El pacto de los lobos (Lobo y Delgado 4) 36
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Cuando salió de la farmacia, llevaba la bolsita blanca agarrada como si dentro llevara dinamita y no un trozo de plástico barato.

La dobló sobre sí misma un par de veces, la hundió en el bolso y la enterró bajo el monedero, las llaves y un paquete de pañuelos.

Aun así, no se quitaba de la cabeza ese rectángulo rígido, como si tuviera vida propia.

Inspiró hondo. «No seas ridícula», se dijo.

Tomó el camino de vuelta, calle arriba, alejándose del ruido de la plaza. A cada paso echaba de menos el tac-tac del bastón de Lobo, el jadeo alegre de Luna tirando de la correa. Solo sonaban sus botas sobre la piedra y el murmullo lejano de la ciudad vieja que respiraba por encima de ella.

Cuando dobló la última esquina y la calle del apartamento se abrió frente a sus ojos, vio de nuevo la furgoneta blanca de la empresa municipal de aguas.

Ocupaba medio carril, atravesada en mitad de la calle, con el logo azul deslucido en la puerta y un par de conos naranjas mal puestos alrededor.

Ni rastro de operarios, ni de herramientas. Frunció el ceño.

—Será posible —murmuró—. Una reparación a la altura de las obras de El Escorial.

Cuando empujó la puerta de la vivienda, la recibió una calma rara.

Sin Luna, todo era diferente. Qué alegría le daba esa perra tan inteligente.

Dejó el bolso sobre la mesita de la entrada y asomó medio cuerpo al salón.

El portátil de Félix, que siempre dejaba cerrado, estaba abierto sobre la mesa, la pantalla encendida.

Junto a él, el suyo. Entre ambos, una cajita negra del tamaño de un paquete de tabaco, conectada por dos cables finos, uno a cada equipo.

Un tercer cable se perdía hacia el router, donde una luz nueva parpadeaba en un ritmo que no había visto nunca.

—¿Pero qué coño…? —alcanzó a mascullar.

No tuvo tiempo para más.

Un brazo le rodeó el pecho por detrás con una fuerza brutal, levantándola medio palmo del suelo. Otra mano, grande, con la piel áspera y fría, le tapó la boca de golpe y le aplastó los labios contra los dientes con la fuerza de una bofetada.

El grito se le quedó encajado en la garganta.

— Spokóino, devushka —susurró una voz grave junto a su oído, con un acento que no necesitaba traducción.

Nora se revolvió con toda la rabia que le quedaba.

Clavó los talones, intentó morder, lanzar el codo hacia atrás.

El brazo que la sujetaba ni se inmutó. La apretó más y el aire apenas le llegó a los pulmones, de modo que cejó en su empeño.

De reojo vio al segundo hombre en el salón, medio agachado junto a la mesa.

Llevaba un mono azul con el logo de la empresa de aguas bordado en el pecho, guantes grises y botas de trabajo.

Desconectaba la cajita negra con movimientos rápidos, torpes de prisa.

Al estirar del cable, la manga se le subió un poco y dejó al descubierto la muñeca izquierda.

La estrella de ocho puntas, negra, nítida, tatuada sobre la piel clara. Vor v zakone. El del mono guardó el aparato en una bolsa de herramientas con un gesto seco. Ni siquiera la miraba, como si no estuviera allí.

— Bystree , —masculló.

La giraron en redondo. El tipo que la sujetaba la pegó contra su pecho como si fuera un muñeco.

Algo le oprimió el costado. Un objeto duro en el bolsillo del hombre, quizá una pistola, quizá una llave inglesa.

Daba igual. El otro le apartó la melena de la cara y presionó algo frío y pequeño contra la base del cuello. Un picotazo. Fino. Preciso.

La levantaron y arrastraron hacia la puerta.

Uno de ellos abrió sin hacer ruido, con una mano.

El pasillo empezó a inclinarse, como si el edificio entero se hubiera puesto de lado.

El marco, la alfombrilla, las escaleras giraron en un carrusel lento.

Nora trató de mantenerse despierta, aferrada a la realidad, pero las ideas se le deshacían antes de formarse.

Perdió la noción del tiempo. Alcanzó a ver, por la rendija de la puerta abierta, el brillo blanco de la furgoneta de aguas estacionada en la calle.

«Farmacia, casa, sofá», fueron las últimas palabras que resonaron en su cabeza, hasta que la oscuridad la envolvió por completo.

