El pacto de los lobos (Lobo y Delgado 4) 35
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Nora siguió su mirada. Tardó un segundo en entender qué estaba viendo.

La toalla grande, la suya, colgaba torcida, caída hacia un lado, como si alguien la hubiera cogido al desgaire y la hubiese colocado sin cuidado.

La pequeña, la de mano, estaba peor, desplazada casi hasta el extremo de la barra, el dobladillo inferior formando una curva irregular. Una chapuza.

—Félix… —susurró—. ¿Qué…?

Él alzó la mano libre, pidiendo silencio, sin apartar los ojos del tejido.

—Yo no las dejo así —dijo, al fin —. Alguien ha entrado en casa.

—Igual te has despistado —intentó—. A lo mejor sí que la dejaste así. No eres un robot, puedes tener un error con las toallas, ¿no?

Lobo respiró hondo.

—Las doblo por la mitad, ajusto las esquinas, cuento los azulejos —dijo—. Uno, dos, tres, cuatro. Siempre caen al centro. Siempre. Si están un centímetro desplazadas, lo veo. Esto no es un centímetro. Alguien ha estado en el baño.

—Mi arma , ¿no crees que exageras?

Y entonces ella vio su neceser de tela azul marino con lunares blancos. Analizó su interior y un golpe de realidad le golpeó con la fuerza de una bofetada.

“¿Cómo he podido ser tan imbécil?”, se dijo a sí misma.

Las piernas le temblaron y empezó a ver un carrusel de lucecitas blancas que giraban a su alrededor hasta que todo se fundió en negro .

Ahí estaba su abuela, sentada en el sillón, con un libro en las manos. Olía a azahar y el aire era húmedo y salado.

—Mi niña… —dijo la abuela, sin levantar del todo la vista del libro.

—Abuela… —susurró mientras la invadía una gran alegría.

El rostro de la mujer se empezó a transformar.

Primero fue una vibración tenue, como si la luz de la tarde dudara al posarse en sus facciones; luego, los contornos se volvieron blandos, acuosos, y la sonrisa quedó suspendida en un lugar impreciso, sin labios, sin arrugas, sin piel.

Los ojos, que siempre habían sido oscuros, se llenaron de una niebla gris que los borraba por dentro.

Nora quiso levantarse, sostenerla antes de que se deshiciera del todo, pero el cuerpo no respondía.

Quiso abalanzarse sobre ella, salvarla de alguna manera, pero una fuerza invisible se lo impedía.

Entonces, la mujer empezó a hablar. Tan sólo unos sonidos ininteligibles al principio.

Poco a poco, en la lejanía, Nora distinguió su nombre, hasta que lo escuchó con claridad.

Se repetía una y otra vez. Cada vez con más fuerza.

Abrió un ojo y lo primero que vio fue un largo cuerpo que la tenia agarrada por la camisa y la zarandeaba como a un monigote.

—¿Estás bien?

Notó una bofetada en la mejilla. Tenía la sensación de haber caído en un sueño profundo.

El contorno del cuarto de baño le hizo ser consciente de que en realidad se había desmayado.

Luna se le echó encima, nerviosa, olisqueándole la cara Le dio un lametón rápido en la mejilla, luego otro, insistente, como si quisiera arrastrarla de vuelta a la superficie.

Al oír la voz de Lobo, la perra vaciló, pero no se apartó del todo, se quedó pegada al hombro de Nora.

—¿Qué ha pasado? —preguntó finalmente .

Félix la ayudó a incorporarse y se quedó sentada sobre el suelo, que notaba frío.

—Te has desplomado de repente —sus pequeños ojos azules brillaban de una manera especial—. ¿Te duele algo?

—Parece que el brazo.

—Menudo golpetazo te has dado. Has caído como una marioneta —Lobo la cogió con sus manos por la cara—. No te muevas.

La incorporó lo justo para apoyarla contra la pared alicatada y le colocó la toalla bajo la cabeza, como un almohadón improvisado. Le rozó la frente con el dorso de los dedos.

—Voy a por agua.

Se levantó con cuidado, sin darle la espalda del todo. Salió del baño en dos zancadas, atento a cualquier ruido, y al desaparecer por el pasillo Nora alcanzó a oír el chasquido de un interruptor y el rumor de un grifo abriéndose. Al instante, estaba de vuelta.

—Pequeños sorbos, ¿me oyes? No tragues de golpe.

Cuando Nora estuvo del todo repuesta, salieron.

La luz de Toledo les golpeó con una blancura fría, lavada por la humedad del Tajo.

La calle estrecha en la que se abría el portal descendía en una pendiente suave, empedrada, flanqueada por fachadas ocre con balcones de hierro y persianas a medio echar.

Nora se ajustó el abrigo y la bufanda.

—¿Dónde has quedado con él? —preguntó.

—Plaza de Zocodover —respondió Lobo.

—Zocodover —repitió ella—. Me gusta ese nombre. Suena a palabreja medieval, como un hechizo.

Empezaron a bajar la cuesta en dirección al centro. El bastón de Lobo marcaba un compás seco sobre la piedra. Cada vez que cruzaban una bocacalle, él se detenía medio segundo, barría el espacio con los ojos, comprobaba portales, ventanas.

