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El cursor parpadeaba sobre la pantalla, inofensivo.
Patricia Andújar llevaba más de una hora revisando adjudicaciones vinculadas, directa o indirectamente, a Terra Nova.
Con los años, había aprendido a reconocer el patrón, sociedades sin trabajadores y domiciliadas en la misma dirección, estructuras opacas y facturaciones elevadas.
“Rehabilitación integral del Monasterio de Santa Clara la Real. Cuenca.”
Presupuesto: más de treinta millones.
Empresa adjudicataria: Cultura Viva S.L., filial de Nova Patrimonium, absorbida por Terra Nova dos años antes.
Las otras dos ofertas, descartadas por “falta de solvencia técnica”.
Patricia revisó el informe de seguimiento.
Las licencias municipales se habían tramitado, sí, pero no constaba ni un acta arqueológica, ni trazabilidad técnica del avance.
La última certificación de obra estaba firmada, aunque con un escueto “pendiente de validación” y sin visado colegial.
Un procedimiento burdamente maquillado. Y, sin embargo, los pagos superaban ya los nueve millones.
El bolígrafo quedó suspendido sobre la hoja. El impulso fue marcar el número de Montalbán, como le habían indicado. Pero se quedó quieta.
“No corras todavía”, se dijo.
Miró la hora en la pantalla. Las 18:41. El móvil vibró sobre la mesa. Mensaje de Pablo .
“¿Mamá? ¿Vas a venir? Hoy toca merienda con los gemelos de Lu ? ? ”
Patricia cerró la carpeta, respiró hondo y se guardó el móvil en el bolsillo. La llamada podía esperar. Sus hijos, no.
El bar tenía nombre de heladería antigua, La Polar con letras en cursiva sobre fondo azul cielo.
Detrás de las cristaleras empañadas, el bullicio de los niños estallaba a ráfagas, como si alguien subiera y bajara el volumen desde una cabina invisible.
Una pared entera daba al parque infantil con columpios, tobogán y una especie de castillo hinchable que vibraba con cada salto.
Patricia llegó con el abrigo abierto a pesar del frío que ya ofrecía el anochecer de la capital. Pablo la vio primero, levantó una mano sin despegarse del móvil. Los gemelos de Lu se colaban por el tobogán al revés, muertos de risa, desafiando cualquier norma conocida de la física y de la lógica.
—¡Mira quién ha venido! —anunció Lucía, desde una mesa de formica pegada al ventanal—. La madre trabajadora del mes.
—No te metas, que vengo justa pero vengo —dijo Patricia, quitándose el abrigo—. ¿Han merendado ya o me toca ejercer de mala policía?
—Claro. Zumo, tortitas, y luego he hecho lo que he podido con los límites de azúcar.
Patricia sonrió, se dejó caer en la silla y apoyó los codos en la mesa. Por un momento, dejó que el ruido de fondo la cubriera. Como una manta ruidosa y tibia.
—¿Todo bien? —preguntó Lucía, observándola con atención.
Patricia asintió.
—Sí. Bueno. Lo de siempre.
—Eso no es una respuesta —replicó Lucía—. Eso es un comodín .
Patricia ladeó la cabeza, concediéndole la razón sin decirlo.
—Oye… —Lucía bajó la voz, inclinándose un poco hacia ella—. El otro día vi a tu chica nueva, la que tienes a todas horas. ¿Es filipina?
—Ecuatoriana. Se llama Ana.
—Ah.
Lucía alargó la “a” como si estuviera haciendo un inventario mental.
—¿Y eso? Juraría que decías que no querías a nadie en casa. Que te agobiaba.
—Me agobiaba —admitió Patricia—. Pero llegó un punto en que o metía a alguien… o empezaba a dejar a los críos solos más de la cuenta. Y eso no.
—Claro, claro… —murmuró Lucía—. Es que ahora vas a todo trapo.
Patricia alzó una ceja.
—¿A todo trapo?
—Interna, móvil nuevo para Pablo… —enumeró—. Por cierto, es el último modelo, ¿no?
Patricia miró hacia su hijo, que ahora grababa algo con la cámara frontal.
—Es un móvil —respondió, sin más.
Lucía sonrió, pero había algo tenso en la comisura de los labios.
—Ya, un móvil de los que cuestan lo que un mes de hipoteca.
Patricia no dijo nada.
—Y ahora me sueltas que estás pensando en cambiar de casa —continuó Lucía, removiendo el café—. Te estás desmelenando, inspectora. En serio.
—No es desmelene —dijo Patricia, conteniéndose—. Es necesidad. Dos dormitorios con dos críos, se nos queda pequeño .
—Pequeño dice —repitió Lucía—. Si yo he criado a los míos en cuarenta y ocho metros y aquí seguimos, más o menos cuerdos.
—Tú tienes pareja —respondió Patricia, sin dureza—. Yo no. Y no es lo mismo.
Lucía apretó los labios un segundo.
—¿Has visto lo que piden por un piso de tres habitaciones en este barrio? —dijo—. El otro día entré en Idealista y casi me da algo.