La embajada de Rusia en Madrid estaba situada en una de esas avenidas amplias y elegantes del norte de la ciudad, donde los árboles parecían plantados para dar sombra al poder.

Era un edificio macizo, de líneas sobrias, levantado en los años de la Guerra Fría y remendado después con cámaras, sensores y cristales ahumados donde antes solo había ventanas anchas.

Un muro perimetral de hormigón y hierro lo separaba de la acera, coronado por una verja de barrotes negros; en la entrada principal, la bandera tricolor flameaba sobre un escudo metálico con el águila bicéfala, justo encima de una placa discreta que rezaba “Embajada de la Federación de Rusia”.

Frente a la puerta, a menudo, un coche patrulla de la Policía Nacional hacía de figurante involuntario, recordando que aquello era territorio diplomático, pero seguía siendo Madrid.

En una planta semienterrada del edificio, lejos de los salones con alfombras gruesas y lámparas de araña donde se servían los canapés en las recepciones oficiales, había una sala sin ventanas.

Las paredes, forradas de paneles acústicos color gris plomo, rodeaban una mesa larga de metal y dos filas de monitores alineados como un pequeño muro de luz.

En las pantallas se sucedían imágenes de la verja exterior, del acceso de vehículos, de los pasillos interiores, del vestíbulo con mármol pulido y del pequeño patio trasero donde los empleados salían a fumar.

Sentado a un lado de la mesa, con la chaqueta cuidadosamente doblada sobre el respaldo de la silla, estaba Andrei Volkov.

La corbata seguía anudada, pero entre los dedos hacía girar un bolígrafo de metal, mientras su mirada iba de una pantalla a otra sin aparente esfuerzo.

A su derecha, plantado con la espalda recta y las manos cruzadas sobre el abdomen, el coronel Serguéi Arzamásov, consejero de seguridad de la delegación y antiguo oficial del FSB, observaba el mismo mosaico de imágenes con la paciencia fría de quien llevaba media vida mirando pantallas donde siempre acababa pasando algo.

El móvil del coronel Arzamásov vibró sobre la mesa metálica. Echó un vistazo a la pantalla y alzó apenas una ceja.

—Es el equipo de Toledo —dijo.

Volkov dejó de hacer girar el bolígrafo.

—Ponlo en altavoz —ordenó.

Arzamásov obedeció. Pulsó el botón y acercó el teléfono al centro de la mesa.

—Habla el coronel Arzamásov —dijo en ruso—. Adelante.

La voz que respondió llegó con un fondo de motor en marcha y vibraciones de carrocería.

—Coronel, aquí Sokol uno —dijo el hombre—. Tenemos un problema.

Volkov intervino antes de que el coronel respondiera.

—Cuéntalo despacio.

Al otro lado hubo un segundo de duda.

—La entrada ha sido limpia —empezó Sokol uno—. Sin problemas .

Volkov hizo un leve gesto con la mano, impaciente.

—Eso era lo previsto —lo cortó—. Sigue.

—Hemos localizado los dos portátiles en el salón —continuó el hombre—. El de él y el de ella. Hemos conectado el dispositivo y ha empezado a copiar. El progreso era bueno. Calculábamos veinte minutos para completar el volcado y colocar la escucha.

—¿Cuántos llevaba cuando todo dejó de ser “bueno”? —preguntó Volkov.

—Diez minutos, quizá doce —respondió Sokol—. La barra estaba por la mitad, algo más.

El bolígrafo terminó de girar y Volkov lo dejó alineado con el borde de la mesa, con una precisión que contrastaba con lo que estaba oyendo.

—Y entonces, entra la mujer —admitió Sokol—. Ha vuelto antes de lo previsto. Mucho antes. Ha subido directa.

Se oyó un cambio de ruido en la línea, como si el hombre ajustara el teléfono en la mano.

—Escuchamos la llave en la cerradura —siguió—. Aplicamos protocolo de emergencia.

Volkov cerró los ojos un segundo, como si contara hasta tres. Cuando habló de nuevo, la voz seguía baja, pero algo se le había endurecido en las consonantes.

—Es decir —dijo—, sin copia completa, sin cámaras, sin micro y con la mujer sedada en vuestro poder.

—Afirmativo.

El bolígrafo golpeó la mesa con un chasquido seco.

—Una infiltración técnica convertida en extracción no autorizada —añadió—. Os doy una misión sencilla y lo que me devolvéis es un rehén.