31
El primer clic del hielo en el fondo del vaso sonó con un tintineo. Una chispa de escocés ámbar resbaló por los cubitos, y luego, otra. Rafael Monasterio lo observó desde la butaca baja, con una sonrisa tenue apenas esbozada, los ojos entrecerrados como quien degusta un recuerdo más que una bebida.
La habitación olía a cuero nuevo, incienso leve y madera barnizada. Un hilo de música, jazz lánguido, con un saxo que se retorcía en la penumbra, se extendía sobre las paredes tapizadas de tonos vino, y junto a la chimenea, un reloj de péndulo marcaba las nueve con lentitud cadenciosa.
Sobre la mesa de centro, una cubitera con champagne, dos copas altas preparadas, una tercera sin llenar y una bandeja con fresas. Alrededor, un sofá bajo color burdeos, cortinas pesadas y una iluminación escasa.
Monasterio se había quitado la chaqueta y aflojado la corbata.
Resopló y se desabrochó un botón más de la camisa.
El tejido, tirante, dejó ver una franja de piel húmeda, surcada por un vello negro y rizado que asomaba enmarañado, pegado por el sudor.
Una gota resbaló lenta desde el nacimiento del cuello hasta perderse bajo la barriga.
Bebía despacio. Le gustaba la calma tensa que precedía a la acción. Le recordó al instante antes del disparo. Un cosquilleo en la parte baja del estómago, como el de la pasada tarde en la finca. Un golpe suave en la puerta interrumpió sus pensamientos.
—Adelante.
Entraron las dos. Primero la más joven, una chica de piel color canela y melena negra azabache que le caía sobre los hombros como una cascada espesa.
Ojos grandes, labios brillantes, carnosos, un vestido rojo de satén ajustado que dejaba poco a la imaginación.
Caminaba con la precisión de quien ha sido entrenada para gustar, y al abrir la boca, el acento latinoamericano, impreciso, dulzón, sensual, fue casi una caricia.
—¿Nos estábamos perdiendo la fiesta, señor?
Tras ella, la rubia. Algo mayor, quizás veintipocos. Rostro pálido, rasgos afilados, el cabello recogido en una coleta alta que dejaba el cuello expuesto como una invitación. Tacones altos, vestido corto, y una sonrisa controlada. Solo miraba. Y en esa mirada había algo más que sumisión.
Monasterio no respondió al principio. Solo alzó la copa de whisky en señal de brindis y las dejó avanzar.
—Pónganse cómodas —ordenó—. Esto es una celebración.
La latina se acercó la primera, se sentó en el brazo del sillón y cruzó las piernas con elegancia, dejando ver la línea de sus muslos.
Olía a jazmín y vainilla. Tomó una fresa de la bandeja y se la llevó a la boca muy lentamente, rozando primero la pulpa con la punta de la lengua, sin apartar la vista del ministro.
—¿Qué celebramos, señor?
—El mundo sigue girando —respondió él—. Y algunos aún sabemos dónde empujar.
La rubia se quedó de pie al principio, apoyada contra la pared.
Su silueta se recortaba en la penumbra, una figura de curvas precisas.
Cuando finalmente se acercó, lo hizo sin urgencia.
Tomó una de las copas de champagne, la alzó y se la ofreció a Monasterio con ambas manos.
Él la aceptó, pero en vez de beber, mojó un dedo en el borde y lo pasó despacio por el cristal, arrancando una nota aguda, casi musical.
El dedo era grueso, de nudillos hinchados, con unos pelos negros y duros sobre la falange .
—Qué nombre tienes, tú —preguntó a la rubia, sin mirarla directamente.
—Katya —respondió ella con voz baja
—¿Rusa?
—Ucraniana.
—Mejor. Más bravas.
La latina se dejó caer suavemente al suelo. Se acomodó entre sus piernas, apoyando la espalda en una de sus rodillas. Desde allí, lo miró hacia arriba.
—Y yo me llamo Alma —susurró—. ¿Quiere que le enseñemos algo bonito?
Monasterio no respondió, pero los ojos se le entrecerraron. Le gustaba que jugaran a que él mandaba. Aunque, en el fondo, supiera que había cosas que no se controlaban del todo.
Alma sonrió despacio y se deslizó un poco más entre sus piernas, dejando que el calor de su cuerpo se notara sin disimulo.
Sus dedos subieron por el muslo del ministro, lentos, decididos, hasta detenerse justo donde la tela empezaba a tensarse.
No tocó. Aún no. Solo dejó la promesa suspendida en el aire.
Katya, frente a él, se llevó ambas manos a la parte baja del vestido y lo levantó.
Lentamente. La luz dibujó la curva firme de sus caderas, el vientre plano, y más arriba, el pecho se ofreció sin pudor, redondo, lleno, con los pezones oscuros marcados rodeados por una aureola amplia que la luz acariciaba.
Monasterio tragó saliva. Los ojos se le oscurecieron.
—Joder… —murmuró.
Katya dio un paso más. Tan cerca que él pudo notar el calor de su piel.
Inclinó el torso, dejando que el pecho rozara el aire frente a su cara, y sostuvo su mirada sin bajar la cabeza.
Alma, desde abajo, apoyó la mejilla en su rodilla y le besó el muslo por encima del pantalón, despacio, húmedo, marcando territorio.
El ministro dejó escapar un suspiro ronco.
La música seguía sonando. El fuego crepitaba. Todo se estrechó alrededor de ese triángulo de piel, perfume y respiraciones entrecortadas. Y mientras él se perdía en la escena, convencido de tener el control, un pequeño punto negro en la esquina de la lámpara parpadeaba sigilosamente.
En una habitación fría, Andrei Volkov observaba la imagen en una pantalla. El cuerpo de Monasterio, las dos mujeres, la piel expuesta, los gestos lentos. Todo en primer plano. Todo nítido. No sonrió. No hizo falta.
—Perfecto —murmuró.
Y pulsó grabar.
Katya inclinó el cuerpo un poco más. El pecho se adelantó, pleno, insinuante, y durante un segundo quedó suspendido frente a la cara del ministro. Los pezones, oscuros, firmes, se marcaron con descaro en la penumbra.
—Mírame —susurró ella.
Alma aprovechó ese instante. Se irguió de rodillas entre sus piernas y, con una mano, le abrió la camisa del todo. La otra se deslizó sin permiso, decidida, marcando el camino. Bajo la tela encontró una capa de vello negro y rizado, apelmazado por el sudor.
Sus labios buscaron su cuello, luego la mandíbula, y después bajaron, muy despacio. El olor a colonia cara se mezclaba con un fondo agrio, denso, que le subió a la nariz y le revolvió el estómago. Él, por suerte, tenía los ojos cerrados.
El ministro dejó caer la cabeza hacia atrás, mientras un gemido breve se le escapó entre los dientes. Katya apoyó una mano en el respaldo del sillón y la otra en el hombro de él. Se inclinó aún más, dejando que el pecho rozara su cara, lento.
—Así —murmuró Alma, contra su piel—. Déjese.
La chimenea escupió una chispa y Monasterio cerró los ojos, convencido de que aquella noche solo le pertenecía a él. Lejos de allí, la luz roja se mantuvo fija en la pantalla. Y, al otro lado, en una habitación, Volkov sonreía al darse cuenta de que el ministro ya no volvería a ser un hombre libre.