—Estás más paranoico de lo habitual —observó Nora, sin intentar disimularlo.

—La paranoia —respondió— es solo estadística mal explicada. Alguien ya ha entrado una vez.

El casco antiguo se fue cerrando a su alrededor como un puño de piedra.

Las calles se estrecharon, las casas parecían inclinarse sobre sus cabezas para escucharlos.

Terminaron metidos en una angostura de muro contra muro.

A la izquierda, piedra gorda, redondeada, unida a golpes de cal; a la derecha, ladrillo viejo con vetas rojizas y parches de yeso cansado.

El suelo, una cinta de piedra curva, los obligaba a seguirla sin ver qué les esperaba tras el recodo.

—Si alguien quisiera tendernos una emboscada, este sería el sitio perfecto —masculló con un tono de pocos amigos.

Pasaron bajo un arco bajo, donde la humedad arrancaba vetas oscuras a las paredes, y de pronto se encontraron en una rúa más animada. Una bandada de turistas avanzaba bamboleándose, guiados por un paraguas rojo, entre tiendas de espadas brillantes y armaduras.

Nora alzó la barbilla hacia uno de los escaparates.

Detrás del cristal, un bosque de acero relucía bajo los focos.

Dagas diminutas con empuñaduras labradas, espadas de filo pulido, escudos con blasones imposibles y relojes dorados que parecían haberse quedado anclados en otro siglo.

A la entrada, un caballero de armadura completa montaba guardia, rígido, con la visera bajada; a su lado, otro maniquí metálico sostenía una lanza como si esperara la orden de cargar contra el primer turista despistado.

Por un momento se imaginó a Félix con una de aquellas armaduras, inmóvil, el rostro oculto detrás del metal.

Un Don Quijote del siglo XXI, pensó, pero sin novelas de caballería.

El viejo hidalgo quería devolver al mundo a un tiempo que ya no existía; Lobo, en el fondo, hacía algo parecido, solo que su cruzada consistía en imponer un orden mínimo en medio del caos, que las cosas encajaran, que los culpables pagaran y las toallas quedaran rectas.

Don Quijote arremetía contra molinos porque se negaba a aceptar que el mundo fuera tan vulgar. Félix veía amenazas donde otros solo veían casualidades. Los dos, a su manera, intentaban enderezar entuertos en un mundo que prefería mirar para otro lado.

Nora lo observó de perfil, el bastón marcando el paso, el cuerpo espigado, la mirada buscando siempre el siguiente peligro.

—Mírate—murmuró—, empeñado en arreglar un mundo que no quiere ser arreglado. Claro que, si tú eres el Quijote —añadió para sus adentros—, tal vez a mí me toca ser Sancho Panza.

Eso, y el bullicio alrededor, la ayudaron a sacudirse el último resto del desmayo en el baño.

Siguieron avanzando hasta que la calle se abrió de golpe en un pequeño respiro de piedra.

Delante de ellos, un arco de ladrillo rojizo enmarcaba una escalinata.

Bajo el arco, el sonido cambió, las voces se hicieron más claras, el rumor llegó como una oleada.

Nora iba a hacer un comentario, cuando al cruzarlo, lo vio.

A pocos metros, una estatua de bronce miraba hacia la plaza, pluma en una mano, papeles en la otra.

El gesto grave, la barba recortada, el jubón rígido.

—Mira por dónde —susurró—. Justo ahora tenía que salirnos Cervantes al paso.

Al desembocar en Zocodover, el espacio se abrió como un respiro.

La plaza era un rectángulo irregular, rodeado de soportales y edificios con arcadas, repleta de lugareños y turistas, de terrazas, de bancos ocupados y un grupo de adolescentes que se dejaban la garganta en risas demasiado altas.

Desde un lateral, el perfil del Alcázar vigilaba la escena.

Nora dejó que la mirada volara un segundo hacia el miradero, donde el horizonte se rompía en la hendidura del Tajo .

—Me encuentro regulera —admitió, señalando con la barbilla una cruz verde en uno de los soportales—.

Ahí hay una farmacia. Prefiero comprar algo y volver al piso a descansar —Se apoyó un momento en la pared, resoplando—.

Mira que me gustan las ciudades con historia, pero esto es un castigo.

Todo cuestas, todo callejones, todo para arriba.

Aquí hay que venir con piernas de cabra montesa, no con estas que tengo yo.

Lobo siguió la dirección de su gesto, frunciendo el ceño.

—Voy yo contigo.

—No —lo cortó con suavidad—. Debes verte con MacMuffin. Tú y Luna podéis de sobra aclarar lo que sabe de Volkov, a ver si nos pone tras la pista correcta.

La perra alzó las orejas al oír su nombre, pero se quedó pegada a la pierna de Lobo.

—En cuanto llegue te escribo —añadió Nora—. Y te llamo, pesado.

Él asintió a regañadientes.

—Farmacia, casa, sofá —resumió—. Nada de heroicidades. Y es MacLójLin —repitió cada sílaba despacio—, Mac – Lój – Lin.

Ella sonrió y entró a la farmacia a comprar algo que Lobo jamás podría haber sospechado.