32
—Aquí estamos —murmuró, mientras ponía el intermitente y apagaba el motor.
Lobo abrió la puerta del copiloto con cuidado. El aire de la mañana le golpeó la cara, húmedo, cargado de un olor a tierra fría y asfalto.
Bajó despacio, apoyado en el bastón, y dejó que sus ojos recorrieran el escenario antes de dar un solo paso.
—Curva a izquierdas, visibilidad aceptable, peralte favorable —enumeró en voz baja—. No parece una trampa mortal.
—No lo parecen casi nunca —replicó Nora.
—Según el atestado, el coche venía de allí —señaló con el bastón hacia la recta anterior—. Pierde el control en la entrada de la curva, sale despedido y cae ladera abajo.
Nora se agachó un poco para asomarse al otro lado.
La ladera caía en una pendiente irregular, salpicada de piedras, jaras y algún tronco seco.
El lugar perfecto para que un coche diera vueltas sin que nadie lo viera en mitad de la noche.
Al incorporarse, el mundo le dio un leve tirón hacia la izquierda.
No llegó a marearse del todo, pero tuvo que apoyar las dos manos sobre las rodillas.
—¿Eh? —Lobo clavó los ojos en ella al instante.
—Nada —dijo, demasiado rápido—. He subido del coche con más hambre que fuerzas. Luego me como una tapa de algo, y listo.
—Podemos volver al área de servicio —sugirió él .
—Ni se te ocurra —replicó, ya recuperada—. Ya que hemos venido hasta aquí, se baja y se mira. Punto.
Se detuvo a la altura de la señal del PK 43. El cartel metálico tenía pequeños desconchones, pero seguía firme, clavado en la tierra. Nora apoyó la mano en el poste, mirando hacia la recta por la que Ignacio debía de haber llegado aquella noche.
—Pienso en él —dijo, de pronto—. Ignacio saliendo de un salón lleno de personalidades, de esos que se creen que sostienen el mundo con dos brindis y un par de llamadas, y unas horas después, aquí. Solo, en esta curva, completamente ebrio.
Lobo la miró de perfil. Ella seguía con los ojos clavados en el asfalto.
—El poder tiene eso —continuó Nora, despacio—.
Te convence de que estás por encima de todo, de las leyes, de las personas.
Que eres intocable. Empiezan pensando que se están “aprovechando oportunidades” y, cuando se quieren dar cuenta, ya han cruzado tantas líneas que ni recuerdan dónde estaba la primera.
El dinero no les cae de golpe; se les va adhiriendo, capa a capa, como un barniz denso.
Y un día se miran al espejo y solo ven lo que han acumulado.
Lo demás ha desaparecido, solo quieren más.
Hizo una pausa, apretando un poco más la mano contra el poste.
—Lo peor —añadió— es que el poder les cambia la escala.
Pierden el miedo y, con él, la vergüenza.
Lo que a cualquiera le parecería una barbaridad, ellos lo llaman “negocio”, “contactos”, “hacer lo que hay que hacer”.
Se rodean de gente igual, se aplauden entre ellos, se convencen de que se lo merecen.
Y cuando el castillo se viene abajo, siempre dicen lo mismo, que tienen las manos y la conciencia limpias, que todo ha sido muy injusto.
Lobo bajó la vista hacia la ladera.
—El dinero no corrompe a todos —concluyó .
Nora soltó una risa corta, sin alegría.
—Eso lo dices muy tranquilo para alguien a quien nunca le han puesto un maletín de millones encima de la mesa, mi niño.
Él giró ligeramente la cabeza.
—¿Insinúas que todo el mundo tiene un precio?
—Insinúo —respondió ella, despacio— que es muy fácil ir de incorruptible cuando nadie te ha tentado de verdad.
Siempre he pensado que hay tres tipos de personas.
Los que se venden barato, los que se venden caro y los que van por la vida diciendo que no se venderían nunca, pero es porque todavía no han visto la cifra adecuada.
—Te falta un cuarto grupo —replicó Lobo—. Los que saben que podrían venderse y, precisamente por eso, se alejan de las tentaciones todo lo que pueden. No son mejores, solo más conscientes de lo que llevan dentro.
—¿Y tú en cuál te pones? —preguntó ella, girando por fin la cabeza hacia él—. Porque hablar de la condición humana es muy bonito, pero al final las cuentas se pasan nombre por nombre.
—Yo sé que no soy un santo —dijo—. Solo un maniático con principios. Mi precio no serían los millones, sino otra cosa, sentir que puedo controlar todo, que nada se me escapa.
—Mi arma , pues yo también estoy jodida —sonrió, sin alegría—.
A mí no me comprarían con un maletín, pero como me toquen a los míos, soy capaz de justificar cosas que, vistas desde fuera, me parecerían intolerables.
Al final, todos tenemos una puerta trasera por la que colarnos en la miseria.
Y ahí está lo que más me asusta —añadió Nora, volviendo la vista a la recta—.
Que gente como Ignacio y sus amigos rusos, toman decisiones que marcan el futuro de los que vienen detrás.
Niños, chavales, gente que todavía cree que el mundo es más o menos justo.
Ellos ni siquiera se despeinan. Mueven una ficha, cambian una firma, y los que acaban pagando son siempre los mismos.
—El mundo nunca ha sido justo —dijo Lobo—. Ellos juegan en otra liga. Se llenan los bolsillos y cuando todo salta por los aires lo llaman crisis, reajuste o mala suerte. Y los que vienen detrás heredan la factura.
—Y lo peor —añadió Nora— es que les enseñamos a tragarla. A los jóvenes, a los que empiezan. Les decimos que estudien, que se esfuercen, pero no les contamos quién ha trucado la partida. Igual la verdadera corrupción es esa, educarles para que acepten lo inaceptable.
Nada más terminar la frase, una punzada seca le atravesó el estómago. El paisaje se le desenfocó un segundo y notó cómo la frente se le humedecía. Aflojó la mano del poste y tuvo que apoyarse con la otra en el guardarraíl.
—¿Nora?
—Estoy bien —mintió—. Será el aire, o la falta de café esta mañana.
—No lo estás. Se te ha ido el color de la cara.
— Quillo , qué dramático eres … —intentó bromear, pero la voz le salió más ronca de lo que esperaba.
Notó cómo la saliva se le espesaba y un amago de náusea le subía por la garganta. Tragó con dificultad. La curva, el cartel, incluso la Kombi, le parecieron por un segundo más lejos de lo que estaban.
—Vale —cedió al fin—. Nos vamos.
Él la rodeó el codo con una mano y la acompañó despacio hasta la Kombi.
Nora dejó que la guiara sin protestar, concentrada en que el mundo dejara de oscilar medio centímetro a cada paso.
Ella soltó una media sonrisa cansada y se acomodó en el asiento del copiloto.
Luna saltó al interior y se acurrucó en la parte posterior, como si entendiera que aquel no era lugar para seguir husmeando.
Lobo, en lugar de subir de inmediato, se quedó pensativo.
Se volvió hacia la curva y la observó con detenimiento.
La recorrió con los ojos, como si aún pudiera ver el coche pasar.
La recta. La entrada algo larga. Y, al final, ese punto en que la trayectoria se rompía y el vehículo se iba hacia fuera.
Reflejos lentos, manos pesadas. Una décima de segundo de distracción.
Sí, era posible. Todo encajaba a la perfección. Demasiado.
—¿Félix? —llamó Nora desde la ventanilla.
Se volvió hacia la furgoneta y pusieron rumbo a la finca de la familia Ortigosa.