómulo derecho hinchado, un hilo de sangre seca en la comisura de los labios y la camisa manchada.
—Lo siento, Patri —fue lo primero que dijo—. Te juro que no empecé yo.
Ella lo miró de arriba abajo, conteniendo el impulso de abrazarlo y el de zarandearlo a partes iguales.
—¿Sabes lo que pone en el atestado? —preguntó, sin rodeos.
Raúl se encogió de hombros. El agente carraspeó detrás de ella.
—Inspectora —intervino—. El compañero quiere hablar con usted cuando pueda. Hay parte médico.
El oficial, un hombre de unos cincuenta con las ojeras de turno de noche pintadas en la cara, le tendió una carpeta.
—Aquí tiene, inspectora —dijo—. Yo no le voy a dar lecciones de derecho, pero… pinta feo. Muy feo.
Patricia abrió el parte.
“Traumatismo craneoencefálico con pérdida de conciencia. Posible fractura de peñasco temporal. Ingreso en observación. Pronóstico reservado. ”
Sintió cómo se le helaba algo por dentro, pese al calor de agosto.
—¿Está estable? —preguntó.
—De momento, sí —respondió el oficial—. Pero con este informe, como la otra parte quiera tirar, a su hermano le puede caer una buena. Lesiones graves. Y ya sabe cómo va esto. Prensa, si alguien hila nombres, y luego explíquelo usted.
El hombre le deslizó una tarjeta por la mesa, con gesto neutro. Patricia la cogió. “Delval & Asociados. Derecho penal y administrativo. Especialistas en Fuerzas y Cuerpos de Seguridad”.
Un número móvil escrito a mano en la esquina.
—Son buenos, le aconsejo que les llame —añadió.
Patricia miró la tarjeta unos segundos. Luego marcó.
El hombre llegó menos de media hora después. Traje gris claro, camisa blanca sin corbata, maletín fino en la mano.
—Señora Andújar —dijo, tendiéndole la mano—. Soy Fernando Delval. Me han dicho que su hermano ha tenido una noche complicada.
Tenía un castellano perfecto, aunque se percibía que no era español de origen y una sonrisa amplia. Los ojos, en cambio, tenían algo afilado.
—Diría que sí, que ha sido complicada.
Delval inclinó la cabeza, concediendo.
—He visto el parte médico —dijo—. Si ese diagnóstico se mantiene y el perjudicado decide ir hasta el final, su hermano puede terminar con antecedentes y pena de prisión. Y usted con un bonito comentario en la prensa de sucesos.
Lo dijo sin maldad, como quien expone un dato.
—¿Qué se puede hacer? —preguntó Patricia.
El abogado la miró un segundo, midiendo .
—Depende de dos cosas —dijo al fin—. De cómo evolucione el lesionado y de cuánto quiera complicarse la vida. A veces, cuando alguien se ve delante de un juez, recuerda de repente que no fue todo tan grave.
Guardó el parte en la carpeta.
—Déjeme hablar con él —añadió—. Con el contrario. Y con su familia, si hace falta. Luego le digo si tenemos margen o si hay que preparar una guerra larga.
Patricia asintió. En otros tiempos habría desconfiado de alguien que prometía tanto con tan pocas palabras.
Aquella mañana de agosto, con su hermano en un calabozo y un parte que hablaba de fracturas y pronósticos reservados, la desconfianza le pareció un lujo caro.
Lo vio alejarse por el pasillo, acompañado por el oficial.
El ventilador del techo seguía girando de manera absurda, moviendo el calor de un lado a otro.
Se apoyó en la pared, cerró los ojos un instante y respiró hondo.
Pensó en Raúl con diecisiete años, en la moto que había venido a enseñarle a la puerta de casa, en la promesa que se hizo a sí misma de sacarlo de todas las esquinas donde él mismo se metía.
Cuando Delval regresó, veinte minutos después, llevaba la americana desabrochada y el gesto casi idéntico.
—Buenas noticias —dijo, antes de sentarse—. El señor lesionado no desea presentar denuncia. Tampoco quiere forense ni juicio. Quiere olvidarse de todo esto lo antes posible.
Patricia tardó un segundo en entender las palabras.
—¿Así, sin más? —preguntó.
—Así, sin más —repitió él—. A veces, cuando se les explica a las personas todas las consecuencias, cambian de idea. El parte se ampliará cuando esté estabilizado, pero ya le adelanto que lo que quedará en el papel será menos dramático que esto.
Golpeó con los nudillos la carpeta del informe inicial .
—Su hermano tendrá que asumir una multa, quizá una falta, algo administrativo. Pero nada que arruine una vida ni una carrera. Ni la suya, ni la de él.
Se hizo un silencio corto. Patricia notó que la tensión se le escapaba por las rodillas. Se dejó caer en la silla.
—No sé qué decirle —murmuró.
Delval esbozó una sonrisa pequeña.
—No diga nada —respondió—. Para eso estamos los abogados. Usted se dedica a perseguir a los que se salen de la ley. Nosotros, a veces, nos dedicamos a que la ley no se lleve por delante a los que solo han tenido una noche de mala suerte.
Sacó una tarjeta del bolsillo interior y la deslizó por la mesa.
—Por si algún día necesita consejo en materia delicada —añadió—. Especialmente ahora que la UDEF va a tener trabajo con ciertas empresas de capital extranjero.
Patricia bajó la vista. El logo del despacho era sobrio, azul oscuro, con una línea roja estilizada que le resultó vagamente familiar, aunque no supo de qué.
Guardó la tarjeta en la cartera, junto a la foto plastificada de sus hijos.
Meses después, sentada en su despacho de Guzmán el Bueno, con el logo de Interpol en la pantalla y el nombre de Terra Nova subrayado en la pizarra, Patricia Andújar entendió que las deudas no siempre empezaban con un sobre de dinero.
A veces empezaban una noche de verano, en una comisaría sin aire acondicionado, al lado de un hermano que podía echar a perder su futuro por una pelea.