—Lo sé —dijo Patricia—. Pero no puedo seguir en sesenta metros, esos dormitorios son ratoneras, ni siquiera cabe una mesa de trabajo en condiciones.
Lucía la observó con una mezcla rara de admiración y algo que no lo era.
—Bueno —dijo al fin—. Me alegro, ¿eh? De verdad. Se nota que te va bien.
—¿Se nota?
—Se nota —insistió—. Estás distinta. Más segura. Más, colocada en la vida.
Patricia esbozó una sonrisa leve.
—O más cansada.
Lucía soltó una risa breve.
—No, no… —negó con la cabeza—. Cansadas estamos todas. Lo tuyo es otra cosa. Es… —buscó la palabra—. Lo siento, no encuentro las palabras.
Se quedaron en silencio unos segundos. El ruido del bar volvió a colarse entre ellas. Una bandeja cayó al suelo en la mesa de atrás. Alguien aplaudió cuando uno de los niños logró dar una voltereta.
—En fin… —dijo Lucía, recomponiéndose—. Oye, me alegro, ¿eh? No me malinterpretes. Bastante mierda tenemos todas como para que a una le vaya bien y no alegrarse.
Patricia la miró.
—Lo sé .
Lucía sonrió. Esta vez sí, de verdad.
—Además —añadió—, alguien tendrá que invitarnos a la inauguración del pisazo nuevo cuando te mudes.
—No será un pisazo.
—Eso decís siempre las que luego estrenan cocina de revista—replicó, guiñándole un ojo.
Patricia negó con la cabeza, divertida.
—Anda, tira.
Lucía iba a responder algo más, quizás una frase que le rondaba pero que no acababa de encontrar la forma de decir, cuando un chillido agudo cortó el aire. Uno de los gemelos lloraba a pleno pulmón, enroscado sobre sí mismo junto al tobogán, con las manos cubriéndose la cara.
—¡Ay, no! —saltó Lucía, poniéndose en pie de golpe—. ¡Martín! ¿Qué ha pasado?
Cuando por fin la casa quedó sin voces, Patricia se quedó unos segundos apoyada en el quicio de la cocina, inmóvil.
Notaba el cuerpo como si fuera prestado.
Se obligó a moverse. En el baño, la luz blanca del espejo no perdonaba.
Encendió el foco y el azulejo devolvió un resplandor frío.
Dejó el móvil sobre el mármol, boca abajo, y abrió el grifo.
El agua salió demasiado caliente y tuvo que templarla.
Se mojó la cara a manotazos cortos, mecánicos.
Cogió el gel limpiador y lo extendió con cuidado.
El olor a cítrico y algo floral se le metió en la nariz.
Al levantar la vista, el espejo le devolvió una imagen que la hizo fruncir el ceño.
Ojeras marcadas, una línea nueva junto a la comisura de la boca, el gesto endurecido de quien no recuerda la última vez que durmió ocho horas seguidas.
Se apartó un mechón del pelo hacia atrás, buscando en el reflejo a la mujer que entró en la Policía con veintitantos y con ganas de comerse el mundo .
Se quedó un momento así, con los dedos aún húmedos apoyados en el borde del lavabo, mirándose como si tuviera delante a una desconocida.
“Más segura”, había dicho Lucía. “Más colocada en la vida”.
Aclaró el jabón y secó la cara con la toalla pequeña, a toques, evitando mirarse demasiado.
Luego abrió el cajón donde guardaba los frascos.
El bote de crema hidratante, el sérum antiarrugas de una cadena de supermercados que una compañera le había recomendado con entusiasmo.
Echó una cantidad mínima en la palma y se lo repartió por la cara, siguiendo un gesto que había aprendido en un vídeo que nunca admitiría haber visto.
Masajeó las sienes, el puente de la nariz, la frente.
La piel respondió con un leve cosquilleo.
—Como si esto arreglara algo —murmuró, sin darse cuenta.
Se metió en la cama despacio, como quien entra en agua fría. Apoyó la cabeza en la almohada y, automáticamente, el cerebro hizo aquello que mejor sabía hacer a esas horas. Repasar.
Las columnas de números del expediente, el nombre del monasterio, las fechas, los nueve millones.
La voz de Montalbán, tranquila, pidiéndole que le informara de cualquier cosa significativa.
La suya propia, diciéndose “no corras todavía”.
El rostro de Lucía, al otro lado de la mesa de formica.
El comentario sobre el móvil, la interna, el futuro piso.
Esa forma de mirar de reojo, como si intentara juntar piezas de un puzzle que no terminaba de comprender.
“Da la sensación de que todo te va bien últimamente”.
Cerró los ojos con fuerza. ¿Estaba haciendo lo correcto?
La pregunta le cruzó la mente como una sombra rápida. No se detuvo a mirarla de frente. Todavía no. La dejó pasar, como se deja pasar un tren que no toca. Respiró hondo, contó hasta diez, abrió los ojos en la oscuridad del dormitorio. “Primero duerme”, se ordenó. “Mañana pensarás” .
Pero sabía que, en el fondo, llevaba tiempo pensando en cosas que aún no se atrevía a nombrar. Y que, cuando por fin las nombrara, no sería solo su conciencia lo que empezaría a tambalearse.